El caballero de la brillante armadura
Mi nombre es **Set**. Lo único que quiero en este mundo es que me dejen en paz. Por eso vivo al borde del Bosque Oscuro, a un paso de la cueva del viejo **Hor**, un ermitaño tan malhumorado y solitario como yo.
Como siempre, he seleccionado varias hierbas con la esperanza de intercambiarlas por tinta, papel y algo de comida. Los de la aldea no preguntan nada; solo las toman y se marchan. Hoy fue un buen día. El sol brilla con intensidad en el horizonte, pintando de oro las copas de los pinos y eucaliptos gigantescos. He obtenido provisiones suficientes y apenas me quedan unos manojos sin trocar.
Normalmente hace frío en esta región. El aire se cuela entre la ropa, húmedo y cortante. Solo hay pinos y eucaliptos colosales que desprenden ese aroma resinoso y picante que se pega a la piel y a la lengua. Todo iba bien. Había silencio, roto ocasionalmente por el aleteo seco de pájaros que salían disparados entre las ramas como suspiros escapados. El suelo crujía bajo mis botas, cubierto de agujas quebradizas y musgo helado.
De pronto, un galope frenético rompió la quietud. Un caballero cruzó a mi lado montado sobre un **caballo blanco** de pelaje espumoso que levantaba polvo claro a cada pisada. La armadura brillaba como un espejo pulido bajo la luz del atardecer, y el yelme cubría por completo su cabeza, sin dejar ver rasgo alguno. Seguro que es de **Aldor**. Malditos fanáticos. Se nota que es de la clase alta: el caballo está perfectamente cepillado, el equipo de montar es de cuero fino y la armadura, nueva y sin un solo rasguño, delata que jamás ha visto una batalla real. Está buscando líos y gritando al viento como si invitara a que lo roben. Pero no es mi problema.
Avancé unos pasos más cuando un chillido estridente rasgó el aire. Es un *Karakor*, un ave escandalosa de pico rojo y plumas azabache. Su grito anuncia lo que ya olía: bandidos. Abundan en este bosque como las setas tras la lluvia.
Y ahí lo vi. Tres matones lo habían echado del caballo y lo golpeaban con un mazo de hierro. Invencibles. No es mi problema. Seguiré de largo mi camino. Que se joda.
─ Oye, estúpido. Ven aquí.
Apunté mi dedo hacia mí mismo.
─ ¿Me hablas a mí? ─ Los tres hombres sonrieron, mostrando encías negras y dientes podridos. Eso les pasa por abusar con la miel barata. Malditos idiotas.
─ A vos. No te hagas del tonto ─ dijo uno, apuntándome con su mazo.
─ Déjenme ir. Yo no he visto nada ─ dije, acomodando mi largo cabello rojo tras la oreja.
Volvieron a sonreír.
─ Mejor te matamos y quedamos con lo tuyo.
─ Escuchen, idiotas. No quieren tener problemas conmigo.
Por supuesto, no me dejarían en paz.
Cerré los ojos y pronuncié unas palabras en *Khemu*, el lenguaje arcano. Un círculo de luz azul pálida se dibujó en el aire, iluminando el polvo y las hojas secas que flotaban. El viento se levantó de golpe, barriendo el sotobosque y arrastrando ramitas en un remolino frío.
─ ¡Un mago! ─ gritó uno, y huyeron despavoridos, tropezando entre las raíces.
Luego me acerqué al caballero caído. Estaba consciente, pero había visto todo.
Se sacó el casco con manos temblorosas. El metal liberó un suspiro de aire viciado y, al fin, su cabello castaño cayó en rizos desordenados sobre la frente. Parecía una especie de ángel para su cultura: facciones suaves, pómulos altos, el tipo de rostro que va en los cuadros, montado sobre el lomo de un dragón. Me miró con terror.
─ Un mago… y con el pelo rojo.
─ Así que así agradeces, ¿eh? ─ Le tomé la mano y lo levanté. El cuero de su guantelete estaba frío y húmedo. ─ Soy Set.
─ En mi cultura los pelirrojos son hijos de la oscuridad… pero no dejaré que eso manche tu acción. Me llamo **Khen**.
─ Gracias ─ murmuró, y di media vuelta.
─ Espera, me salvaste la vida y tengo una deuda de gratitud contigo.
─ Pues aléjate de mí, Khen. Los problemas siguen a tipos como tú.
Llegué a casa, dejando atrás a aquel muchacho tonto. Por días podré estar tranquilo con las provisiones que junté. Realmente era lindo, pero idiota.
Afortunadamente me quedó una hierba para que pueda relajarme. Mala pata, haber mostrado mi poder. Atraerá atención que no quiero. Puse mi vieja pava de hierro, colgada de un alambre oxidado, sobre la fogata.
Ya me imagino cuando se enteren: soldados viniendo por mí ofreciendo seda, tal vez mi propio palacio, pero sin poder siquiera salir a mear de esa zona, peleando batallas eternas contra gente que no conozco y enfrentando intrigas de otros magos que quieran cortarme la garganta. Afortunadamente, el viejo Hor podría hacerlos pensar dos veces. Un tipo huraño, sí, pero de esos que prefieren la soledad y el silencio hasta que lo empujan más allá de lo razonable. Capaz vengan, y Hor los recibirá a su manera.
El agua ya hirvió. Un silbido agudo anunció el vapor. El olor a menta silvestre y raíz amarga se elevó, espeso y terroso. Serví en mi vieja taza de hierro, golpeada y opaca. Sorbí con lentitud. El líquido quemaba apenas, dejando un regusto amargo y fresco en la lengua. Adoro hacerlo, con paz y tranquilidad. A lo lejos se ve la montaña, cuya cúspide parece tocar el cielo, recortada contra el crepúsculo como un dedo de piedra.
Dormí en paz esa noche. Puse varias frazadas hechas de lana de oveja porque la temperatura bajó mucho; el tejido era áspero pero guardaba el calor. Apagué la fogata con cuidado, porque no quiero morir por veneno de leña, como lo llaman acá al humo que te asfixia en la oscuridad.
Escuché una especie de zumbido bajo que vibraba en el suelo. ¿Qué será?
Ese idiota. Por supuesto que se fue a molestar al viejo Hor. Escuché luego el sonido de los cascos del caballo acercándose a casa, martillando la tierra húmeda.
Luego el sonido se volvió agudo y destructivo. Una gran figura cruzó el cielo, bloqueando la luna. *No era un hombre.* Escamas oscuras, alas que rasgaban el viento y un aliento que convertía la noche en día dejaron claro que mi "vecino" nunca fue un simple anciano. El fuego cayó abrazándolo todo. Los pájaros se alejaron en masa, un estallido de alas y graznidos. Se escuchaba el crujido de ramas gigantes y el olor a eucalipto quemado y carne chamuscada inundaba el valle, espeso y negro. Ahí, justo a mi lado, cayó él.
Tuve que crear un escudo alrededor nuestro. Invoqué de mi cuerpo una luz morada intensa que nos rodeó en forma esférica, con la superficie tessellada como un panal de abeja. Nunca tuve necesidad de invocarlo. Además, no es ilimitado; si insiste, se romperá. El fuego impactó de lleno en el escudo y se formaron puntos brillantes donde la luz morada osciló, vibrando con un zumbido sordo. Por suerte, Hor, que por naturaleza es un ser pacífico y solo había reaccionado al ser acorralado, debió pensar que nos había reducido a cenizas y se alejó con rapidez, dejando tras de sí un rastro de aire caliente y ceniza.
Estaba temblando, con diversas quemaduras en el brazo y el cuello. Por los dioses, ¿cómo alguien puede ser tan tonto? Es el único dragón del continente y viene a molestarlo. ¿Por qué no se fue a **Meridya**, la cuna de su especie? Tenía que venir a perturbar su descanso y romper mi paz.
Ahora me tocará cuidarlo. Si muere, pueden venir contra mí. Se nota que es un noble.
─ Gracias… me salvaste nuevamente.
─ Me salvé a mí mismo. Casualmente, por causa de alguien ─ clavé mi mirada en él. El humo le hacía lagrimear los ojos.
─ Tus ojos… son muy expresivos ─ sonrió y tosió, escupiendo hollín ─. Estás hecho una furia.








