Capitulo 0 – La séptima vela
La Casa de los Siete Espejos nunca dormía del todo.
Aquella noche de finales de octubre de 1789, el viento del valle se colaba por las rendijas de las ventanas como un suspiro largamente contenido. Las llamas de las velas temblaban dentro de sus candelabros de plata, proyectando sombras que se estiraban y contraían sobre los paneles de roble oscuro. Cada tabla del suelo gemía con su propio lenguaje: un crujido seco aquí, un lamento prolongado allá, como si la mansión misma respirara con dificultad.
Elara Voss empujó la pesada puerta de roble del vestíbulo principal y el chirrido de las bisagras cortó el silencio como un cuchillo. Llevaba una sola vela en la mano; la cera caliente le resbalaba entre los dedos. Había llegado hacía apenas una hora, envuelta en una capa empapada por la llovizna, y ya sentía que la casa la observaba.
Cerró la puerta tras de sí. El golpe reverberó por los pasillos vacíos.
—Solo una noche —se dijo en voz baja—. Mañana firmo los papeles y me marcho.
Pero la casa no parecía dispuesta a dejarla ir tan fácilmente.
Subió la gran escalera. Cada escalón protestaba bajo sus botas. El pasamanos estaba frío, casi húmedo, como si sudara. Al llegar al rellano del primer piso, se detuvo frente al primer espejo: un gran marco dorado que colgaba entre dos retratos de antepasados cuyos ojos parecían seguirla. La luz de su vela iluminó su propio rostro pálido, los ojos oscuros, el cabello negro recogido con prisa. Se miró durante tres segundos. Cuatro. Cinco.
En el sexto segundo, su reflejo parpadeó.
Elara retrocedió un paso. La llama vaciló violentamente.
—No —susurró—. Es el viento. Solo el viento.
Siguió caminando, más rápido ahora, hacia el ala este donde se encontraba el dormitorio principal. El pasillo era largo y estrecho. A ambos lados había puertas cerradas y, entre ellas, roperos altos y antiguos, de madera negra tallada con relieves de vides y rostros que parecían gritar en silencio. Algunos tenían espejos en las puertas interiores; otros solo oscuridad cuando se abrían.
Llegó al dormitorio. La cama con dosel era enorme, cubierta por un dosel de terciopelo rojo descolorido. Sobre la cómoda descansaba un candelabro de siete brazos. Seis velas ya estaban encendidas cuando entró; alguien —el viejo mayordomo que se había marchado esa misma tarde— las había preparado antes de huir.
Elara colocó su propia vela en el séptimo brazo. Ahora ardían las siete.
El aire se volvió más denso. Las llamas se estiraron hacia arriba, perfectas, casi demasiado quietas para ser reales.
Se quitó la capa mojada y la dejó sobre una silla. Al volverse hacia el gran ropero que ocupaba casi toda la pared del fondo, sintió un escalofrío que no venía del frío.
El ropero era una reliquia monstruosa: dos puertas altas de roble negro, con bisagras de hierro forjado. En el interior de cada puerta había un espejo de cuerpo entero, ligeramente azogado, con manchas oscuras en los bordes como si el tiempo hubiera empezado a comérselo.
Elara se acercó. Las tablas del suelo crujieron bajo sus pies, un sonido largo y quejumbroso que pareció durar demasiado.
Se detuvo frente al ropero cerrado.
—No seas estúpida —se reprendió—. Es solo un mueble.
Pero sus manos, traicioneras, se alzaron y abrieron las dos puertas al mismo tiempo.
Las bisagras gimieron, un lamento grave y prolongado.
Dentro, los dos espejos reflejaron la habitación exactamente… salvo por un detalle.
En el espejo de la izquierda, las siete velas ardían con llamas normales.
En el espejo de la derecha, las siete velas ardían… pero la séptima, la que ella acababa de encender, estaba apagada.
Elara frunció el ceño. Acercó su rostro al cristal.
Su reflejo la miró con atención. Demasiada atención.
Entonces, muy despacio, el reflejo de Elara levantó la mano y tocó el interior del espejo desde el otro lado. El vidrio onduló como agua negra.
La llama de la séptima vela del mundo real se apagó de golpe.
La habitación quedó sumida en una penumbra rojiza de las seis velas restantes.
Y en la oscuridad repentina, Elara oyó claramente una voz que no era la suya, susurrando desde dentro del ropero:
—Siete segundos, querida.
Ya van seis.
El suelo crujió una vez más, esta vez bajo unos pies que no eran los de ella.
Elara retrocedió hasta chocar con la cama. Su corazón latía tan fuerte que casi ahogaba el sonido de la madera vieja.
En el espejo de la derecha, su reflejo sonrió.
Y por primera vez en diecinueve años, Elara Voss comprendió que la Casa de los Siete Espejos no estaba vacía.
Nunca lo había estado.








