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Jimin sintió el peso de su pequeña maleta mientras caminaba por el sendero empedrado que llevaba al monasterio de Nuestra Señora de la Montaña. El aire fresco de la mañana llenaba sus pulmones, y por primera vez en mucho tiempo, sentía una paz genuina en su corazón.
A sus veintidós años, había tomado la decisión más importante de su vida, consagrarse a Dios.
Sus padres habían protestado con vehemencia cuando les anunció que, a pesar de ser un Omega, quería unirse a la orden religiosa.
— No es lugar para un Omega, Jimin.. —le había dicho su madre con lágrimas en los ojos— Tú cuerpo está diseñado para otras cosas..
Pero Jimin siempre se había sentido atraído por la vida contemplativa, por la disciplina, por la devoción que había observado en las monjas de su pueblo desde que era un niño.
No le importaba su designación biológica, su alma anhelaba lo divino.
La madre superiora, una mujer de ojos amables pero penetrantes, lo había recibido con una comprensión que sorprendió a Jimin.
— Dios llama a quien quiere, hijo mío.. —le había dicho durante su entrevista— Si sientes que este es tu camino, te ayudaremos a encontrar tu lugar entre nosotros..
Y así, con solo lo puesto y una pequeña maleta que guardaba sus pertenencias más preciadas, Jimin había abandonado todo lo que conocía.
No miró atrás cuando sus padres lo vieron partir con expresiones de desilusión. Estaba decidido a empezar un nuevo capítulo, uno dedicado al servicio divino.
Los primeros meses en el monasterio fueron todo lo que Jimin había imaginado y más.
Se levantaba antes del amanecer para las oraciones matutinas, pasaba horas en la biblioteca estudiando textos sagrados, y encontraba una profunda satisfacción en las tareas cotidianas del monasterio.
Su naturaleza Omega, que siempre había sentido como una carga, parecía calmarse en aquel ambiente de serenidad y devoción.
Fue durante la misa del mediodía del sexto mes cuando lo vio por primera vez. Era un nuevo sacerdote que se había unido al monasterio esa misma mañana.
Jungkook.
El nombre resonó en la mente de Jimin antes de que siquiera supiera por qué.
El sacerdote era imponente, con una estatura que superaba a la mayoría de los hombres que Jimin había conocido.
Su cabello oscuro caía sobre su frente en mechones suaves, y sus ojos, eran de un profundo tono marrón, capaces de mirar directamente al alma. Pero fue su presencia lo que capturó completamente la atención de Jimin.
Era indudablemente un Alfa, con esa aura de poder y autoridad que parecía emanar de él incluso a través de los hábitos sacerdotales.
Jimin sintió un tirón en el fondo de su ser, una respuesta biológica instintiva que intentó ignorar con todas sus fuerzas. No era eso lo que había venido a buscar allí. Había dejado atrás esas distracciones terrenales.
Durante las semanas siguientes, Jimin se esforzó por evitar al nuevo sacerdote, pero parecía inevitable que sus caminos se cruzaran.
Jungkook parecía estar en todas partes, en la biblioteca cuando Jimin estudiaba, en el jardín cuando Jimin cuidaba de las rosas, en el comedor durante las comidas.
Y cada vez que sus ojos se encontraban, Jimin sentía cómo su cuerpo respondía con una traicionera calidez que se extendía por sus venas.
Jungkook, por su parte, parecía sentir lo mismo.
Jimin percibía cómo la mirada del sacerdote se posaba en él con una intensidad que iba más allá del interés pastoral. Notaba cómo sus manos se apretaban cuando Jimin pasaba cerca, cómo su respiración cambiaba sutilmente cuando sus voces se encontraban en los coros.
Fue durante la oración de la tarde cuando todo comenzó a desmoronarse.
Jimin estaba arrodillado en su banco habitual, intentando concentrarse en las palabras del salmo que recitaba, cuando sintió la presencia de Jungkook a su lado.
El aroma del Alfa, una mezcla de incienso, tierra húmeda y algo puramente masculino, envolvía a Jimin, haciéndolo temblar sutilmente.
— Estás distraído, hermano.. —susurró Jungkook, su voz baja y cercana al oído de Jimin— ¿Hay algo que te preocupe?..
Jimin negó con la cabeza, incapaz de formar palabras mientras el calor del Alfa se irradiaba hacia él.
Podía sentir el sudor que comenzaba a formarse en su nuca, la forma en que sus pezones se endurecían bajo la tela áspera de su hábito.
— Debes encontrar la paz en la oración.. —continuó Jungkook, su voz apenas un murmullo— Dejar atrás las distracciones de este mundo..
Pero cómo podía Jimin dejar atrás las distracciones cuando la principal estaba arrodillada justo a su lado, emanando un poder que llamaba a lo más profundo de su ser Omega.
Esa noche, Jimin no pudo dormir.
Su cuerpo ardía con una fiebre que reconocía pero había esperado nunca volver a sentir. Era el preludio de su celo, esa respuesta biológica que había intentado suprimir durante meses con oraciones y disciplina.
Se giraba y se revolvía en su cama angosta, sintiendo una humedad inesperada acumularse entre sus piernas.
Sabía que necesitaba ayuda.
Con el cuerpo temblando y la mente nublada por el deseo creciente, Jimin se levantó y se dirigió al único lugar donde podía encontrar consuelo en medio de la noche, la capilla.
No esperaba encontrar a nadie allí a esas horas, pero para su sorpresa y, al mismo tiempo, para su secreto regocijo, Jungkook estaba arrodillado en el altar principal, completamente absorto en la oración.
La luz de la luna, filtrándose a través de los vitrales bañaba su figura en tonos azules y plateados, haciéndolo parecer casi sobrenatural.
Jimin vaciló en la entrada, debatiendo entre retirarse antes de ser notado o permanecer allí.
Pero fue demasiado tarde.
Jungkook se giró y sus ojos se encontraron en la penumbra.
En el rostro del sacerdote, Jimin vio el mismo conflicto que sentía en su interior, la lucha entre el deber y el deseo, entre la fe y la biología.
— Hermano Jimin.. —dijo Jungkook, su voz más ronca de lo habitual— ¿No puedes dormir?..
Jimin negó con la cabeza, acercándose tímidamente— Estoy... no me siento bien, padre..
Jungkook se levantó y Jimin pudo ver cómo el hábito del sacerdote no ocultaba completamente la forma musculosa de su cuerpo.
— ¿Qué te ocurre?..
Jimin bajó la vista, avergonzado— Es mi... mi naturaleza, padre. Está despertando..
Jungkook guardó silencio por un largo momento y Jimin pudo sentir el peso de su mirada sobre él. Cuando finalmente habló, su voz era tensa— El confesionario.. Ahora mismo..
El corazón de Jimin latió con fuerza mientras seguía a Jungkook hacia el pequeño confesionario de madera en el rincón de la capilla. Una vez dentro, en la oscuridad casi total del reducido espacio, separados solo por la delicada rejilla de madera, Jimin sintió cómo su celo se intensificaba. El aroma de Jungkook era abrumador allí, tan cerca, tan masculino, tan Alfa.
— Confiesa tus pecados, hijo.. —dijo Jungkook, su voz temblorosa a pesar de su intento por mantener la autoridad pastoral.
Jimin se apoyó contra la pared de madera, sintiendo cómo el calor se extendía por su cuerpo— H-he tenido pensamientos impuros, padre. Pensamientos sobre... sobre ti..
Jungkook exhaló audiblemente del otro lado de la rejilla.
— Yo también, hermano. Desde el primer día en que te vi..
La confesión del sacerdote envió una oleada de deseo a través de Jimin, tan intensa que casi lo hizo gemir. Podía sentir cómo se humedecía más entre sus piernas, cómo su cuerpo se preparaba instintivamente para algo que su mente sabía que estaba prohibido.
— ¿Qué debemos hacer?.. —susurró Jimin, su voz cargada de una necesidad que ya no podía negar.
Hubo un crujido de madera y luego la puerta del compartimiento de Jungkook se abrió. Un momento después, la de Jimin también. En la penumbra del pequeño espacio, Jungkook se arrodilló frente a él, sus ojos brillando con una intensidad que asustaba y excitaba a Jimin al mismo tiempo.
— No podemos hacer esto.. —susurró Jungkook, aunque su cuerpo dijera lo contrario. Su mano se levantó, temblorosa, y rozó la mejilla de Jimin. La piel del Omega ardió bajo el contacto— Es un pecado. Contra todo lo que hemos jurado..
— Entonces pecaremos.. —respondió Jimin, su voz apenas un hilo de sonido. Su instinto Omega lo estaba consumiendo, anulando años de formación religiosa. Se inclinó hacia la mano de Jungkook, buscando más contacto— Por favor, padre..
Esa súplica fue la que rompió la última barrera de contención de Jungkook. Con un gemido bajo, capturó los labios de Jimin en un beso que era todo menos pastoral. Era voraz, hambriento, cargado de meses de deseo reprimido.
Jimin respondió con la misma pasión, abriendo la boca para permitir la entrada de la lengua de Jungkook, que exploró, dominó y reclamó.
Las manos de Jungkook encontraron la forma de Jimin a través de la tela áspera de su hábito, deslizándose hacia su espalda, presionándolo contra sí. Jimin podía sentir la evidencia del deseo de Jungkook contra su vientre, dura y prominente incluso a través de las capas de ropa. El conocimiento de que era él, un simple Omega dedicado a Dios, quien provocaba tal reacción en ese poderoso Alfa, envió una oleada de necesidad a través de su cuerpo.
— Tenemos que ir a algún lugar más seguro.. —murmuró Jungkook contra los labios de Jimin, aunque sus manos continuaban explorándolo— Alguien podría vernos aquí..
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