Capítulo 1
Lion era un joven adoptivo de diecisiete años que vivía con la familia de su padre adoptivo desde los nueve. Nunca había tenido problemas grandes, hasta esa noche. Llovía como nunca. El techo de su cuarto, viejo y con goteras que nadie había reparado a tiempo, cedió de golpe. Una parte del cielorraso se derrumbó con un estruendo húmedo, dejando caer agua, pedazos de yeso y madera podrida sobre su cama. Por suerte él estaba en la cocina ayudando a su tía cuando pasó. Cuando volvieron, el cuarto era un desastre: colchón empapado, ropa mojada y el olor a humedad por todas partes.—No hay forma de dormir ahí esta noche —dijo el tío, rascándose la cabeza—. Mañana llamamos al albañil, pero por ahora...La única habitación disponible con cama extra era la de Tina, la hija mayor del tío de su padre adoptivo. Tina tenía veintidós años, estudiaba en la universidad. Era seria, de pocas palabras, pero siempre había sido amable con Lion.—Puede dormir en mi cuarto —dijo Tina sin dramatismo, cruzada de brazos en el pasillo—. Tengo un colchón inflable. No es gran cosa, pero está seco. Lion sintió que se le subían los colores. No era miedo exactamente, sino esa mezcla rara de vergüenza y nervios que aparece cuando de pronto te toca invadir el espacio más privado de alguien que ya no es una niña. Esa noche, después de cenar en silencio y de que el tío pusiera unas tablas improvisadas para tapar el agujero del techo, Lion entró al cuarto de Tina con una almohada y una muda limpia bajo el brazo. El cuarto olía a vainilla y a libros viejos. Había posters de bandas indie en las paredes, una lámpara de sal rosa en la mesa de noche y la cama de Tina perfectamente hecha. El colchón inflable estaba ya inflado al lado, cerca de la ventana.—No ronques —le advirtió Tina con media sonrisa mientras se ponía el pijama detrás del biombo—. Y si te da frío, hay una frazada extra en el armario. Lion se acostó mirando el techo. La lluvia seguía cayendo fuerte afuera. De vez en cuando un trueno hacía vibrar los vidrios.—Gracias, Tina —murmuró después de un rato. Ella apagó la luz principal, dejando solo la lamparita de noche.—De nada, enano —respondió en voz baja—. Duerme. Mañana será otro día. Pero ninguno de los dos se durmió rápido. La lluvia sonaba diferente desde ese cuarto. Y el aire se sentía más denso, más cercano.
Lion se removió incómodo. Al principio pensó que era solo su peso, pero pronto quedó claro: el colchón inflable se estaba desinflando lentamente, como si el aire escapara con cada respiración suya. Minutos después ya sentía el suelo frío contra la espalda. Desde la cama se oyó un suspiro largo.—Ay, no… —murmuró ella. Encendió la lámpara de sal y se incorporó, la luz rosada bañó su rostro y sus hombros desnudos bajo las finas tirantas del pijama. Se arrodilló junto a él, tan cerca que Lion pudo oler su champú de vainilla y sentir el calor que desprendía su cuerpo. —. Déjame ver. Lion se levantó avergonzado, solo en bóxers y camiseta. Tina se arrodilló junto al colchón en su pijama corto de algodón y empezó a pasarle la mano por encima, buscando el silbido del aire que escapaba. Sus dedos recorrieron la superficie del colchón hasta encontrar el pequeño corte cerca de la válvula. El aire silbaba suavemente al escapar. Tina intentó taparlo con la palma, pero era inútil.—Hay un agujero… y es más grande de lo que parece. No se va a sostener. Buscó parches en el armario durante varios minutos, inclinándose y estirándose de formas que hicieron que Lion apartara la mirada, incómodo por lo consciente que era de cada curva bajo la tela ligera del pijama. Cuando se dio la vuelta, su expresión era de resignación.—No tengo parches… y aunque los tuviera, este corte no se arregla en cinco minutos. No aguantará toda la noche. La lluvia azotaba la ventana con fuerza. Eran casi las dos de la mañana y el aire se había vuelto más frío y húmedo. Lion tragó saliva.—Puedo dormir en el sillón de la sala o…—No —lo interrumpió ella suavemente, pero con firmeza—El sillón es demasiado pequeño y el piso está helado. Mi cama es grande… hay espacio suficiente para los dos. Sus miradas se encontraron. Los ojos de Tina brillaban bajo la luz rosada. Lion sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho.—¿Estás segura? —preguntó, con voz un poco ronca. Tina se mordió el labio inferior un segundo, un gesto casi imperceptible.—Somos familia… más o menos —dijo, intentando sonar casual, aunque el leve temblor en su voz la delataba—. Solo mantén tu lado y yo mantengo el mío. ¿De acuerdo?—De acuerdo. Apagó la luz. La habitación quedó envuelta en una oscuridad solo rota por los ocasionales relámpagos que iluminaban brevemente las paredes. Lion se acostó con cuidado en el borde derecho de la cama, dejando un espacio prudente entre ellos. Aun así, sentía el calor que emanaba del cuerpo de Tina a solo unos centímetros. El colchón se hundió ligeramente cuando ella se acomodó de lado, de espaldas a él. Su respiración era audible, un poco más rápida de lo normal. Ninguno habló durante varios minutos. La lluvia sonaba como un velo que los aislaba del resto de la casa. De pronto, un trueno fuerte hizo vibrar los vidrios. Tina se sobresaltó y, sin pensarlo, su pie rozó accidentalmente la pantorrilla de Lion. El contacto fue breve, pero eléctrico. Ambos se quedaron inmóviles.—Lo siento —susurró ella.—No pasa nada —respondió él, la voz más baja de lo que pretendía. El silencio volvió, pero ahora era más denso, cargado. Lion era dolorosamente consciente de cada movimiento de Tina: el suave subir y bajar de su respiración, el roce ocasional de la sábana cuando ella cambiaba de posición, el olor dulce de su piel tan cerca. Tina, por su parte, no podía dejar de pensar en lo cerca que estaba el cuerpo de Lion. Ya no era el niño adoptivo que recordaba. Había crecido. Sus hombros eran más anchos, su voz más grave, y esa cercanía en la oscuridad hacía que su pulso se acelerara sin permiso. Ninguno de los dos se durmió pronto. La tensión flotaba en el aire, silenciosa pero imposible de ignorar, mientras la lluvia seguía cayendo sin piedad afuera.
Sentía el calor de su cuerpo irradiando hacia ella y, por un segundo, se imaginó girándose y acortando la distancia que los separaba. Otro relámpago iluminó la habitación. Esta vez, Lion vio claramente la silueta de Tina bajo las sábanas: el contorno de su cintura, la curva de su cadera. Tragó saliva y cerró los ojos con fuerza, intentando controlar su respiración.—¿No puedes dormir? —preguntó Tina de pronto, en un susurro casi inaudible.—No… la lluvia… y todo esto —respondió él. Ella soltó una risa suave, nerviosa.—Yo tampoco. Es raro, ¿verdad? Tenerte aquí… tan cerca.—Sí… muy raro. El silencio volvió, pero esta vez fue Tina quien rompió la distancia. Su mano se movió lentamente bajo las sábanas hasta que sus dedos rozaron apenas los de Lion. No fue un agarre completo, solo un roce ligero, tentativo.—Solo para que no tengas frío —murmuró ella, aunque ambos sabían que no era por el frío. Lion entrelazó sus dedos con los de ella con delicadeza. El contacto fue suave, pero intenso. Sus pulso se sincronizaron en la oscuridad. Ninguno de los dos se durmió pronto esa noche. La tensión romántica flotaba en el aire como una promesa silenciosa, mientras la lluvia seguía cayendo sin piedad afuera, encerrándolos en ese momento que ninguno quería que terminara.
Sus dedos permanecieron entrelazados bajo las sábanas, un contacto pequeño pero que parecía quemar. Ninguno de los dos se atrevía a mover la mano, como si romper ese roce fuera a romper también la frágil burbuja que los envolvía. Lion tragó saliva, sintiendo el pulso de Tina latiendo contra su palma.—¿De verdad no te molesta que esté aquí? —preguntó en voz baja, casi un susurro—. Sé que soy el adoptivo… y que esto es tu espacio. Tina tardó unos segundos en responder. Su pulgar acarició lentamente el dorso de la mano de Lion, un movimiento suave, casi inconsciente.—No eres solo “el adoptivo”, Lion —dijo ella al fin, con la voz suave y un poco ronca—. Hace años que te veo como parte de esta casa. Como… alguien importante. Pero esta noche… se siente diferente. Más real. Otro relámpago iluminó la habitación por un instante. Lion pudo ver el perfil de Tina vuelta hacia él, sus ojos brillantes en la oscuridad.—¿Diferente cómo? —preguntó, atreviéndose a girar un poco el cuerpo hacia ella. Su rodilla rozó accidentalmente la de Tina. Ninguno se apartó. Tina soltó un suspiro tembloroso.—Diferente porque de pronto eres… tú. No el niño que jugaba en el patio. Has crecido. Tus manos son más grandes, tu voz más grave… y estar aquí, tan cerca, hace que me dé cuenta de que yo también he cambiado. Ya no te miro como antes. Lion sintió un calor subirle por el pecho. Se atrevió a mover los dedos, acariciando suavemente los de ella, trazando líneas invisibles en su piel.—Yo… siempre te he admirado, Tina. Eres la única que nunca me trató como si fuera un intruso. Siempre me defendiste cuando los demás decían que yo no encajaba. Pero ahora… —hizo una pausa, buscando las palabras— ahora estar aquí, oliendo tu perfume, sintiendo tu calor… me está volviendo loco. No sé si debería decirlo, pero no puedo evitarlo. Tina se movió un poco más cerca. Esta vez el roce de su pierna contra la de Lion fue deliberado, lento, como una pregunta silenciosa. Su pie desnudo subió ligeramente por la pantorrilla de él, una caricia ligera que envió escalofríos por todo su cuerpo.—Dilo —susurró ella—. Quiero oírlo. Lion cerró los ojos un segundo, reuniendo valor.—Me gustas, Tina. No como prima, no como hermana… me gustas de verdad. Y tenerte tan cerca esta noche me está matando, porque quiero acercarme más, pero tengo miedo de arruinar todo. El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Tina soltó su mano solo para subirla lentamente por el brazo de Lion, una caricia suave que dejó un rastro de calor en su piel. Sus dedos llegaron hasta el hombro y se detuvieron allí, como si estuviera decidiendo si continuar o no.








