PRÓLOGO
«¡No puedes huir de lo que has hecho, Violet!»
Tienen razón. No puedo. Pero puedo intentar huir de quien me persigue.
Así que corro.
Corro más rápido de lo que mis piernas deberían permitirme, más rápido de lo que puedo aguantar. Pero no importa. Todas las direcciones parecen iguales. No recuerdo por dónde vine ni qué camino lleva a la salida. Ya ni siquiera sé si existe una salida. Solo siento la presión interminable de los árboles y las sombras, junto a la certeza creciente de que no voy a escapar.
Los jodidos árboles son todos iguales en la oscuridad.
Las ramas se enganchan en mis brazos y en mi cara, y se enredan en mi pelo. Siento el tirón punzante de las ramas y el escozor que brota en mi piel, mezclándose con la sangre húmeda de mis manos, esa que sé que no es mía.
Quienquiera que me persiga sabe algo que yo no. Sabe que puedo correr todo lo que mi cuerpo resista y que nada va a cambiar. Porque esto no empezó aquí, en el bosque. Empezó en el momento en que entré en esa casa hace semanas. Quizás incluso antes. Todo lo que estoy haciendo ahora es prolongar el tiempo entre aquel entonces y lo que está por venir.
Tropiezo con una raíz y caigo de golpe, raspándome las palmas de las manos contra el suelo del bosque. Por un momento me quedo ahí, de rodillas, porque mi cuerpo no quiere levantarse más. Los pasos se detienen en algún lugar detrás de mí. Puedo sentir a quien sea que esté ahí de pie, esperando, dejándome tener este momento, porque sabe que no iré a ninguna parte.
Giro la cabeza. Entre los árboles, veo una figura en la oscuridad. Su silueta me resulta familiar de una forma que hace que se me encoja el pecho.
Conozco a esta persona.
Y sé que ya no queda a dónde huir.
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