That One Night
Despertó lentamente, como si estuviera saliendo a la superficie desde el fondo del agua. Se sentía pesada y desorientada, con la cabeza palpitando en oleadas sordas e implacables. Lo primero que notó fue el silencio. No era del tipo reconfortante, sino de uno desconocido. Denso. Quieto. Algo estaba mal. Sus pestañas se abrieron hacia un techo que no reconocía, alto y pálido, con la luz suave de la mañana filtrándose por unas cortinas que no eran las suyas. Durante unos segundos, diez a lo sumo, su mente permaneció en blanco, suspendida entre el sueño y la realidad, negándose a armar el rompecabezas. Lo único que sentía era la sequedad en su garganta, el dolor en sus extremidades y el ligero calor que aún permanecía sobre su piel.
Entonces, la consciencia se abrió paso.
No estaba en su habitación.
Sus dedos se movieron contra las sábanas y tomó dolorosa conciencia de lo que llevaba puesto, o mejor dicho, de lo que apenas cubría su cuerpo. Una camisa de talla grande, claramente ajena, le colgaba holgada de un hombro. La tela era suave y desprendía un aroma tenue que no reconocía, pero que, de alguna manera, no le molestaba. Debajo, solo llevaba sus bragas. Nada más. Sintió un vuelco en el estómago.
¿Qué...?
Se incorporó un poco, haciendo una mueca cuando su cabeza palpitó con más fuerza, y dejó colgar las piernas al borde de la cama. En el momento en que sus pies descalzos tocaron el suelo frío, una claridad punzante atravesó la niebla en su cerebro. Se le cortó la respiración.
Al otro lado de la habitación, tirados de forma descuidada y casi incriminatoria, estaban su sujetador… y sus tacones.
Fue entonces cuando lo recordó.
Anoche.
Él.
Rosetta se quedó helada, sus dedos se curvaron ligeramente sobre las sábanas mientras los recuerdos regresaban de golpe, no todos a la vez, sino en destellos y sensaciones. Las luces tenues del club. El calor. La música vibrando en su pecho. Y luego… él.
Su rostro apareció primero. No con total claridad, ni por completo, pero fue suficiente. La línea afilada de su mandíbula. La forma en que sus labios se habían entreabierto al mirarla, como si él ya supiera algo que ella ignoraba. Había algo peligroso en su mirada, algo feroz, firme, casi depredador, pero no de una forma que la asustara. Más bien de una que la atraía irremediablemente.
Ella tragó saliva.
Al principio, ni siquiera necesitó tocarla. Aquella mirada por sí sola… ya la había deshecho. La había dejado desnuda y vulnerable mucho antes de que sus manos lo hicieran.
Su corazón empezó a latir un poco más rápido.
Recordó cómo se mantuvo cerca toda la noche, con su voz grave y suave cerca de su oído, bromeando, haciendo preguntas y escuchando; realmente escuchando, mientras ella hablaba más de lo que debía. Sobre su ruptura. Sobre lo harta que estaba de fingir que todo estaba bien. Sobre cosas que nunca le contaba a desconocidos.
Y aun así, se lo contó.
Todo.
Sus cejas se fruncieron ligeramente mientras el recuerdo cobraba fuerza; sus dedos se llevaron inconscientemente a los labios. Los rozó con suavidad, casi sin darse cuenta, y se detuvo.
Dios.
Todavía podía sentirlo.
Ese beso.
No fue suave ni vacilante. Fue rudo, deliberado, como si él fuera plenamente consciente de cada segundo. Como si no estuviera pidiendo permiso.
Se le cortó la respiración.
En cuanto la puerta se cerró tras ellos… no perdió el tiempo. Su boca encontró la de ella al instante, como si hubiera estado esperando toda la noche para quedarse a solas con ella. El sabor del alcohol persistía entre ambos, fuerte y embriagador, pero no era solo eso. Era la intensidad. La forma en que su mano se deslizó por su cintura, atrayéndola hacia él, como si la distancia no fuera una opción.
«¿En qué estaba pensando...?», susurró para sí misma, con una voz apenas audible en la habitación silenciosa.
¿Cómo dejó que eso ocurriera?
¿Cómo dejó que un completo desconocido...?
El pensamiento se interrumpió bruscamente.
Sintió un nudo en el pecho cuando otro recuerdo salió a la luz, esta vez más claro. Su aliento contra su oreja. Su voz, más grave y ronca.
«Abrázame fuerte… no voy a parar todavía».
Cerró los ojos por un segundo.
Y entonces, muy a su pesar… una pequeña sonrisa involuntaria curvó sus labios.
Había sido una imprudencia. Algo completamente fuera de lugar para ella.
Pero no había sido malo.
Ni por asomo.
La sonrisa apenas tuvo tiempo de instalarse cuando la puerta se abrió de golpe.
Rosetta se sobresaltó, su cuerpo dio un respingo de pura sorpresa mientras giraba la cabeza hacia el ruido, con el corazón acelerado de nuevo. Por una fracción de segundo, solo una, su mente se fue directo a él. El desconocido. Aquel a quien ni siquiera le había preguntado su nombre.
Pero no era él.
Era Emma, su mejor amiga.
Estaba de pie en el umbral, con una mano aún en el pomo, y sus ojos recorrieron la habitación en un solo vistazo antes de clavarse en ella. Y entonces, lentamente, una sonrisa se dibujó en su rostro.
No era sutil. No era una pregunta.
Era de complicidad.
La mirada de Emma pasó de la camisa de talla grande a la cama revuelta, luego a la ropa esparcida por el suelo y, finalmente, volvió a ella.
«Bueno», dijo con un tono lleno de diversión, entrando por completo en la habitación. «Ni siquiera hace falta que pregunte, ¿verdad?»
Rosetta parpadeó, intentando recuperar el aliento, sus pensamientos y su equilibrio emocional.
Porque de alguna manera… todo había cambiado.
Y ni siquiera sabía su nombre.









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