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Amor, guerra y escamas

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Sinopsis

Que su cuerpo cubierto de escamas no te intimide, una criatura de grandes dimensiones puede ser el mejor aliado en una guerra.

Genero:
Scifi/Romance
Autor/a:
Quesito GR
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Sinopsis + Capitulo 1




SINOPSIS

Las noticias nos mantienen informados sobre los peligros que amenazan nuestra sociedad, incluso aquellos que son imposibles de suceder, tales como los eventos astronómicos que cada cierto tiempo advierten de posibles impactos de meteoritos que pueden destruir la Tierra y la vida humana. Sin embargo, el peligro que realmente acabaría con la raza humana estaba tan cerca y presente dentro de los cientos o miles de pequeños fragmentos de meteoritos que caían por día, tan pequeños, tan minúsculos que su contaminación entró desapercibida por todos.

Lo que para nosotros fue una invasión, para ellos fue una liberación. La evolución más dolorosa y apresurada de su raza ocurrió frente a nuestros ojos, tan rápido que algunos ni siquiera lograron procesarlo en su mente. Una lucha por preservar su raza; lo obtenido como regalo del cielo solo podía tener un objetivo claro: el exterminio de su máxima amenaza, nosotros. Acabar con los humanos, pero sobre todo con los hombres.





🐊Capítulo 1.


Mi respiración agitada va al compás de los latidos de mi corazón.

Mis piernas suplican que ella se detenga a la misma vez que deseo continuar. Me exijo más de mí misma, e incluso puedo disfrutar dentro de la agonía del cansancio. Gotas de sudor resbalan de mi frente mientras ella voltea a verme con placer y malicia. El constante movimiento empieza a desembocar en un hormigueo ascendente por todo mi cuerpo.

La respiración caliente sale por mi boca. Carly apresura su movimiento con ferocidad para ser la primera en terminar y, justo a segundos de llegar, sus pasos se vuelven lentos y pesados, para después desplomarse sobre el césped.

—Jahhh, ahhh, ahh —el sudor frío recorre mi espina dorsal y algunos mechones húmedos caen sobre mi frente. Ella sonríe triunfante y palmea el espacio a su lado, pidiendo que la acompañe.

Al sentarse, la veo removerse. —Ya viene —señala. Podría jurar que se prepara para salir corriendo si fuera necesario; después de tanto tiempo, aún no confía en él.

Se acerca lo suficiente sin salir del agua, como si supiera que ella le tiene miedo. Su lomo apenas sale a la superficie y deja ver sus escamas verde oscuro con marrón, y sus ojos amarillos con detalles verdes y pupilas verticales de color negro. Sé que espera ansiosamente; la rutina posiblemente lo acostumbró a verme por aquí todas las mañanas. ¿Me recordará realmente o solo será idea mía? Ni siquiera tiene idea de la deuda que le tengo.

—No sé cómo puedes alimentarlo tan normal, como si se tratara de un gato gordo —dice Carly.

—Es como cualquier otro animal abandonado —respondo—, con escamas, dientes afilados —agrego bromeando.

—No lo es, y el día que regreses y no vengas con alimento para él, adivina quién lo será. ¿O acaso se te olvida cómo terminó el infeliz ese?

Ruedo los ojos antes de responderle: —Y justo por eso no puedo dejar de estar agradecida con él… o ella —me corrijo, sin tener idea de cómo distinguir un cocodrilo hembra de uno macho.

—Tshh —chasquea su lengua, sin poder darme la contraria.

Hay cosas que nunca se pueden olvidar y peligros que nunca podemos imaginar, aun si vives en un pueblo pequeño y aparentemente seguro, como el simple hecho de tomar el mismo camino a casa después de salir de la cafetería en la que trabajaba hace unos años. Los auriculares puestos sobre mi cabeza me impidieron oírlo venir detrás de mí. No lo noté hasta que su cuerpo pesado se abalanzó sobre el mío, lanzándome al suelo y arrastrándome hacia la hierba alta que bordeaba el viejo río. El desconcierto me paralizó, y su desesperado intento por tocarme y besarme me llenó de terror.

Cada intento fallido de escapar de su agarre me hacía sentir más pequeña y débil. Perdía la esperanza con cada segundo que pasaba bajo su control, hasta que un alarido profundo y salvaje lo hizo caer a mi costado, retorciéndose de dolor. En ese momento pude reaccionar y levantarme, mirando hacia su pierna derecha, donde un cocodrilo de tamaño mediano lo mordía con fuerza.

El tipo intentó golpear al animal con su otra pierna, pero el cocodrilo no cedió. Lo arrastró unos pasos hacia el agua y, con un violento giro, le arrancó un trozo de pierna.

—¡Allí! ¡Allí! —apenas percibí las voces de los que se acercaban. Los gritos de dolor del hombre y el caos de la escena me tenían hipnotizada. Las linternas iluminaron mi rostro, luego lo enfocaron a él. Para mí no había pasado ni un minuto, pero para los vecinos fue tiempo suficiente para llamar a la policía desde su primer grito, uno que ni siquiera recuerdo.

—¿Está bien? —me preguntó el primer oficial que llegó, mientras su compañero pedía una ambulancia por la radio. Otro agente arrastró al hombre a tierra firme, sujetándolo por las axilas.

Podría decir que recordar la escena me horroriza, pero no es así. No siento ni una pizca de empatía por él, ni siquiera por lo que le hizo el cocodrilo. De hecho, mi odio aumentó cuando llegamos a la estación de policía.

—Tiene que ser una maldita broma —protestó Carl—. ¿Cómo pueden creerle a ese abusador? Si no fuera por el cocodrilo, quizá mi hermana no estaría aquí, o ese asqueroso habría logrado su cometido.

—Lo sé, y le creo a su hermana —respondió el oficial—, pero es su palabra contra la de él. Su defensa dice que son una pareja joven, que se dejaron llevar por la pasión y querían experimentar al aire libre. El abogado ha alegado que, debido a las heridas, la amputación casi completa de su pierna derecha y el inesperado final de su romance, su cliente está en un estado delicado. —El mismo oficial que me ayudó habló en voz baja—. Tendremos que esperar la decisión del juez y seguir presionando. —Sacó un pequeño papel doblado de su bolsillo y se lo entregó a mi hermano—. Este es mi número de celular; pueden llamarme si necesitan algo.

Carl aceptó el papel con resignación y agradeció su apoyo. Ambos sabíamos que él quería ayudar, pero no podía hacer más. Solo nos quedaba la rabia y la frustración.

Y aún más después del veredicto: “Declarado inocente” por falta de pruebas.

Escupo la saliva acumulada en mi boca, fruto de la rabia que me provoca recordar todo aquello.

—Él es mi única justicia —susurro, lanzando un trozo de muslo al agua.

—Lo sé —responde Carly—. Creo que él también está agradecido contigo —dice con convicción.

La miro sorprendida. —¿Ahora eres experta en cocodrilos? —le pregunto con burla.

—Para nada, pero hace unos días me topé con un video que hablaba de lo territoriales que son. ¿Recuerdas la primera vez que regresamos?

—Sí, estaba en la orilla del río —le digo, recordando su lugar habitual. Abandoné el trabajo después de lo que sucedió, pero necesitaba regresar aquí y verlo. Aunque moría de miedo, pedí que me acompañara de regreso a este lugar y, aunque al inicio se negó, mi insistencia la hizo acceder.

—Bueno, es el más pequeño de todos. Si fuera hembra, sería aceptada entre los demás. Pero al estar siempre solo, con rasguños sangrantes y la cola parcialmente cortada —cosa que nos hizo reconocerlo con facilidad—, me hace pensar que es macho. Entiendo por qué regresaste a casa tan rápido como podías para tomar toda la carne descongelada que teníamos en la nevera. Sabías que no podías curar sus heridas, pero al menos podías facilitarle la comida para que no se convirtiera en la presa de otros —concluye, estirando una de sus calcetas altas.

Desde ese día, he vuelto cada mañana. Se ha convertido en un hábito para los tres: para él, para Carly y para mí.

La carne apenas toca el agua cuando su hocico la atrapa en el aire. El agua salpica con fuerza por su maniobra. Repito la acción dos veces más. Él me observa, pero no se atreve a acercarse, y en cierto modo lo agradezco.

—¿Lista para volver a casa, Kara? —me pregunta Carly, poniéndose de pie. Sé que está ansiosa por la batalla de bandas de este fin de semana..

Los días transcurren entre ejercicios vocales, repartir volantes, escoger nuevos atuendos, afinar los instrumentos y prepararnos para la presentación. Ni siquiera tuve tiempo para alimentarlo.

Desde el fondo de mi conciencia prometo que mañana sin falta tendrá una doble porción de carne.

—¡Vamos, Kaos! —ánimo a la banda mientras cierro la puerta de la furgoneta en la que nos movilizaremos. Carly no deja de dar pequeños saltos de emoción, Oz agita sus baquetas detrás de mi asiento y Sair mantiene las manos firmes en el volante.

Llegamos al bar, que está repleto de gente. Hay una larga fila esperando entrar, ya sea para pasar un rato divertido o apoyar a su banda favorita. La emoción nos invade por el premio en juego; esta podría llegar a ser nuestra oportunidad para darnos a conocer. Antes de entrar, descargamos nuestras guitarras, ya que, a diferencia del micrófono y la batería, no podrán ser reemplazadas en el escenario.

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