Hᴏᴜsᴇ ᴏғ Bᴀʟʟᴏᴏɴs

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Sinopsis

La House of Balloons no es un club, es un lugar donde la gente se pierde. Allí, Zarya, una joven rusa endeudada, busca obtener dinero para escapar de su destino. En ese mundo conoce a Gokal, un poderoso mafioso que controla el lugar. Entre ellos surge una relación sin promesas, marcada por el peligro y el vacío que ambos comparten. Pero cuando el pasado de Zarya la alcanza, Gokal debe decidir entre proteger su imperio o arriesgarlo todo por ella, mientras Zarya enfrenta si huir otra vez… o quedarse y abrazar la oscuridad.

Genero:
Erotica/Romance
Autor/a:
Minary92
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Pʀᴏ́ʟᴏɢᴏ

Qᴜᴇᴅᴀ ᴇꜱᴛʀɪᴄᴛᴀᴍᴇɴᴛᴇ ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏ ʀᴇᴘʀᴏᴅᴜᴄɪʀ ᴏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴛɪʀ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱɪɴ ᴍɪ ᴄᴏɴꜱᴇɴᴛɪᴍɪᴇɴᴛᴏ.

ᴇꜱᴛɪᴍᴀᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ:

ɴᴏ ᴘʟᴀɢɪᴇꜱ ɴɪ ᴀᴘᴏʏᴇꜱ ᴇʟ ᴘʟᴀɢɪᴏ

ʀᴇꜱᴘᴇᴛé ᴍɪ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ʏ ᴇʟ ᴇꜱꜰᴜᴇʀᴢᴏ Qᴜᴇ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴʟʟᴇᴠᴀ, ᴅᴇ ᴀɴᴛᴇ ᴍᴀɴᴏ ɢʀᴀᴄɪᴀꜱ ᴘᴏʀ ꜱᴜ ᴛɪᴇᴍᴘᴏ.

ᴛᴏᴅᴏꜱ ʟᴏꜱ ᴅᴇʀᴇᴄʜᴏꜱ ʀᴇꜱᴇʀᴠᴀᴅᴏꜱ ©

La House of Balloons no anunciaba su presencia.

No tenía letreros luminosos, ni música que se oyera desde la calle. Si alguien llegaba hasta esa puerta era porque ya sabía lo que buscaba… o porque no le quedaban muchas opciones.

Zarya Romanov entró por la puerta de servicio a las 8 en punto, como todas las noches. El guardia apenas la miró. No hacía falta. En ese lugar, la gente dejaba de ser interesante cuando demostraba que sabían obedecer.

El pasillo olía a limpiador barato y a perfume caro. Una combinación que siempre le revolvía el estómago. Se quitó el abrigo, y lo colgó en el mismo gancho de siempre.

En el vestidor, algunas chicas ya se cambiaban sin hablar. No había amistad, solo coexistencia. Zarya eligió el vestido negro que le habían asignado esa semana. Era ajustado, con escote medido, y la falda era lo suficientemente corta como para no dejar dudas. Se lo puso sin mirarse demasiado al espejo. Sabía cómo se veía. No necesitaba recordárselo.

— Hoy hay mesa grande —dijo una de las chicas, sin mirarla —. Gente pesada.

Zarya asintió. “Gente pesada” significaba dos cosas: dinero… y problemas.

El salón principal ya estaba encendido cuando salió. Globos suspendidos del techo, luces cálidas, copas brillando. El lujo bien ensayado que hacía creer a los clientes que tenían el control. Ella caminó entre las mesas con calma, tenía la espalda recta, y su expresión era la correcta. No había sonrisa. No había desafío. Solo la neutralidad absoluta.

Fue entonces cuando lo sintió.

No una mirada insistente.

Sino una presencia.

Zarya levantó la vista y fue entonces que lo vio. Aquel hombre misterioso estaba sentado en una de las mesas privadas, el estaba acompañado por hombres que no hablaban entre ellos. El no bebía. No jugueteaba con nadie. Simplemente estaba ahí, como si el lugar hubiera sido construido alrededor de su silla.

Gokal Soykan.

No necesitó que nadie se lo dijera. Había aprendido a reconocer a los hombres peligrosos mucho antes de llegar a Estambul. No por la violencia, sino por la forma en que los demás se movían a su alrededor.

Sus ojos se cruzaron apenas un segundo.

Tiempo suficiente para una chispa de atracción e interés.

Gokal la observó como se observa algo que podría ser útil… o un problema. Zarya en cambio le sostuvo la mirada sin desafiarlo, obviamente. No era orgullo. Era supervivencia. Bajar la cabeza siempre había sido una invitación. Y no una muy amistosa.

Uno de los hombres se inclinó hacia él y le murmuró algo al oído. Gokal respondió con un gesto mínimo. El encargado apareció a su lado casi de inmediato y buscó a Zarya con la mirada.

— Tú — le indicó, seco con un movimiento de mano —. Acompáñalo.

Zarya obedeció y caminó hacia la mesa.

— Siéntate — le ordenó Gokal.

El no levantó la voz. No lo necesitaba.

Aún así ella obedeció.

Durante unos segundos no pasó nada. El silencio se volvió incómodo para cualquiera menos para ellos dos. Gokal la miraba con atención fría. Zarya lo observaba sin prisa. Dos animales midiendo territorio.

— ¿Cuánto tiempo llevas aquí? — le preguntó él.

— El suficiente.

Una respuesta corta. Correcta.

Gokal esbozó una sonrisa mínima, sin humor.

— No pareces desesperada — dijo —. Y eso no es común en este lugar.

Zarya apoyó el antebrazo en la mesa, lo justo para marcar con su presencia.

— La desesperación se paga caro — respondió —. Yo prefiero deber menos.

Algo brilló en los ojos de Gokal. Interés, tal vez. O advertencia.

— Aquí todos deben algo — replicó el —. La diferencia es cuándo viene el cobro.

Zarya no respondió. Porque en el fondo sabía que tenía razón.

Y porque, por primera vez desde que cruzó esa puerta, tuvo la certeza de que ese hombre no sería solo una noche más en la House of Balloons.

Sería un problema.

O una salida.

Todavía no lo sabía.

El silencio se alargó un poco más, denso como el humo que flotaba bajo los globos negros del techo. Los hombres que acompañaban a Gokal seguían sin hablar; eran sombras bien pagadas, presencias que existían para recordarle al resto del salón quién mandaba sin necesidad de alzar la voz.

Gokal inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola como quien evalúa una pieza de arte que podría estar rota por dentro.

— ¿Nombre? — preguntó al fin.

Zarya dudó una fracción de segundo. En este lugar los nombres verdaderos eran moneda de cambio peligrosa. La mayoría usaba apodos, diminutivos, mentiras pequeñas que ayudaban a dormir por las noches.

— Zarya — dijo de todos modos.

No sabía por qué. Tal vez porque ya estaba cansada de esconderse detrás de otro nombre más. Tal vez porque, en el fondo, quería ver qué hacía él con la verdad.

Gokal repitió el nombre en voz baja, como probando su peso.

— Ruso — concluyó.

— Era — corrigió ella, sin emoción.

Él sonrió de nuevo, esta vez con algo que podría haber sido diversión si no hubiera sido tan frío.

— Aquí nada es “era”. Todo sigue siendo.

Uno de los camareros se acercó con una botella que no estaba en la carta pública. Cristal oscuro, etiqueta sin letras. Gokal ni siquiera miró al hombre; simplemente levantó dos dedos y el camarero sirvió dos vasos. Uno para él. Uno para ella.

Zarya no lo tocó.

— No bebo mientras trabajo — dijo.

— No estás trabajando ahora — replicó Gokal —. Estás sentada en mi mesa. Eso cambia las reglas.

Ella sostuvo su mirada otro segundo más y luego tomó el vaso. No por obedecer. Sino porque quería saber hasta dónde llegaba su control y hasta dónde llegaba el de ella.

El líquido quemó al bajar. No era whisky. Era algo más fuerte, más crudo. Probablemente casero, de los que se destilan en bodegas ocultas del Bósforo.

Gokal bebió sin prisa, observándola por encima del borde del vaso.

— ¿Qué buscas aquí, Zarya?

La pregunta era directa. Demasiado. En este lugar la gente solía rodear las verdades durante horas antes de rozarlas.

— Dinero — respondió ella, igual de directa.

— ¿Cuánto?

— Lo suficiente.

Él dejó el vaso sobre la mesa con un sonido seco.

— Nadie sabe nunca cuánto es “lo suficiente”. Hasta que es demasiado tarde.

Zarya sintió que la conversación se deslizaba hacia un terreno que no había pisado antes. No era un cliente común buscando conversación barata antes de pedir un privado. Este hombre no pagaba por compañía; la tomaba cuando quería y como quería.

— ¿Y tú? — preguntó ella, sorprendiéndose a sí misma —. ¿Qué buscas tú aquí?

Gokal se recostó contra el respaldo de la silla, con los brazos cruzados. Por primera vez, sus acompañantes parecieron tensarse levemente, como si la pregunta hubiera cruzado una línea invisible.

— Este lugar es mío — dijo simplemente —. Yo no busco. Encuentro.

El encargado volvió a aparecer, nervioso esta vez. Se inclinó hacia Gokal y murmuró algo en turco rápido. Gokal escuchó sin cambiar de expresión. Luego hizo un gesto breve con la mano: vete.

El hombre desapareció tan rápido como había llegado.

Entonces Gokal volvió a mirarla.

— Tengo una propuesta — dijo.

Zarya arqueó una ceja, apenas.

— No soy de las que suben a los privados la primera noche — respondió —. Ni de las que aceptan propuestas sin saber el precio.

— No es un privado — aclaró él —. Es algo… diferente.

Hizo una pausa, como eligiendo las palabras con cuidado. O como disfrutando la espera.

— Necesito a alguien que no parezca desesperada. Alguien que pueda estar en una sala llena de hombres como estos — señaló con un gesto mínimo a sus acompañantes — y no temblar. Alguien que hable ruso y que no haga preguntas estúpidas.

Zarya sintió que el pulso se le aceleraba, pero mantuvo la cara impasible.

— ¿Para qué?

— Para una reunión. Mañana por la noche. En otro lugar. No aquí.

Ella soltó una risa breve, sin humor.

— ¿Y por qué yo?

— Porque no te tiembla la voz cuando mientes — dijo Gokal —. Y porque cuando me miraste antes, no bajaste los ojos. La mayoría lo hace. Incluso los que llevan pistola.

Zarya tomó otro sorbo del licor. Esta vez más lento. Pensando.

— ¿Cuánto?

— Diez mil dólares. Por unas horas. Nada de sexo. Solo presencia. Y silencio.

Diez mil dólares.

La cifra la golpeó como un puñetazo en el estómago. Era más de lo que ganaba en dos meses buenos en la House of Balloons. Era un paso gigante hacia la cantidad que necesitaba para desaparecer de verdad. Para pagar una parte de la deuda que la seguía como un perro rabioso desde Moscú.

Pero nada en este mundo era gratis. Y menos cuando venía de un hombre como Gokal Soykan.

— ¿Y si digo que no? — preguntó.

Él se encogió de hombros.

— Vuelves a tu bandeja y a tus propinas.

— ¿Y si digo que sí?

La mirada de Gokal se oscureció un poco.

— Entonces mañana a las once vienes conmigo. Y a partir de ahí… veremos.

Zarya dejó que el silencio volviera a instalarse. Los globos del techo se movían apenas con el aire acondicionado, como si respiraran. La música de fondo era un latido bajo, constante, casi hipnótico.

Finalmente, extendió la mano sobre la mesa. No para un apretón formal. Solo para que él dejara allí algo. Una prueba.

Gokal entendió. Sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta y lo deslizó hacia ella. Grueso. Pesado.

— Cinco mil ahora — dijo —. Los otros cinco mañana, si apareces.

Zarya tomó el sobre sin abrirlo. Lo guardó en el escote del vestido, entre la piel y la tela, donde nadie se atrevería a buscar sin su permiso.

— Me lo pensaré — dijo.

Gokal se puso de pie. Alto. Más alto de lo que parecía sentado. Se abotonó la chaqueta con un movimiento fluido.

— No te lo pienses demasiado — aconsejó —. Las oportunidades como esta no esperan a nadie.

Y sin más, se dio la vuelta y salió del salón seguido por sus sombras silenciosas. La mesa quedó vacía, como si nunca hubieran estado allí. Solo los dos vasos a medio terminar como prueba.

Zarya se quedó sentada un minuto más. El corazón le latía fuerte, pero no de miedo.

De algo mucho más peligroso.

De posibilidad.

Cuando finalmente se levantó, el encargado ya la esperaba al borde del salón, nervioso.

— ¿Todo bien? — preguntó, aunque era obvio que no le importaba la respuesta.

— Perfecto — mintió ella.

Y volvió a su bandeja, a sus mesas, a sus sonrisas medidas.

Pero ya nada era igual.

Porque entre su pecho y su vestido llevaba cinco mil dólares.

Y en la cabeza, una pregunta que no la dejaría dormir:

¿Valía la pena venderse un poco más… por la posibilidad de comprarse al fin su libertad?.

Más tarde.

Zarya terminó su turno a las cuatro de la mañana, cuando el salón ya olía a humo apagado y a promesas rotas. La mayoría de los clientes se habían ido, dejando atrás mesas llenas de vasos vacíos y billetes arrugados. Algunas chicas seguían en los privados; se oían risas falsas y gemidos fingidos a través de las puertas cerradas.

Ella recogió su abrigo del gancho sin prisa. El sobre seguía ahí, pegado a su piel, caliente como una marca. No lo había tocado desde que Gokal se lo entregó. Ni siquiera para contarlo. Sabía que estaba completo. Hombres como él no jugaban con la mitad de las cosas.

En el vestidor, Sharon Lindemann se desmaquillaba frente al espejo roto. La pelirroja alemana tenía los ojos verdes empañados por el cansancio y algo más profundo, una tristeza que nunca nombraba.

— ¿Buena noche? — preguntó la pelirroja sin mirarla, pasando un algodón por los párpados.

— Normal — mintió Zarya mientras se quitaba el vestido negro.

Sharon soltó un bufido suave.

— Te vi con Soykan. Eso no es “normal”.

Zarya se puso los jeans y la sudadera gris que usaba para volver a casa. Ropa que la hacía invisible en la calle.

— No fue nada — dijo —. Solo charla.

Sharon la miró por fin a través del espejo. Su mirada era tranquila, pero sabía leer entre líneas.

— "Solo charla” con Gokal Soykan, por favor Zarya. Ese tipo de hombres o te usa, o te rompe. A veces suceden las dos cosas, pero bueno.

Zarya se encogió de hombros mientras se calzaba las botas.

— Quizá yo no sea tan fácil de romper.

Sharon sonrió sin alegría.

— Todas lo dicen al principio.

No hablaron más. Y solo se despidieron con un gesto mínimo, como era la costumbre.

Afuera, el aire de Estambul en enero cortaba como vidrio. Zarya caminó rápido por las calles estrechas de Beyoğlu, con las manos en los bolsillos y la capucha puesta. El sobre seguía contra su pecho, recordándole a cada paso que ya no podía fingir que la noche había sido como cualquier otra.

Su apartamento estaba en un edificio viejo cerca de Taksim, quinto piso sin ascensor. Subió las escaleras en silencio, atenta a cualquier sombra que no debiera estar allí. Paranoia aprendida en Moscú. Paranoia que la mantenía con vida.

Dentro, cerró con tres vueltas de llave y puso la cadena. El lugar era pequeño: una habitación con cocina americana, baño diminuto y una ventana que daba a un patio interior lleno de basura. No había fotos. No había plantas. Nada que indicara que alguien vivía allí de verdad.

Se quitó la sudadera y sacó el sobre. Lo abrió por primera vez bajo la luz amarillenta de la lámpara.

Cincuenta billetes de cien dólares. Nuevos. Crujientes.

Los extendió sobre la mesa como un abanico. Diez mil eran mucho. Cinco mil ya eran una locura.

Los contó dos veces. Luego los guardó en una caja de metal escondida bajo una tabla suelta del suelo, junto al resto de su ahorro. No era suficiente todavía. Ni de cerca. Pero era un paso.

Se sirvió un vaso de agua del grifo y se sentó en la única silla que tenía. Entonces miró el reloj: 4:47 a.m.

Faltaban 18 horas para su encuentro con Gokal.

Después de terminar de beber se duchó con agua casi fría, como castigo o como forma de mantenerse despierta. Se puso su pijama y se metió en la cama sin apagar la luz. No podía dormir en la oscuridad desde que huyó de Rusia.

Mientras dejaba que el cansancio hiciera lo suyo pensó en Gokal.

En sus ojos verdes, fríos como el jade. En el tatuaje que se le asomaba por el cuello de su camisa. En la forma en la que el había dicho su nombre, como si ya lo poseyera.

Pensó en lo que significaba aceptar.

Una reunión. Hombres como los que lo acompañaban. Rusos, probablemente. Por eso la quería a ella. Alguien que entendiera el idioma sin traducción. Alguien que no se asustara.

Pero también pensó en lo que significaba rechazar.

Volver al club. Seguir sirviendo copas. Seguir ahorrando gota a gota mientras la deuda crecía con intereses que no podía pagar. Seguir esperando el día en que alguien de Moscú apareciera en la puerta de servicio con una sonrisa educada y una pistola escondida.

Zahir.

El nombre se le coló en la cabeza sin permiso.

Zahir Varkolak. El último que había visto en Rusia antes de subir al autobús que la sacó del país.

Zarya cerró los ojos.

Si aceptaba la propuesta de Gokal, entraba en un mundo más peligroso que el club. Un mundo de armas, de silencio comprado, de cuerpos que desaparecían en el Bósforo.

Pero también era un mundo donde quizá pudiera ganar lo suficiente para pagar la deuda entera.

Si la rechazaba… seguiría huyendo.

Mientras meditaba finalmente se quedo dormida. Entre ratos, soñaba con unos ojos verdes y unas manos tatuadas que la sujetaban por el cuello. No sabía si era para estrangularla o para protegerla.

Para cuando la noche llego de nuevo,, Zarya ya se encontraba lista para su cita con Gokal.

Había optado por mantener su identidad en secreto, así que había decidido utilizar una peluca negra que ocultaba por completo su hermosa cabellera rubia. El cabello postizo caía liso y pesado hasta la mitad de su espalda, enmarcando su rostro con una sombra que la hacía irreconocible incluso para sí misma. Era un disfraz simple, pero efectivo: en un mundo donde los ojos de demasiada gente buscaban rubias rusas, el negro era invisibilidad.

La peluca iba a juego con su vestido negro.

Negro en lo absoluto. Sin concesiones.

Este le descubría los hombros con una línea recta y elegante, como una promesa que no pedía permiso. El cuerpo estaba envuelto en una malla translúcida que dejaba entrever la piel sin regalarla, tensa, calculada, peligrosa. Sobre el torso, bandas de tela opaca cruzaban como si alguien hubiera decidido contener algo que no debía escapar. Las mangas largas, también de gasa oscura, abrazaban sus brazos con una delicadeza traicionera: suave al tacto, implacable a la vista.

La falda caía asimétrica, drapeada a un costado, marcando la cadera con intención lenta, casi perezosa. No era corta. No era larga. Era exacta. Cada pliegue parecía decir mírame, pero ninguno decía tómame. Ese equilibrio era su arma.

Se miró en el espejo una sola vez.

No buscó belleza. Buscó control.

Y lo encontró.

No llevaba joyas. Solo un brazalete barato que había comprado en un mercado de segunda mano. Nada que brillara, nada que pudiera perderse o que delatara. El maquillaje era mínimo: ojos ahumados en negro, labios en un rojo tan oscuro que parecía sangre seca. Suficiente para resaltar, insuficiente para recordar.

A las 10:47 p.m. bajó las escaleras del edificio con pasos silenciosos. Afuera, el frío de enero le mordió la piel expuesta de los hombros, pero no se encogió. Caminó hasta la esquina acordada —un punto discreto cerca de la estación de taxis de Taksim— y esperó bajo la luz mortecina de una farola.

No tuvo que esperar mucho.

Un Mercedes negro se detuvo junto al bordillo sin hacer ruido. Las ventanas eran tintadas, el motor apenas un susurro. La puerta trasera se abrió desde dentro.

Gokal Soykan estaba allí, solo.

Sin acompañantes esta vez. Solo él, ocupando el asiento trasero como si el vehículo entero hubiera sido diseñado para su cuerpo. Vestía traje negro, camisa negra abierta en el cuello, dejando ver más del tatuaje que serpenteaba por su piel: líneas gruesas, símbolos que no eran decorativos, sino marcas de propiedad. Su cabello pelirrojo brillaba bajo la luz interior del coche como fuego contenido.

Sus ojos verdes la recorrieron despacio, de pies a cabeza, sin prisa ni disimulo.

— Sube — dijo.

No era una invitación.

Zarya entró y cerró la puerta. El coche arrancó de inmediato, suave, sin que nadie hubiera dado una orden visible. El conductor estaba separado por un cristal opaco. Estaban solos.

Gokal no habló durante los primeros minutos. Solo la observó. Ella le devolvió la mirada con la misma calma calculada.

— Te ves diferente — dijo al fin él.

— Era la idea.

Él sonrió apenas, un gesto que no llegó a los ojos.

— La peluca te queda bien. Pero no te preocupes. Nadie te reconocerá esta noche.

Zarya no respondió. Miró por la ventana mientras el coche se deslizaba por las calles de Estambul, dejando atrás las luces de Beyoğlu para adentrarse en zonas más oscuras, más privadas. Pasaron por el puente, cruzando hacia la parte asiática, donde las mansiones se escondían detrás de muros altos y los perros guardianes no ladraban por gusto.

— ¿Hacia dónde vamos? — preguntó ella finalmente.

— A un lugar donde se habla ruso — respondió Gokal —. Y donde se cierran tratos que no salen en los periódicos.

Ella asintió. No preguntó más.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era diferente. Más denso. Más cargado.

Gokal se inclinó hacia adelante y abrió un compartimento entre los asientos. Sacó una botella pequeña de cristal y dos vasos bajos. Sirvió sin preguntar. El mismo licor de la noche anterior. Fuerte. Crudo.

Le tendió uno.

Zarya lo tomó.

Esta vez no dijo que no bebía mientras trabajaba.

Porque esta noche no estaba trabajando.

Estaba vendiendo algo mucho más caro que su tiempo.

Bebieron en silencio. El líquido quemó igual que antes, pero esta vez ella lo dejó bajar despacio, sintiendo cómo se extendía por su pecho como una advertencia cálida.

Gokal dejó su vaso en el reposabrazos y se giró hacia ella por completo.

— Hay tres reglas — dijo.

Zarya arqueó una ceja.

— Escucho.

— Primera: hablas solo cuando te hablen directamente. Y solo en ruso si es necesario. Traduces lo justo. Nada de opiniones.

Ella asintió con un leve movimiento de su cabeza.

— Segunda: no miras a nadie a los ojos más de dos segundos. Excepto a mí.

— Está bien.

— Tercera: si digo que nos vamos, nos vamos. Sin preguntas. Y sin mirar atrás.

Zarya tomó otro sorbo de su vaso.

—¿Y que pasa si rompo una?

Los ojos de Gokal se oscurecieron.

— Entonces los cinco mil que te quedan se convierten en deuda. Y yo cobro de formas que no te gustaría averiguar.

Ella sostuvo su mirada más de dos segundos. Deliberadamente.

— Entendido.

Él sonrió de verdad esta vez. Fue breve. Pero peligroso.

— Bien.

El coche redujo la velocidad y entró por un camino privado flanqueado por árboles altos. Al final, una mansión moderna, toda decorada con vidrio y acero, iluminada apenas por luces empotradas en el suelo. No había coches aparcados fuera. Todo estaba en un garaje subterráneo. Había discreción absoluta.

Se detuvieron frente a la entrada principal.

Gokal bajó primero y le abrió la puerta. No fue un gesto caballeroso. Fue una orden disfrazada de cortesía.

Zarya salió. El aire olía a mar y a pino. El Bósforo estaba cerca.

Él le ofreció el brazo. No para apoyarse. Sino para marcar territorio.

Ella lo tomó.

Caminaron juntos hacia la puerta. Dos hombres armados —visibles esta vez— los dejaron pasar sin una palabra.

Dentro, el lujo era frío. Suelos de mármol negro, paredes blancas, con arte abstracto que costaban más que la vida de varias personas. Música baja, casi inexistente. Y algunas voces en ruso al fondo.

Gokal se inclinó hacia su oído.

— Son proveedores — susurró —. Quieren garantías. Tú eres parte de la garantía.

Zarya sintió el aliento cálido de él en su cuello. Pero no se movió.

— ¿Qué garantizo exactamente?

— Que entiendo su idioma. Que controlo mi territorio. Y que no tengo miedo de traer a alguien hermosa a una sala llena de lobos.

Ella giró la cabeza apenas. Entonces sus labios rozaron accidentalmente la mejilla de él.

— No soy solo hermosa esta noche — dijo en voz baja —. También soy peligrosa.

Gokal la miró un segundo más de lo necesario.

Y por primera vez, algo en sus ojos verdes pareció encenderse de verdad.

— No — corrigió —. Esta noche eres mía.

Y la guió hacia el interior, donde los hombres ya los esperaban.

Donde el juego de verdad apenas comenzaba.