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La ültima Alma

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Sinopsis

Mara no eligió Praga. O eso cree. Desde que llega a la ciudad, algo en ella despierta - visiones de vidas que no vivió, voces en idiomas que no conoce, una atracción hacia las sombras que no puede explicar. Sus poderes, dormidos por décadas, exigen ser reconocidos. Kael la encuentra antes de que ella sepa que está siendo buscada. Vampiro. Inmortal. Maldito desde el siglo XII por un pacto que prometió romper y nunca pudo cumplir. El único modo de liberarse es consumir el alma que ha reencarnado a través de los siglos - el alma de Mara. La ha encontrado antes. Doce veces. Siempre falla. Esta vez algo es diferente. Esta vez ella lo mira como si ya lo conociera. Esta vez él duda por primera vez en ochocientos años. Porque destruir su alma significa que Mara desaparece para siempre. Y Kael acaba de descubrir que prefiere la maldición a un mundo sin ella. La Última Alma es una historia de amor oscuro, poderes sobrenaturales y la pregunta imposible: ¿cuánto estás dispuesto a sacrificar por alguien que técnicamente debería ser tu víctima?

Genero:
Romance
Autor/a:
Liliana Crowe
Estado:
hace 6 meses
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: El Olor de lo Antiguo

Praga olía a piedra mojada y a siglos acumulados.


Mara lo supo desde el primer momento en que bajó del tren nocturno, con la maleta vieja arrastrándose detrás de ella como una confesión de todo lo que había dejado atrás. El aire de la ciudad tenía peso. Textura. Como si el tiempo aquí no pasara sino que se depositara, capa sobre capa, sobre los adoquines y las gárgolas y los tejados de pizarra que se recortaban contra un cielo color tinta.


Era marzo, y el frío mordía.


Ella no era de las que se quejaban del frío. Nunca lo había sido.


El apartamento que había alquilado por tres meses estaba en Malá Strana, al pie del castillo, en un edificio que según el anuncio databa del siglo XVII. La escalera de madera crujía de una manera que no era desagradable, sino casi musical, como si la casa estuviera respirando. La llave era grande, de hierro oscuro, y tardó en ceder. Cuando por fin la puerta se abrió, Mara encontró el olor familiar de las habitaciones que han sido cerradas demasiado tiempo: polvo, madera vieja, algo que podría ser lavanda o podría ser solo el recuerdo de la lavanda.


Se quedó en el umbral un momento.


Algo le dijo que no estaba sola.


No era un pensamiento, exactamente. Era más físico que eso. Una presión en el esternón, como cuando se sumerge uno en agua fría, y el cuerpo registra el cambio antes de que la mente lo procese. Mara barrió la habitación con la mirada —la cama de hierro forjado, la ventana que daba a un patio interior, la chimenea apagada— y no encontró nada.


Y, sin embargo.


Sacudió la cabeza. Llevaba tres semanas sin dormir bien. Era normal que los nervios le jugaran malas pasadas.


Dejó la maleta junto a la cama y se asomó a la ventana. El patio era pequeño, empedrado, con una fuente que había dejado de funcionar hace Dios sabe cuánto tiempo. Una paloma gris dormitaba en el borde de piedra. Nada más.


Mara exhaló.


---


El primer sueño llegó esa misma noche.


No era nuevo, exactamente. Lo había tenido otras veces, fragmentado, borroso, como una fotografía tomada a través de cristal esmerilado. Pero esa noche fue diferente. Nítido. Con la densidad de lo real.


Estaba en un bosque que no existía en ningún mapa moderno. Los árboles eran enormes, más altos de lo que los árboles tienen derecho a ser, y entre sus raíces crecía algo luminoso, una especie de musgo que pulsaba con luz propia, azul pálido como la llama de un fósforo. Ella llevaba ropa que no era la suya —una falda larga, una capa oscura— y sin embargo se sentía más ella misma que nunca.


Y había alguien detrás de ella.


No lo veía. Solo lo sentía: una presencia que tenía temperatura, que tenía peso específico en el aire, que desplazaba el silencio de una manera particular. Una presencia que conocía.


*Mara.*


Su nombre en esa voz era otra cosa. Era una palabra en un idioma más antiguo que los idiomas. Era el sonido que hace una llave al encajar en una cerradura que lleva siglos esperando.


Se volvió.


Y despertó.


---


La ciudad de día era otra bestia.


Los turistas llegaban temprano a cruzar el Puente de Carlos, con sus cámaras y sus mapas y su necesidad de inmortalizar cada ángel de piedra. Mara los observaba desde un café pequeño al otro lado del río, con las manos envueltas alrededor de una taza de café que ya se había enfriado. Había sacado el cuaderno, pero no había escrito nada en él. Solo había dibujado, sin pensar, una espiral que se comía a sí misma en la esquina de la página.


Había venido a Praga a escribir. O eso se había dicho a sí misma. La beca de creación literaria era real, el contrato con la editorial era real, la fecha límite del manuscrito era real. Pero la verdad más honesta, la que no le contaba ni a su terapeuta, era que había venido a Praga porque algo la había llamado. Desde hacía meses. Desde antes de que la beca existiera. El nombre de la ciudad aparecía en sus sueños, escrito en luz sobre superficies oscuras, y un día había abierto el portátil y había buscado vuelos casi sin darse cuenta, como quien obedece una instrucción que no recuerda haber recibido.


Era tarde. Recogió el cuaderno.


La ciudad a esa hora —eran las seis pasadas, el sol ya cediendo terreno al crepúsculo violeta— tenía una calidad diferente. Menos turistas, más sombras. Las calles angostas de Josefov se vaciaban deprisa cuando caía la noche, como si los propios edificios advirtieran algo.


Fue en una de esas calles donde ocurrió.


Mara doblaba una esquina, distraída, con el cuaderno bajo el brazo, cuando sintió que el suelo bajo sus pies cambiaba. No físicamente. No fue un temblor ni un desnivel. Fue algo que solo puede describirse como una alteración en la densidad del aire, una especie de umbral invisible que cruzó sin verlo, y al otro lado de ese umbral todo era levemente, irreversiblemente distinto.


Se detuvo.


El callejón era estrecho. A ambos lados se alzaban muros de piedra oscura, con ventanas ciegas o con persianas bajadas. Al fondo, una farola proyectaba un círculo de luz amarilla sobre los adoquines húmedos.


Y junto a la farola, había un hombre.


Alto. Inmóvil con esa inmovilidad específica de las cosas que llevan mucho tiempo en el mismo lugar. Llevaba ropa oscura —no era un traje, no era exactamente ropa de época, pero tampoco era ropa que Mara hubiera visto en ninguna tienda— y tenía el pelo oscuro, largo hasta los hombros, perfectamente quieto a pesar de la corriente de aire que recorría el callejón.


No la estaba mirando.


Miraba hacia la pared de enfrente, como si estuviera leyendo algo escrito en la piedra que Mara no podía ver.


Ella debería haber dado media vuelta. Cualquier mujer sensata, sola, en un callejón oscuro de una ciudad extraña, habría dado media vuelta. Pero el cuerpo de Mara no obedeció esa instrucción. El cuerpo de Mara dio un paso hacia adelante.


Como si lo conociera.


Como si hubiera estado caminando hacia ese punto concreto del planeta durante más tiempo del que alcanzaba a recordar.


El hombre giró la cabeza.


Sus ojos eran claros. Casi incoloros. El tipo de ojos que parecen haber visto demasiado durante demasiado tiempo y han llegado al otro lado de la saturación, a una especie de transparencia fría. Encontraron los de Mara con una precisión que no tenía nada de casual, como si ya supiera exactamente dónde estaba ella antes de volverse.


Ninguno de los dos habló.


El corazón de Mara latía demasiado fuerte. Sentía ese pulso incluso en las yemas de los dedos, incluso en la base de la garganta. Y debajo del latido, algo más antiguo que el latido: una especie de reconocimiento que su mente racional no tenía palabras para nombrar pero que su cuerpo comprendía perfectamente.


*Tú.*


No lo dijo. No lo pensó, exactamente. Fue más parecido a cuando se ve un color y se sabe su nombre sin tener que buscarlo.


El hombre —si era un hombre, algo en el centro de ella dudaba de esa categoría tan simple— abrió la boca. Se detuvo. Algo cruzó por su expresión, algo que Mara no supo leer pero que se parecía al dolor, o a la contención del dolor, que es peor.


Después cerró la boca.


Y se dio la vuelta.


Y desapareció en la oscuridad del callejón con una velocidad que no era humana.


Mara se quedó sola bajo la farola, con el cuaderno apretado contra el pecho y el corazón disparado, mirando el punto donde él había estado. Los adoquines estaban húmedos. La farola zumbaba. En algún lugar sobre su cabeza, una paloma levantó el vuelo de golpe, como espantada.


Ella se preguntó cómo sabía su nombre.


Porque lo sabía. Estaba segura. Lo había dicho con esos ojos claros, sin pronunciar una sola sílaba.


Lo había dicho como quien pronuncia la única palabra que le queda.

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