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Arsenal Mental: El Detective de los Mil Oficios

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Sinopsis

​"Mi cerebro no tiene un interruptor de apagado. Es un panel de control con cien luces parpadeando al mismo tiempo." ​Para el mundo, Zeta es un "loco de mil oficios": cerrajero, electricista, ex-policía. Para Elena, era un arsenal mental capaz de ver lo que otros ignoran. Cuando Elena aparece muerta y la policía quiere cerrar el caso como un accidente, Zeta sabe que la historia no se detiene ahí. ​Armado con su kit de soldadura, sus habilidades de infiltración y un código morse que solo él puede descifrar, Zeta se lanza a una cacería donde las reglas ya no importan. Porque cuando el sistema falla, solo alguien que conoce todos los oficios puede abrir la puerta a la verdad. ​🗝️ Escucha la música original y apoya el proyecto en: ko-fi.com/eternidadelforastero

Genero:
Mystery
Autor/a:
Tito
Estado:
hace 5 meses
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: El último ajuste de cuentas

Mi cerebro no tiene un interruptor de "apagado". Es un panel de control con cien luces parpadeando al mismo tiempo. Mientras subía los escalones hacia el departamento de Elena, pensaba en tres cosas: que el crujido de la madera indicaba una humedad del 12%, que el vecino del 2B estaba quemando un estofado barato, y que Elena no me pidió traer un kit de soldadura para "arreglar una radio vieja" por casualidad. Elena no tenía radios viejas. Elena tenía secretos, y yo era el único que sabía cómo repararlos sin hacer preguntas estúpidas.

Llegué a su puerta y no toqué el timbre. Usé los nudillos para golpear con el ritmo de una clave morse que inventamos durante mi semana de obsesión con la telegrafía. “Z-E-T-A”. Un código que solo ella y yo entendíamos; un recordatorio de que mi desorden mental siempre tuvo un lenguaje propio para ella.


Nadie respondió. Pero la puerta estaba sin el cerrojo. Mi "guía moral" dio un vuelco en mi pecho. Elena era la mujer más metódica que conocía; dejar la puerta abierta era como dejar el corazón expuesto.

Entré. El caos me saludó, pero no era mi caos. Era un desorden violento, forzado.

La vi en el suelo, cerca de su escritorio de roble. Parecía dormida, pero mi ojo de ex-policía notó el ángulo de su cuello antes de que mi corazón de amigo pudiera procesar el dolor. Me quedé congelado. En ese momento, una luz parpadeó en mi panel mental.


[Flashback: Hace tres meses]

Estábamos en la misma sala. Yo estaba tirado en el suelo, frustrado, rodeado de las piezas desarmadas de su vieja máquina de escribir. —No puedo, Elena —le dije, tirando el destornillador—. Mi cabeza saltó a cómo funcionan los engranajes de los relojes suizos y perdí el hilo de esta chatarra.

Elena dejó su libro de historia, se quitó los lentes y se sentó a mi lado, en el suelo frío. No me miró con lástima. Me miró con esa calma que solo ella tenía.


—Zeta, el mundo cree que estar en todos lados es estar en ninguno —me dijo, poniendo una mano firme en mi hombro—. Pero tú no estás distraído. Estás recolectando piezas de un rompecabezas que los demás ni siquiera ven. No arregles la máquina porque es tu trabajo. Arréglala porque si una pieza falta, la historia se detiene. Y tú eres el guardián de las historias.


[Presente]

—La historia no se detiene aquí, Elena —susurré.

—¡Eh, tú! ¡Aléjate del cuerpo! —Una voz chillona y prepotente rompió el silencio.

Era Vargas. El oficial Vargas. El tipo de hombre que ve una injusticia y lo primero que hace es mirar el reloj para ver si ya es su hora de salida. Llevaba el uniforme tan apretado que parecía que el ego le iba a reventar los botones. Entró mascando chicle con la boca abierta, arrastrando los pies como si el suelo le debiera dinero.

—Vaya, vaya... pero si es el "chico de los mandados" —dijo Vargas, soltando un bufido de desprecio—. ¿Qué pasa, Zeta? ¿Ya no te alcanza con pasear perros que ahora vienes a ensuciar escenas del crimen?

—Elena está muerta, Vargas —dije, tratando de mantener mi voz plana, sin mirarlo, mis ojos escaneando la habitación a 100 cuadros por segundo.—. Alguien entró y...


—"Alguien entró", "alguien entró"... —me interrumpió Vargas con una voz burlona, haciendo gestos con las manos—.

—Gran observación, detective de pacotilla. Por eso nos llamaron. Infarto fulminante,  Mira, genio, déjate de películas. La señora tenía como cien años. Se resbaló, se dio contra la mesa y ¡pum!, sanseacabó. Se llama biología, búscala en el diccionario si es que aprendiste a leer entre tanto "oficio" que tienes. Un caso cerrado antes de abrirse.


—No fue un infarto —solté. Mi voz sonó más fría de lo que esperaba.

Vargas se acercó, invadiendo mi espacio.

—Escúchame bien. Ya no tienes placa. Te fuiste porque te "aburriste" de seguir las reglas. Ahora eres un civil que hace mandados. Deja que los profesionales trabajen.


Vargas se acercó al escritorio, tomando un bolígrafo con total descuido y empezó a hurgar entre los papeles de Elena como quien revuelve la basura. Mi hiper-foco se activó. Ignoré sus insultos y dejé que mis ojos escanearan la habitación a 100 cuadros por segundo.


—Vargas, no toques eso sin guantes. El polvo del estante está removido de forma antinatural, y hay una mancha química en...

—¡Cierra la boca! —gritó Vargas, volviéndose hacia mí con la cara roja de pura prepotencia—. ¿Te crees que esto es como cuando jugábamos a los policías? Aquí el que manda soy yo porque yo sí tuve el aguante para quedarme, no como tú, que te largaste porque "te aburrías". ¡Te aburrías! —soltó una carcajada amarga—. Lo que pasa es que eres un desequilibrado que no sabe seguir órdenes. Ahora, lárgate de aquí antes de que te detenga por obstrucción. Tengo un informe que llenar en diez minutos y no voy a dejar que un loco de mil oficios me arruine la tarde.

Vargas volvió a su pose de importancia, ignorando por completo que estaba pisando una huella de arrastre cerca del mueble. Me miró de reojo, con ese odio rancio de quien sabe que, aunque él tenga la placa, yo siempre fui diez veces mejor detective.

—¿Sigues aquí? —preguntó de mala gana, sacando su celular para ver un video de TikTok—. Vamos, muévete. La vieja se murió de vieja. Caso cerrado. Si quieres llorar, vete al parque.

Me di la vuelta. Mi pulso estaba a mil, no por miedo, sino por la rabia de ver cómo la desidia de un tipo amargado pisoteaba la vida de Elena.


Pero mis ojos ya habían registrado tres cosas que Vargas jamás vería:

La huella del estante: El polvo en el estante superior no estaba movido por el viento; estaba desplazado en forma de una mano enguantada. Alguien buscó algo en lo alto, algo que Elena no quería que cualquiera encontrara.

La quemadura técnica: En la punta del dedo índice de Elena no había un hematoma por el golpe. Había una mancha mínima de quemadura química, blanca y seca. Alguien la obligó a tocar algo, o ella intentó destruir algo antes de morir.

El dial de la radio: La radio que supuestamente debía "arreglar" estaba sobre la mesa. El dial no estaba en ninguna emisora local, sino en una frecuencia de onda corta que no existía en esta ciudad. Era un mensaje final, un canal de comunicación que solo alguien con mi kit de herramientas podría decodificar.


—Tienes razón, Vargas. Las reglas ya no me detienen —dije en voz baja, mientras apretaba los puños en mis bolsillos.

Salí del edificio sintiendo el asco que me provocaba ese sistema que protegía a tipos como él y enterraba a personas como Elena.


Elena no era caridad; ella era la única persona que me hacía sentir que mi desorden mental era un arsenal de guerra. Y alguien acababa de intentar desarmarme.

Toqué el metal frío del kit de soldadura en mi mochila. Elena me había dejado un rastro, un código que solo un tipo que sabe de frecuencias de radio, química de contacto y archivística podría seguir.

—Cero errores, Elena —juré para mis adentros, mientras mi mente ya estaba saltando al siguiente paso: infiltrarme en la morgue usando mis habilidades de cerrajero.

El juego había empezado. Y esta vez, no había protocolo que salvara al asesino.


Vargas quería un informe rápido de "muerte natural". Yo le iba a dar una pesadilla que su pequeña mente no podría procesar.


—Ella fue la única que vio orden en mi caos, Vargas —juré mientras bajaba las escaleras a toda prisa—. Y por ella, voy a usar cada uno de mis mil oficios para quemar tu "caso cerrado" hasta que no queden ni las cenizas.

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