Personalizar legibilidad
Aa

Si tu me quieres - El reencuentro

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Volver a Cancún nunca fue parte del plan… pero Maya sabe que no puede huir de su pasado para siempre. Ahí la esperan los recuerdos que intentó olvidar: sus amigos de la infancia, Alec, el mismo que la traicionó antes de irse, y Santiago, su primer amor, el único que nunca ha logrado superar. Decidida a corregir sus errores, Maya está dispuesta a todo para conquistar a Santiago, incluso a hacer un trato con, el mismo diablo, Alec: él la ayudará a convertirse en la mujer perfecta para ganarse el corazón de Santiago. Pero mientras fingen, manipulan y se acercan más de lo que deberían, ambos se ven arrastrados a un misterio que no pueden ignorar: descubrir qué ocurrió con el padre de Maya, desaparecido desde hace tres años. El problema es que, en el camino, Maya descubrirá que el amor, la traición y los secretos del pasado son mucho más complejos y peligrosos de lo que jamás imaginó.

Genero:
Romance
Autor/a:
marina
Estado:
En proceso
Capítulos:
38
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

2014

Creo que estaba soñando con mi papá. Con su voz, esa que ya apenas recordaba después de tantos años sin escucharla. Tres años sin saber nada de él. Pero un movimiento brusco, una sacudida repentina de turbulencia, me despertó de golpe. Abrí los ojos, aturdida, y al mirar por la ventanilla del avión, vi el mar turquesa extendiéndose bajo nosotros. Cancún. El estómago se me hizo un nudo.

Me costaba creer que ya han pasado cuatro meses desde aquella tarde sofocante en Doha, cuando el calor parecía más seco y agobiante que nunca. Y eso ya era mucho decir. Después de varios años viviendo en Qatar, creí haberme acostumbrado al clima abrasador, que te obliga a tener un enfriador de agua en lugar de un calentador.

Aun así, ese día…el termómetro marcaba cuarenta grados y el verano parecía haberse adelantado. Recuerdo que hice lo de siempre: encerrarme con el aire acondicionado al máximo y ponerme a cocinar. Quería que todo saliera perfecto para la cena con mi mamá. Llevaba semanas planeando ese momento. Iba a proponerle que ese verano viajáramos a Italia, a la costa malfitana. Ya había investigado todo: los pueblos, los hoteles, los restaurantes con vista al mar. Estaba convencida de que sería el viaje perfecto.

Pero apenas llegó, y yo ni siquiera había terminado de servir la comida, me interrumpió con una emoción desbordada:

—Nos vamos a Cancún.

La miré, sin entender del todo.

—¿De vacaciones?

—No. A vivir —dijo, con la voz firme y una expresión que no me esperaba.

Después de tres años trabajando en uno de los hoteles más exclusivos de Doha, a mi mamá le ofrecieron regresar a Cancún. No era cualquier puesto: esta vez le daban un cargo directivo, el doble de sueldo, mayor libertad y, claro, muchas más responsabilidades. Según le dijeron, toda la experiencia internacional que había acumulado la convertía ahora en una pieza clave para la empresa. Y la querían de vuelta.

Así que, por más que supliqué que no regresaramos, por más que lloré, como una niña, a pesar de tener 17 años, su decisión ya estaba tomada. No importaron que yo consideraba ese lugar mi peor pesadilla y que no quería volver bajo ninguna circunstancia, ni mis lágrimas, ni mis promesas de portarme mejor. Ella era la adulta. Punto.

Así que no me quedó más que despedirme de todo lo que había aprendido a amar: nuestro moderno departamento justo encima de un centro comercial enorme, mi colegio internacional con su nivel académico altísimo y sus instalaciones que parecían sacadas de una película, y sobre todo, de Chiara y Fatima, mis amigas, que a esas alturas ya eran como mi segunda familia. También, supuse, tendría que despedirme de nuestros viajes exóticos, de la vida cómoda y emocionante que habíamos construido.

Empaqué mi vida a toda prisa en tres maletas mal cerradas, y ahora, aquí estábamos, descendiendo en el aeropuerto de Cancún… el mismo lugar que, años atrás, juré no volver a pisar jamás.

Apenas puse un pie fuera del avión, la humedad espesa del Caribe me golpeó como una bofetada. En Qatar el calor podía ser igual de brutal, tal vez peor, pero al menos era seco. Mi cuerpo ya había olvidado lo que era sudar con cada paso. Y mi cabello, que allá se mantenía dócil, empezó a inflarse con furia, como si también protestara por este regreso que nadie le había consultado.

Pero lo peor no fue el clima, fue volver a nuestra antigua casa.

Al abrir la puerta, un olor a encierro y humedad nos recibió de lleno. Todo me resultaba familiar y, al mismo tiempo, completamente ajeno. La casa donde había crecido se sentía más pequeña de lo que recordaba, casi sofocante.

—¿Y si mejor nos mudamos? —solté, sin pensar.

Pero mi mamá estaba aferrada a su casa y estaba segura que con algo de trabajo podríamos dejarla como nueva.

Por suerte, aunque todavía no recuperaba mi línea de télefono mexicana, en la casa había internet. Apenas me conecté al wifi, descubrí varios mensajes de Karla y Jorge. Mis amigos de la infancia. Les había escrito en cuanto supe que volvería, y aunque apenas habíamos hablado durante los años que estuve fuera, los dos parecían realmente emocionados de verme.

Jorge, que seguía siendo mi vecino, propuso que nos viéramos en su casa. Acepté sin pensarlo. Cualquier excusa era buena para salir de la mía.

Así que, le avisé a mi mamá que tenía planes, crucé el jardín y toqué la puerta. Me abrieron los dos. Y en cuanto los vi, no pude evitar quedarme unos segundos en silencio.

Karla estaba casi igual, pero ahora yo era más alta. Seguía teniendo ese cuerpo curvilíneo que siempre había envidiado un poco, y su rostro, más definido y el pelo rubio ahora lo llevaba corto.

Jorge, en cambio, me impresionó. Había pegado un estirón tremendo y ya no quedaba nada del niño flaco que solía corretear por el vecindario. Ahora era alto, de hombros anchos, y su cara, conservaba las pecas, aunque ya no le daban un aire travieso, sino algo más... interesante.

—Bueno, nos tienes que contar todo —dijo Karla, sin perder el tiempo.

—¿Todo sobre qué? —respondí, aun tratanto de asimilar lo mucho que habían cambiado mis amigos.

—Sobre tu vida en Qatar —intervino Jorge con una sonrisa—. Tu escuela, los novios...

También yo quería saberlo todo de ellos. Aunque me había obligado a mantener cierta distancia emocional, la verdad era que Karla y Jorge habían estado más presentes en mi corazón de lo que me gustaba admitir.

Intenté resumirles lo mejor posible mis últimos tres años: los viajes, las clases, la vida surrealista en una ciudad como Doha. Les hablé un poco de Fátima y Chiara, mis amigas allá, y de lo extraño que era vivir en un lugar donde el lujo era tan cotidiano que terminaba por parecer normal.

—¿Y aprendiste árabe? —preguntó Jorge, con los ojos bien abiertos.

—Nada —le dije, riéndome—. Apenas algunas frases. Pero allá todo era en inglés.

—¿Y romances? —intervino Karla, lanzándome una mirada traviesa.

No tenía mucho que contar. En Qatar, las interacciones entre hombres y mujeres eran mínimas, y más en mi caso, porque no iba a un colegio mixto. Mi única “historia” fue con Noah, un canadiense que conocí una noche, en una fiesta organizada por mi amiga Chiara. Nos besamos, pero no pasó nada más.

Karla y Jorge escuchaban todo con genuina emoción, haciéndome preguntas, riéndose de mis anécdotas. También ellos tenían mucho que contar.

—Deberías ver a Alec, Maya —dijo Jorge, rodando los ojos—. Es ridículo, todas en Cancún están locas por él y Santiago ni te digo.

Al escuchar los nombres de los dos, no puedo evitar sentir un nudo en el estomago, después de todo Santiago había sido mi primer amor, el primero que me había roto el corazón y Alec, mi primer mejor amigo y quien me había traicionado....

—Pero ahora esta saliendo con Gisselle—añadió Karla.

—Todavía no es oficial—la interrumpió Jorge, encogiéndose de hombros. Aunque, Karla apenas le prestó atención y siguió hablando.

Karla me confesó emocionada que el año pasado había tenido su primer novio: Pepe, nuestro antiguo compañero de colegio a quien yo no soportaba. Pero que había roto con él en el verano y ahora se hablaba con un amigo de su hermano Esteban.

Jorge, por su parte, se había vuelto bastante popular desde que él y Santiago empezaron a jugar fútbol. El año pasado entraron a la liga de los de tercero de prepa y, para sorpresa de todos, este año ya eran de lejos los mejores jugadores. Desde entonces; decía Karla entre bromas; Jorge se había convertido en todo un rompecorazones. Había salido con varias chicas, besado a muchas más, pero nunca pasaba de ahí; nada serio, solo conquistas pasajeras que alimentaban su fama.

—O sea que tu amigo ahora es todo un player —bromeó Karla, lanzando una carcajada.

—Cállate, güey, claro que no —respondió Jorge, riendo también—. Solo soy... picky.

La tarde transcurrió entre risas, chismes y recuerdos. Pero cuando el cansancio del jet-lag empezó a vencerme, decidí que era hora de irme. Mientras me despedía, Karla me soltó, con entusiasmo, que estaba organizando una fiesta en su casa ese viernes.

—Van a ir casi todos los de la prepa… tienes que venir —dijo, con una sonrisa llena de ilusión.

—No sé… creo que no voy a poder —mentí, bajando la mirada. La verdad, no tenía ningún deseo de enfrentar ciertos recuerdos. Ni a cierta persona.

—Alec no va a ir —dijo ella, como si me hubiera leído la mente—. Me dijo que tenía otro plan. Ándale, ven. Te la vas a pasar increíble.

Karla siempre ha sido buena para captar lo que no se dice. Cuando recién me fui, le conté que estaba molesta con Alec porque nunca se despidió. Pero jamás le confesé cuánto me dolió. Ni el drama que hubo entre nuestras familias. Aun así, algo debía sospechar. Con Karla, a veces no hacía falta decir mucho para que empezara a atar cabos.

—Voy a ver con mi mamá —le dije al final, con una sonrisa que trataba de parecer genuina, aunque por dentro todavía dudaba.

Nos despedimos con cariño y prometimos vernos pronto, pero no le conté nada a mi mamá sobre la fiesta. Ni siquiera cuando, al día siguiente, me preguntó si volvería a ver a mis amigos mientras comíamos en nuestros tacos favoritos.

—Sí, claro, pero no sé cuándo —dije, fingiendo naturalidad.

La verdad era que necesitaba mi espacio. Me refugié en un nuevo libro, ayudé a mi mamá a cambiar los muebles de la casa, redecoramos mi cuarto, compramos el uniforme y los útiles para la escuela, y nos dimos gusto con antojos: esquites, papitas enchiladas, tacos y marquesitas.

El viernes, después de una vuelta a la compañía telefónica, me tiré en mi cama con la intención de retomar mi lectura: una novela de ciencia ficción con romance y tintes eróticos. Pero no alcancé a pasar la primera página cuando escuché:

—¡Maya! Ven, te están buscando.

Bajé las escaleras. Antes de llegar al último escalón, reconocí la voz de Jorge y se me detuvo el corazón por un instante: había olvidado por completo la fiesta. Y no tenía niguna intensión de ir, pero mi mamá se veía emocionada.

—Maya, no me habías dicho nada. Ve a cambiarte rápido para que Jorge no tenga que esperarte tanto —dijo mi mamá, al ver mis pants y la camiseta vieja.

—No creo que sea buena idea que vaya… apenas me estoy adaptando al horario —intenté excusarme, sin mucha convicción.

—Pues si te cansas, me llamas y paso por ti —zanjó ella, ya decidida.

Subí las escaleras sin discutir. No tenía ánimos, pero tampoco argumentos. Me puse lo primero que encontré: jeans baggy, una camiseta estampada y un poco de rímel para disimular el desgano. Me prometí que no me quedaría mucho tiempo.

Antes de salir, me llegó un mensaje suyo con su nuevo número. A diferencia de mí, que recuperé el viejo de cuando vivíamos en Cancún, a ella le dieron uno distinto.

—Ahí está, cualquier cosa me llamas —dijo, dándome un beso en la frente.

Y así, sin mucho entusiasmo, salí detrás de Jorge.

Nos subimos al coche viejo de su mamá, aunque ahora era suyo. Pero, me parecía raro ahora verlo manejando.

—No pensabas venir, ¿verdad? —preguntó mientras salíamos del condominio, con media sonrisa.

Hice un ruido ambiguo, incapaz de mentir.

—Sabía que ibas a intentar escaparte —dijo, riendo—. Por eso fui a buscarte.

—Es que todavía me estoy adaptando al horario —me excuse, aunque mi sonrisa me delataba.

—Te vas a divertir, ya verás. Estoy seguro de que todos estarán felices de verte.

Apenas crucé la puerta de la casa de Karla, me invadió la nostalgia. Ese lugar me era tan familiar, después de todo había pasado gran parte de mi infancia ahí, sin embargo, nada me preparó para lo que encontré en el jardín.

La fiesta era mucho más grande de lo que imaginé. Al menos veinte personas reían, bebían y hablaban sobre la música que tronaba sin descanso. Había botellas por todos lados y el humo de los cigarros encendidos lo envolvía todo. Las chicas lucían shorts diminutos y vestidos ligeros que brillaban bajo las luces de colores, mientras yo, enfundada en jeans holgados y una camiseta floja, me sentía completamente fuera de lugar.

Por un instante, consideré pedirle a mi mamá que viniera por mí. Pero antes de que pudiera sacar el celular, Karla me vió, me abrazó con fuerza y, sin darme opción, me arrastró con entusiasmo al centro de todo.

Entre el ruido y las luces, varios excompañeros de la prepa se acercaron a saludarme: Pepe; Mónica, que había sido mi amiga de la infancia; y Angélica, quien al parecer ahora era la nueva mejor amiga de Karla y venía con su novio, un año mayor que nosotras y ya en la universidad.

—¡Maya! Te ves muy diferente —dijo Pepe apenas me vio, con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

Entonces, mientras saludaba rápidamente a todos, lo vi….

Había cambiado. Estaba mucho más alto, pero su cara era la misma: bella y delicada, aunque ahora con una madurez nueva, casi intimidante. Su camiseta revelaba unos brazos firmes, definidos. Y entonces, sus ojos, esos ojos avellana que tanto conocía,se cruzaron con los míos por un segundo. Uno solo. Suficiente para que el mundo alrededor desapareciera. Como si de pronto todo retrocediera: los años, las distancias, los silencios. Como si nunca me hubiera ido… como si nunca hubiera dejado de sentir.

No estaba preparada. De verdad, no lo estaba. No esperaba que Santiago aún tuviera ese efecto en mí.

—¡No lo puedo creer! Maya, ¡cuánto tiempo! —dijo al reconocerme, y se acercó a paso firme, sin dudar.

Me abrazó con fuerza y naturalidad, como si el tiempo entre nosotros nunca hubiera existido. Su perfume, el mismo de antes, me envolvió al instante, llevándome de golpe a esa época en que lo miraba desde lejos, callando todo lo que sentía.

—¿Cómo has estado, Maya? Hace años que no se nada de ti. ¿Cómo te fue vivir en Qatar?

Sin decir nada más, Santiago me tendió una cerveza como si fuera lo más natural del mundo. Y aunque casi no bebía , pues en Qatar era todo un tema conseguir alcohol, la acepté con la mayor naturalidad posible. Antes de darme cuenta, Pepe, Angélica, Karla y varios más se habían reunido a nuestro alrededor, atraídos como por una especie de imán invisible.

—¿Y qué tal vivir en Qatar? Escuché que allá todos son millonarios —soltó Pepe, entre curioso y burlón.

Sentí de golpe todas las miradas sobre mí. Me puse nerviosa, claro, pero la forma en la que Santiago me miraba, con esa sonrisa cómplice y atenta, me dio valor. Así que empecé a contarles algunas curiosidades: los coches de lujo que eran más comunes que los taxis, lo impecable que estaba todo, y cómo en las calles había bocinas camufladas que reproducían cantos de pájaros para disimular que estábamos, al final, en medio del desierto.

Las expresiones de asombro me animaron. Poco a poco me fui soltando, dando pequeños sorbos a la cerveza y riéndome entre anécdotas. Pero justo cuando comenzaba a contar cómo era mi escuela, sentí una presencia detrás de mí. No necesitaba girarme para saber quién era. Esa voz me atravesó como un rayo.

—¿Maya? ¿Qué haces aquí?

Mi cuerpo entero se tensó. Me giré lentamente, como si el aire se hubiera vuelto espeso. Y ahí estaba Alec. Más alto, mucho más alto. Tenía la mandíbula marcada, el cabello castaño oscuro perfectamente desordenado y esos ojos verdes que no solo miraban, sino que parecían desnudarlo todo. Tenía ese tipo de belleza molesta. Innegable. Que me hacía sentir vulnerable con solo verlo.

—¿Cuándo regresaste? —preguntó con un tono que oscilaba entre la incredulidad y el desdén.

Junto a él, una chica rubia de ojos azules y facciones de modelo, me observaba con una mezcla de curiosidad y desdén. Estaba tan cerca de Alec que no hacía falta mucha imaginación para suponer que era la tal Giselle; su brazo enlazaba con el de él, reclamándolo como suyo.

—Regresé hace una semana. A mi mamá le ofrecieron un trabajo aquí —respondí con un tono casual, aunque por dentro sentía el corazón martillando contra mis costillas.

Alec no pudo ocultar el destello de incomodidad que le cruzó por la mirada. Estaba a punto de decir algo, pero antes de que abriera la boca, Giselle, que no se había despegado de su brazo, se plantó frente a mí con descaro y, con la voz más melosa que he escuchado, le pidió que le sirviera una bebida. Aproveché ese instante para escabullirme con Karla lo más lejos posible. No quería estar cerca de Alec. No podía. Aunque habían pasado tres años, se sentía como si hubiera sido ayer.

Intenté mantener la distancia, pero incluso desde el otro lado de la fiesta alcancé a oír cómo Giselle se presentaba con todo el mundo… menos conmigo. Al parecer estudiaba en el Cumbres, el colegio religioso de Cancún; amaba la moda, tomaba clases de ballet desde niña y, por lo que noté, le encantaba hablar de sí misma. Por suerte, durante un rato logré pasar desapercibida.

Hasta que a Pepe se le ocurrió la brillante idea de que jugáramos “Yo Nunca Nunca”, y todos aplaudieron como si fuera lo mejor de la noche. Estúpidos juegos. Los odiaba. Siempre terminaban sacando lo peor de todos… como si no hubiéramos aprendido la lección.

Pero no tuve opción. Cuando menos lo pensé ya estaba atrapada en el círculo, con un drink de vodka tamarindo en la mano —cortesía de Jorge— y rodeada de miradas que mezclaban nervios con una emoción maliciosa. Las reglas eran simples: cinco vidas. Cada vez que habías hecho algo que alguien decía, tomabas. Y cuando te quedabas sin vidas… tenías que fondearte el vaso entero.—Yo nunca nunca he besado a alguien —dijo Karla, y todos tomamos.

—Yo nunca nunca me he agarrado con nadie —siguió Jorge. Casi todos bebieron. Todos menos yo y unos pocos más.

Mientras los demás hablaban, me costaba concentrarme. La mirada de Alec seguía fija en mí, intensa, incrédula, y, para mi mala suerte, la rubia a su lado lo notó de inmediato… y no parecía nada contenta.

—Yo nunca nunca he probado la weed —dijo alguien que no conocía. Solo algunos tomaron, por lo menos nadie que yo conociera.

—Yo nunca nunca he visto a alguien del otro sexo desnudo —lanzó Pepe.

Y entonces lo vi. Alec bebió. Sin dudar. Sin apartar sus ojos de los míos.

Mi cuerpo se tensó. No registré quién más tomó. Solo su mirada, fija, intensa, como si estuviera hablándome sin palabras.

—Yo nunca... —intentó decir Jorge, pero Alec lo interrumpió.

—¿No vas a tomar? —me preguntó, sin dejar de mirarme—. ¿Maya?

Todas las miradas se volvieron hacia mí. Ya no había cómo ocultarse.

—No… —logré decir con la voz quebrada.

Alec asintió apenas, como si lo hubiera confirmado todo, y dejó pasar el momento. Jorge terminó su frase, pero yo ya no escuchaba. Solo sentía la presión de todas esas miradas, la punzada en el pecho, el temblor en las manos.

Entonces Karla, soltó:

—Yo nunca nunca he besado a Alec.

Lo dijo mirando directo a Giselle. Ella bajó el último dedo sin decir una palabra, lo que significaba que debía fondearse su bebida. Y lo hizo, con una coquetería calculada, vaciando su vaso en apenas un par de tragos. Todos estallaron en risas, silbidos y burlas. De reojo, vi que Angélica también bebía a pesar de estar al lado de su novio.

Y entonces, como una condena que se repetía, los ojos de Alec… otra vez fijos en mí.

Intenté apartar la mirada, pero él no me lo permitía. No con esos ojos. No con esa intensidad que me desgarraba por dentro.

—¿Otra vez vas a mentir? —me lanzó, con ese tono que conocía demasiado bien: seguro, provocador, cruel.

Maldito. Lo odiaba. Había olvidado lo insoportable que podía llegar a ser.

—No sé de qué hablas —solté, tratando de sonar firme, pero sentí cómo el rubor me subía hasta las orejas.

Escuché risitas nerviosas, incluso un par de exclamaciones ahogadas. La tensión se volvió espesa, pegajosa. Y yo ahí, atrapada en su mirada, incapaz de romper el contacto, como hipnotizada.

—¿O vas a decir que no me besaste?... ¿y que no—

No. No iba a dejar que terminara.

Como si mi cuerpo decidiera por mí, agarré el vaso con fuerza y le lancé la bebida directamente a la cara antes de que pudiera pronunciar una sola palabra más de esa frase repugnante.

—¡Uuuuuh! —gritaron todos a mi alrededor.

La expresión de Alec era un retrato de sorpresa. Goteaba, empapado, inmóvil.

Pero no me quedé a verlo.

Me di media vuelta y salí de ahí lo más rápido que pude. Crucé el jardín, abrí la puerta y entré a la casa de Karla. El corazón me latía con violencia. Solo quería desaparecer.

Subí las escaleras casi corriendo, me encerré en el baño y, con las manos temblorosas, rebusqué el mensaje de mi mamá donde me había enviado su nuevo numero. Quería llamarla. Quería irme. Ya.

Mis dedos, torpes por la desesperación, se deslizaban por la pantalla mientras repasaba las conversaciones, hasta que algo me congeló.

Tenía un mensaje nuevo de mi papá.

¡Cuéntale a marina lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Charly's Weihnachten

T.M: Ich kann es gar nicht anders sagen also ich liebe diese Geschichte einfach. Sie hat für mich einfach alles was es braucht. Sie hat mich einfach mitgenommen auf eine echt schöne Reise. Danke❤️

Leer ahora
Die Wölfe von Welby

maryketteler: Ich bin von diesem Roman sehr angetan. Es handelt sich um eine wunderschöne Geschichte, die durch ein tolles Happy End abgeschlossen wird.

Leer ahora
TEXT BUDDIES

Cersi: I loved this book and couldn't get enough You ate with no crumbs ✨

Leer ahora
The Dating Deal

Deonna: Hannah and Nate for the win! Gerald needs his own book. ❤️🩶

Leer ahora
The Orc's Pet

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
Ruthless Lord

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
Silver's Second Chance

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
His Forsaken Fate

monica: Ho trovato questo libro interessante dal punto dl vista della storia,l'autore ha cercato di dare un messaggio ben preciso.Il perdono si deve conquistare ,ma bisogna avere ancora più coraggio per darlo.L'ortografia è un pó da correggere,lo stile di scrittura è acerbo,ma penso che ci sia molto potenzi...

Leer ahora
Alien Claim: Book 1

Kim: I love that this book is well written, that each character is described with care, and the storyline is addicting.

Leer ahora