La vida rosa | Chestappen

Sinopsis

Max idea el plan perfecto para proteger la inocencia de Checo. Quizás funcione o quizás no, pero el debe intentarlo, porque quizás ama a Checo más de lo que debería.

Genero:
Romance
Autor/a:
☼ L
Estado:
Completado
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo


Max siempre fue un solitario. Era de esos lobos a los que les gustaba sentarse en un lugar apartado y sumergirse en sus pensamientos. Sin embargo, existían un par de personas a las que podría llamar amigos.

Primero estaba Charles, su amigo y compañero en el equipo de futbol de la preparatoria. Conocía al alfa castaño desde el preescolar y, como todos decían, era imposible que no te agradara Charles.

Luego estaba Oscar, su amigo y vecino. El beta se había mudado a un lado de su casa hace unos años y, debido a que todas las mañanas salían a la misma hora para ir al mismo lugar, se hicieron amigos por inercia.

Oscar era muy amable y siempre podías contar con él, pero había algo más. A veces, Max tenía la sensación de que el beta se le quedaba mirando fijamente sin razón. O lo veía de vez en cuando en las gradas del campo de entrenamiento. Y Oscar simplemente lo miraba, solo lo miraba. Era raro.

Por último, estaba Checo. Checo Pérez, el omega que utilizaba faldas y pequeños zapatos con listones. El omega que utilizaba brillo labial y broches en el pelo. El omega con las piernas más lindas de la preparatoria. El omega que era capitán del equipo de animadoras y animadores.

Checo, el omega de sus sueños...

Conoció al pequeño de pecas cuando solo eran unos niños. A pesar de haber llegado en el último año de primaria, Checo conquisto todo a su paso. Y en la preparatoria se convirtió en el chico más popular del lugar. Su belleza había hecho gran parte del trabajo, pero también lo había hecho su personalidad.

Teniendo a todos a sus pies, Checo no había perdido su humildad y su bondad. Hablaba con todos y no dudaba en ayudarte si lo necesitabas.

El omega se paseaba por el edificio con su falda ondeando y dejando ver un poco más allá de sus preciosos muslos, completamente ajeno a los suspiros que despertaba en alfas y betas. Caminaba por el lugar con esa enorme sonrisa, dejando un delicioso aroma a fresas y menta por donde pasaba.

Y Max, Max se había enamorado desde el primer momento en que lo vio.

A principios de su último año en la secundaria, el director de la institución lo llamo a su oficina. Y en ese momento, el alfa se asustó, porque para ser justos, no era de los lobos que mejor se comportaba.

Cuando entro en la pequeña oficina, lo vio. Ahí estaba, sentado con las piernas cruzadas con un bonito sweater amarillo y una falda blanca. Sus delicados pies estaban cubiertos en medias blancas y zapatos a juego. Era lo más bonito que había visto en su vida, y eso que solo había vivido 14 años.

El director le contó que habían transferido a Checo de su antigua escuela y siguió hablando de otras cosas más, pero Max no pudo escuchar, estaba demasiado concentrado en la pequeña criatura sentado a un lado de él.

Y a diferencia de parecer asustado o confundido con la actitud loca de Max, Checo parecía feliz. Sonreía cuando levantaba la vista y se encontraba con sus ojos, para luego agachar la cabeza y sonrojarse.

Era tan bonito.

El director le pidió que le mostrará el edificio y que lo acompañará en su primera semana. Max acepto encantado. Sin embargo, sabía que el director lo había hecho por algo más.

Desde pequeño había sido un chico introvertido. No hablaba con muchas personas y no tenía muchos amigos. Muchas veces se había saltado las clases y le gustaba pintar grafitis en las paredes del edificio cuando nadie veía.

El director llamó cientos de veces a su madre y lo amonestaron de mil maneras distintas. Sin embargo, él no era malo, no lastimaba a nadie y no buscabas peleas sin sentido.

El director sabía eso y según lo que le había contado su madre, estaba buscando una forma de “encarrilarlo”. Por eso con la llegada de este chico, todo correcto y amable, creyó encontrar una solución.

Así se conocieron y desde el primer momento, Checo lo hizo sentir especial. Ambos tenían los mismos horarios y Max se encargó de acompañarlo durante toda esa primera semana.

El omega era divertido de una forma tan inocente y pura, que provocaba sonrisas bobas en el alfa todo el tiempo. Siempre estaba sonriendo y saltando por todos lados. Amaba los dulces y las flores, y sobre todo amaba el color rosa.

Casi todo era rosa a su alrededor: su mochila, sus cuadernos, sus faldas... las faldas.

Las faldas de Checo eran su debilidad. Con 14 años, ya había tenido dos celos y se podía decir que uno de ellos fue debido a las faldas del omega.

Checo se integró muy bien a la escuela y en menos de un mes tenía un grupo de amigos grande. Conoció a Yuki, un omega, y se hicieron mejores amigos inmediatamente. A partir de ahí todo cambio. El omega se transformó en uno de los populares y Max volvió a las sombras.

A pesar de su enamoramiento, al alfa le costaba relacionarse con Checo. Quizás era porque cuando estaba con el pequeño su mente vagaba por ciertas cosas indecorosas o simplemente se quedaba admirando su lindo rostro y perdía el hilo de conversación. Eso provoco cierto alejamiento.

Entraron a la preparatoria y Charles, luego de prácticamente rogarle, logro que se uniera al equipo de fútbol americano de la escuela. Y era bueno en eso. Según el entrenador, era el mejor jugador de la escuela, tanto así que quisieron convertirlo en mariscal de campo, pero él se negó.

Todos crecieron. Max notó como su espalda se hacía cada vez más grande, al igual que sus hombros, y su altura acompaño todo ese desarrollo. Charles paso de ser un alfa flacucho y débil a uno más corpulento y alto. Bendito sea el futbol americano y bendita sea la pubertad.

La pubertad había hecho maravillas con Checo. Se hizo más alto y estilizado, sus piernas se alargaron y sus muslos crecieron. Ahora utilizaba remeras ceñidas que marcaban a la perfección su cintura, y las faldas... las faldas permanecieron, pero ahora se veían mejor. Las lucía mejor y eso era gracias a sus nuevas curvas adquiridas.

En resumen, Checo era un sueño húmedo andante.

El omega y Max aún se hablaban. Siempre se sentaban juntos en la clase de ciencia y de vez en cuando estudiaban juntos en la biblioteca. Ninguna de esas cosas era favorable para el desempeño académico del alfa, ya que no se concentraba, pero era la única forma de estar a solas con el omega. Estar a solas sin Charles, sin Yuki y sin Pierre.

Pierre, ese maldito arrogante. Max lo odiaba. Lo odio desde la primera vez que lo vio, cuando entro a la preparatoria solo un año después que ellos. Lo odio porque puso sus ojos en Checo. Lo odio porque Checo acepto ser su omega.

Aun recordaba el día en el que un sonriente Checo llego corriendo a la biblioteca todo agitado y sonrojado, tan bonito como siempre. Era una visión que hizo sonreír a Max inmediatamente, pero esa sonrisa cayo cuando Checo hablo.

—¡Pierre me pidió que sea su omega!

Pierre se unió al equipo de futbol americano un mes más tarde y el entrenador lo hizo mariscal de campo. Eso no le hubiera molestado si no fuera por lo que paso después: Checo se había unido al equipo de animadores. Se había hecho el capitán y Max se sintió muy triste.

Él había estado en el equipo por más tiempo que Pierre y mentiría si dijera que no fantaseaba con ver a Checo entre los animadores, alentando por él, gritando por él, corriendo por el campo para darle un beso luego de un partido ganado. Todo eso paso, pero con Pierre.

De todas formas, había algo bueno en todo eso. Los animadores practicaban justo del otro lado del campo y cuando el equipo de futbol entrenaba él podía ver a Checo bailando y saltando. Podía ver como la falda azul de los animadores se le subía y mostraba todo aquello que Max ansiaba tocar.

Eso era bueno. Era bueno hasta que lo golpeaban con el balón por estar distraído viendo al omega.

Oscar llego ese mismo año y, junto con Charles, armaron un buen grupo de amigos. A Max todavía le costaba relacionarse, pero lo intentaba y, tanto el alfa castaño y el beta, lo hacían más fácil.

Ninguno de los dos lo juzgaba y le daban su espacio. Después de todo los tres estaban en la misma situación. Los dos alfas y el beta vivían en la parte más humilde de la ciudad y por allí se vivían cosas complicadas.

Los otros alumnos a veces se les quedaban mirando o murmuraban cerca de ellos, pero los tres amigos trataban de no prestar atención. Con Charles y él en el equipo de futbol las cosas cambiaron un poco, pero aun podían ver las miradas juzgadoras de la gente.

Checo nunca lo había juzgado e incluso había ido a dejarle la tarea varias veces a su casa. Nunca soltó ningún comentario malo o alguna mirada asqueada. Pero claro, Checo era un ángel.

Un ángel muy bonito.

Max le agradecía esa bondad y comprensión secretamente: dejaba flores en su casillero y dulces en su mochila cuando no lo veía, pasaba todos los viernes, luego de la escuela, por su casa y dejaba poemas que había copiado de libros de la biblioteca en su buzón.

Era completamente cursi, pero a Checo le encantaba. Lo veía sonreír y ponerse todo rosado cuando encontraba las flores y todos los lunes veía los poemas pegados en su lindo cuaderno rosa.

A pesar de su relación con Pierre, Max se mantuvo cerca de Checo. Tan cerca como pudo. Tan cerca como Pierre se los permitió.

El francés no era un mal alfa, pero el pequeño se merecía lo mejor de lo mejor. Max no era lo mejor, pero Pierre tampoco.

Checo algún día se daría cuenta. Algún día...