El príncipe y la bestia: rogue

Sinopsis

esta es la segunda parte de la historia del príncipe y la bestia; veamos que sucede.

Genero:
Action
Autor/a:
El escritor
Estado:
Completado
Capítulos:
20
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El pasado contra el presente

En plena noche, entre las nieblas densas de Londres, en un cementerio solitario, el híbrido Zorrolobo se enfrentaba al asesino Jack Grímn Back.

Jack lanzó un cuchillo con rapidez, pero Zorrolobo lo esquivó con un ágil movimiento. Sin perder tiempo, se abalanzó sobre él y le asestó un zarpazo directo al pecho. Jack respondió de inmediato, contraatacando con violencia: le dejó un corte en la mejilla. Zorrolobo gruñó, le mordió el hombro con furia, pero a cambio recibió una puñalada directa en el pecho.

Retrocedió a toda velocidad para tomar distancia. Volvió a cargar contra Jack y ambos se golpearon al mismo tiempo. Jack logró levantar a Zorrolobo por los aires, pero este reaccionó con uñas y patas, arañándolo y pateándolo con fuerza. Jack lo arrojó contra una lápida, que se hizo pedazos al impacto.

Zorrolobo se reincorporó con esfuerzo. Corrió hacia su enemigo y lanzó un nuevo zarpazo, pero fue interceptado: recibió dos puñaladas en el abdomen. Con un rugido de dolor, se arrancó los cuchillos y huyó, corriendo cuatro cuadras sin detenerse.

Finalmente, se detuvo. Desde la distancia, distinguió la silueta de Grímn aproximándose entre las sombras.

Sin perder tiempo, Zorrolobo trepó hasta los tejados. En un instante, alcanzó la cima y luego descendió hasta un parque cercano. Se ocultó detrás de un árbol. Oyó pasos. Miró de reojo.

Allí estaba. Jack Grímn Back.

Grímn miró hacia otro lado por un segundo. Zorrolobo aprovechó y lanzó el antídoto con fuerza.

Pero Jack lo interceptó con la mano.

—¿Crees que puedes deshacerte de mí…? ¡No! —dijo Jack con una sonrisa cruel—. He renacido tres veces. Y esta... no va a ser la excepción.

Entonces, dejó caer el frasco. El antídoto se hizo trizas al chocar contra el suelo.

Pero Jack se detuvo al ver que un grupo de personas se acercaba, armadas con cuchillos, bates y otras armas blancas.

—¡Ya llamamos a la policía, no puedes hacer nada! —gritó uno de ellos.

Comenzó un enfrentamiento entre los civiles y Jack. Aprovechando la distracción, Zorrolobo se lanzó a toda velocidad. Sacó algo de su gabardina y golpeó a Jack en la nuca con fuerza. Jack gritó de dolor... y entonces, algo inesperado ocurrió.

Del cuerpo del asesino emergió Elián, desorientado, como si despertara de un sueño profundo. Miró a su alrededor confundido y salió corriendo en dirección contraria. Zorrolobo quiso ir tras él, pero el grupo de personas lo confundió con otro atacante y comenzó a golpearlo con palos. Zorrolobo no tuvo más remedio que escapar a toda velocidad.

Elián corrió sin rumbo, perdido por las calles de Londres. Tras un rato, llegó a una banca donde se dejó caer, exhausto. Miró a su alrededor, tratando de entender dónde estaba. Sobre la banca, un periódico arrugado le dio la respuesta.

—¿Estoy en Londres...? ¿Cómo...? —susurró.

Sentía frío. Buscó en su bolsillo y sacó su saco blanco, se lo puso y decidió caminar. El viento era cortante. Más adelante, se colocó su tapabocas, pero en ese momento una serie de visiones lo golpearon con fuerza: imágenes de un Londres antiguo, en tonos sepia y neblina. Entre ellas, una joven lo tomaba de la mano y lo llevaba a un hospital.

La chica jugaba con él como si se conocieran de toda la vida. Elián se dio cuenta de que tenía una nota de papel en la mano. La abrió y leyó:

Lazuri, Lazuri, mi amor, conmigo será mejor, como el té con pan. Yo sabré que nuestro amor es como las estrellas, será como el metal y el carbón.

La chica sonrió y le agradeció. En ese instante, Elián abrió los ojos: estaba solo, en un hospital abandonado.

Frente a él, tres jóvenes lo observaban. Uno de ellos habló:

—Mira, Dilan, alguien ha entrado en nuestro territorio. —Escucha —añadió otro—, dame tu saco y te dejamos ir.

Elián los miró con seriedad.

—¡No!

Se puso de pie y giró para irse, pero fue interceptado.

—No te lo diré dos veces... dame tu saco o...

El joven no pudo terminar la amenaza: Elián lo golpeó de lleno. Los otros dos lo sujetaron por los brazos. Elián reaccionó con precisión: pisó el pie de uno, se soltó, lo lanzó al suelo y al otro le aplicó presión con el pulgar entre los omóplatos. El joven se retorció y cayó.

Los otros dos se levantaron, ahora armados con navajas.

Uno atacó primero, pero Elián tomó su brazo, lo torció y lo empujó hacia atrás. El chico se alejó, quejándose de dolor. Dilan, más alto y fuerte, se lanzó contra él. Elián esquivó los ataques y adoptó una posición defensiva.

Con un rápido movimiento, bloqueó el ataque de Dilan y le asestó un golpe certero en la cara. Dilan retrocedió, escupiendo sangre y tambaleándose. Otro de los jóvenes intentó atacarlo por la espalda, pero Elián reaccionó con fuerza y velocidad: lo golpeó, lo pateó, lo dejó aturdido… justo antes de que el tercero lograra acertarle un golpe en la espalda.

Elián se dio la vuelta, furioso. Agarró al joven por la cabeza y lo estrelló contra una ventanilla con fuerza.

Mientras tanto, Zorrolobo seguía buscando a su amigo. A lo lejos, vio a una chica corriendo por la calle, perseguida por Grímn. Entonces, se escucharon disparos provenientes de un hospital abandonado. La chica se desvió hacia ese edificio. Zorrolobo olfateó el aire y abrió los ojos con alarma.

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Dentro del hospital, Elián había neutralizado a los dos jóvenes restantes. Pero entonces, vio a Dilan apuntándole con un arma. Antes de que pudiera reaccionar, la chica irrumpió en la habitación gritando:

—¡Ayuda! ¡Un asesino viene a por mí!

Dilan se distrajo por el grito, y Elián aprovechó el momento para golpearlo con su garrote en la cabeza, dejándolo fuera de combate. La chica se le acercó, temblando.

—Por favor, niño... ayúdame —suplicó.

Elián, aún confundido por todo lo que estaba ocurriendo, solo la observó en silencio.

De pronto, Grímn irrumpió en la habitación, tomó a la chica por el cuello y alzó su cuchillo, dispuesto a matarla. Pero Elián reaccionó a tiempo: con su garrote, le asestó un golpe directo en la cabeza.

Grímn soltó a la chica y giró hacia Elián.

—Nada mal... pero no seré blando contigo —dijo con una sonrisa torcida.

—Yo no te he hecho nada... ¿Por qué haces esto? —preguntó Elián.

—No te lo voy a decir. ¡Muere! —gritó Jack y se abalanzó contra él.

Elián retrocedió rápidamente y adoptó una posición defensiva. Jack sacó dos cuchillos de su gabardina y lo atacó. Elián esquivó con agilidad y contraatacó, golpeándolo en el pecho. Grímn intentó apuñalarlo varias veces, pero Elián esquivó con precisión, le devolvió un puñetazo en la cara y lo siguió golpeando con una serie de patadas.

Grímn respondió con una patada potente que lanzó a Elián contra una puerta de madera, rompiéndola al instante. Elián se levantó, adolorido, pero Jack no se detuvo: lo apuñaló varias veces en el pecho. El dolor era insoportable. Entonces, Elián liberó sus tentáculos: con ellos apuñaló a Grímn, haciéndolo retroceder. Aprovechó para regenerar sus heridas rápidamente.

Acto seguido, sacó un cuchillo de cocina dentado y un bisturí. Con ellos, apuñaló la mano de Grímn, obligándolo a dar unos pasos atrás.

Afuera del hospital, Zorrolobo vio a la misma chica salir junto a tres chicos. Uno de ellos roció la entrada con gasolina y sacó un encendedor.

—¡Espera! ¡No podemos dejar morir al chico que nos ayudó! —dijo la chica.

—¡No! Ese chico es un monstruo —respondió el joven mientras arrojaba el encendedor.

Las llamas comenzaron a devorar la entrada. Zorrolobo corrió de inmediato y se adentró al hospital, ignorando el fuego.

Dentro, Elián pateó a Grímn en el abdomen, haciéndolo retroceder. Fue entonces cuando Zorrolobo llegó a la escena. Lo primero que vio fue a su dueño y a Grímn cara a cara. Sin pensarlo, se abalanzó sobre el asesino. Pero Grímn se agachó justo a tiempo, evitando el golpe. El ataque de Zorrolobo hizo volar el sombrero de Grímn... revelando que debajo llevaba otro: un sombrero tipo bowler, negro como la noche.

Elián, sin perder tiempo, guardó su navaja de lanza y el cuchillo dentado en su saco. Zorrolobo se le acercó y ambos corrieron hacia la salida. Sin embargo, se detuvieron en seco: escucharon el crepitar del fuego y el olor a humo comenzaba a invadirlo todo.

—Siento que hay otra salida... ven —dijo Elián, alterado.

Zorrolobo le indicó que subiera a su lomo. Elián obedeció y juntos avanzaron, mientras veían a Grímn de lejos, sonriendo entre las sombras.

Elián guió el camino hasta la salida de emergencia, pero al llegar se encontraron con las puertas selladas y rodeadas de fuego. No había escapatoria por allí.

—¡Subamos al segundo piso! —gritó Elián.

Corrieron escaleras arriba, buscando desesperadamente otra salida.

—¡No hay salida! —gruñó Zorrolobo.

Y entonces... Jack apareció tras ellos, implacable. La única opción era clara: Zorrolobo se quedaría a enfrentar a Jack... mientras Elián buscaría una salida.

Zorrolobo se abalanzó contra Jack con fiereza, pero este, ágil como una sombra, esquivó el ataque con un movimiento veloz y certero. Sin perder el ritmo, hundió su cuchillo en el costado de la pata izquierda de Zorrolobo.

—¡Zorrolobo! —gritó Elián, al ver a su compañero herido.

Cayó de rodillas, las lágrimas comenzaron a brotarle sin control. El dolor no era físico… era algo más profundo. El miedo, la impotencia, la rabia.

Grímn lo observó desde la penumbra y sonrió con desprecio.

—Ay, hijo... ahora sí que tienes una razón para llorar —dijo con burla.

Elián levantó la mirada lentamente. Sus ojos, aún nublados por las lágrimas, brillaban con una intensidad distinta. Una furia contenida emergía desde su interior.

—No debiste lastimarlo… —murmuró.

Sus puños se cerraron.

—Ni tampoco burlarte de mí.

En un segundo, como si una tormenta lo empujara, Elián se lanzó contra Grímn con una velocidad feroz. Lo embistió de lleno, derribándolo con un golpe brutal en el rostro. No era un ataque común: cada puñetazo, cada movimiento, cargaba con la rabia acumulada de todo el sufrimiento vivido.

Grímn intentó defenderse, pero Elián no se detuvo. Golpe tras golpe, lo castigaba con una violencia que nacía del corazón roto, del miedo, del amor por su amigo herido.

La bestia que dormía dentro… finalmente había despertado.