PRÓLOGO
El recuerdo siempre empezaba con el olor.
No era el olor a lluvia sobre tierra caliente, ni el olor a pescado ahumado que impregnaba el yucayeque. Era un olor que no pertenecía al mundo.
Era un olor agrio y picante. Una mezcla de piedras de fuego (azufre) y aire quemado (ozono).
La pequeña Ananí, de apenas siete ciclos de lluvia, estaba agazapada entre las raíces gigantes de una ceiba. Sus rodillas temblaban contra su pecho.
—Taká (Silencio), pequeña flor —susurró su madre, empujándola más profundo en el hueco del árbol. Sus manos estaban frías, aterrorizadas—. No mires. Pase lo que pase, no mires.
Pero Ananí miró.
A través de las rendijas de las raíces, vio la selva oscurecerse. No porque el sol se ocultara, sino porque La Sombra había llegado.
No era un animal. Los animales rugían, respiraban, sangraban. Esta cosa zumbaba. Emitía un gemido grave y constante que le hacía doler los dientes. Sus pasos no eran ágiles; eran golpes de trueno que hacían temblar el suelo con un ritmo antinatural. ¡BUM! ¡BUM! ¡BUM!
Una niebla densa y negra lo rodeaba, ocultando su verdadera forma, pero Ananí podía ver luces ámbar brillando dentro del humo, como ojos de un Maboya que nunca parpadean.
Su padre, el Cacique, salió al claro con su lanza. Parecía tan pequeño frente a La Sombra.
—¡Atrás! —gritó su padre, arrojando su lanza con toda su fuerza.
El arma rebotó contra la piel de la bestia con un sonido metálico, cling, inútil como una rama seca contra una roca. La Sombra no se detuvo. No corrió. Simplemente avanzó, lenta e imparable, aplastando los árboles a su paso.
—¡Corre, mujer! —gritó su padre antes de que la niebla negra lo envolviera. Hubo un destello de luz verde, un grito cortado, y luego silencio.
—¡No! —La madre de Ananí se levantó, no para huir, sino para distraer a la bestia, para alejarla del árbol donde su hija se escondía. Salió corriendo hacia el lado opuesto, gritando para atraer la mirada del monstruo.
La Sombra giró su atención hacia ella. El olor a aire quemado se hizo insoportable, llenando los pulmones de la niña.
Ananí cerró los ojos y se tapó los oídos con fuerza, haciéndose un ovillo, deseando desaparecer, deseando ser piedra, ser agua, ser cualquier cosa menos una niña asustada.
Debí hacer algo, gritó su mente infantil mientras el suelo temblaba. Debí luchar.
Pero se quedó quieta. Sobrevivió. Y esa culpa sería la cicatriz que llevaría en el alma para siempre.






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