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La Culpa Perfecta

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Sinopsis

Sarah tiene una vida perfecta junto a Omer, su atento novio. Sin embargo, la perversa atracción por Barroca, su desagradable jefe, y su ambición por ascender; la arrastra a una infidelidad clandestina. Sarah tiene que tomar decisiones que la llevan a enfrentarse a la culpa perfecta.

Estado:
Completado
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

La tarde se desmoronaba sobre mi escritorio como una losa de cemento, y con cada tic del reloj de pared, mi frustración crecía como una hiedra venenosa.

A mis 28 años, me sentía atrapada en un cubículo de tres por tres.

Sarah - 28 años

—No puedo más, Martha —le dije a mi compañera, masajeándome las sienes.

—Llevo tres años en este puesto y cada vez que se abre una vacanta de supervisora, la llenan con alguien nuevo.

—Es como si estuviera nadando en aceite.

Martha me lanzó una de sus miradas cómplices, esas que mezclaban piedad y conocimiento.

—Sarah, cariño, ¿de verdad no te has enterado de los rumores? —susurró, inclinándose sobre mi escritorio.

—Dicen que todas las que han ascendido aquí... bueno, tuvieron que "agradecer" al jefe de forma especial.

Sentí un nudo de indignación en mi garganta.

—¡No me digas eso! Un ascenso se gana con esfuerzo, con talento, no... no con eso.

Martha soltó una risita amarga.

—Ay, Sarah, tan idealista como siempre. En la vida real, las reglas no siempre son las que nos enseñaron en la escuela.

—El jefe, Mr. Barroca, tiene debilidades como cualquier hombre.

Negué con la cabeza, pero sus palabras quedaron flotando en mi mente como humo tóxico.

Esa noche, me quedé trabajando hasta tarde, intentando demostrarme a mí misma que mi valía no dependía de favores indebidos.

Cuando por fin abandoné mi escritorio, el edificio estaba desierto.

Caminé hacia el estacionamiento silencioso. El aire nocturno me golpeó la cara al salir, y justo cuando giraba hacia mi coche, algo capturó mi atención.

Detrás de una columna de hormigón, una figura arrodillada.

Me detuve bruscamente, mi corazón golpeando mis costillas como un pájaro enjaulado.

Me acerqué sigilosamente, ocultándome tras la pared.

Allí estaba Olivia, la nueva secretaria del jefe, arrodillada sobre el asfalto frío. Frente a ella, Mr. Barroca, un hombre gordo, viejo y repulsivo, con el pantalón bajado hasta sus rodillas flácidas.

Olivia movía la cabeza con un entusiasmo que me revolvió el estómago, sus labios envolviendo la verga gruesa y erecta del hombre.

—Así, mi niña, así —gruñó Barroca, con las manos enterradas en el cabello de Olivia, guíándola.

—Chupamela como si tu trabajo dependiera de ello... porque de hecho, así es.

—Mmmph, sí, señor —respondió Olivia, sin detener su movimiento rítmico.

—Haré lo que sea para complacerlo. Quiero ese ascenso.

Sentí náuseas, una oleada de asco que me subió por la garganta. Pero curiosamente, no podía apartar la vista.

El contraste entre la juventud de ella y la decrepitud de él era tan perverso que me hipnotizaba.

Barroca - 54 años

Sus labios brillantes, la forma en que su lengua trazaba cada vena de aquel miembro viejo y engordado, el sonido húmedo y obsceno que llenaba el silencio del estacionamiento.

—Te has ganado el puesto, Olivia —jadeó Barroca, su respiración aguda.

—Pero antes, quiero que te lo tragues todo. Entendido?

—Sí, señor —murmuró ella, y vi cómo su garganta se movía mientras se preparaba.

Con un rugido gutural, Barroca eyaculó en la boca de la joven, y ella lo recibió con avidez, algunos hilos blancos escapándose por las comisuras de sus labios.

El hombre tembló, apoyándose en la columna, mientras Olivia se limpiaba la boca con el dorso de su mano.

Se arreglaron la ropa en un silencio incómodo, y luego se besaron, un beso profundo y contradictorio que mezclaba poder y sumisión.

Se despidieron como si nada hubiera pasado, y Barroca se dirigió a su coche mientras Olivia caminaba en dirección opuesta.

Yo permanecí atrás de la pared, respirando de manera agitada.

Mi cuerpo temblaba con una mezcla repugnante de asco y excitación que no entendía.

El calor se había acumulado entre mis piernas, y me sentía avergonzada y traicionada por mi propia reacción.

El trayecto a casa fue un infierno silencioso.

Cada semáforo en rojo era una invitación para que la imagen de Olivia y Barroca se grabara a fuego en mi retina.

El asfalto mojado reflejaba las luces de la ciudad como neón sobre un charco de deseo y corrupción.

Llegué a mi apartamento con la piel erizada y los panties húmedos, una humedad que me avergonzaba y excitaba a partes iguales.

Abrí la puerta y el aroma a ajo y tomate me golpeó las narices.

Omer estaba en la cocina, de espaldas, moviendo una cuchara de madera en una sartén.

Llevaba solo el pantalón de dormir dejando su torso musculoso desnudo. Era un faro de normalidad en medio de mi tormenta.

Omer - 30 años

—Hola, amor —dijo sin girarse. Me había oído abrir. Siempre lo hacía.

Cerré la puerta con suavidad, como si no quisiera romper la burbuja de domesticidad que él había creado.

—Hola cariño —respondí, mi voz un poco más ronca de lo normal.

Me acerqué y le besé la nuca. Se giró y me sonrió, sus ojos oscuros y sinceros. Me devolvió el beso, un beso de hogar, de rutina, de amor.

—Pareces agotada. ¿Día de mierda en el cementerio de cubículos?

—Peor de lo habitual —confesé, dejando caer mi bolso en una silla.

—Maldito Barroca. Algún día alguien lo denuncia por acoso y se lleva lo que merece.

El comentario de Omer me produjo un escalofrío.

Si él supiera. Si supiera que el acoso no era una imposición, sino una moneda de cambio.

Nos sentamos a cenar. Espaguetis con albóndigas. Omer hablaba de su proyecto, de un cliente difícil, de cómo había logrado cerrar un trato.

Yo asentía, empujando la comida con mi tenedor, pero mi mente estaba en un estacionamiento oscuro.

Oía los sonidos húmedos que escapaban de la boca de Olivia.

—Y tú? —me preguntó Omer, sorbiendo su vino.

—¿Algún nuevo drama de oficina?

Tragué con dificultad.

—Sí. Hay un puesto de supervisora disponible. De nuevo.

Su rostro se iluminó.

—Sarah, eso es increíble! Tienes que postularte. Eres la más cualificada, lo sabemos todos.

—No sé, Omer. Es que... —dudé, buscando las palabras correctas que no revelaran la verdad.

—Siento que por más que trabaje, siempre hay algo más.

Él dejó el tenedor y me tomó la mano. Sus dedos eran cálidos, firmes.

—Amor, tú eres brillante. Eres la persona más inteligente que conozco. Haz lo que sea necesario para conseguirlo. Lo mereces. Todo.

"Haz lo que sea necesario". La frase resonó en mi cabeza como una campana de iglesia en un funeral.

Después de cenar, vimos una serie tonta en el sofá. Omer se rio y yo fingí reír.

Su pierna descansaba sobre la mía, un peso reconfortante, pero mi cuerpo estaba en otro lugar.

Más tarde, en la habitación, me dediqué a preparar la cama mientras Omer se duchaba.

El sonido del agua cayendo era un telón de fondo para mis pensamientos.

Extendí las sábanas, mis manos moviéndose con una precisión automática.

¿Qué sentiría Olivia? ¿Era solo un medio para un fin? ¿O había algo más en el poder de entregar su cuerpo a cambio de un futuro?

Omer salió del baño con una toalla alrededor de la cintura, el vapor pegándole el pelo a la frente.

Se acercó y me rodeó por la cintura, besándome el hombro.

—Te veo perdida hoy —murmuró contra mi piel.

—¿Dónde estas?

Me giré en sus brazos.

—Aquí. Pensando. Quiero más, Omer. Quiero ascender. Quiero dejar de sentirme invisible.

—Lo conseguirás —dijo él con una convicción que me dolía.

—Eres increíble. Lo que sea que necesites hacer, hazlo. Te apoyo al cien por cien.

Nos besamos.

Su boca era familiar, segura. Pero por un instante, imaginé otra boca.

Nos acostamos. Omer se durmió en cuanto apagó la luz, su respiración convirtiéndose en un ritmo suave y constante a mi lado.

Yo me quedé despierta, mirando el techo. Los ojos abiertos en la oscuridad.

La escena del estacionamiento se reproducía una y otra vez, como una película muda y pornográfica en el interior de mi párpado.

El asco seguía ahí, como una capa de grasa, pero debajo de él, la excitación ardía, pequeña y culpable.

Me pregunté cuánto costaría un ascenso. Y si, en el fondo, estaba dispuesta a pagar el precio.

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