Chapter 1
I
La sangre, terrosa y metálica, se deslizó por sus labios resecos y por sobre la lengua ansiosa para culminar más deglutida que saboreada por aquella cascada oculta que era su garganta. Pudo percibir la ignota comunión surtiendo efecto con la contorsión sensible de su estómago, como si por tan solo un breve momento de extrema lucidez le fuera entregada la visión visceral de esa sensación, ese hilo de espesa sustancia que se derramaba impasible en el mayor torrente de líquidos estomacales. El elemento ajeno, violentamente arrebatado, conmutaba con sus entrañas y en esa mixtura abominable podía entender con claridad el irreversible efecto de su ritual.
Permaneció el joven acólito frente al sombrío altar, contaminado de polvo y sustancias extrañas que incluso ahora le intimidaban, bajo la lóbrega silueta del Maestro. No le conocía por su nombre, conocimiento terminantemente prohibido en la calidad de su sacrificio. Su mentor había adquirido su estatuto a través de los Misterios de Nocna Mora, un material de pesadillas; pesadillas que para un selecto grupo de personas —entre ellas, nuestro acólito— poseían un sentido reconfortante y esclarecedor en contraste con la pesada oscuridad del mundo mundano. Conmutar con el espíritu más allá de la frontera, el ritual de la absorción del jugo de la vida, la sangre de una víctima involuntaria, sellaba el sacrificio del propio nombre en virtud del acceso al comienzo de los Misterios. Su maestro no se mostró complacido, pero el acólito sabía que dichas expresiones eran impropias de aquellos que con maestría habrían indagado en las formas ulteriores. La emoción era, después de todo, cosa muy humana — concepto peyorativo dentro de Su Abadía. Una exclusiva sensación regurgitó en las entrañas del muchacho, una que fue acompañada de una emoción cristalina: irreversibilidad, y el consecuente terror. Vértigo. Mas, a ello le siguió casi de inmediato un arrebato adrenalínico de ferviente éxtasis: la distancia entre él y el mundo ordinario había sido evocada, conjurada con determinación y en virtud del acto infame estaría sellada para siempre. Ya no pertenecía al mundo que detestaba, que había aprendido a odiar, y para toda la eternidad habría una distinción existencial entre él y los humanos normales: a sus ojos, ya no eran pares. Nunca lo habían sido, pero ahora… Ahora pertenecían a especies diferentes. Un acto tan sencillo —pero tan significativo— como beber una copa de sangre humana, fresca, recién obtenida. El acólito había oído rumores en la Abadía sobre el paralelismo del ritual de la comunión de su gente con la de ciertos agentes radicados especialmente en Neuquén y Río Negro, y cómo para aquellos el ritual poseía una significancia particularmente trascendental y metamorfica en un sentido bastante literal. Para el acólito de la Abadía de Buenos Aires, en cambio, era la transformación una exclusiva pero imperativamente del espíritu.
Los acólitos sabían que este era solo el comienzo de su viaje. El Maestro le llamaría el “Obscurus Devius”, el tenebroso desvío, la rebeldía autónoma que pactaba el desdén por el camino asignado y la asunción de la vía alternativa. Todos los aspirantes a caminar la Senda Oculta en Sombras, la Semita Occulta in Umbris, rechazaban así los vínculos impuestos sobre su identidad al momento de ser paridos. La propia idea de uno era despojada de toda circunstancialidad, de toda imposición externa mundana, declarado en el ritual de la Bibere Vitam, el acto de la hemofagia violenta, que el chico acababa de concluir. La elección de su sacrificio debía ser personal, cargada de emoción y significado, al punto de destrozarlo por dentro. Su viejo amor, arrebatado en agonía por la traición y el enojo, fue el material necesario. Sintió su espíritu ser desgarrado por dentro durante la preparación, sitiado por los aullidos inhumanos necesariamente provocados por el Condicionamiento para el sagrado ritual. Terror, súplica, desprecio, desolación: el chico bebió de cada una de esas copas antes de derramar el fluido vital. El propio acto de arrebatar la vida debía ser personal, realizado en la oscuridad, los sentidos exacerbados a un extremo inconfortable para palpar con visceralidad el significado del acto, para rasgar así el velo de la propia alma en su esfuerzo por desembarazarse de las ligaduras del Dogma. Fue con horror que sorbió la oscura copa de bronce, brotada de líquido carmesí aún tibio. Apenas si podía sostenerla en sus temblorosas manos, la conmoción del sagrado procedimiento habiéndolo reducido a una cosa desmoronada y vulnerable. Sin embargo, la claridad fue apareciendo mientras la comunión se completaba: no era destrucción lo que habitaba en su interior, sino libertad. Había sido liberado. Podía sentir cómo las ligaduras del Dogma desaparecían, y era soltado a un espacio enorme e insondable de interminable Nada. Derramó lágrimas al comprender que era cierto, que su fe era contestada de manera innegable, pues lo que tanto había buscado por fin se materializaba en su espíritu por lo que sabía reconocer como para siempre. La negación del Dogma era completada. Su destino era suyo. No, mejor: ya no había destino que lo subyugara.
II
Emerger de la Abadía oculta en el seno de la ciudad le provocó una multitud de sensaciones. Podía percibirse etéreo, radicalmente lejano del viejo sentido que poseían las calles humanas que —hace lo que le parecía un milenio— habría transitado, las veredas de su barrio de Chacarita, plagadas de para lo que él eran mentes apagadas, cráneos vacantes, ocupados sin dudarlo no por una inteligencia lúcida y humana sino por un vil humo que asumía formas decadentes. Su refugio estaba oculto, mas en una proximidad ventajosa con el Cementerio de Chacarita y a escasas cuadras de la Plaza Elcano. Le gustaba meditar allí, rodeado de las tumbas y el silencio, un recurso tan preciado y escaso en la maldita ciudad de los gritos. Esa bestia que siempre rugía, que nunca se callaba, y que parecía dedicada a huir de la verdad de la vida en una sinfonía de mentiras, artificios, aparatos y poluciones. Sería adecuado asumir que este acólito era un misántropo, pero démosle un sólo momento de crédito: ¿Quién no se vería inclinado a asumir ese camino, cuando ha sido rechazado y vulnerado toda su vida por personas que no lo consideraban su par? El chico había intentado encajar durante casi tres décadas. Salió con chicas banales e insípidas; participó de partidos de fútbol brutales; comió la carne de los animales y profirió insultos por afiliaciones incoherentes y se sumergió en los debates más opinólogos e intrascendentes. Aspiró a la rutina y al confort; vio las series de moda, opinó sobre una farándula que habría preferido ver muerta y lidió con la frustración de ocultar sin cesar sus inclinaciones y pensamientos. En el mejor de los casos, con sus máximos esfuerzos puestos al ejercicio del deber social, era una opción soslayable: no sería invitado a varias de las fiestas organizadas por sus susodichos amigos, ni tendría espacio para expresarse en la mesa familiar, ni contaría con cariño o contención en los momentos de desdicha. Las mujeres lo verían con asco ante la más mínima expresión de intención, y los hombres le considerarían inferior e indigno de alianza. El muchacho se vería forzado a asumir esfuerzos indómitos para ganarse las migajas de afiliación de personas que en esencia despreciaba y no consideraba sus iguales bajo ningún punto de vista. La traición a su oscuro espíritu, materializada en rebajarse a las expectativas de personas que él a su vez consideraba soberbiamente sus inferiores, le mortificaba. Su sacrificio fue la máxima manifestación de esa perfidia: la mujer que más había amado, por la cual más se había rebajado, y la mayor de sus humillaciones. No encontró gusto o placer en su ejecución ni anterior tortura, su espíritu no era sádico en ese sentido; y hasta sintió una solemne pena en la necesidad que ello conjuraba. Pero lo hizo de todos modos, y supo que el acto fue horroroso, monstruoso… Y necesario.
Ahora caminaba por la calle Lacroze como un hombre nuevo. No, algo distinto a un hombre. Él y las personas a su alrededor pertenecían a especies diferentes. Las marcas eran claras, pues mientras que los homínidos se apuraban a sus casas ante la visión del atardecer, bamboleando sus cerúleos faroles Telerman para protegerse de la oscuridad que advenía, él se enaltecía en la paz de la pronta oscuridad. Las lóbregas, malditas calles de la Ciudad Autónoma ya no albergaban terrores: solo conocimiento, misterios y oportunidades. Era libre. La noche ya no era su enemiga, su depredador, su celadora… Era su aliada. Lo sabía, lo sentía. E igual que ella acechaba los corazones de los mortales, él también veía a las otras personas como carroña, carne fresca, cosas para ser usadas y desechadas. Sus almas estaban dormidas, sus mentes apagadas y atontadas con intención: su existencia prolongada por el espanto a la muerte y sus acciones guiadas por los peores instintos. Eran despreciables. Era odio lo que el acólito sentía en su corazón, y le removía con disgusto, asco puro, la mera idea de que había allí fuera personas con la osadía de considerarse justas, buenas, y que darían caza a los suyos si lo descubrieran. La gente ordinaria debía alabar a su estirpe, sin la necesidad de esconderse. Mas su maestro le instó paciencia, pues el mundo hace poco había cambiado y su momento aún debía de esperar. Ya llegaría el abrazo de la oscuridad, la gente cambiaría al compás de la noche más profunda, y las pesadillas más sinceras abrirían el camino hacia el corazón y la verdad. Los acólitos de la Abadía de Chacarita trabajarían mientras tanto en las sombras para preparar la senda. La senda más oscura.
El Maestro, como a todos los recién iniciados, le había encomendado una misión. Sin embargo, el acólito intuía que su tarea no era simil a la de otros neófitos. Contenía una necesidad adicional, un significado personal, una proeza espiritual que lo hacía especial. Con la sangre robada aún digiriendo en su regurgitante estómago, atisbó las nubes negras que devoraban el cielo anaranjado entre trazos de profundo rosa. Sintió antes de que incluso sonara el rugido de la tormenta que se avecinaba. Una tempestad que desafiaba al pronóstico, tal como se esperaba.
III
Sombrío, el acólito acomodó la lóbrega capucha que encubría su demacrado rostro. Ojos viles en la oscuridad, noche aciaga ahogada en la crisis de la tormenta. “Las condiciones adecuadas”, musitó el calado esperpento, sus insidiosos ojos posados sobre el tenebroso hueco detrás de la tumba sin nombre. Sus botas reglamentarias se hundían en la tierra exánime del cementerio de Chacarita, su cuerpo cubierto en negro disimulando la presencia noctívaga, aproximándose el acólito al refugio de la pétrea losa para llevar a cabo su tarea final. Así lo quería el maestro. Desconocía a regañadientes las razones para tal hazaña en tan inhóspitas condiciones, mas poseía el conocimiento suficiente para obedecer: “Encontrarás lo que buscamos tras una tumba anónima durante la noche de tormenta sin luna”. Arremangó la empapada prenda que le protegía, entendiendo que el tacto era su única herramienta. Su brazo tatuado, raquítico, introducido en el terroso hoyo sin reflexión ni permiso, como una violación rauda al descanso de los difuntos. Cerró su visión a las veleidades del afuera: se conectó con los vellos de su antebrazo, la textura de la piel, la aspereza de sus uñas, la suavidad de las manos. Experimentó en principio una impresión de succión, la enlodada cavidad ciñéndose a su carne, húmeda en aquella sustancia entre gélida y maciza, líquida y sólida, babosa como la arcilla. Cavó la acrimonia turba con las uñas, los diminutos residuos acumulándose en ellas imprimiendo una necesidad instintiva de rascar, retirar. Disminuía el espacio para remover el fango con libertad, arrancando a su paso raíces muertas y cosas en extremo viscosas, de una repugnancia execrable ¿Qué era lo que estaba buscando? Juró percibir, adjudicándolo en cambio a las gotas provenientes del diluvio, la sensación de su piel ser recorrida por cosas sombrías, diminutas, incisivas y adherentes. Algo que hallaba lenitivo el contacto con su piel, una miríada de patas, de borbotones de barro, de algo que cortaba. Su hombro hecho contacto con el fango, el brazo por completo succionado por el cenagal, musitó “ahora entiendo lo que buscábamos”... Pues, a pesar del límite que habría por naturaleza encontrado, la mano persistía en su descenso obscuro. El cieno cáustico abrasaba su piel, la carne temblando autónomamente ante el reconocimiento orgánico de una verdad demasiado antigua para la concepción de la mente. Atravesando venas por raíces, viscosidades por vísceras, lo supo encontrado cuando su despellejada mano fue estrechada por otra, desde lo profundo.