Cuento corto
La calle se inundaba de sangre derramada, el cielo se teñía de tinieblas y los gritos hacían temblar el suelo. En el centro de todo, Julián retiró la daga del corazón de Aurora. Con lágrimas en los ojos y el alma destrozada, guardó silencio mientras observaba a aquella a quien amaba, sin poder evitar recordar cómo había llegado hasta ese punto.
Julián era un abogado reconocido por no perder ninguno de sus casos. No tenía ética y defendía a cualquiera que pudiera pagar sus honorarios. Tras proteger a criminales, empresarios corruptos y políticos impunes, los medios lo apodaron la serpiente del estrado: un hombre frío, ambicioso y sin escrúpulos.
Sin embargo, Julián tenía una fiel creencia: podía carecer de ética, pero no de moral.
Después de años viendo lo peor de la humanidad, estaba convencido de que el mundo era un sistema podrido. No creía en Dios ni en el infierno, ni en la redención. Para él, la vida era breve y absurda, y había que exprimirla antes de que terminara.
Todo se mantuvo así hasta el día en que uno de sus clientes habituales lo llamó aterrado sin saber qué hacer.
Era un cantante famoso que había organizado una fiesta privada. Drogas, alcohol y euforia sin control habían convertido una discusión en una masacre. Julián escuchó en silencio y, con la voz amarga, le ordenó huir y esconderse. Él se encargaría del resto; como siempre.
Cuando llegó a la mansión, los cuerpos yacían dispersos por el jardín. Un escenario que se le incrustó, como una herida que nunca cerraría. Avanzó con paso lento, retirando identificaciones; borrando rastros. Entonces la vio.
Una mujer joven estaba de pie en medio del desastre. Su cabello dorado brillaba bajo los rayos del sol, al igual que sus ojos celestes, cuya mirada curiosa observaba los cadáveres. Julián se sobresaltó; no debía haber nadie ahí. Le habían asegurado que no había sobrevivientes.
Intrigado, quiso acercarse, pero se detuvo. En su mirada no había horror, sino tristeza y una profunda amargura. Antes de poder decir algo, la mujer se desvaneció con el viento.
Julián atribuyó la visión al estrés y continuó con su trabajo y su rutina, aun si desde aquel día tuvo la sensación constante de ser observado.
Una noche, al regresar a casa tras un juicio particularmente desagradable, encontró a la misma mujer sentada en su sofá. Su rostro reflejaba algo que él no pudo nombrar.
Se sobresaltó, pero no sintió miedo. Estaba confundido y, antes de poder hablar, ella lo hizo primero.
—¿Por qué los defiendes? —preguntó con voz suave— Son malas personas.
Julián notó que algo había cambiado. Su cabello se había oscurecido, perdiendo todo su brillo, y sus ojos eran ahora completamente negros, vacíos. Debería haber sentido miedo, pero algo lo atraía y, sin poder evitarlo, respondió.
—Es mi trabajo.
Ella ladeó la cabeza, como si analizara la respuesta. El aire se volvió denso y por varios segundos el silencio fue aplastante, hasta que su apariencia volvió a ser la de antes.
—¿Quién eres? —preguntó Julián temeroso, con el corazón acelerado.
La mujer se quedó pensativa, sin saber qué responder. Por un momento su mirada se desvió a la ventana por donde el sol comenzaba a ocultarse.
—Aurora —dijo finalmente— Llámame Aurora. Necesito entenderte. Haces lo que no deberías hacer, pero tu interior no es del todo impuro. No encajas. No comprendo.
Julián tenía muchas preguntas y emociones encontradas, pero de algo estaba seguro. Todo su ser lo sentía en la piel: aquella mujer no era humana.
Intentó ignorarla; convencerse de que era una ilusión. Se fue a dormir con la esperanza de que fuera su remordimiento tomando forma humana. Pero a la mañana siguiente, Aurora seguía ahí, observando un noticiero. Incrédulo, le lanzó un objeto y, al verlo atravesarla sin causarle daño, comprendió la verdad.
Resignado, continuó con su día. Con el paso de las horas, descubrió que solo él podía verla.
Aurora lo acompañaba a todas partes, observando, preguntando. No juzgaba, solo aprendía. A pesar de todo, él seguía intrigado por aquella mujer misteriosa.
Julián retomó su trabajo poco después. Ella lo siguió al tribunal, a las reuniones privadas, a los acuerdos silenciosos. Afirmando que era necesario para su investigación. Él defendió a un cineasta acusado de abuso, a una política responsable de una muerte, a criminales habituales y ganó; como siempre.
Al llegar a casa, Aurora inmediatamente habló, lo cual fue inusual, dado que solo había dicho unas pocas palabras desde su llegada.
—¿No te sientes mal por esa joven? Gracias a ti, ese hombre solo tiene que pagar para ser libre. No creo que el dinero sane lo que pasó.
Julián se mantuvo sereno, acostumbrado a esas palabras.
—El crimen ya fue hecho. Incluso si yo no lo hubiera defendido, ir a prisión no curaría a esa muchacha.
—Tienes el talento para salvar a quienes lo necesitan, pero no lo haces. ¿Por qué?
La respuesta fluyó fácilmente.
—Porque no paga.
Una sonrisa pequeña se deslizó por los labios de Aurora. Casi orgullosa.
El tiempo pasó. Julián no hizo preguntas y, entre silencios y momentos juntos, él volvió a sonreír, a enojarse, a sentir. Se enamoró sin saber cuándo ocurrió.
Una noche, mientras veían una película en casa, comiendo palomitas, ella habló de pronto:
—En quince días, la Tierra será destruida.
Sin más, continuó atenta al televisor, mientras Julián sentía que se le helaba la sangre. Tembloroso, se giró hacia ella. La mirada le temblaba y tenía un nudo en la garganta, pero aun así se atrevió a preguntar. A buscar una respuesta ante tal declaración.
Y la obtuvo.
—Construí este lugar porque estaba aburrida. Ha sido entretenido verlos crecer y todo lo que han logrado, pero ya no tengo el control sobre nada ni nadie. Han contaminado toda mi creación. Ya no hay futuro. Tú lo has pensado en el pasado, y tienes razón. El camino que están recorriendo terminará destruyendo todo; simplemente los liberaré más rápido.
Julián quiso decir algo, pero no pudo. La voz no le salía.
—A menos que me mates.
Por un momento, el tiempo se detuvo para Julián, incapaz de creer lo que oía.
—¿Asesinarte? ¿De qué hablas, Aurora?
Julián sudaba frío. Las ideas se revolvían en su interior, sin saber qué más decir o hacer.
—¡¿Cómo puedes decir eso?! ¡¿Cómo vas a dejar ese peso sobre mí?!
Por un instante aquella apariencia extraña se manifestó: cabello oscuro, ojos negros. Con simpleza, ella respondió.
—Construí todo esto solo porque un humano me hizo sonreír hace milenios. Lo correcto es que sea otro humano que me hizo sonreír el que decida destruirlo.
Julián se levantó molesto. Al voltear a verla, Aurora ya no estaba. En su lugar había una daga brillante.
Durante días, Julián estuvo solo, como hacía tiempo no lo pasaba. Extrañaba la presencia de Aurora, pero la última conversación se repetía sin parar. No podía imaginarse asesinándola y tampoco podía imaginar ver el mundo destruirse.
Las dudas inundaron su mente. ¿El mundo valía la pena? ¿La humanidad merecía salvarse? ¿Aurora valía tanto para él como para sacrificarlo todo?
Después llegó el tormento. Las noticias comenzaron a hablar de epidemias, catástrofes, señales del fin. El mundo se desmoronaba.
Cuando llegó el día predicho, el caos estalló. Edificios colapsaron, la tierra se abrió, los cielos rugieron mientras él sostenía la daga brillante.
La tecnología, el dinero, el estatus. Nadie se podía salvar…
Julián observó impotente a su vecino ser aplastado y a su secretaria caer por la enfermedad.
Un temblor abrió la tierra, creando una grieta que destruía todo a su paso. Pronto llegaría hacia Julián, cuando apareció Aurora. Su cabello brillaba y su mirada estaba tranquila.
Julián la observó, su mano temblando con la daga. No sabía qué hacer. La imagen de niños muriendo desangrados, de los gritos cuando los edificios caían, lo tenían traumatizado. Pero no podía matarla. Así que con voz baja, casi en un susurro, preguntó:
—¿De verdad tienes que hacer todo esto? ¿No hay otra opción?
—¿Qué has elegido, serpiente del estrado? —preguntó Aurora con una sonrisa pequeña.
Un fuerte escalofrío le recorrió el cuerpo, su apodo resonando en sus oídos con fuerza. Tenía el corazón acelerado y las manos que sostenían la daga temblaban sin control. No quería pensar; no quería tomar una decisión.
De repente sintió algo blando, un líquido corriendo por sus manos, y se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados. Al abrirlos, la daga ya estaba incrustada en el corazón de Aurora, quien caía inconsciente al suelo.
Con lágrimas en los ojos y el alma destrozada, guardó silencio observando a aquella a quien amaba. Tendida, ensangrentada y con los ojos cerrados. Aurora había muerto. La oscuridad del cielo pareció detenerse, los gritos parecieron cesar y Julián sintió que había hecho lo correcto.
Entonces se escuchó una risa estruendosa, burlona…
Julián observó con horror cómo el cielo se oscureció por completo, el aire se llenó del aroma metálico de la sangre y los gritos del mundo entero se unieron en una sinfonía aterradora.
Al sacar la daga del corazón, Julián se dio cuenta del líquido viscoso y negro que salía de ahí, donde no había piel, ni órgano dañado. Solo un vacío espeluznante.
Aurora abrió los ojos y se puso de pie, ilesa.
Su cabello brillaba, sus ojos celestes también, pero había algo aterrador dentro. Una burla silenciosa, una oscuridad que impregnó el lugar.
—Humanos… —susurró— Siempre creen que elegirán bien.
El mundo terminó entre gritos en el silencio final de aquello que creyó ser su creación.








