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Fuera de Plano

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Sinopsis

Emma diseñaba estructuras perfectas, pero no previó que un "niño" en motocicleta demolería todos sus prejuicios. En un mundo que juzga a la mujer que ama a un hombre menor, ella tendrá que decidir si vive en las sombras o construye su propio legado.

Genero:
Humor,Romance
Autor/a:
Gaby
Estado:
Completa
Capítulos:
17
Rating
5.0 (2 reseñas)
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: El Regreso

El regreso de Emma a casa debía ser un gran acontecimiento. Después de varios años en Japón, donde había realizado un posgrado en Ingeniería Civil, volvía con la mente repleta de proyectos y el corazón ansioso por reencontrarse con los suyos.

Caminaba con elegancia por la vereda, arrastrando su maleta mientras protegía con especial cuidado un paquete que llevaba entre los brazos. Dentro descansaba un regalo único: un auténtico kimono de seda que había elegido especialmente para su hermana menor, Esperanza.

Esperanza estaba a punto de cumplir diecinueve años. Ya no era la niña que Emma había dejado atrás; estaba dando sus primeros pasos hacia la adultez. Por eso, para una ocasión tan especial, Emma quería regalarle algo que no fuera simplemente hermoso, sino también significativo, un pequeño pedazo de Japón que pudiera conservar para siempre.

Vestía un conjunto de inspiración Harajuku, exclusivo y de un precio que pocos podrían permitirse. La prenda, una de las piezas más especiales de la tienda de su madre, combinaba la elegancia tradicional japonesa con un aire moderno y atrevido. La chaqueta corta, de líneas impecables, llevaba delicados bordados en tonos suaves que contrastaban con la tela oscura de la falda plisada. Unos pequeños detalles metálicos brillaban cada vez que Emma daba un paso, mientras sus zapatos, igualmente sofisticados, completaban un atuendo cuidadosamente elegido.

Había algo en ella que hacía que las miradas se desviaran a su paso. Tal vez era la seguridad con la que caminaba, la elegancia natural de sus movimientos o simplemente aquella apariencia impecable que parecía decir que sabía exactamente quién era.

Emma se sentía imponente. Perfecta.

Hasta que la realidad decidió recordarle que no todo podía salir como esperaba.

Un rugido de motor rompió de pronto la tranquilidad de la calle.

Emma apenas tuvo tiempo de girar la cabeza cuando una motocicleta pasó a toda velocidad junto a ella. La rueda atravesó de lleno un enorme charco de agua sucia acumulado junto a la pista.

—¡No, no, no…! —alcanzó a exclamar.

Una cortina de agua lodosa se elevó por los aires y cayó directamente sobre ella.

El barro salpicó su chaqueta, la falda y hasta sus zapatos. Emma se quedó inmóvil durante unos segundos, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir. Sintió la humedad fría atravesar la fina tela y pegársele incómodamente a la piel, un contraste desagradable con el cálido sol de la tarde.

Bajó lentamente la mirada hacia su atuendo.

Arruinado.

Su expresión cambió por completo.

—¡Qué atrevido! —masculló, apretando los labios mientras seguía con la mirada la motocicleta que se alejaba—. ¿Cómo podía hacerle eso?

Apretó con fuerza el asa de su maleta. Después de años lejos de casa, después de haber planeado cuidadosamente su regreso y de haberse vestido con especial esmero para causar una buena impresión, aquella tenía que ser su bienvenida.

—¡Esto no tiene perdón! —protestó entre dientes, temblando de indignación.

El motociclista frenó unos metros más adelante. El chirrido de los neumáticos contra el asfalto rompió el aire y, para sorpresa de Emma, la moto retrocedió hasta detenerse frente a ella.

El calor que desprendía el motor le llegaba a las piernas en pequeñas oleadas. Emma cruzó los brazos, todavía cubierta de salpicaduras, y esperó una explicación.

El joven bajo de la motocicleta y no se quitó el casco. En cambio, sacó un pañuelo de tela blanca y se lo tendió con cierta cautela. El tejido desprendía un tenue aroma a jabón limpio.

—Lo siento mucho, señorita. No fue mi intención. De verdad —se apresuró a decir.

Emma estuvo a punto de responderle cuando él se quitó finalmente el casco.

Y, por un instante, se quedó sin palabras.

Tenía el cabello rojo, igual que ella, aunque el suyo poseía un brillo cobrizo que el sol hacía resaltar. Algunos mechones habían quedado desordenados por el casco, dándole un aspecto despreocupado que contrastaba con sus facciones cuidadas. Sus ojos eran intensos y su expresión, pese a la evidente incomodidad de la situación, conservaba cierta serenidad.

Emma lo observó durante un segundo más de lo necesario.

Vaya…

La impresión le duró apenas un instante antes de que la indignación regresara.

Lástima que sea un idiota.

El pañuelo seguía extendido entre ambos.

Emma ni siquiera lo tomó.

—Será mejor que siga su camino —dijo con frialdad.

El joven parpadeó, sorprendido por la respuesta. Luego bajó la mirada hacia el pañuelo que ella había rechazado. Lo dobló con cuidado, guardándolo nuevamente en el bolsillo de su chaqueta de cuero.

—Entiendo —murmuró.

No parecía molesto. Más bien, avergonzado.

Sin insistir, volvió a colocarse el casco. Después montó la motocicleta y encendió el motor. El rugido hizo vibrar el aire y obligó a Emma a apartarse un poco.

El joven aceleró y se alejó por la calle, dejando tras de sí el olor del combustible y el sonido cada vez más débil de la motocicleta.

Emma permaneció inmóvil, mirando cómo desaparecía.

Luego bajó la vista hacia su ropa arruinada.

—Perfecto —murmuró con sarcasmo—. Japón me enseñó a construir puentes y este idiota acaba de destruir mi paciencia en menos de un minuto.

El camino hasta casa se le hizo interminable.

Emma avanzaba con dificultad, arrastrando la maleta con una mano mientras con la otra intentaba mantener en su sitio el paquete que contenía el kimono de Esperanza. Uno de sus zapatos se había empapado por completo y a cada paso sentía la tela húmeda rozándole incómodamente el pie. La ropa, pesada por el agua y las salpicaduras de barro, había perdido toda la elegancia que tenía apenas unos minutos antes.

Lo peor, sin embargo, eran las miradas.

Al principio, la gente había vuelto la cabeza para admirar su atuendo. Algunas personas incluso habían reparado en ella con curiosidad al verla caminar con aquella seguridad tan propia de quien acababa de regresar de otro país.

Ahora era diferente.

Las miradas que recibía estaban cargadas de compasión.

Un par de señoras la observaron con pena. Un hombre apartó discretamente la vista después de verla de arriba abajo. Hasta un niño que caminaba de la mano de su madre la señaló con curiosidad.

Emma apretó los dientes.

Perfecto. Hace diez minutos parecía salida de una revista y ahora debo parecer una pobre desgraciada.

Cada nueva mirada alimentaba su indignación.

Y, con cada paso, volvía a pensar en el motociclista.

Ese hombre va a pagar por esto.

Cuando finalmente llegó a casa, estaba cansada, despeinada y de un humor terrible. Su gran entrada triunfal había quedado reducida a una caminata miserable con la ropa empapada y el orgullo por los suelos.

Respiró profundamente antes de abrir la puerta.

Al entrar, encontró a toda su familia reunida en la sala.

Por un instante, todo lo demás desapareció.

Después de tantos años lejos, volver a verlos hizo que el cansancio y la rabia se desvanecieran. Quiso correr hacia ellos, abrazarlos a todos y recuperar de golpe los años que había pasado lejos de casa.

Pero se detuvo.

Su ropa seguía húmeda y cubierta de barro.

No estaba dispuesta a abrazar a nadie en aquellas condiciones.

De espaldas a ella, un joven hablaba con su padre mientras este lo rodeaba con un abrazo afectuoso.

—¡Hija!

Lucas fue el primero en verla. Su rostro se iluminó y avanzó hacia ella con los brazos abiertos.

—¡No, papá, espera! —Emma retrocedió rápidamente—. Un idiota me mojó. Pasó a toda velocidad por un charco y arruinó mi ropa.

Lucas frunció el ceño.

—¿En serio? Qué mala suerte... —Luego miró hacia el joven que estaba detrás de él—. Aunque estoy seguro de que Lucas Jr. Mi ahijado jamás haría algo así.

Emma levantó la mirada.

El joven se volvió.

Y el mundo pareció detenerse.

Emma lo reconoció al instante.

El cabello rojo. Los mismos ojos. La misma expresión tranquila que había visto apenas unos minutos antes.

No.

Su mente se negó a aceptar lo evidente.

Buscó en aquel hombre al muchacho que recordaba de su infancia: el niño pequeño y regordete que solía seguirla por todas partes. Pero aquel recuerdo no tenía nada que ver con la persona que tenía delante.

Lucas Jr. había crecido.

Y mucho.

Era alto, incluso más que su padre, con los hombros anchos y una complexión atlética. Las mangas de su camiseta dejaban ver unos brazos fuertes y, cerca del codo, asomaba parte de un tatuaje.

Emma sintió que se le cerraba el estómago.

Él también la había reconocido.

Una chispa divertida apareció en sus ojos.

—¿Emma? —dijo, con una sonrisa apenas contenida.

Ella no respondió.

No podía.

Era él.

El motociclista.

El idiota de la moto era Lucas Jr.

Como si el universo quisiera asegurarse de que no pudiera escapar de aquella humillación, su padre comenzó a hablar con orgullo.

—¡Míralo bien, Emma! —exclamó Lucas, dándole una palmada afectuosa en el hombro al joven—. Este muchacho es el futuro de la empresa. Como aprendiz de ingeniería ha superado todas mis expectativas. Tiene una precisión extraordinaria y una ética de trabajo que ya quisieran muchos veteranos.

Emma sintió que su ceja comenzaba a temblar.

—Es un verdadero caballero —continuó Lucas, completamente ajeno a la situación—. Siempre responsable, cuidadoso y prudente. ¡Es mi mayor orgullo en la obra!

Lucas Jr. sostuvo la mirada de Emma.

Y entonces sonrió.

No dijo nada.

No hacía falta.

Los dos sabían perfectamente lo que había ocurrido.

Emma recordó el charco. El barro. El pañuelo blanco que había rechazado. La motocicleta alejándose.

Y ahora estaba frente al supuesto caballero ejemplar del que su padre no dejaba de presumir.

Sintió que la sangre le subía al rostro.

Esto no puede estar pasando.

Apretó los labios y clavó en él una mirada fulminante.

Lucas Jr., en cambio, parecía estar disfrutando demasiado de aquel descubrimiento.

Al fondo de la sala, Esperanza observaba la escena con una sonrisa que intentaba disimular.

Leo no tuvo tanta paciencia para ocultar su reacción. Frunció el ceño y miró alternativamente a Emma y a Lucas Jr., como si acabara de darse cuenta de que, en cuestión de segundos, la temperatura de la habitación había aumentado varios grados.

Emma soltó lentamente el aire.

Había regresado a casa después de años para reencontrarse con su familia, celebrar el cumpleaños de su hermana y comenzar una nueva etapa.

Y, en menos de una hora, ya había conseguido dos cosas:

arruinar su ropa favorita y reencontrarse con el peor idiota que había conocido en mucho tiempo.

Lo que todavía no sabía era que Lucas Jr. estaba a punto de convertirse en una parte mucho más importante de su vida de lo que cualquiera de los dos imaginaba.

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