CAPITULO 1. ALMA
MÁS ALLÁ DE LA EXISTENCIA.
Allí, en ese no-lugar que es todos los lugares, en ese no-tiempo que es todos los tiempos, en esa no-existencia que es la fuente de toda existencia...
...hay nada.
VOZ DESCONOCIDO.
—EL ERROR...
SEGUNDA VOZ DESCONOCIDO.
—No. No, no, NO. Esto no puede ser. Calculamos todas las probabilidades. Todos los caminos. Sellamos todas las posibilidades.¿CÓMO? ¿Cómo pudo manifestarse a pesar de todo?
LA TERCERA VOZ DESCONOCIDA.
Y esta voz es un grito, pero un grito que es silencioso porque el horror que contiene es tan absoluto.
—¡Ya está aquí! ¡YA EXISTE! Una fisura en el tejido de la Absolutidad misma. El Error... El que nunca debió ser... ES.
LA CUARTA VOZ DESCONOCIDA Y ÚLTIMA.
—Entonces estamos... todos estamos... No. Aún hay tiempo. Debe haber tiempo. Tiene que haber algo que podamos hacer. Alguna forma de contenerlo. De neutralizarlo. De... de borrarlo antes de que sea demasiado tarde.
—No puede ser borrado. Ya lo intentamos. ¿No lo recuerdan?. ÉL...es el Fin. No solo del fin de cosas. Del fin del Fin mismo. Es... es..
Y entonces, el silencio regresa. La oscuridad se disuelve lentamente.
(NARRACIÓN:
¿Qué es el amor?
He pensado en esto muchas veces, mientras cuido las flores en mi campo, mientras veo a las familias reunirse al atardecer, mientras escucho las historias que los abuelos cuentan a los niños en la plaza del pueblo. Y cada vez que creo tener una respuesta, esa respuesta se desvanece como el rocío bajo el sol. Tal vez es una palabra que nunca podrá comprenderse del todo, no importa cuánto tiempo le dediquemos, no importa cuántas vidas vivamos intentando descifrarla. Una palabra tan pequeña, apenas cuatro letras, y aun así... tan infinita.Muchos dicen que el amor es un sentimiento. Los poetas lo llaman fuego que arde en el pecho. Los sabios lo describen como una fuerza que mueve montañas. Los jóvenes lo pintan como mariposas en el estómago. Otros, los más cínicos, los que han sido heridos tantas veces que construyeron muros alrededor de sus corazones, dicen que es solo una ilusión pasajera, una fantasía que nuestras mentes crearon para que los días duelan menos, para que las noches frías sean más soportables, para que la inevitable soledad de la existencia no nos consuma completamente.
El amor no se puede tocar, aunque anheles con cada fibra de tu ser poder aferrarte a él cuando se va. No se puede medir, aunque intentemos cuantificarlo con palabras como "te amo más que ayer pero menos que mañana". No se puede encerrar, aunque construyamos jaulas de promesas y votos intentando mantenerlo cerca. Es como el viento sabes que está ahí porque lo sientes, porque mueve las cosas a tu alrededor, porque cambia todo lo que toca... pero nunca podrás sostenerlo en tus manos.
Pero existe.
Oh, cómo existe.
Existe porque transforma. He visto a personas caminar con la cabeza gacha durante años, arrastrando el peso de sus penas como cadenas invisibles, y de repente, cuando encuentran amor ya sea en otra persona, en un hijo, en un propósito se enderezan. Caminan diferente. Hablan diferente. Miran el mundo con ojos que ven colores que antes no podían percibir.
Existe porque te obliga a mirar el mundo de una forma que nunca imaginaste posible. Lugares que antes eran solo lugares se convierten en sagrados porque compartiste momentos ahí con alguien que amas. Canciones que antes eran solo ruido se vuelven himnos que te hacen llorar en medio de la nada. Fechas en el calendario que antes eran solo números se transforman en aniversarios que llevas tatuados en el alma.
Dicen que las palabras nacen porque alguien necesitó expresar lo que sentía, porque hubo un momento en la historia donde un sentimiento tan poderoso, tan abrumador, tan absolutamente incontrolable nació en el pecho de alguien, y esa persona se dio cuenta de que no había forma de describirlo con las palabras que ya existían. Así que crearon una nueva. Y si esa palabra existe... si "amor" existe, si fue necesario crear un sonido, una combinación de letras, un concepto entero solo para contener esto que sentimos... es porque hubo alguien, en algún momento del pasado distante, que lo sintió tan fuerte, tan profundo, tan intensamente que tuvo que nombrarlo para no explotar por dentro, para no ser consumido por completo por su magnitud.
Y quizá... quizá el amor no está hecho para explicarse. Quizá los que lo buscan están equivocados desde el principio. Quizá solo está hecho para vivirse, para experimentarse con cada célula de tu cuerpo, con cada latido de tu corazón, con cada respiración que tomas. Para doler, porque oh, cómo duele a veces, cómo te retuerce por dentro cuando amas a alguien que está lejos, o enfermo, o sufriendo. Para sanar, porque también hay un tipo de amor que cierra heridas que creíste permanentes, que sutura partes de ti que pensabas rotas para siempre. Para perderse, porque hay momentos donde el amor te lleva a lugares oscuros, a decisiones difíciles, a territorios desconocidos que te aterran. Y para encontrarse otra vez, porque incluso en esos lugares oscuros, el amor puede ser la brújula que te guía de vuelta a casa.
Lo curioso, lo verdaderamente irónico de todo esto, es que nadie comprende realmente el amor... hasta el momento en que lo pierde. Puedes pasar años con alguien, compartir cada comida, cada risa, cada silencio confortable, y darlo por sentado. Pensar "siempre estará ahí". Y luego, un día, esa persona se va. O muere. O simplemente... cambia de forma tan fundamental que ya no son quien eran. Y solo entonces, cuando tus brazos se extienden y no encuentran nada que abrazar, cuando tus palabras se quedan sin nadie que las escuche, cuando te despiertas y el lado de la cama está frío... solo entonces entiendes. Solo entonces sientes el verdadero peso de lo que tenías.
Porque al final, al final de todo, cuando las teorías se callan y las palabras bonitas se agotan, queda solo una pregunta. Una pregunta que cada persona que ama tendrá que responder para sí misma en algún momento...
¿A qué estás dispuesto a llegar… por amor?
Algún día yo también tendré que responder esa pregunta. )
El cielo aparece primero, desplegándose ante nuestros ojos como si una mano invisible retirara un velo. Las nubes flotan perezosamente, pequeñas y esponjosas como algodón recién cardado, blancas con toques apenas perceptibles de dorado en sus bordes donde el sol las besa. Se mueven con tal lentitud que podrías sentarte a observarlas y olvidar que el tiempo existe, perderte en su danza infinita a través del cielo, cada una siguiendo un camino que solo ella conoce, sin prisa, sin destino urgente, solo existiendo porque pueden, porque el viento las lleva y ellas se dejan llevar.
Luego, como si la vista se expandiera, como si finalmente estuviéramos listos para ver más allá del cielo, aparece el campo de flores. Y oh, qué espectáculo es. Se extiende hasta donde alcanza la vista, un mar ondulante de colores que no deberían poder coexistir pero que aquí, en este lugar mágico, se mezclan en perfecta armonía. Rojos vibrantes de amapolas que parecen gotas de sangre preciosa sembradas por algún dios generoso. Amarillos brillantes de girasoles que siguen al sol como devotos fieles. Azules suaves de flores. Rosas de pétalos tan delicados.
Cada flor se mueve al ritmo del viento como si fueran parte de una coreografía ensayada, cada tallo inclinándose en el momento exacto, cada pétalo brillando como si contuviera luz propia, no reflejada, sino generada desde dentro, como si las flores mismas fueran pequeñas lámparas vivientes, faros de belleza en un mundo que a veces olvida que la belleza puede existir sin propósito más allá de simplemente ser bella. Un momento huele a rosas, dulce y embriagador. Al siguiente, a lavanda, calmante y antigua. Luego a algo que no puedes nombrar, algo fresco y nuevo, como el olor de la primera flor que jamás existió. Esta brisa no empuja, no arrastra - acaricia. Es maternal, protectora, como si el viento mismo supiera que este es un lugar sagrado y ajustara su fuerza en consecuencia.
La hierba se inclina bajo ese viento, no por fuerza bruta que la dobla contra su voluntad, sino por respeto, como súbditos inclinándose ante su reina. Las briznas son de un verde tan puro que duele mirarlo demasiado tiempo, un verde que hace que todos los otros verdes del mundo parezcan imitaciones baratas, aproximaciones fallidas a este verdor fundamental.
Y en medio de ese paraíso natural, pequeña pero absolutamente imposible de ignorar, arrodillada entre las flores como si fuera una más de ellas, hay una niña. No puede tener más de diez años, pero hay algo en la forma en que se mueve, en la delicadeza de sus gestos, que sugiere una sabiduría antigua, como si su alma hubiera vivido cien vidas antes de habitar este cuerpo joven. Lleva un vestido blanco, simple pero impecable, que se agita suavemente con la brisa, las telas flotando alrededor de ella como si el viento jugara con sus bordes.
Su cabello es dorado, no el rubio platinado, ni el amarillo pálido que el sol blanquea, sino dorado verdadero, del color del oro fundido capturado en el momento exacto antes de solidificarse, del color de la miel pura iluminada desde atrás por el sol de mediodía. Es largo, cayendo en cascada por su espalda hasta casi tocar el suelo donde se arrodilla, y se mueve con vida propia, cada mechón reflejando la luz de forma ligeramente diferente, creando un halo luminoso alrededor de su cabeza que hace que, por un momento, uno pudiera creer que está viendo a un ángel.
Pero son sus ojos los que verdaderamente capturan la atención. Azules. Pero ese descripción es insuficiente hasta el punto de ser ofensiva. Son del azul marino en su punto más perfecto, del azul del océano en sus profundidades más claras, del azul de los zafiros que reyes guerrearían por poseer. Vibrantes, puros, tan llenos de vida que parece que podrías ahogarte en ellos si miraras demasiado tiempo.
La niña toca una flor con sus dedos, y la forma en que lo hace... es como si estuviera tocando algo sagrado, un tesoro que podría romperse con demasiada presión, una vida que merece el máximo respeto. Sus dedos son delicados, pálidos pero no enfermizos - más bien tienen ese tono marfil de la porcelana fina, de las cosas hechas para ser bellas pero también útiles.
—Tranquila… —su voz emerge suave como terciopelo, cálida como chocolate derretido en una noche fría— Estoy aquí.
Y es notable, realmente notable, que al escucharla hablar con la flor, uno no tiene la sensación de que esté loca o fingiendo. No hay pretensión en su voz, no hay actuación. Habla con la flor de la misma forma en que hablarías con un amigo que ha tenido un mal día, con esa certeza absoluta de que te escucha, de que importa, de que tus palabras tienen peso y significado.
La flor se mueve con el viento, sus pétalos rosados temblando ligeramente pero parece inclinarse hacia ella, como si realmente respondiera, como si reconociera su voz y se consolara con su presencia.
La niña sonríe, y es el tipo de sonrisa que hace que el mundo sea un lugar mejor simplemente por existir. Pura, sin artificios, sin las capas de cinismo y cuidado que los adultos aprendemos a poner sobre nuestras expresiones. Es la sonrisa de alguien que todavía cree que el mundo es fundamentalmente bueno.
—Hoy creciste un poquito más… —dice con ternura tan genuina que uno no puede evitar sentir una punzada en el pecho— Te ves muy hermosa.
Se inclina hacia adelante, apoyando sus manos en la tierra tibia y puedes sentirlo, casi, el calor de esa tierra que ha estado absorbiendo sol todo el día, el calor que promete crecimiento y vida, y habla con otra flor, esta más pequeña, con pétalos que aún no se han abierto completamente, que todavía guardan el secreto de su color final.
—Tú también… —su voz es un susurro ahora— No te apresures. Todas nacen cuando deben nacer. No hay prisa… el mundo te esperará. Y cuando finalmente abras, cuando estés lista para mostrar lo que llevas dentro, será el momento perfecto. Ni un segundo antes, ni un segundo después.
El viento sopla de nuevo, un poco más fuerte esta vez, suficiente para hacer que su cabello ondule dramáticamente, cada mechón dorado atrapando la luz del sol y reflejándola en mil direcciones diferentes.
La niña cierra los ojos por un instante, permitiéndose simplemente existir en este momento, respirando profundo el aire perfumado por mil flores, sintiendo el sol tibio en su piel, escuchando el susurro del viento a través de los tallos, el zumbido distante de las abejas que trabajan incansablemente entre los pétalos, el canto de pájaros en árboles que no podemos ver pero que sabemos están ahí, porque su música llena el aire.
Sintiendo.
Escuchando.
Amando.
Ella no sabe que ese campo la ama. No sabe que su presencia mantiene viva la luz en este lugar, que si dejara de venir, si algo le pasara, las flores comenzarían a marchitarse lentamente, no por falta de agua o sol, sino por falta de ella, de ese algo intangible que ella irradia y que ellas absorben como absorben los nutrientes del suelo. No sabe que ella es el "alma" de esta historia, que su nombre es tanto descripción como destino, que todo lo que vendrá, todo el dolor y la belleza y la tragedia y el amor que se aproxima... comienza aquí, con una niña hablando con flores, con gestos de ternura tan puros.
Y que algún día, su existencia cambiará el destino de todos. De absolutamente todos.
El entorno se aleja lentamente, retrocediendo suavemente, expandiendo la vista. Podemos ver ahora no solo a la niña y las flores inmediatas a su alrededor, sino el campo completo, extendiéndose en todas direcciones como un mar de color y vida. Podemos ver los árboles en la distancia, antiguos y sabios, sus ramas extendiéndose como brazos protectores. Podemos ver las montañas en el horizonte lejano, azules y majestuosas bajo el cielo infinito.
La niña sigue ahí, en el centro de todo.
Las horas pasan como suelen hacerlo en los días perfectos sin que te des cuenta, sin que sientas su peso, fluyendo suavemente como agua en un arroyo tranquilo. El sol comienza su descenso inevitable hacia el horizonte, ese momento del día en que la luz cambia de calidad, volviéndose más suave, más dorada, más nostálgica de alguna manera. Los bordes de las nubes se tiñen de naranja y rosa.
Alma permanece en el campo más tiempo del que probablemente debería, hablando con cada flor que siente necesita atención, asegurándose de que ninguna se sienta olvidada. Para ella, cada planta es un individuo con su propia personalidad, sus propias necesidades. Esa de allá, la rosa carmesí con espinas particularmente afiladas, es tímida y necesita palabras suaves de aliento. Esa otra, el girasol que se inclina ligeramente hacia el oeste, es curiosa y le gusta que le cuenten historias sobre el pueblo. Y aquella, la pequeña flor azul que apenas ha comenzado a abrir sus pétalos, es nueva en el mundo y necesita que le expliquen que todo estará bien, que el mundo puede parecer aterrador al principio, pero que hay belleza en él si sabes dónde buscar.
Finalmente, cuando el sol está lo suficientemente bajo. Alma se levanta. Sus rodillas están ligeramente sucias de tierra, marcas oscuras en el blanco prístino de su vestido, pero no le importa. Se sacude suavemente, más por hábito que por real preocupación, y se despide de las flores con una última caricia
—Nos vemos mañana —dice, y hay una promesa en esas palabras, un voto silencioso que ella nunca rompería. Vendrá mañana, como vino hoy, como ha venido todos los días desde que descubrió este lugar. Llueva o truene, esté enferma o cansada, vendrá. Porque las flores dependen de ella, y ella no es de las que abandona a quienes dependen de ella.
Y comienza a caminar.
El camino de regreso a casa es uno que ha recorrido tantas veces que podría hacerlo con los ojos cerrados, guiándose solo por el recuerdo muscular de sus piernas, por el sonido familiar del río a su izquierda, por el olor de los árboles ancianos que flanquean el sendero.
Deja que su mente divague mientras camina, pensando en las flores. Pensando en cómo el campo se verá diferente mañana, porque siempre se ve diferente, siempre hay algo nuevo que descubrir. Pensando en...
—Hoy fue un día bastante hermoso… —susurra para sí misma— Agradezco tener otro día más de vida.
Y lo dice con tal sinceridad, con tal genuina gratitud, que si alguien la escuchara podría preguntarse qué sabe esta niña de diez años que le hace valorar cada día como si fuera un regalo precioso. La verdad es que Alma no sabe nada especial, al menos no conscientemente. No tiene memorias de vidas pasadas llenas de sufrimiento que le enseñaran a apreciar cada momento. No ha perdido seres queridos de forma traumática que le hicieran entender lo efímero de la existencia. Es simplemente... Alma.
Y para ella, la gratitud no es algo que aprendió o que le enseñaron... es ...tan natural como respirar, tan fundamental como el latido de su corazón.
El sendero comienza a ensancharse gradualmente a medida que se acerca al pueblo. Los árboles se vuelven menos densos, permitiendo que más luz alcance el suelo, y Alma puede ver las primeras señales de civilización. Llega al pueblo cuando el cielo ya ha comenzado a oscurecer de verdad. Las primeras estrellas comienzan a parpadear.
Es la hora en que las familias regresan de sus labores diarias. Alma puede verlos padres volviendo de los campos con herramientas sobre los hombros, el cansancio evidente en la forma en que caminan pero también una satisfacción por el trabajo bien hecho. Madres saliendo de talleres o mercados, algunas cargando cestas con compras de último minuto para la cena, otras simplemente caminando a casa con la expresión de alivio de quien finalmente puede descansar. Ancianos sentados en sillas frente a sus casas, disfrutando de estos últimos momentos de luz mientras fuman pipas o tejen, intercambiando historias con los vecinos que pasan.
Los niños juegan en las calles, aprovechando cada segundo de luz restante antes de que sus padres los llamen adentro para la cena. Se persiguen entre risas agudas y gritos de alegría, jugando a juegos cuyos nombres y reglas han sido transmitidos a través de generaciones. Escondite, juegos de imaginación donde son caballeros y dragones, princesas y brujas.
Las personas ven pasar a Alma y, una por una, le dan la buena tarde.
—Buenas tardes, Alma —dice un hombre mayor, quitándose brevemente su sombrero de paja en un gesto de respeto.
—Buenas tardes, señor Tomás —responde Alma con una sonrisa cálida y el hombre sonríe de vuelta.
—Que descanses, niña —llama una mujer desde su ventana, donde está colgando ropa para que se seque.
—Igualmente, señora Ana. Sus flores se ven hermosas — la mujer se sonroja de placer ante el cumplido.
—Dulces sueños, pequeña —dice un grupo de niños que pasa corriendo, y aunque son apenas un año o dos mayores que ella.
Alma responde a cada saludo con la misma calidez, la misma atención completa. Pero el cielo se oscurece más y sabe que su madre se preocupará si llega demasiado tarde.
Finalmente llega a su casa, una construcción de dos pisos de madera y piedra. Las ventanas están iluminadas con la luz cálida de las velas, y incluso desde afuera puede oler la cena cocinándose algo con cebolla y hierbas, quizá el estofado que su madre hace tan bien.
Alma empuja la puerta de entrada, que se abre con un crujido familiar su padre ha estado diciendo que engrasará las bisagras "mañana" durante los últimos tres meses.
Deja su bolsa en la entrada, un bolso de tela gastado que usa para llevar a veces un poco de agua, un cuadernoy lápiz, pequeños tesoros que encuentra en sus caminatas. Se quita los zapatos, también marcados con tierra del campo, y los deja alineados cuidadosamente junto a la puerta.
—Madre…ya regresé.
Su madre, que estaba inclinada sobre la estufa removiendo algo en una olla grande, voltea al escuchar su voz. Es una mujer de mediana edad, quizá treinta y tantos, con el mismo cabello dorado que Alma aunque el de ella tiene hebras plateadas comenzando a tejerse entre el oro. Sus ojos son marrones, no azules como los de Alma (esos ojos vienen de su padre). Lleva un vestido simple de trabajo cubierto por un delantal.
Sonríe al ver a Alma.
—Bienvenida, mi niña —dice con voz suave— Lávate las manos; en un rato estará lista la comida. Pero si me ayudas, podremos terminar antes.
Se detiene entonces, sus ojos bajando al vestido de Alma, y hay un suspiro suave, aunque más de resignación cariñosa que de verdadera exasperación. El vestido, que era blanco esta mañana cuando Alma salió, ahora tiene manchas obvias de tierra oscura en las rodillas, marcas verdes de pasto en el dobladillo, pequeñas manchas que podrían ser de cualquier cosa.
—Cariño… —dice su madre con ese tono que Alma conoce bien, ese tono que dice "ya sé la respuesta pero tengo que preguntar de todas formas"— ¿Fuiste de nuevo al campo?
No es realmente una pregunta. Ambas saben la respuesta.
Alma asiente, sus ojos brillando con esa alegría particular que aparece solo cuando habla de sus flores.
—Sí, madre. Fui de nuevo hoy.—Empezó hablar rápido por que estaba muy feliz por explicarle, las palabras cayendo unas sobre otras en su entusiasmo por compartir cada detalle, cada pequeño milagro que presenció hoy. Sus manos se mueven mientras habla, dibujando formas en el aire, su rostro iluminado con una alegría tan pura que es casi contagiosa—...y madre, me encantaría que fueras conmigo a verlas. Sé que estás ocupada, y sé que el camino es un poco largo, pero si pudieras, solo por una hora... Te prometo que te encantarían. Especialmente la sección nueva donde las flores moradas crecen nunca había visto ese tipo de flores antes, son como... como pequeñas campanas, y cuando el viento sopla, casi podrías imaginar que están sonando, que están tocando una melodía solo para quien quiera escuchar...
Cuando Alma finalmente se detiene para respirar, su madre suspira suavemente, pero es un suspiro lleno de amor. Sabe que su hija ama esas flores de una manera que ella nunca entenderá completamente. Para la madre, las flores son hermosas, sí, útiles incluso algunas de las hierbas medicinales que cultiva en el jardín han salvado vidas en el pueblo. Pero son solo plantas. Para Alma... para Alma son algo más. Son vidas, cada una con su propia importancia, su propio derecho a existir. Su hija nunca estaría de acuerdo en arrancar una flor, nunca cortaría una solo para ponerla en un jarrón dentro de la casa, porque hacerlo sería matarla, quitarle la vida solo por un momento de belleza egoísta.
—Lo sé, cariño —dice su madre suavemente— Algún día iré contigo. Lo prometo. Pero por ahora, ve a lavarte las manos y cambiarte ese vestido. Después puedes ayudarme a poner la mesa, ¿sí?.
Alma asiente efusivamente, dándole a su madre un abrazo rápido antes de correr hacia las escaleras que llevan al segundo piso donde está su habitación.
Minutos después, Alma regresa, ahora con un vestido limpio (también blanco, porque blanco es su color favorito - dice que es el color de los nuevos comienzos, de las páginas en blanco esperando ser llenadas con historias), su cabello peinado apropiadamente aunque mechones rebeldes ya están escapando, sus manos recién lavadas todavía ligeramente húmedas.
—¿Qué puedo hacer, madre? —pregunta, ansiosa por ayudar.
—Puedes poner la mesa, por favor. Tu padre llegará pronto.
Alma asiente y comienza su tarea, moviéndose por la cocina. Saca los platos del armario. Los vasos de vidrio que solo se usan para la cena. Los cubiertos de metal que su padre pulio. Las servilletas de tela que ella misma ayudó a coser el año pasado.
Se da la vuelta para agarrar las servilletas que olvidó, y es entonces cuando lo ve.A través de la ventana de la cocina.
No la luz suave y dorada.
Esto es... diferente.
Brilla con una intensidad que parece antinatural, casi agresiva, como si estuviera desafiando a la noche a oscurecer su resplandor. Es dorada, pero un dorado más rico, más profundo que cualquier luz natural. Parece pulsar ligeramente, o quizá es solo la forma en que la atmósfera la distorsiona.
Alma se acerca a la ventana casi sin darse cuenta, como si la luz la llamara.Apoya sus manos en el marco de la ventana, el vidrio frío contra su frente cuando se inclina para mirar mejor, sus ojos azules reflejando ese resplandor dorado distante.
—Es muy… —susurra— hermosa.
Y lo es. No puede negarlo. Su madre se percata del silencio repentino de Alma y se acerca, secándose las manos en su delantal. Se para junto a su hija y mira en la misma dirección, viendo la misma luz. Recarga su mano en el hombro de Alma.
—Hermosa, ¿verdad? —dice su madre suavemente— El Reino de Eternia...
Y ahí está, ese nombre que todos en el mundo conocen, ese lugar que es casi mítico para aquellos en pueblos pequeños como este. Eternia. La capital. La ciudad de luz eterna. El hogar del Rey.
—...al parecer está de fiesta —continúa su madre, su mano apretando ligeramente el hombro de Alma— O quizá sea un día importante. Una celebración de algún tipo.
Alma no aparta su mirada de la luz, fascinada por ella de una manera que no puede explicar completamente.
—¿Madre… has ido al centro del mundo dónde esta la Ciudad Eterna? —pregunta, su voz suave, curiosa.
Su madre asiente lentamente.
—Muy pocas veces... Solo cuando era absolutamente necesario. El que ha ido más veces es tu padre, por su trabajo, cariño.
Ha escuchado las historias de su amigo y padre , por supuesto. Las calles pavimentadas de piedra blanca que brillan incluso de noche. Los edificios tan altos que tienes que inclinar la cabeza completamente hacia atrás para ver sus techos. Los jardines que florecen todo el año gracias a alguna magia antigua. Los mercados donde puedes encontrar cualquier cosa imaginable de cualquier parte del mundo.
—Dicen que hay gente muy amable allá… —murmura Alma— colores vivos por todas partes. Fiestas que duran días enteros con música y danza. Artistas en las calles creando cosas hermosas. Y el rey...
Su voz toma un tono de admiración ingenua, la admiración de alguien que ha escuchado historias de héroes pero nunca ha visto la realidad detrás de la leyenda.
—...más que nada los caballeros y el rey , que hacen que este mundo sea mejor. Ayudando a todos los que necesitan ayuda. Protegiendo a los débiles. Asegurándose de que nadie sufra innecesariamente. Papá dice que el Rey es el guerrero más fuerte que jamás haya existido, tan poderoso que podría luchar contra mil hombres y ganar sin siquiera cansarse. Y que usa esa fuerza para protegernos a todos, para mantenernos a salvo de... —ella frunce el ceño ligeramente, tratando de recordar las palabras exactas— ...de las cosas malas que existen más allá de lo que conocemos.
Alma sonríe entonces, levemente, una sonrisa pequeña pero llena de esperanza, de la creencia pura de que el mundo es fundamentalmente bueno, de que aquellos en poder lo tienen porque lo merecen, porque son mejores, más sabios, más bondadosos.
Su madre no dice nada por un largo momento. Solo mira la luz distante con expresión inescrutable, sus labios apretados en una línea delgada. Ha escuchado otras historias, historias que no le cuenta a Alma porque una niña de diez años no necesita saber sobre las realidades más oscuras del mundo. Historias sobre pueblos enteros que desaparecieron después de que la "protección" de Eternia llegara. Sobre impuestos tan altos que las familias se morían de hambre. Sobre jóvenes reclutados para guerras en tierras distantes, enviados a luchar por razones que nunca se les explicaron, muchos nunca regresando.
Pero no dice nada de esto.
—Ven, cariño —dice suavemente— La cena se enfriará, y tu padre llegará en cualquier momento. Terminemos de poner la mesa.
Alma asiente, dejando que su mano se deslice del marco de la ventana, pero no puede evitar echar una última mirada a esa luz brillante en la distancia antes de volverse.
La cámara se queda en la ventana.Mostrando la luz de Eternia a la distancia.
Porque mientras Alma cree en bondad y héroes...
Mientras imagina fiestas llenas de alegría y reyes benevolentes...
La verdad de lo que está sucediendo en ese momento, bajo esa luz dorada...es algo completamente diferente.
Algo que rompería su corazón si lo supiera.
Algo que ningún niño debería jamás tener que ver.
EN ALGÚN LUGAR EN LAS AFUERAS DEL PALACIO DE ETERNIA.
EN UN SALÓN OCULTO, CONSTRUIDO ESPECÍFICAMENTE PARA QUE NADIE PUEDA VER DESDE AFUERA.DONDE LA LUZ QUE ALMA VIO DESDE SU VENTANA VIENE DE ALGO HORRIBLE
...PERO NO ILUMINA. SOLO REVELA HORROR.
El salón es enorme, tan vasto que las esquinas más lejanas se pierden en sombras. Las paredes son de piedra oscura, casi negra, grabadas con símbolos antiguos que quizá una vez tuvieron significado sagrado pero que ahora solo sirven como decoración macabra para lo que sucede aquí. El techo se arquea alto sobre las cabezas de los presentes, tan alto que el sonido se pierde en él, creando ecos distorsionados que hacen que las risas suenen aún más demenciales, los gritos aún más desesperados.
Cientos de lámparas flotantes llenan el espacio, suspendidas en el aire por alguna magia antigua . Hay música, aunque es difusa como si los músicos estuvieran tocando en otra habitación porque no quieren estar más cerca de esto de lo absolutamente necesario. Mesas largas de madera oscura. Hay comida, montones de ella, más de la que cien personas podrían comer frutas exóticas traídas de tierras distantes, carnes asadas que deberían verse apetitosas pero que de alguna manera no lo hacen, vinos en botellas tan antiguas que el cristal está empolvado, pasteles elaborados decorados con arte que es casi una blasfemia desperdiciar.
Hay gente por todas partes, cientos de ellos, vestidos con la opulencia que solo los extremadamente ricos o poderosos pueden permitirse. Vestidos de seda que cuestan más de lo que una familia promedio ganaría en un año, bordados con hilos de oro real que atrapan la luz con cada movimiento. Joyas colgando de cuellos, muñecas, dedos, orejas - diamantes, rubíes, esmeraldas, tan grandes que son casi obscenos, brillando con un fuego que debería ser hermoso pero que aquí solo parece grotesco. Armaduras ceremoniales pulidas hasta brillar como espejos, grabadas con escudos de familia, con logros en batalla, con símbolos de rango y posición.
Pero algo está mal.
El olor lo revela primero. No importa cuánto perfume quemen en los braseros, cuánto incienso hagan flotar los magos, cuántas flores frescas coloquen en jarrones ornamentados no puede ocultar el hedor que impregna el aire como un miasma viviente. Carne fermentada, el dulzor enfermizo de la descomposición apenas comenzando, mezclándose con el olor metálico de sangre fresca, el aroma acre de humo de algo que no debería quemarse, el tufo de vómito y excreciones corporales porque algunos aquí han bebido tanto que sus cuerpos se rebelan pero ellos continúan de todas formas.
La gente está borracha, no con la borrachera alegre de una celebración normal, sino con esa borrachera peligrosa donde los inhibidores han desaparecido completamente, donde lo que queda de humanidad se ha ahogado en el vino que fluye tan libremente como agua. Algunos están tirados , inconscientes, babeo corriendo por sus mejillas, vestidos caros arruinados con vómito y peor. Otros se tambalean entre las mesas, chocando con cosas, riendo cuando caen, sin importarles que han derramado vino de quinientos años sobre tapices que son obras de arte irremplazables.
Grupos fuman de pipas largas hechas de algún material que brilla débilmente en la oscuridad - hueso tallado, quizá, aunque de qué tipo de hueso es mejor no especular. El humo que expulsan es espeso, casi viscoso en su apariencia, de un color que oscila entre morado y verde dependiendo de cómo la luz lo golpea. Huele dulce pero con un trasfondo amargo que quema la parte posterior de la garganta, y aquellos que lo inhalan profundamente desarrollan una mirada vidriosa.
Mujeres desnudas bailan. Pero no es danza es exhibición, performance diseñada no para el arte sino para la lujuria. Se mueven entre las mesas, sobre ellas, literalmente sobre las piernas de caballeros que las agarran como si fueran objetos, posesiones, juguetes. Sus cuerpos están cubiertos en una fina capa de sudor que hace que su piel brille bajo la luz de las lámpara.
Hombres con el torso desnudo, músculos aceitados brillando, sirven vino directamente de las botellas, vertiéndolo en bocas abiertas de damas que ríen histéricamente cuando el líquido rojo oscuro se derrama por sus cuellos. Algunos de estos hombres tienen collares alrededor de sus cuellos cadenas delgadas de oro o plata con pequeñas placas que llevan nombres que no son los suyos, porque han sido renombrados por quienes los poseen, porque sus identidades originales fueron consideradas irrelevantes.
Y lo peor, lo absolutamente peor...es el suelo.
Justo detrás de la zona principal de baile y comida, hay montones de cuerpos.
No cuerpos completos.Partes.Restos.Trozos.
Brazos separados de torsos, algunos todavía vestidos con las mangas de lo que sea que llevaban cuando murieron , ropas de campesinos, principalmente, telas baratas que contrastan violentamente con la opulencia circundante. Piernas, huesos sobresaliendo a través de carne desgarrada. Torsos partidos, órganos internos parcialmente visibles, brillando húmedos bajo la luz. Manos cortadas limpiamente en las muñecas, dedos todavía curvados en posiciones que sugieren que estaban agarrando algo quizá armas, intentando defenderse; quizá a seres queridos, tratando de protegerlos; o simplemente extendidos en súplica, rogando por misericordia que claramente nunca llegó.
Y cabezas.
Tantas cabezas.
Algunas en picas, montadas como trofeos, con expresiones congeladas de terror absoluto en sus rostros ojos abiertos demasiado amplios, bocas abiertas en gritos silenciosos, algunos con lágrimas todavía visibles en sus mejillas. Otras simplemente tiradas entre los otros restos, rodando ocasionalmente cuando alguien las patea accidentalmente. Hay una, una sola que es particularmente horrible, apoyada contra un árbol decorativo que alguien plantó aquí por alguna razón incomprensible, y sus ojos están abiertos, vidriosos, mirando fijamente hacia la fiesta como si todavía estuviera observando, como si alguna parte de la conciencia permaneciera atrapada en ese pedazo de carne muerta, forzada a presenciar esto por toda la eternidad.
La sangre ha formado charcos, oscureciéndose a medida que coagula, mezclándose con el barro traído de afuera en las botas de los soldados, creando una pasta rojiza-marrón que se pega a todo lo que la toca.
Y lo más grotesco, lo que hace que esto cruce de horrible a absolutamente imperdonable...
Algunos están comiendo.
No de las mesas de comida elaborada.
De los cuerpos.
Hay un grupo en particular, soldados a juzgar por las armaduras parciales que todavía llevan, sentados en círculo alrededor de lo que una vez fue un ser humano imposible decir si hombre o mujer ahora, tal es el estado de mutilación. Están arrancando trozos, usando cuchillos que deberían estar en las mesas de cena, masticando, tragando, riendo entre bocados.
Uno de ellos sostiene lo que es inequívocamente un músculo de muslo humano, el hueso del fémur sobresaliendo en un extremo donde fue arrancado violentamente en lugar de cortado limpiamente. Lo muerde como si fuera un muslo de pavo, dientes desgarrando la carne que, a estas alturas, está fría y rígida, haciendo el acto aún más repugnante porque requiere esfuerzo real, porque tienen que trabajar por cada bocado, y lo hacen de todas formas.
—¡Está más duro que el cuero! —se queja uno, escupiendo un pedazo que no pudo masticar, y los otros ríen como si esto fuera el chiste más hilarante que jamás hayan escuchado.
—¡Deberías haberlo agarrado cuando estaba más fresco! —responde otro.
Más allá de ellos, un grupo diferente ha hecho un "juego". Han atado los restos de lo que una vez fue un niño no puede haber tenido más de siete u ocho años a juzgar por el tamaño a una cuerda. Lo balancean como una piñata, turnándose para golpearlo con palos, con las partes planas de sus espadas, con sus propios puños. Cada impacto produce un sonido húmedo, enfermizo, y pedazos se desprenden, volando a través del aire.
—¡Dale más fuerte! —grita una mujer, completamente borracha — ¡Que caiga! ¡Quiero ver si hay algo adentro todavía!
El grupo obedece con entusiasmo renovado, golpeando con tal fuerza que el cuerpo pequeño finalmente se desprende de la cuerda, cayendo al suelo con un sonido que es demasiado húmedo.
Aplauden.Todos aplauden.
Como si hubieran ganado algo.
En otra sección del salón, un grupo de nobles , distinguibles por las coronas pequeñas y coroneles ornamentados que usan
. Juegan cartas en una mesa que han limpiado para el propósito. Pero no apuestan oro, no apuestan joyas o tierras o títulos.
Apuestan órganos.
En el centro de la mesa, en lugar de fichas normales de juego, hay un corazón humano. Todavía está parcialmente conectado a trozos de arterias y venas.
—Te apuesto este corazón —dice un noble, levantándolo casualmente con una mano la sangre gotea entre sus dedos enjoyados, cayendo con pequeños plops sobre las cartas debajo, manchándolas de rojo — contra dos de tus riñones.
El otro noble considera esto, mirando su propia pila de órganos apilados frente a él como fichas de póker. Tiene un hígado, algo que podría ser un bazo, y sí, un par de riñones todavía conectados por el tejido que los une.
—Acepto tu apuesta —dice finalmente, empujando los riñones hacia el centro de la mesa con la punta de su dedo— y subo con medio pulmón.
Los otros jugadores murmuran su aprobación ante esta apuesta audaz.
Ríen.
Porque para ellos, esto es entretenimiento.
El salón entero es así, una galería de horrores que continúa en cada dirección. Un grupo que fuerza a prisioneros supervivientes a luchar entre sí con cuchillos romos mientras apuestan sobre el resultado. Otro que ha construido una pirámide de cráneos y está teniendo un concurso para ver quién puede tirarla desde más lejos arrojando femures como jabalinas. Un tercero que simplemente está destruyendo cuerpos por diversión, arrancando extremidades, aplastando costillas, todo mientras cantan canciones de borrachos que son grotescamente inapropiadas para lo que están haciendo.
Entonces, desde algún lugar cerca del centro del caos, una mujer trepa torpemente sobre una mesa.Está vestida en lo que una vez fue un vestido elegante, pero ahora está desgarrado, manchado, con un desgarro que revela más de lo que probablemente pretendía. Su maquillaje está corrido, rímel oscuro rayándose por sus mejillas, lápiz labial manchado más allá de sus labios. Su cabello, elaboradamente arreglado al inicio de la noche, ahora cuelga en mechones desordenados.
Levanta una copa lleno hasta el borde con un líquido que es demasiado oscuro, demasiado espeso para ser vino. Vino no se mueve así. Vino no tiene esa consistencia viscosa. Esto es sangre, sangre humana, probablemente mezclada con alcohol para que sea más "palatable", si tal cosa es posible.
—¡Por la caída de la aldea traidora! —su voz histérica con una especie de alegría maniaca— ¡Por quemar cada maldita casa! ¡Por arrancar sus raíces del suelo como las malezas que eran!
La multitud, algunos mirando hacia arriba desde sus propias atrocidades, otros siendo arrancados de estupores inducidos por drogas, responde con entusiasmo.
—¡Por matar a cada maldito que osó desafiar a Eternia! ¡A los hombres que pensaban que podían negarse a pagar tributo! ¡A las mujeres que los apoyaron! ¡A los niños que habrían crecido para ser como ellos!
Y la multitud... la multitud estalla. Aplausos atronadores que hacen eco en el salón de piedra, amplificados hasta que suena como el rugido de alguna bestia masiva. Se abrazan, completos extraños aferrándose unos a otros en camaradería forjada en sangre compartida.
—¡Que su muerte nos dé fuerza! —aúlla un soldado.
Levanta una pierna humana sobre su cabeza como un trofeo
—¡Que sus huesos construyan nuestros tronos! —grita otro, levantando un cráneo que ha vaciado de su contenido y ahora usa como copa, bebiendo sangre de los restos huecos.
El público jalea, se vuelve loco con entusiasmo. Algunos comienzan a danzar entre los cadáveres, literalmente pisoteándolos, usando los cuerpos muertos como superficie para sus celebraciones grotescas. Huesos crujen bajo pies descuidados. Rostros de los muertos son pisados.Uno de los bailarines resbala en un charco de sangre, cae violentamente, se golpea la cabeza contra el suelo de piedra lo suficientemente fuerte como para sangrar... y sus compañeros solo ríen, lo levantan, y continúa bailando, sangre ahora corriendo por su propia frente para mezclarse con la sangre de las víctimas que está pisoteando.
Este es Eternia.
No el Eternia que Alma imagina desde su ventana.
No el Eternia de las historias sobre calles brillantes y jardines hermosos.
Este es el Eternia real. El Eternia que existe cuando las puertas están cerradas y las cortinas corridas. El Eternia donde aquellos con poder hacen lo que quieren a aquellos sin él, y llaman a eso justicia. Llaman a eso fuerza. Llaman a eso progreso.
Y lo más aterrador...
Nadie aquí piensa que están haciendo algo malo.Y ninguno de ellos, ni uno solo, ve contradicción entre lo que hacen aquí y las historias que cuentan sobre honor y justicia y bondad.
Y entonces...algo cambia.
La temperatura cae, solo lo suficiente para que el sudor en las nucas se enfríe incómodamente. El aire se vuelve más espeso, más difícil de respirar, como si hubiera menos oxígeno de repente.
Los más borrachos no notan nada.
Hacia el centro del salón en las sombras más densas.Donde debería estar vacío pero no lo esta.
Nunca lo estuvo.
Hay una figura sentada allí. Inmóvil como estatua ¿Cuánto tiempo ha estado ahí? ¿Desde el inicio del banquete? ¿Antes? Nadie puede recordarlo.
La figura se levanta lentamente.
Se desenrolla de su posición con gracia, como si las articulaciones funcionaran de forma diferente. No hay sonido de la armadura rechinando. Solo silencio mientras alcanza su altura completa.
Alto. Más de un metro ochenta.
Y luego emerge de las sombras.
La armadura blanca es lo primero que se ve pero no un blanco puro. Es estéril, clínico, como huesos blanqueados. Está construida en placas superpuestas grabadas con símbolos que parecen moverse cuando no las miras directamente. Pero lo que hace imposible ignorarla son las vetas de color que la atraviesan. Rojo carmesí. Verde turquesa. Azul eléctrico. Naranja volcánico. Fluyen a través de toda la armadura.
La capa cuelga de sus hombros, y parece estar hecha de elementos literales.
Pero es el cabello lo que hace que el salón entero se sumerja en silencio.
Rojo carmesí dominante. Pero entretejido hay verde turquesa brillante. Y blanco lunar, puro y frío. Los tres colores mezclados en cada mechón. El cabello se mueve aunque no hay viento.
El rostro está oculto detrás de una máscara blanca lisa, sin decoraciones. Solo dos aberturas para los ojos que cambiaban constantemente de colores.
La figura da un paso adelante.
Las lámparas se inclinan en su dirección. Las sombras se estiran hacia sus pies. El aire ondula con calor aunque él no ha hecho nada. Pequeñas chispas saltan entre las placas de su armadura.
Un soldado, más sobrio que el resto, reconoce la armadura.
Sus ojos se amplían y cae de rodillas no porque quiera.
Su cuerpo simplemente cede.
—Ryon. —la palabra sale como jadeo estrangulado— Lord Ryon. Caballero de los Elementos.
Como onda expansiva, el reconocimiento se propaga. Las cabezas giran...uno por uno, todos en el salón caen de rodillas. No por respeto sino por terror.
Ryon permanece inmóvil, su máscara barriendo lentamente el salón.
Luego, su voz emerge. Es una voz que es muchas voces hablando en unísono grave y aguda simultáneamente, todas existiendo en el mismo sonido.
—Levántense.
Como marionetas con cuerdas siendo jaladas, todos obedecen.
Ryon comienza a caminar. No hacia nadie específicamente. Solo camina. Camina entre los cuerpos mutilados sin mirarlos. Pisa charcos de sangre sin que manchen sus botas el líquido se evapora antes del contacto.Se detiene frente a uno de los soldados que había estado comiendo carne humana. El hombre está congelado, grasa brillando en sus labios.Ryon lo mira por tres segundos luego se da la vuelta sin decir nada.
Camina hacia el centro del salón de nuevo.Ryon se detiene junto a un cuerpo en el suelo. Se arrodilla junto al cuerpo y extiende su mano.
La coloca directamente sobre el pecho del muerto luego el cuerpo comienza a brillar en un azul pálido y el brillo fluye, dejando el cuerpo, viajando hacia el brazo de Ryon, siendo absorbido por las vetas en su armadura.El rostro del muerto cambia reemplazada por expresión de agonía, de horror, de algo peor que muerte.Y entonces el cuerpo colapsa desintegrándose en polvo gris que se esparce en círculo.
Ryon se levanta.
Camina hacia otro cuerpo. Hace lo mismo y otro...cinco cuerpos en total.
—¿Quién estuvo a cargo de esto?
Los presentes se miran entre sí, aterrados. Nadie quiere responder.
Ryon espera solo tres segundos exactos,luego levanta una mano.
Una de las lámparas flotantes comienza a temblar. Violentamente. Las otras permanecen estables, pero esta una sacude como en terremoto. La luz que emite se vuelve más brillante, más caliente, hasta que el vidrio comienza a derretirse.
Y entonces explota.
Los fragmentos de vidrio fundido vuelan en todas direcciones. Algunos impactan a personas cercanas, quemando piel, incrustándose en carne. Gritos brotan por todo el lugar.
—Pregunto de nuevo. ¿Quién estuvo a cargo?
Esta vez, un hombre se adelanta. Es mayor, quizá cincuenta años, vestido en armadura parcial que identifica su rango Capitán, probablemente. Tiene cicatrices cruzando su rostro, manos manchadas con sangre fresca. Tiembla, pero se obliga a mantenerse erguido.
—Yo, mi señor. —su voz está ronca— Capitán Marius. Yo... yo estuve a cargo de la... de la celebración.
Ryon camina hacia él. Se detiene frente a Marius la diferencia de altura es notable Ryon lo mira desde arriba.
—Celebración. —repite Ryon la palabra como si estuviera probando su sabor— Interesante elección de término. Descríbeme qué celebran exactamente.
Marius traga saliva.
—La... la aldea de Ceniza del Valle, mi señor. Rechazaron pagar tributo al Reino. Rechazaron reconocer la autoridad de Su Majestad. Así que... nosotros...
—¿Qué hicieron?
—Los... los eliminamos, mi señor. Como ordenado. Quemamos las casas. Ejecutamos a los que resistieron. Trajimos a algunos aquí para... para...
—Para consumir. —Ryon completa la frase por él— ¿Cuántos? —pregunta.
—¿Mi señor?
—Cuántos habitantes tenía la aldea.
—Tres... trescientos cuarenta y dos, mi señor. Contando niños.
—¿Cuántos sobrevivieron?
—Ninguno, mi señor. —susurra Marius— Órdenes eran... no dejar testigos...no dejar...
—Semillas. —Ryon termina— No dejar semillas que puedan crecer en árboles de venganza. Doctrina estándar del Reino.
Asiente levemente, como si estuviera procesando información.
—¿Y trajeron cuántos cuerpos aquí?
— La mayoría, mi señor. Los más... los que parecían más...
—Comestibles. —Ryon lo dice sin inflexión— Entiendo.
Se da la vuelta, alejándose de Marius, caminando lentamente alrededor del perímetro del salón.
—El Rey está ausente actualmente. Atendiendo asuntos... asuntos que requieren su atención personal. Me envió a mí para... verificar que todo procede según lo planeado.
Se detiene, mirando los montones de cuerpos mutilados.
—Para asegurarme de que sus súbditos leales están cumpliendo sus deberes con la... eficiencia apropiada.
Algo en su tono hace que varios presentes retrocedan involuntariamente.
Ryon voltea de nuevo hacia Marius.
—Dime, Capitán. Cuando masacraron la aldea, ¿lo hicieron eficientemente? ¿O prolongaron el proceso?
Marius titubea.
—Yo... nosotros... cumplimos las órdenes, mi señor. Algunos... algunos tomaron más tiempo que otros. Algunos de los hombres querían... disfrutar...
—Disfrutar. —repite Ryon— Ya veo.
Camina de vuelta al centro del salón.
—¿Y qué hay del resto?. ¿Dónde están?
—Dejados en la aldea, mi señor. Para que se pudran. Para que sirvan de advertencia a...
—A nadie. —Ryon lo interrumpe— Porque nadie queda vivo para ver la advertencia.
Levanta ambas manos.Las vetas en la armadura de Ryon comienzan a brillar. Todas al mismo tiempo en rojo, verde,azul,naranja y violeta. Todos los colores pulsando en sincronía perfecta.
—Permítanme mostrarles algo. —su voz tiene ahora un tono diferente, casi... juguetón— Algo que quizá los ayude a entender la diferencia entre lo que ustedes hicieron... y lo que yo hago.
En su mano derecha aparece fuego. Este es diferente es rojo, sí, pero un rojo tan intenso que casi duele mirarlo. Y en el centro del rojo hay núcleo blanco, brillante como sol en miniatura. En su mano izquierda aparece agua pero no agua normal esta es negra, opaca, viscosa. Se mueve de formas que el agua no debería moverse, formando tentáculos que se retuercen en el aire.
—Fuego. Agua. —dice Ryon— Elementos opuestos. Elementales básicos dirían que no pueden coexistir.
Junta sus manos.El fuego y el agua chocan.
Y en vez de que uno cancele al otro, se fusionan. Creando algo nuevo. Vapor, pero no vapor normal. Este es denso, tangible, y brilla con luz propia, roja y negra entrelazadas.El vapor se expande rápido llenando el salón en segundos.
Y donde toca a las personas...los gritos comienzan.Porque el vapor no solo quema y ahoga hace ambas cosas simultáneamente. Quema los pulmones mientras los llena de líquido. Derrite la piel mientras la congela. Es agonía contradictoria, dolor que el cerebro no puede procesar correctamente.Las personas corren. Tropiezan y caen, se arrastran hacia las salidas. Pero las puertas están selladas cuándo pasó eso, nadie lo notó. Golpean las puertas de madera, gritando, suplicando.
Ryon permanece en el centro, inmóvil, observando.
El vapor continúa expandiéndose.Uno por uno, los gritos se apagan. Reemplazados por sonidos húmedos, gorgoteos, el colapso de cuerpos en el suelo.Cuando el vapor finalmente se disipa, el salón está silencioso.Cuerpos por todas partes. Algunos con piel derretida. Otros con pulmones explotados, sangre brotando de bocas. Algunos simplemente colapsados, ahogados en líquido que sus propios cuerpos generaron en reacción al vapor. Trescientos cuarenta y dos personas estaban en este salón cuando Ryon llegó.Trescientos cuarenta y una están muertas ahora.Solo uno permanece de pie, temblando violentamente, cubierto en sudor y sangre que no es suya.
Capitán Marius.
Ryon lo miró directamente cuando el vapor se expandió. Y algo en su armadura alguna barrera invisible protegió a Marius. Lo forzó a observar. A presenciar cada muerte. A escuchar cada grito.Pero no a morir.
Ryon camina hacia él. Sus pasos crean pequeños chapoteos en los charcos de fluidos corporales.Se detiene frente a Marius, quien está llorando ahora, lágrimas corriendo por mejillas.
—Segundos. —dice Ryon, voz perfectamente calmada— Eso es cuánto tomó.
Inclina su cabeza levemente.
—Eso es cómo se masacra, Capitán. Nada de juegos...nada de prolongaciones...solo... finalidad.
Y entonces algo cambia en su voz. Un toque de... ¿diversión ¿Satisfacción?
Una risa.No es risa de alegría. No es risa de locura descontrolada.
Es risa de alguien que acaba de completar tarea satisfactoriamente. Como artesano admirando obra bien hecha.
Y de alguna forma, eso es más aterrador que cualquier carcajada maniática podría ser.
—Interesante. —murmura Ryon, más para sí mismo que para Marius— Trescientos cuarenta y dos en la aldea,trescientos cuarenta y uno aquí. Simetría casi perfecta el universo aprecia la simetría.
Vuelve su atención completa a Marius.
—Ahora. Tienes un nuevo trabajo, Capitán.
Marius apenas puede hablar.
—S-sí, mi señor. Lo que... lo que ordene...
—El Rey tiene planes su expansión continúa. Hay más mundos...más realidades...más... resistencia que debe ser eliminada.
Camina lentamente alrededor de Marius, como depredador evaluando presa.
—Pero no todos los objetivos son iguales. Algunos requieren... selección más cuidadosa.
Se detiene frente a él de nuevo.
—Quiero que te enfoques en cierto tipo de personas. En los buenos...los puros. Aquellos que ayudan a otros sin buscar recompensa. Aquellos que comparten su poco con los que tienen menos. Aquellos que cuidan flores en campos olvidados. Aquellos que hablan con amabilidad incluso cuando nadie los escucha.
Su voz baja levemente, casi íntima.
—Las almas buenas, Capitán. Esas son las que más amenazan a lo que existe. Porque dan esperanza. Y la esperanza es raíz de rebelión.
Marius está temblando tan violentamente que apenas puede mantenerse de pie.
—Yo... yo entiendo, mi señor. Las almas buenas. Las eliminaremos a todas.
—Bien. —Ryon asiente una vez— Pero recuerda...solo eficiencia nada de esto. —gesticula hacia los cuerpos— Nada de celebraciones degradantes. Solo... finalidad. ¿Entendido?
—S-sí, mi señor.
Ryon comienza a alejarse, pero Marius, en un momento de valentía desesperada o quizá simple necesidad de saber, pregunta
—Mi señor... hay... ehm el bosque de Drakenwald. Dicen que está... protegido. Que hay cosas allí que...¿Qué... qué hacemos si encontramos personas allí? ¿Si necesitan ser eliminadas?
Ryon se detiene se queda inmóvil por unos segundos.Luego voltea solo la cabeza, el cuerpo permanece de frente.
—Drakenwald,sí. El Rey tiene... planes especiales para ese lugar.
Las vetas en su armadura cambian a negro.
—Ese bosque contiene algo. Algo que incluso el Rey... observa con cautela. Por ahora, no lo toquen ni envíen tropas. Pero si llega el momento si el Rey lo ordena entonces sí.
Se da la vuelta completamente hacia Marius ahora.
—Si se te ordena destruir Drakenwald, Capitán, no dejes nada. Ni árbol ni piedra ni gota de agua en sus ríos. Quémalo todo arránca de raíz en raíz. Bórralo tan completamente que incluso la memoria de que existió se desvanezca.
—¿Y... y si hay personas allí, mi señor? ¿Protectores?
La máscara de Ryon se inclina levemente, como si estuviera considerando la pregunta.
—Si hay protectores... entonces será interesante ver si son combustible... o llama.
Comienza a caminar hacia las sombras del salón.
—Me voy ahora tengo otros lugares que supervisar otras... situaciones que requieren atención.Pero volvere pronto. Para verificar tu progreso para asegurarme de que has aprendido la lección. Y Capitán... cuando vuelva, más te vale que los números sean impresionantes. Porque si siento que has desperdiciado mi tiempo...
No termina la amenaza.Levanta una mano hacia su máscara.
La toca.Donde los dedos tocan, la máscara se disuelve.Revelando su rostro.Pálido y hermoso sin expresión pero sus ojos...el izquierdo, verde turquesa brillante...el derecho... tiene un simbolo geométrico rotando. Círculos dentro de círculo en el centro, punto de luz dorada pulsante.
Ryon mira hacia la oscuridad de la noche con ese ojo. Como si hubiera visto algo algo que encontró... prometedor.La máscara se reforma y su voz llega una última vez.
"SI VAS A ARDER... ARDE COMPLETAMENTE. SI VAS A CAER... CAE DE UNA VEZ. NO HAY DIGNIDAD EN AGONÍAS PROLONGADAS. SOLO... DESPERDICIO."
Ryon desaparece en las sombras.
El salón queda en silencio absoluto solo Marius permanece de pie rodeado de los cadáveres está temblando, llorando pero también... hay algo más en sus ojos.
Determinación.
Porque sabe que si falla, si no cumple, si no impresiona...
...la próxima vez que Ryon vuelva, él será el que desaparezca en polvo gris.Sale del salón, tropezando sobre cuerpos tiene trabajo que hacer.
Almas buenas que encontrar y eliminar.