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Burning In Flames《KookMin》T.S +21

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Sinopsis

Inspirado en la película de los juegos del hambre. •Three Shot• #KookMin #Jimin #Jungkook #BTS ⚠️ Lo que leerás a continuación no tiene nada que ver con la realidad de los artistas antes mencionados, solo utilizo sus nombres para darle vida a los personajes por que me gusta su relación (Ship) asi que si no es de tu agrado NO LEEAS, no tolero el odio hacia ninguno de los miembros SIN EXCEPCIÓN. ⚠️

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
GREGORABEL 🌗
Estado:
Completado
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

UNO:

El Distrito 12 olía a ceniza y a desesperanza, una bruma gris y perpetua, emitida por las minas de carbón y las chimeneas de las casas de los comerciantes, se aferraba a los barracones.

En uno de esos barracones, Park Jimin, de diecinueve años, despertó con el sabor del hambre en la boca, un compañero más familiar que cualquier otro. Se sentó en el colchón de paja que compartía con su hermana menor, Jihyun, una niña de doce años con el mismo cabello rubio y ojos azules como el cielo de un verano que ya nadie recordaba.

— No te muevas. — Susurró Jimin, acomodando la manta sobre los hombros de la niña. — Hoy es el día de la Cosecha.

La palabra cayó entre ellos, Jihyun asintió, sus ojos brillando con un miedo que Jimin juró proteger a cualquier costo.

Su madre, una mujer cuyo espíritu se había quebrado con la muerte de su padre, ya estaba sentada en la mesa, mirando la pared con la mirada vacía.

Jimin, por lo tanto, era el pilar.

El cazador furtivo que con un arco hecho a mano se internaba en el bosque prohibido para traer ardillas o pájaros.

El hermano que calmaba los sollozos de Jihyun en las noches de tormenta, el doncel cuyo cuerpo, capaz de albergar vida en un distrito que solo producía muerte, era un secreto bien guardado bajo gruesas capas de ropa.

La plaza del Distrito 12 estaba abarrotada, un mar de rostros pálidos y ropas desteñidas, divididos por una barrera invisible, los empobrecidos a un lado, los comerciantes algo mejor vestidos al otro y n el escenario, brillando con un color absurdo, estaba Kim Taehyung, el representante del Capitolio, con su peluca azul celeste.

— ¡Feliz día de la Cosecha! — Cantó Taehyung, como si anunciara una fiesta. — Y como siempre, que la suerte esté siempre de su lado.

Jimin, de pie junto a Jihyun, buscó con la mirada a alguien entre la multitud de chicos y lo encontró de inmediato.

Jeon Jungkook, el hijo del panadero, a sus veinte años, su cabello era tan negro como el carbón de primera calidad, cayendo sobre una frente alta, sus ojos, del mismo tono oscuro, observaban el escenario con calma.

Llevaba los brazos descubiertos, Jimin pudo ver los tatuajes que trepaban por su piel, eran patrones geométricos y símbolos que hablaban de una fuerza y una historia silenciosa, un pequeño aro de plata brillaba en su ceja.

Era la antítesis perfecta de la fragilidad rubia de Jimin.

Y sin embargo, éste lo había observado desde la distancia durante años, no solo por su belleza imponente, si no por un acto de bondad salvaje que había grabado a fuego en su memoria.

Hacía siete años.

Jimin se moría de hambre junto a la valla del bosque, demasiado débil incluso para pensar en cazar.

Jungkook, entonces un adolescente alto, había salido por la puerta trasera de la panadería, desde dentro, se escuchó la voz estridente y aguda de su madre, regañándolo por algo, humillándolo.

Jungkook tenía el rostro tenso, la mandíbula apretada, los puños cerrados, sus miradas se encontraron a través de la valla. En ese instante, en un acto de rebelión no contra Jimin, si no contra la mezquindad que lo rodeaba, agarró un pan que se había quemado en el horno y con un movimiento rápido, lo arrojó por encima de la valla con tanta fuerza que el pan casi se enterró en la tierra blanda a los pies del doncel.

El rubio lo recogió y comió esa corteza carbonizada como si fuera un manjar y en ese momento, algo se encendió dentro de él.

No era amor.

Era la certeza absoluta de que en la oscuridad asfixiante del Panem, existían chispas de humanidad que valía la pena proteger, recordar y tal vez, seguir.

Kim Taehyung metió su mano enjoyada en la urna de las chicas, el silencio fue absoluto, roto solo por el susurro del papel que pareció rasgar el aire.

— ¡Jihyun Park! — Anunció.

El mundo de Jimin se detuvo; se hizo añicos.

Vio el pánico, el vacío del miedo, en los ojos azules de su hermana, vio cómo sus piernas flaqueaban y cómo el color huía de su rostro y antes de que su mente consciente pudiera procesar una sola palabra, su cuerpo ya estaba en movimiento.

— ¡Me ofrezco como tributo! — Su voz, clara, afilada y resonante, cortó el aire denso de la plaza.

Un murmullo de shock, un oleaje de aire atrapado en cientos de pulmones, recorrió la multitud. Jimin subió los escalones hacía el escenario, sintiendo las miradas clavándose en su espalda.

Al pasar junto a Jihyun, que era conducida a la fuerza por un pacificador de rostro inexpresivo, se inclinó y le susurró al oído, con calma.

— Vete a casa y enciérrate. — Le ordenó. — Cuida de mamá, yo sobreviviré, te lo prometo.

Kim Taehyung parpadeó, desconcertado. — ¡Bien! ¡Un voluntario! — Exclamó. — Qué espíritu… Qué… ¡Emocionante! ¡Esto sí es televisión! — Luego, casi de un salto, metió la mano en la urna de los chicos.

El nombre que salió del envoltorio fue el que Jimin, en el fondo más recóndito y contradictorio de su corazón, más temía y al mismo tiempo, en un giró perverso del destino, más esperaba oír.

— ¡Jeon Jungkook!

El azabache no titubeó, no hubo un segundo de duda o pánico visible, subió al escenario con tranquilidad. No parecía un condenado a muerte; parecía un guerrero caminando hacía un campo de batalla que ya había aceptado incluso antes de que le llamaran.

Se detuvo junto a Jimin, y por primera vez en años, sus ojos se encontraron de cerca, sin barreras, sin distancia.

La oscuridad de la mirada de Jungkook era profunda, inescrutable como un pozo de noche, pero el rubio creyó ver, en su profundidad, un destello de reconocimiento, de algo que iba más allá de la mera camaradería forzada de dos tributos.

Taehyung los agarró de las muñecas, levantando sus brazos como si fueran trofeos recién ganados.

— ¡Señoras y señores, sus tributos del Distrito Doce!

Nadie en la multitud aplaudió.

Luego, un gesto silencioso y antiguo, prohibido en su significado pero imparable en su ejecución, se extendió como una ola humana, primero uno, luego diez, luego cientos.

Tres dedos de la mano izquierda se llevaban a los labios, en un beso simbólico a la suerte, y luego se extendían hacía Jimin y Jungkook.

Era la señal de respeto, de admiración, de despedida a los que se consideraban dignos.

Un gesto que el rubio había visto solo una vez, cuando el cuerpo de su padre fue devuelto de la mina, fue en ese momento, bajo la llovizna gris y el peso de mil miradas cargadas de un dolor compartido, cuando Jimin supo, que ya no luchaba solo por sobrevivir.

El viaje en el tren fue brutal y desorientante en un universo de lujo absurdo, una burla directa a sus vidas de escasez.

Jimin, acostumbrado a la textura áspera de la lana sin teñir y al sabor metálico del agua turbia del pozo, se sentía como un animal de laboratorio ante la seda que se deslizaba sobre su piel, la comida que aparecía en bandejas relucientes con solo pulsar un botón y las ventanas de cristal impecable que mostraban un panem verde, próspero y mentiroso que nunca había conocido.

Su mentor, Min Yoongi, era un vencedor de los Juegos de hace una década, un hombre de pelo negro azabache y mirada cáustica que siempre parecía estar envuelto en un aura de licor barato y desprecio.

— Bien, los novatos. — Dijo, sin molestarse en levantarse del sofá de terciopelo donde estaba semi-tendido, observándolos como a insectos. — Regla número uno y la única que les va a importar. — Espetó. — Olviden que alguna vez tuvieron dignidad, aquí, en este circo, se trata de sobrevivir y para sobrevivir necesitan patrocinadores. — Tomo un sorbo de su whisky. — Para tener patrocinadores, necesitan ser interesantes, más interesantes que el resto de la carnada.

— ¿Y cómo demonios se supone que hagamos eso? — Preguntó el rubio con sus manos apretadas en el regazo y los nudillos blancos.

Yoongi los miró lentamente, evaluándolos no como personas, si no como productos.

Su mirada, gélida y experta, se posó primero en Jimin, en su rubio deslumbrante que parecía absorber la luz, en sus ojos azules que eran un accidente genético demasiado llamativo, en la delgadez que delataba su condición de doncel bajo las ropas holgadas.

Luego, esa mirada se deslizó hacía Jungkook, que permanecía de pie, impasible, con los brazos cruzados; se detuvo en su físico imponente, en los músculos definidos que no eran de gimnasio si no de trabajo real, en los tatuajes visibles que serpenteaban desde bajo las mangas de su camisa, en el aro de su ceja que brillaba como una pequeña declaración de guerra.

—Tú. — Señaló a Jimin con un dedo flaco. — Eres el doncel frágil, la flor exótica que el Capitolio querrá ver crecer o deseará ver destrozada en el primer tiempo y tú. — Su dedo, ahora una como una daga, se dirigió a Jungkook. — Eres el salvaje tatuado, la bestia que hay que domar. — Sonrió. — Contraste puro, que podría funcionar. — Se encogió de hombros. — O podrían morir en los primeros cinco minutos, que estadísticamente es lo más probable. — Termino su licor de un solo trago. — Antes de planear algo, ¿Tienen alguna habilidad útil o solo son bonitos y con buena fachada?

— Sé cazar. — Gruño el rubio. — Uso el arco, puedo hacerlo desde que tengo memoria. — Aseguró, levantando la barbilla, haciendo que su voz sonara más firme de lo que sus entrañas sentían.

— Yo soy fuerte. — Murmuró el pelinegro. — Sé pelear, no de manera elegante, pero sí efectiva. — Añadió, su voz era más grave, más resonante de lo que Jimin recordaba, con un timbre que parecía vibrar en el aire cargado del vagón.

— Encantador. — Murmuró Yoongi. —Eso les dará de comer a los otros tributos mientras los degollan en la cornucopia. — Masculló, pero un leve asentimiento, casi imperceptible, traicionó un interés mínimo. — Bien, al menos tienen algo más que miedo y lágrimas. — Bufó. — Ahora, la estrategia básica, porque no hay tiempo para una avanzada. — Se acomodo en el sofá. — En los entrenamientos, no muestren todo lo que saben, observen, aprendan los puntos flacos, los estilos, las arrogancias. — Miro al rubio. — Jimin, que te vean con el arco, pero no claves todos los blancos en el centro, haz que duden. — Esta vez miró al pelinegro. — Jungkook, levanta algo pesado, pero no lo más pesado, deja que subestimen tu fuerza real y sobre todo… — Los miró a los dos alternativamente, y por un instante fugaz, la máscara de cinismo impenetrable se agrietó, mostrando el horror real y antiguo de un hombre que había matado a otros adolescentes para poder seguir respirando. — Hagan que el Capitolio los quiera, los necesite para su entretenimiento, los anhele en sus pantallas, necesitan patrocinadores más de lo que necesitarán agua en la arena. — Les aseguró.

La noche antes de la ceremonia de apertura, el insomnio era una garra de hierro en el estómago de Jimin. Se escapó al vagón de observación, buscando un destello de cielo real.

Allí, de pie junto a la ventana enorme, con el paisaje nocturno desfilando como un sueño borroso, encontró a Jungkook. Estaba inmóvil, su perfil recortado con precisión contra la luz plateada de la luna, parecía una estatua.

—¿No puedes dormir? — Preguntó el azabache sin girarse, como si hubiera sentido su presencia en el cambio de la presión del aire.

— Estoy pensando en la promesa que le hice a mi hermana... — Respondió el rubio, acercándose hasta quedar a su lado, pero sin tocarlo. — En cómo cumplirla sin saber siquiera por dónde empezar.

Jungkook finalmente giró la cabeza, la luz lunar se reflejó en sus ojos oscuros, convirtiéndolos en pozos. — Eres valiente. — Le hágalo. — Ofrecerte por ella no fue un acto cualquiera.

— No fue valentía... — Rectificó Jimin, mirando sus propias manos. — Fue… pura necesidad. — Se encogió de hombros. — Como respirar, no había otra opción.

— Lo sé. — Murmuróel azabache, su mirada era tan intensa, tan directa, que parecía físicamente tangible. — Yo también tengo una promesa que cumplir aquí dentro.

— ¿A quién? — Preguntó Jimin, confundido.

— A mí mismo. — Jungkook se acercó un paso, la distancia entre ellos se redujo a centímetros, la luz de la luna iluminó de lleno los tatuajes de su brazo, revelando lo que parecían ser runas antiguas entrelazadas con espinas y símbolos de nudos sin fin. — No voy a dejar que te maten, Jimin. — Le prometió. — No después de haberte visto aquel día, junto a la valla, con los ojos más grandes que tu rostro, decidido a no llorar. — Recordó. — Sobreviviste entonces a cosas peores que muchos en el distrito y sobrevivirás ahora.

Jimin sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, una oleada de algo caliente y peligroso le subió por el pecho. — ¿Por qué? — Logró articular, sorprendido. — ¿Por qué harías eso por mí? No me debes nada. — Murmuró. — Ese pan… fue hace una mucho tiempo.

— No se trata de deudas. — Susurró con suavidad. — Se trata de que eres la única cosa real, la única persona íntegra que he visto nacer y crecer en ese distrito de polvo y resignación. — Le aseguró. — La única que no se ha rendido, ni siquiera cuando el mundo te empujaba a hacerlo. — Suspiró. — Te lancé ese pan no por lástima, Jimin, fue un instinto, como cubrir con tu cuerpo a alguien de la lluvia o como proteger de la tormenta lo poco que vale la pena en este maldito lugar.

Antes de que Jimin pudiera encontrar una respuesta, una réplica, un aliento, Jungkook se inclinó ligeramente y con una suavidad que desmentía por completo su apariencia de fuerza bruta, dejó caer un beso ligero y seco en su frente.

No fue un beso romántico, ni apasionado; fue un sello, una marca de posesión protectora, un ritual de un guerrero antes de la batalla.

— Ahora, duerme, Jimin. — Pidio con dulzura. — Aunque sea un poco, ya mañana el espectáculo empieza de verdad y necesitarás todos tus reflejos.

El Capitolio no era una ciudad; era una convulsión psicodélica de arquitectura, colores que gritaban y gente que parecía escapar de un carnaval. Jimin se sentía como un espécimen raro en una vitrina, vestido con un traje negro ajustado que, al moverse, se encendía con chispas y destellos de fuego artificial digital, una creación de su estilista, un hombre llamado Jung Hoseok que se movía como un colibrí neurótico pero cuyos ojos, en momentos de calma, mostraban un destello de genuina empatía.

— ¡Rubio natural y ojos azules del cielo! — Chilló. — ¡Cariño, eres una dinamita visual pura! ¡Y tú! — Giró hacia Jungkook, que soportaba el escrutinio con paciencia. — Moreno, tatuajes que cuentan historias y ese físico… — Ronroneó. — ¡Dios mío, es el contraste perfecto! ¡Fuego y hielo! Carne y acero! — Exclamó Hoseok, ajustando el atuendo de Jungkook, que era un pantalón negro de cuero sintético y el torso completamente desnudo, exhibiendo sin vergüenza el mapa de músculos definidos y la intrincada red de tinta negra y gris que lo cubría como una segunda piel. — El Capitolio se va a volver loco, los amarán o los odiarán tanto que los amarán. ¡Es lo mismo!

Y así fue.

Cuando su carruaje con llamas reales que crepitaban y lanzaban chispas, recorrió la gran avenida, el rugido de la multitud fue ensordecedor.

Jimin, agarrado de la mano por Jungkook como les había instruido Hoseok “¡Agárrense como si su vida dependiera de ello, que depende!", sentía el calor abrasador de las llamas y el calor más denso, más humano, de la piel del azabache contra la suya.

Jungkook no sonreía a la multitud que vitoreaba; su rostro era serio, sus ojos oscuros escaneaban las caras con evaluación, casi desprecio, y eso, paradójicamente, parecía excitar y fascinar aún más al público.

Jimin, por su parte, intentó mantener la mirada alta, la espalda recta, proyectando una determinación fría que por dentro era un torbellino de náuseas.

Eran solo dos granos más en una cosecha de veinticuatro condenados, pero la maquinaria del Capitolio ya los había etiquetado y empaquetado.

Los Amantes del Distrito Doce.

Una mentira útil fabricada por Yoongi y potenciada por Hoseok que ahora colgaba de sus hombros como una armadura de cristal, bella y letal.

Los entrenamientos en el Centro fueron una exposición deprimente de los instintos de supervivencia o la falta de ellos, de los otros distritos.

Los tributos profesionales de los Distritos 1, 2 y 4, los llamados "Carneros", estaban alrededor de las espadas, lanzas y tridentes con una familiaridad aterradora, riendo entre ellos, lanzando miradas de desdén a los demás.

Otros, de los distritos más pobres, merodeaban por los bordes como fantasmas asustados, tocando las cuerdas de los arcos o las redes con manos temblorosas.

Jimin siguió el consejo de Yoongi al pie de la letra, se acercó a las estaciones de tiro con arco cuando estaban relativamente vacías. Tomó un arco de peso medio, palpó la cuerda, disparó una docena de flechas, clavando la mayoría en el anillo exterior del blanco, una o dos cerca del centro, pero ninguna perfecta.

Mostró habilidad, suficiente para no parecer inútil, pero ocultó la precisión que había perfeccionado años cazando presas silenciosas en el bosque.

Jungkook, en cambio, se dirigió directamente a la estación de lucha cuerpo a cuerpo y a las pesas, no buscó las más grandes al principio, cuando un chico musculoso del Distrito 11, con una sonrisa burlona, intentó quitarle una mancuerna de las manos con un comentario sobre "Los tatuados del Doce", no respondió con palabras.

Con un movimiento fluido y tan rápido que Jimin, que observaba de reojo, apenas lo registró, agarró la muñeca del chico, la torció y usando su propia fuerza en su contra, lo hizo girar y lo inmovilizó contra una colchoneta de golpe, aplicando una llave de brazo que hizo crujir la articulación del hombro del otro.

No fue un acto de brutalidad, fue una demostración, fría y controlada.

No dijo nada al liberarlo, solo lo miró, el mensaje fue claro y se esparció por el centro: El tributo tatuado del Doce no era un objetivo fácil, no era una presa.

La evaluación privada era el momento de la verdad, la última impresión antes de los puntajes.

Jimin, con los nervios a flor de piel, entró en la gran sala, vio cómo los hombres y mujeres del Capitolio, con sus ropas extravagantes y sus rostros modificados, hablaban entre sí, picaban en un gigantesco banquete que olía a especias caras.

La furia que no sentía desde la Cosecha, lo invadió de repente.

No eran dioses decidiendo su destino.

Eran glotones aburridos.

Cuando le indicaron que procediera, el rubio caminó hacia el arsenal y tomó su arco y se colocó frente al blanco humano electrónico. Y entonces, en lugar de disparar a él, giró sobre sus talones, su corazón latía con fuerza, respiró hondo, como lo hacía en el bosque cuando el viento soplaba en contra, vaciando su mente de todo excepto de la línea entre el ojo, la flecha y el objetivo.

El objetivo no era el blanco.

Era la manzana asada que adornaba, pinchada en un asador, el centro de la mesa.

La flecha silbó al ser liberada, el impacto fue seco, la punta de la flecha clavó la manzana contra el panel de madera oscura de la pared, a escasos centímetros de la cabeza de uno de los líderes que acababa de llevarse un trozo de pastel a la boca.

La copa de cristal fino se le escapó de los dedos y se hizo añicos en el suelo, el silencio que siguió fue absoluto, denso, cargado de shock.

Jimin bajó el arco.

Hizo una reverencia breve, seca y salió de la sala sin mirar atrás, sabía que había sido temerario, que podía haberlos ofendido, pero también sabía, en sus huesos de cazador, que los había hecho verlo.

Realmente verlo.

Más tarde, en la terraza de su suite en la Torre de los Tributos, las puntuaciones fueron anunciadas en una pantalla gigante que iluminaba la noche artificial del Capitolio.

El rubio contuvo la respiración, sus dedos aferrados al borde del sillón, los nombres y números desfilaban, cuando llegó al suyo, el corazón le dio un vuelco.

"Distrito 12, Park Jimin: 11."

Un gaspeo colectivo, un susurro de incredulidad, surgió de las demás terrazas.

Un 11.

Era casi inaudito, reservado para los carneros más letales.

Luego, la voz del locutor continuó:

"Distrito 12, Jeon Jungkook: 10."

Jimin giró la cabeza lentamente, Jungkook estaba a su lado, inmóvil y él también lo miraba.

No hubo sonrisas, ni palmadas en la espalda.

No hicieron falta palabras.

El mensaje era claro, ya no eran fantasmas, estaban en el mapa, eran blancos de primera categoría. Pero también, por primera vez desde que subieron al tren, eran contendientes.

La entrevista con Kim Namjoon sería su última oportunidad de conectar con el público, de moldear la narrativa antes de que la arena la escribiera con sangre.

Jungkook, vestido con un traje sencillo de corte impecable que, no obstante, dejaba ver los tatuajes en sus antebrazos y el contorno de su físico bajo la tela, sorprendió a todos.

Cuando Namjoon, con su sonrisa profesional y sus preguntas calculadas, le preguntó si había dejado un amor especial en casa, en el Distrito 12, Jungkook no vaciló.

No miró al suelo ni sonrió tímidamente.

Miró directamente a la lente de la cámara más cercana, sus ojos oscuros cargados de una emoción intensa, cruda y para sorpresa de Jimin, completamente genuina.

— Sí, lo tengo. — Declaró, su voz grave resonó en el estudio. — Y no está en casa, está aquí.

La cámara giró instantáneamente, capturando el rostro de Jimin, cuyas mejillas se sonrojaron con un rubor que no era actuación.

Kim Namjoon, encantado con el drama, se deslizó hacia el rubio.

— ¡Y tú, Jimin! ¡El doncel rubio! ¿Qué tienes que decir sobre las declaraciones de tu compañero? — Le preguntó. — ¿Es correspondido este… sentimiento?

Jimin, atrapado en el foco de miles de millones de ojos, en el corazón de la mentira que los sostenía, sintió que el pánico lo agarraba por la garganta.

Pero entonces, buscó la mirada de Jungkook en el escenario, lo encontró, esos ojos oscuros, fijos en él, no transmitían la presión de una farsa, transmitían una quietud, una certeza que era un ancla en el caos.

El rubio respiró y la voz que salió de sus labios fue más suave de lo que esperaba, pero no temblorosa.

— Que… — Tragó saliva, buscando las palabras que fueran a la vez verdad y estrategia, y encontrando que, en ese momento, eran lo mismo. — Que sin él, no tendría ninguna posibilidad y que haré lo que sea necesario para que los dos podamos volver a casa.

Fue la declaración perfecta.

Ni cursi, ni débil, ni exagerada.

Era una promesa de lucha.

El Capitolio, representado en el estudio, estalló en vítores y aplausos. La historia de los "Amantes del Distrito Doce" estaba sellada. Esa noche, en el balcón privado de su suite, Min Yoongi se acercó a ellos, olía menos a alcohol y más a la tensión metálica de la anticipación.

— Lo han logrado, más de lo que me atreví a esperar y tienen patrocinadores interesados. — Asintió. — Tienen, contra todo pronóstico, una oportunidad y mañana, cuando los tubos los eleven a la arena, recuerden esto y no lo olviden. — Murmuró. — e

El primer día es una carnicería, Sobrevivan el primer día, no corran ciegos a la Cornucopia, busquen agua y encuéntrense lo antes posible. — Les ordenó. Manténganse vivos y Jimin… — Se acercó un poco más. — Confía en él. — Su cabeza hizo un gesto casi imperceptible hacía Jungkook. — En esta arena, él no es tu enemigo, es la única cosa real que tienes.

Cuando Yoongi se fue, dejándolos solos bajo el cielo falso del Capitolio, salpicado de estrellas holográficas, Jimin y Jungkook permanecieron en silencio un largo rato.

El peso de lo que se avecinaba entre ellos.

— ¿Era verdad? — Preguntó finalmente el rubio. — Lo que dijiste en la entrevista, lo del… sentimiento.

Jungkook se giró hacía él lentamente, su expresión no era la del chico fuerte y desafiante de los entrenamientos, ni la del tributo calculador.

— Cada palabra. — Respondió, sin apartar la mirada. — Desde el día del pan quemado. — Aseguró. — No estoy fingiendo para las cámaras, Jimin y no sé cómo llamarlo todavía, pero no es fingido.

— Yo… — Respiró hondo, sintiendo que una pared dentro de él se desmoronaba. — Yo tampoco, no estoy fingiendo.

Jungkook extendió una mano, sus dedos, largos y marcados por pequeñas cicatrices antiguas, se detuvieron a un centímetro de la mejilla de Jimin, como si temiera que fuera a romperse, luego, con suavidad tocó su piel, el contraste entre la mano áspera y la mejilla suave fue electrizante.

— Entonces prométeme algo... — Murmuró el pelinegro. — Prométeme que, pase lo que pase en esa arena, no importa lo que veas o lo que escuches, no dejarás que te arrebaten. — Fue más una súplica. — No te rendirás, lucharemos juntos, xada paso, cada respiración y saldremos juntos, de una forma u otra.

Jimin, perdido en la oscuridad de esos ojos que lo sostenían, sintió que el miedo se transformaba, no desaparecía, pero se fundía con algo más.

Asintió lentamente. — Lo prometo.

Un zumbido metálico, luego un silenció sepulcral, la voz de Kim Taehyung, distorsionada y grotescamente alegre comenzaron a contar los segundos.

Sesenta.

Cincuenta y nueve.

Jimin, dentro del tubo de metal frío, sentía el corazón golpeándole las costillas como un pájaro aterrorizado, vestía la ropa térmica ajustada del Capitolio, sus manos vacías.

A través de la rejilla de la puerta, veía un destello de luz cegadora, un resplandor verde y dorado.

Cincuenta.

Cuarenta.

Pensó en Jihyun.

En la promesa.

En Jungkook, a su izquierda, en su propio tubo.

Treinta.

Respiró hondo, llenando los pulmones.

Veinte.

El cuerpo se le tensó, cada músculo listo.

Diez.

Cerró los ojos un instante, buscando el bosque del doce en su mente.

El gong resonó, un sonido enorme que pareció sacudir la misma plataforma, la puerta se deslizó con un silbido, la luz lo inundó, cegadora y Jimin salió disparado.

Ante él se extendía la arena.

No era el bosque familiar.

Era un paisaje de belleza siniestra, un prado verde exuberante bordeado por un denso bosque de pinos, y en el centro, la Cornucopia, un cuerno gigante de metal dorado que relucía bajo un sol artificial.

A su alrededor, en un círculo de abundancia obscena, había mochilas, cuchillos, arcos, cantimploras, mantas y entre los objetos, los otros veintidós tributos, congelados por un microsegundo antes de que estallara el caos.

La instrucción de Yoongi resonó: “No corras a la Cornucopia.” Pero su instinto de cazador vio algo más vital.

A unos veinte metros, cerca del borde del círculo de suministros, había un arco de caza, simple pero funcional, junto a una hilera de flechas. Era su única chance de ser él mismo en ese infierno y sin pensarlo, corrió hacia él.

Un chico del Distrito 4 lanzó un grito ahogado cuando una lanza se le clavó en el costado.

Una chica del 10 tropezó y fue pisoteada.

El aire se llenó del sonido de metal contra metal, de impactos sordos, de gritos agónicos. El rubio esquivó a un tributo que forcejeaba por una mochila y agarró el arco y las flechas..

En ese momento, una sombra se le echó encima, era el tributo enorme del Distrito 2, el mismo que Jungkook había inmovilizado en el entrenamiento, ahora con un hacha en la mano y una sonrisa de triunfo anticipado.

— ¡La florcita del Doce! — Rugió.

Jimin retrocedió, buscando una flecha con manos temblorosas, era demasiado lento, el hacha se alzó y entonces, como un rayo, Jungkook se interpusó entre ellos. No había tomado un arma; había agarrado una pesada manta enrollada de algún kit de supervivencia.

Cuando el hacha descendió, Jungkook la desvió con la manta, el metal cortando la tela pero perdiendo fuerza, unmediatamente, con un movimiento rápido, el pelinegro giró y descargó un puñetazo directo en la mandíbula del chico del 2.

El sonido del impacto, hueso contra hueso, fue nítido, el carnero se tambaleó, aturdido, y Jungkook no esperó, le arrancó el hacha de las manos y con la empuñadura, le golpeó la sien.

El chico cayó como un saco, inconsciente.

— ¡Jimin, corre! ¡Al bosque! — Gritó, sus ojos negros despojados de toda calma, ahora ardiendo en furia.

El doncel no lo pensó dos veces, giró y corrió como si los demonios lo persiguieran, las ramas bajas le azotaban la cara, escuchó un cañonazo detrás de él.

Uno, luego otro y otro.

Los rostros de los muertos aparecieron proyectados en el cielo nocturno más tarde, pero en ese momento, solo eran sonidos que marcaban el fin de alguien.

Corrió hasta que el dolor en el costado fue una puñalada y el sonido de la Cornucopia se desvaneció en la distancia, se desplomó tras un tronco caído, jadeando, el arco aún aferrado a sus manos.

La primera noche fue un infierno de soledad y de sonidos lejanos, risas estridentes de los que celebraban sus primeras muertes, el zumbido de los insectos de la arena.

Jimin trepó a un pino y se anudó con la cuerda de su mochila, había logrado agarrar una pequeña al huir. Desde arriba, vio los fuegos de los otros tributos, imprudentes.

Él no encendería ninguno.

El frío era penetrante.

Pensó en Jungkook.

¿Estaría vivo? El cañonazo del chico del 2 no había sonado, pero eso no significaba nada.

Al amanecer, con el cuerpo entumecido, bajó.

Necesitaba agua.

Siguió el sonido de un arroyo, moviéndose con el sigilo que le había enseñado el bosque real, fue entonces cuando la vio, una niña pequeña, no mayor de doce años, sentada en una roca junto al agua, meciéndose suavemente.

Llevaba el número 11 en el brazo.

Su rostro era sereno, pero sus ojos grandes reflejaban terror, se llamaba Soojin.

— No te haré daño... — Susurró.

Soojin lo miró, sin sorpresa. — Tienes el arco, podrías matarme ahora.

— No cazo presas que no me amenacen. — Dijo, acercándose lentamente. — ¿Tienes agua?

Ella asintió y señaló un manantial más arriba, fue el inicio de una alianza frágil y silenciosa.

Soojin conocía los árboles, podía trepar como una ardilla y reconocía las plantas, le mostró una enredadera que almacenaba agua pura en su interior.

A cambio, Jimin compartió unas tiras de carne seca de su mochila, no hablaban de los juegos, hablaban, en susurros, de los árboles frutales del 11, de los bosques del 12.

Era un respiro de humanidad en la pesadilla.

La tregua duró dos días.

La encontraron mientras Jimin intentaba pescar en un arroyo y Soojin recolectaba bayas arriba.

Eran tres, el chico del Distrito 1 y una pareja de los Distritos 4 y 5.

— Miren lo que tenemos... — Sonrió el del uno. — Una flor y su jardinera. Jimin se puso en posición. — Vete. — Le dijo a Soojin. — Trepa.

Pero uno del Distrito 4 lanzó una red de pescador, que atrapó a Soojin antes de que pudiera reaccionar.

Ella gritó, enredándose más.

Jimin disparó, la flecha se clavó en el hombro del del Distrito 5, que aulló de dolor, el del Distrito 1 fue contra el rubio que retrocedió tropezando.

No tenía ángulo para otro tiro.

En ese momento, Soojin, desesperada, sacó un pequeño cuchillo que llevaba escondido y lo enterró en el pie del que sujetaba la red, el hombre gritó y la soltó, Soojin se liberó y corrió hacia los árboles.

— ¡Soojin, corre! — Gritó Jimin, esquivando un golpe.

La niña llegó al primer árbol y empezó a trepar con agilidad.

Estaba a salvo.

Pero entonces, una lanza, lanzada por el chico herido del Distrito 5, voló por el aire, no iba dirigida a Jimin, se clavó en el tronco del árbol, justo por debajo de Soojin, en una rama seca y pesada.

Soojin cayó de una altura de tres metros, sin un sonido y quedó tendida en el suelo, inmóvil.

— ¡No! — Grito el rubio.

Los carneros, viendo el cañonazo que pronto sonaría, dudaron un instante y fue el tiempo que Jimin necesitó.

Con fluidez tomó otra flecha, giró y disparó al cuello del hombre del Distrito 1, que aún miraba a Soojin, la punta afilada encontró su garganta.

El chico se llevó las manos al cuello, con ojos desorbitados, y cayó de rodillas, ahogándose en su propia sangre, el cañonazo estalló en el aire, viendo muerto a su líder y herido a otro, decidieron que la presa no valía la pena y huyeron cojeando hacia la espesura.

Jimin corrió hacia Soojin, la levantó suavemente, estaba viva, pero un hilillo de sangre le salía de la oreja, su respiración era irregular y débil.

— Lo… siento... — Susurró Soojin, con sus ojos vidriosos buscando los de Jimin. — No… pude trepar más rápido.

— Shhh, no hables, te vas a poner bien. — Mintió Jimin, con lágrimas de furia e impotencia en su cara, sabía que no era verdad, la caída, el golpe… en la arena no había médicos.

— Gana… — Toseó Soojin, con un hilo de sangre en su labio. — Por nuestros distritos…

Asintió, incapaz de hablar, Soojin sonrió y luego sus ojos se perdieron, mirando algo más allá. Su pecho dejó de moverse y un momento después, el cañonazo sonó para la niña del Distrito 11.

Jimin la sostuvo un minuto más, temblando.

Luego, con una ternura infinita, la recostó sobre un lecho de hojas, buscó entre las plantas que ella le había enseñado y encontró unas flores blancas, las únicas puras en ese lugar, le puso un ramillete sobre el pecho y luego, miró hacia donde habían huido los asesinos.

La furia fría que lo invadió entonces no era humana.

Era de cazador.

Tomó la lanza que había herido a Soojin, todavía clavada en el árbol, con todas sus fuerzas, la arrancó, no era un arma para él, pero la llevaría, era un recordatorio y un juramento.

Al día siguiente, un regalo cayó del cielo en un paracaídas de plata, un pequeño bote de ungüento medicinal, no tenía nota, era del distrito 11.

Un agradecimiento.

Necesitaba encontrar a Jungkook, lo buscó durante un día más, siguiendo señales que esperaba que él dejara; una rama quebrada en forma particular, una piedra apilada sobre otra.

Finalmente, cerca de un arroyo rocoso, encontró una.

Una piedra plana encima de otra más grande y junto a ella, raspada en la tierra húmeda, una runa simple que coincidía con uno de los tatuajes de Jungkook.

Siguió el arroyo río arriba, el corazón latiéndole con esperanza.

Lo encontró en una pequeña cueva oculta tras una cortina de enredaderas, pero no era el Jungkook imponente de la Cornucopia.

Estaba recostado contra la pared, pálido, con el torso vendado torpemente con tiras de su propia camisa, una mancha oscura y húmeda de sangre se extendía sobre la venda, en el costado, junto a él, había un cuchillo de caza y una cantimplora vacía.

— Jungkook... — Susurró Jimin, entrando.

Los ojos negros se abrieron al instante, alertas, hasta que reconocieron al rubio. Entonces, la tensión se quebró, reemplazada por un alivio tan profundo que hizo que el azabache cerrara los ojos un momento.

— Te encontré. — Espetó Jimin, cayendo de rodillas a su lado. — ¿Qué pasó?

— Esquina de una espada. — Gruñó Jungkook, con la voz ronca por la fiebre. — Del Distrito 4, me atacaron ayer. — Se quejó. — Lo dejé… fuera de combate, pero no antes de que me rozara, no es profunda, pero se infectó.

Jimin no perdió tiempo.

Con manos firmes, desató la venda mugrienta, la herida era un corte feo y enrojecido, con los bordes inflamados y calientes al tacto. Usó el ungüento del distrito 11, extendiéndolo sobre la piel infectada, Jungkook contuvo el aliento, pero no emitió un quejido.

— Te traje esto. — Murmuró Jimin, mostrando la cantimplora que había llenado. — Y cazaré, necesitas fuerzas.

Los días en la cueva se convirtieron en un ritual de supervivencia y cuidado.

Jimin cazó un par de ardillas extrañas de la arena y las asó con cuidado, Jungkook, a pesar de su debilidad, insistía en tomar turnos de vigilia, la fiebre bajó gracias al ungüento y al agua limpia, pero la debilidad permaneció.

Fue entonces cuando se escuchó el anuncio.

La voz de Kim Taehyung retumbó en la arena, dulce y letal: “¡Atención, tributos! Tenemos una sorpresa especial, una regla… Cambiada. — Hizo una pausa dramática. — Por primera vez en la historia, podrá haber dos vencedores si provienen del mismo distrito. ¡Siempre que, por supuesto, sean los últimos en pie! ¡Que la suerte esté siempre… de su parte!”

El mensaje era claro, era para ellos, el capitolio amaba su historia de

“Amantes”. Querían que llegaran juntos al final, querían el drama, Jimin miró a Jungkook, la esperanza, peligrosa y brillante, encendió una chispa en sus ojos oscuros.

— Es una trampa... — Murmuró el pelinegro, aún débil.

— Sí. — Asintió el rubio. — Pero es nuestra única salida, tenemos que llegar a ser los dos últimos. — Aseguró. — No hay otra manera.

Para mantener el interés del Capitolio, para asegurar los patrocinios que les enviarían comida, medicinas, lo que necesitaran para la fase final, debían alimentar la narrativa.

Jimin lo entendió.

Una tarde, mientras cambiaba la venda de Jungkook, este lo tomó de la muñeca, su mirada era intensa, febril, pero clara.

— Las cámaras… nos están mirando ahora... — Susurró Jungkook. — Necesitan verlo.

El rubio asintió, tragando saliva, se inclinó y lo beso, no fue como el de la frente en el tren, fue en los labios, un contacto suave, inicialmente tímido, un espectáculo para las masas.

Pero entonces, algo se quebró.

El contacto se prolongó, la mano de Jungkook se enredó en el cabello rubio de Jimin, tirando de él suavidad.

El rubio respondió, olvidando por un instante las cámaras, la arena, la muerte, solo existían los labios cálidos del azabache, el sabor a hierbas y a tierra, la sensación abrumadora de que, en medio de toda la farsa, esto era real.

Fue Jungkook quien se separó, jadeando levemente, su mirada recorriendo el rostro de Jimin como si lo memorizara. — Eso debería bastar... — Susurro

—Sí — Murmuró Jimin, aturdido. — Debería.

Al día siguiente, llegó un paracaídas con un caldo espeso y nutritivo, y más ungüento.

El mensaje era claro, el romance vendía, les daban herramientas para seguir.

La recuperación de Jungkook fue lenta pero constante, cuando pudo caminar sin tambalearse, salieron de la cueva.

Solo quedaban cinco tributos, según los cañonazos, ellos dos, los dos carneros restantes, y una chica furtiva del Distrito 7.

El Capitolio, para acelerar el final, anunció un “Banquete” en la Cornucopia, donde dejarían objetos vitales para cada tributo.

El de Jimin era el ungüento del Distrito 11, el que había salvado a Jungkook, era una trampa obvia, pero necesitaban esa medicina.

— No irás. — Dijo Jungkook, firme. — Es una carnicería.

— Tenemos que ir. — Replicó el rubio. — Si te vuelves a infectar, morirás y no puedo… no puedo ganar solo.

Fue Jungkook quien ideó el plan.

Irían juntos, pero Jimin se quedaría en los árboles, con el arco, cubriéndolo, Jungkook, recuperado, correría por el ungüento.

El banquete fue un campo de batalla reducido.

La chica del 7 murió rápidamente, empalada por el del Distrito 5.

Jungkook corrió hacia la Cornucopia, donde las mochilas colgaban de un poste, agarró la suya y la de Jimin, en ese momento, los dos carneros restantes lo rodearon.

El del Distrito 4, el pescador, tenía un tridente, el del 5, cojeando aún de la herida de flecha de Jimin, tenía una espada corta.

— El tatuado solo... — Sonrió el del 4. — Tu novio rubio no puede salvarte aquí.

Desde los árboles, Jimin vio la escena, el corazón en la garganta, no tenía un ángulo claro para disparar sin riesgo de golpear a Jungkook, se mordió el labio hasta sangrar.

Jungkook dejó caer las mochilas.

No mostró miedo.

Asumió una posición baja, equilibrada, sus ojos calculando la distancia a cada uno.

El del 5 atacó primero, una estocada torpe.

Jungkook lo esquivó, agarró su brazo y, con un giro, lo dislocó de la articulación del hombro. El grito del chico llenó el aire, mientras se retorcía en el suelo, el del Distrito 4 cargó con el tridente.

El pelinegro no retrocedió, se abalanzó hacía él, dentro del arco de ataque, y agarró el asta del tridente con ambas manos, justo por debajo de las púas, la fuerza del impacto hizo que ambos retrocedieran, pero Jungkook, con los músculos de su espalda tensándose bajo los tatuajes, hizo palanca y partió la madera por la mitad.

El hombre del 4 quedó con un trozo inútil en las manos, la sorpresa pintada en su rostro. Jungkook no le dio tiempo, con el trozo de asta que tenía en la mano, lo golpeó en la sien.

El carnero cayó inconsciente.

Luego, sin piedad, recogió el tridente roto y con la parte afilada, acabó con ambos rivales de manera rápida y eficiente.

Era la eliminación de una amenaza.

Dos cañonazos sonaron casi al unísono.

Jimin bajó de los árboles, corriendo hacia él, Jungkook estaba de pie, jadeando, las manos manchadas de sangre, su mirada era la de un extraño.

Pero cuando vio al rubio, esa mirada se despejó, la ferocidad se desvaneció, reemplazada por cansancio.

— Te dije que era fuerte... — Murmuró Jungkook, con orgullo.

Jimin no dijo nada, solo se acercó y lo abrazó, con fuerza, sintiendo el latido acelerado del corazón del pelinegro contra el suyo, Jungkook enterró la cara en su cuello, inhalando profundamente.

Ahora solo quedaban ellos dos.

La regla especial seguía en pie.

El alivio era dulce y venenoso.

Caminaron de la Cornucopia hacia el lago, donde el aire era más limpio, se sentaron en la orilla, agotados, habían ganado, habían sobrevivido.

Jimin miró a Jungkook y una sonrisa verdadera, la primera desde la cosecha, comenzó a dibujarse en sus labios.

Entonces, la voz de Kim Taehyung retumbó de nuevo, pero esta vez con un tono diferente, una nota de crueldad.

“¡Atención, vencedores! ¡Un magnífico giro final! — Exclamó. — La regla especial… ha sido revocada, lo sentimos. — Fingió lastima. — Solo puede haber… un vencedor. ¡Buena suerte!”

El mundo se detuvo.

El aire se espesó.

Jimin miró a Jungkook y en los ojos oscuros de este vio reflejado el mismo horror.

El capitolio los había llevado hasta la cima solo para arrojarlos al abismo uno contra el otro.

Era el espectáculo final, el más retorcido.

Jungkook se puso de pie lentamente, Jimin también se levantó, con el arco colgando inútilmente a su lado.

No podía.

No podía levantar un arma contra él.

— Lo sabía... — Sonrió con ironía el azabache. — Era una trampa desde el principio.

— ¿Qué hacemos? — Susurró Jimin, las lágrimas nublándole la vista. — No puedo… Jungkook, no puedo.

Jungkook lo miró y entonces, en sus ojos, Jimin vio que no había lucha, no había decisión que tomar.

El pelinegro sacó el cuchillo de su cinturón, no para atacar a Jimin, caminó hacía un arbusto cercano, donde crecían unas bayas de un color púrpura intenso y brillante, un tono antinatural que gritaba peligro.

Las había visto antes.

Eran Somníferas Nocturnas.

Una sola era mortal.

Jungkook arrancó un puñado.

— No. — Sollozo el rubio, entendiendo. — No, Jungkook, hay otra manera…

— No la hay. — Le cortó el pelinegro. — El Capitolio quiere un vencedor, un superviviente, pero no pueden forzarnos a darnos el golpe final, no pueden obligarnos a convertirnos en eso. — Extendió la mano, mostrando las bayas venenosas. — Te prometí que saldríamos juntos, de una forma u otra.

Jimin miró las bayas, luego a Jungkook, vio la verdad en sus ojos.

Esta era su victoria.

Su última rebelión.

No iban a darles el espectáculo de dos amantes destrozándose.

Iban a robarles el final.

Juntos.

Con manos que no temblaban, tomó la mitad de las bayas de la mano del azabache, sus dedos se rozaron, se miraron a los ojos, un último vistazo, un último reconocimiento. Todo lo que había entre ellos, el pan quemado, la promesa, el beso en la cueva, el calor compartido, estaba contenido en esa mirada.

— Juntos... — Murmuró Jimin.

—Siempre... — Respondió Jungkook.

A una señal muda, se llevaron las bayas a la boca.

El sabor fue dulce y agrio al mismo tiempo, un estallido de sabor falso antes del final, las masticaron.

Jimin sintió el primer espasmo en el estómago, un dolor agudo, vio cómo el rostro de Jungkook se contraía también, se tomaron de las manos, con fuerza, anclándose el uno al otro mientras las sombras comenzaban a cerrarse alrededor de sus sentidos.

El último sonido que Jimin escuchó fue el grito desesperado de Kim Taehyung por los altavoces.

— ¡Paren! ¡¡PAREN!!

Y luego, la oscuridad.

Jimin despertó con un sabor metálico en la boca y una luz blanca y dolorosa en los ojos.

Estaba en una cama blanca, en una habitación blanca.

No estaba muerto.

Giró la cabeza, con un dolor punzante.

En la cama continua, también despertando, con los ojos desenfocados pero vivos, estaba Jungkook.

Un médico del Capitolio, con una expresión entre el asombro y la irritación, les explicó, les habían bombeado el estómago a tiempo, las bayas no habían tenido tiempo de hacer un daño irreversible.

El “Dramático intento de doble suicidio” había sido “La conclusión más emocionante y conmovedora de la historia de los Juegos”.

El Capitolio, atrapado en su propia trampa, no podía permitir que sus amantes estrella murieran, la indignación pública orquestada o no habría sido monumental.

Habían sido declarados co-vencedores.

Min Yoongi entró en la habitación, lucía más cansado que nunca, pero en sus ojos había un destello de algo parecido al respeto.

— Lo lograron... — Dijo secamente. — De la manera más estúpida, temeraria y brillante posible, le torcieron la mano al propio Capitolio y ahora son héroes, pero no lo olviden — Su mirada se endureció. — Para el presidente, solo son dos tributos problemáticos que le arruinaron el final. — Les aseguró. — Ganaron los juegos, pero la partida real acaba de empezar.

Jimin miró a Jungkook a través del espacio entre sus camas. Jungkook ya lo miraba a él.

No sonrieron.

No hubo celebración.

Extendieron la mano al mismo tiempo, y sus dedos se encontraron y entrelazaron, rl contacto era real, sólido, un ancla en la nueva tormenta que se avecinaba.

Habían vencido a la arena.

Habían desafiado al Capitolio con un puñado de bayas venenosas, pero mientras sus manos se aferraban la una a la otra, Jimin supo que la promesa se mantenía.

Estaban juntos.

Y por ahora, eso era la única victoria que importaba.

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