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Viviendo con mi Ex

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Sinopsis

Cuando Isabella acepta mudarse por la constante preocupación de su madre, no imagina que enfrentará algo más complicado que el pasado: sus propios deseos. Alfredo, un chef apasionado y reservado, no ha olvidado lo que una vez tuvieron. Cada mirada, cada roce accidental en la cocina, despierta en él memorias que nunca logró apagar. Pero Isabella ya no es la misma, o al menos eso intenta creer… hasta que su cuerpo empieza a traicionarla. Entre platos compartidos, silencios cargados y recuerdos que arden, vivir juntos se convierte en una batalla silenciosa. ¿Qué se hace cuando el corazón late por alguien que se supone ya no conoces? Una historia de emociones contenidas, atracción imposible y la tensión deliciosa de lo no dicho.

Genero:
Romance
Autor/a:
Ilge Aextso
Estado:
Completado
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 La Mudanza

Isabella

¡Hasta que llegó el día!

Nunca imaginé que me mudaría de casa tan pronto, pero en vista de cómo estaban las cosas, decidí que era lo mejor. Después de aquel “incidente” del que todos prefieren no darme detalles, sentía que las paredes de mi antigua habitación me asfixiaban con recuerdos que no lograba alcanzar. Necesitaba aire nuevo, un espacio que no estuviera contaminado por las caras de lástima de mis tíos o las explicaciones a medias de los médicos.

El departamento no era precisamente lujoso, pero se amoldaba a mis necesidades inmediatas. Consta de dos habitaciones, un baño, una sala pequeña y un comedor que conectaba con una cocina americana. Era todo lo que necesitaba para comenzar de cero, una hoja en blanco donde escribir mi nueva identidad. Lo que no entraba en mis planes era que tendría que compartir el departamento.

O sea, sabía que para dividir los gastos era una posibilidad, pero en mi mente ingenua imaginé que yo podría escoger a mi compañera o compañero. Visualicé a una chica universitaria tranquila o quizás a un joven profesional que nunca estuviera en casa. En vez de eso, el dueño me informó fríamente que él ya tenía al inquilino perfecto y que no había vuelta atrás. Para mi suerte, llegué primero y escogí la habitación que consideré mejor: la que tenía la ventana hacia el árbol de mangos del patio trasero.

Estaba sumergida entre montañas de cajas de cartón, con los dedos llenos de polvo y la espalda gritando por un descanso. Había pasado horas clasificando libros que no recordaba haber leído y ropa que me parecía ajena, aunque tuviera mi talla. El solo pensar en deshacer cada bulto me daba una flojera monumental.

¿De verdad necesito tantas cosas para ser yo misma?, me pregunté mientras miraba un portarretratos vacío.

Busqué con desesperación la caja con la ropa de cama y, tras encontrarla, ordené mi cuarto a mi gusto. Limpié cada rincón con un vigor casi maníaco y desinfecté las superficies hasta que el olor a cloro me mareó un poco. Mi mamá, siempre tan pendiente de lo místico, me había dado un consejo antes de salir.

—Lleva este incienso, Isabella —me dijo con ese tono solemne que adoptó desde que mi papá murió—. Tienes que sacar las energías residuales de los inquilinos anteriores. No querrás cargar con penas ajenas en tu nuevo comienzo.

Dudé mientras sostenía la varita aromática. Desde que mi padre se fue, ella se volvió casi bruja. Medio bruja, para ser exacta. Sabía que si llegaba a visitarme y no percibía el olor a sándalo o mirra, se pondría en plan chamánico y le haría una “sanación” completa al departamento con ramas y oraciones... ¡Y santo Dios! Apenas me mudé y no quería que los vecinos pensaran que vivía en un centro espiritista. Encendí el incienso y dejé que el humo bailara por el pasillo.

Entré al baño a darme una ducha larga. Al salir, con el cabello goteando y una vieja camiseta, mi estómago lanzó un gruñido que resonó en todo el lugar vacío. Caminé a la cocina y abrí el refrigerador con esperanza, pero la realidad me golpeó: solo había una jarra de agua fría. Había olvidado por completo que una casa nueva requiere comida nueva.

Salí a dar un paseo rápido por la zona. Por suerte, encontré un supermercado a pocas cuadras. Compré de todo, ignorando las dietas balanceadas que mi madre intentaba imponerme: Doritos, dos bolsas de Flips, una pizza congelada y un 6-pack de Budweiser. Regresé al departamento con una sonrisa de victoria.

Encendí el horno, guardé los víveres y puse algo de música en el teléfono. Me puse a bailar un poco entre las cajas, sintiéndome por primera vez dueña de mi propio destino. Cuando la pizza estuvo lista, me desplomé en el sofá y encendí Netflix. ¿Y qué elegí? Pues Betty la fea, obviamente. Quería algo familiar, algo cómico y que no me obligara a pensar demasiado en mi amnesia.

Me tomé las cervezas una tras otra mientras me sumergía en las desgracias de Beatriz Pinzón Solano. Comí pizza hasta que me dolió el estómago y, sin darme cuenta, el cansancio y el alcohol hicieron efecto. Me quedé profundamente dormida en el sofá, con la televisión encendida y la mano derecha todavía metida en la caja de Flips.

Alfredo

Cuando introduje la llave en la cerradura del departamento, sentí un peso en el pecho que casi no me dejaba respirar. No sabía exactamente qué me iba a encontrar del otro lado de esa puerta de madera. Solo sabía que ella estaba ahí. Isabella.

El casero había sido bastante claro durante la firma del contrato: nada de fiestas ruidosas ni sexo alocado universitario. Me contuve de rodar los ojos; me hablaba como si fuese un puberto de catorce años, cuando en realidad yo sentía que llevaba varios siglos de cansancio encima. Pero las palabras que de verdad martilleaban mi cabeza eran las que mi suegra —bueno, mi exsuegra ahora, supongo— me había dicho por teléfono semanas atrás.

—Ella no recuerda nada, Alfredo. Ni el accidente, ni los últimos años... ni a ti. Si vas a hacer esto, tienes que tratarla como si no la conocieras. Es por su bienestar psicológico.

¿Cómo se supone que se actúa como un extraño cuando esa persona fue tu mundo entero? Pensé con amargura mientras empujaba la puerta con suavidad.

Entré a la sala y el olor a sándalo e incienso me golpeó. Sonreí con tristeza; sabía que su madre había tenido algo que ver con eso. Al avanzar un par de pasos, la vi. Isabella estaba dormida en el sofá, hecha un ovillo, abrazada a una caja de Flips como si fuera un tesoro. Había varias botellas vacías sobre la mesa, el televisor emitía la música de la intro de Betty la fea y una caja de pizza mal cerrada decoraba el ambiente.

Me quedé paralizado. A pesar del desorden y de las ojeras que se le marcaban por el cansancio de la mudanza, seguía siendo perfecta. Sentí un impulso casi insoportable de acercarme, besarle la frente y decirle que ya estaba en casa, que todo iba a estar bien. Pero me detuve. Yo ya no era el hombre que tenía ese derecho.

Busqué con cuidado en una de las cajas abiertas que estaban cerca de la entrada. Encontré una sábana de algodón y me acerqué a ella con pasos de gato. La cubrí con extrema delicadeza, tal como lo hacía antes, cuando nos quedábamos viendo películas malas hasta la madrugada y ella se rendía primero. Me quedé observándola unos segundos, contando sus respiraciones.

No debería estar aquí, me repetí por milésima vez. Esto es masoquismo puro. Pero ahí estaba, incapaz de alejarme de su órbita.

Fui a la cocina intentando no hacer ruido. Revisé las bolsas del mercado que había dejado sobre el mostrador y vi las chuletas que había comprado. Decidí empezar a cocinar. Prepararía chuletas caramelizadas, su plato favorito en todo el mundo. Mientras picaba los ingredientes, mi mente volaba en una dirección peligrosa.

¿Y si el aroma le dice algo que las palabras no pueden? ¿Y si su cuerpo recuerda lo que su mente ha decidido bloquear?

El sonido de la carne sellándose en el sartén y el olor dulce del azúcar morena llenaron el espacio. De repente, escuché un movimiento brusco en el sofá. La música de la televisión se detuvo. Unos pasos vacilantes se acercaron a la cocina.

—¿Y tú quién eres? ¿Y qué haces en mi departamento? —su voz sonó alerta, con ese matiz de autoridad que siempre usaba cuando estaba nerviosa.

Respiré hondo, conté hasta tres y me giré intentando fingir la sonrisa más natural y despreocupada del mundo. Me dolía el alma ver que me miraba con sospecha, como si fuera un intruso y no el hombre que le propuso matrimonio hace un año.

—Soy tu compañero de departamento —respondí con una calma que no sentía.

Ella se cruzó de brazos, entrecerrando los ojos. Tenía un poco de chocolate de los Flips en la comisura de los labios. Me moría por limpiárselo.

—¿No se suponía que llegabas en tres días? Eso fue lo que me dijo el dueño.

—Sí, bueno... hubo un cambio de planes en el trabajo y logré adelantar la mudanza —mentí, omitiendo que había estado contando las horas para este momento—. Se dice gracias, por cierto.

Ella parpadeó confundida, bajando un poco la guardia pero manteniendo la distancia.

—¿Qué se supone que debo agradecerte exactamente?

—Para empezar, te cubrí con la sábana cuando llegué para que no pasaras frío. Y segundo, estoy terminando de hacer el almuerzo para ambos. Sería un desperdicio que comieras solo aire después de tantas cervezas.

Isabella me miró de arriba abajo. Sus ojos recorrieron mi rostro buscando algo, una chispa, un indicio de familiaridad que su cerebro se negaba a procesar. Se veía hermosa, pero su mirada era la de alguien que ve un paisaje nuevo por primera vez. Completamente ajena a nuestra historia.

—Gracias... pero yo no te pedí nada —soltó, aunque su estómago la traicionó con un ruido inoportuno que la hizo sonrojar.

—De nada. Al menos me alegra saber que mi nueva compañera no es una loca peligrosa, solo alguien con un hambre feroz —dije intentando sonar casual, casi burlón.

Me fulminó con la mirada. Esa mirada. Siempre supo usarla como un arma de destrucción masiva, y me fascinaba que, a pesar de la pérdida de memoria, su esencia siguiera ahí, intacta.

—¡Claro que no soy una loca! —exclamó indignada—. Solo estaba celebrando la mudanza. Es un paso importante, ¿sabes?

—¡Vaya manera de celebrar! —reí mientras daba vuelta a las chuletas—. Cervezas de marca barata, pizza fría, cereales de chocolate y la cereza del pastel: un maratón de Betty la fea. Tienes gustos... interesantes.

—¿Y qué tiene de malo? —cuestionó ella, alzando una ceja con desafío.

—Nada en absoluto. Pero supongo que sabes que hay mejor programación en Netflix, ¿cierto? O al menos algo que no hayas visto mil veces.

Isabella rodó los ojos y soltó un bufido. Ese gesto me encantaba; era tan “ella” que por un momento olvidé que estábamos fingiendo ser desconocidos.

—Mis gustos no deberían ser de tu incumbencia, señor... como te llames.

—Mira, no quiero que empecemos con el pie izquierdo —dije bajando el fuego de la estufa—. No quiero incomodarte ni que tengamos una mala impresión el uno del otro desde el primer día. Vamos a vivir bajo el mismo techo.

—Demasiado tarde para la buena impresión —murmuró ella entre dientes, dándose la vuelta para intentar escapar hacia su habitación.

Sentí una punzada de pánico. No podía dejar que se encerrara así, no podía permitir que la distancia creciera más en este primer encuentro. Tenía que establecer un vínculo, por pequeño que fuera.

—Espera —la detuve. Ella se frenó en seco pero no se giró de inmediato—. Me llamo Alfredo.

Caminé hacia ella y le extendí la mano. El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que temí que ella pudiera escucharlo en el silencio del pasillo. Isabella dudó. Miró mi mano como si fuera un objeto extraño, pero finalmente la tomó. Su piel estaba fría, pero el contacto envió una descarga eléctrica por todo mi brazo.

—Isabella. Mucho gusto, Alfredo.

Escuchar mi nombre salir de sus labios fue una mezcla de gloria y tortura. Lo pronunciaba con una cortesía vacía, sin el peso del amor, sin los apodos cariñosos que solía usar, sin saber lo mucho que ese nombre significó para ambos.

—Un placer conocerte, Isabella —dije, sabiendo en mi interior que la conocía mejor que nadie en este planeta. Sabía que odiaba el hipo, que amaba el olor a tierra mojada y que siempre lloraba en el mismo capítulo de su serie favorita.

Se quedó mirándome fijamente por un instante que pareció eterno. Por un segundo, creí notar que algo en su expresión cambiaba. Sus pupilas se dilataron un poco y una sombra de duda cruzó sus ojos castaños. Fue como si un interruptor viejo intentara encenderse en una habitación oscura. Pero, tan rápido como llegó, el brillo se esfumó y volvió la cortesía distante.

—Permiso... tengo que terminar de desempacar —dijo con un leve temblor en la voz que no pudo ocultar.

Se soltó de mi agarre y se encerró en su habitación, cerrando la puerta con un clic definitivo. Yo me quedé allí, de pie en la cocina, rodeado por el aroma de las chuletas caramelizadas y con un corazón saturado de recuerdos que ella había borrado de su mapa mental.

Me apoyé en el mostrador y suspiré. El camino iba a ser mucho más largo y doloroso de lo que imaginé. Pero mientras servía la comida en dos platos, una determinación férrea se apoderó de mí.

Estoy dispuesto a empezar desde cero, Isabella. Aunque no sepas quién soy, he vuelto para recuperarte.

Continuará...

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