Capítulo 1: Cuando el pasado se vuelve prisión
Morí sin nombre, sin propósito y sin nadie que llorara mi ausencia. Mi vida había sido una sombra entre millones de sombras, una existencia tan insignificante que el mundo ni siquiera se detuvo cuando desaparecí. No fui un héroe ni un villano, ni siquiera alguien digno de ser recordado. Simplemente fui… nadie. Cuando todo terminó, pensé que eso sería el final, que mi conciencia se apagaría del mismo modo en que una gota desaparece al caer en el océano.
Pero algo ocurrió.
Tal vez fue el destino, tal vez una broma cruel de los dioses… o quizás una condena.
Porque cuando abrí los ojos, no desperté en la oscuridad eterna que esperaba.
Lo primero que sentí fue suavidad bajo mi cuerpo. Una cama demasiado cómoda, demasiado amplia, muy distinta de cualquier lugar en el que hubiera dormido antes. Durante un momento pensé que estaba en un hospital. El recuerdo de mi muerte aún era difuso en mi mente, como si hubiera ocurrido muy lejos, detrás de un velo espeso. Intenté incorporarme para mirar alrededor, pero en cuanto moví el cuerpo algo me resultó extraño.
Había algo… diferente.
Mi equilibrio no se sentía igual. Mi centro de gravedad parecía desplazado, como si el cuerpo que intentaba controlar no me perteneciera del todo. Levanté una mano de forma casi automática, esperando ver mis propios dedos frente a mí, pero lo que apareció ante mis ojos hizo que el aire se quedara atrapado en mi garganta.
La mano era más delgada.
Los dedos eran largos y delicados, con una piel pálida y suave que no reconocía. Durante unos segundos simplemente me quedé mirando, intentando convencerme de que aquello era un efecto extraño de la luz o del cansancio. Pero cuando moví los dedos y la mano respondió exactamente como debía, una sensación de frío recorrió mi espalda.
Sin prestar atención a la habitación en la que me encontraba, sin siquiera preguntarme dónde estaba o cómo había llegado allí, mis ojos comenzaron a buscar desesperadamente algo más.
Un espejo.
Lo encontré al otro lado de la habitación.
Me levanté de la cama con torpeza, como si estuviera aprendiendo a caminar por primera vez. Cada paso se sentía extraño, cada movimiento parecía ligeramente fuera de lugar, como si el cuerpo tuviera proporciones distintas a las que mi mente recordaba. Aun así, avancé casi tropezando, guiado por una mezcla de miedo y necesidad que no podía ignorar.
Cuando finalmente me detuve frente al espejo… levanté la vista.
Y el mundo se detuvo.
La figura reflejada en el cristal no era la mía.
Ante mí se encontraba una mujer cuya belleza parecía imposible.
Su cabello negro caía como obsidiana pulida sobre los hombros. La piel era blanca y perfecta, iluminada por la suave luz de la mañana que se filtraba por las cortinas. Y sus ojos… sus ojos eran rojos como rubíes encendidos, brillando con una intensidad que parecía capaz de atravesar a cualquiera que se atreviera a mirarlos demasiado tiempo.
Era un rostro capaz de hacer temblar incluso a las reinas.
Cada curva de su cuerpo parecía esculpida por un artista obsesionado con la perfección. Incluso su postura natural tenía una elegancia innata, como si cada movimiento estuviera destinado a humillar silenciosamente a quienes la rodeaban.
Durante unos segundos simplemente me quedé observando el reflejo.
Intentando comprender.
Intentando aceptar lo que veía.
Pero entonces ocurrió.
El dolor llegó de golpe.
Una punzada brutal atravesó su cabeza, como si algo hubiera estallado dentro de su mente. Instintivamente llevó una mano a la frente mientras el mundo a su alrededor parecía distorsionarse.
Y entonces las imágenes comenzaron a aparecer.
No eran pensamientos.
No eran recuerdos propios.
Eran fragmentos.
Imágenes que se precipitaban dentro de su mente como una tormenta.
Un pasillo lleno de sirvientas arrodilladas, temblando mientras una figura de vestido oscuro caminaba entre ellas con un bastón en la mano.
Un hombre mayor suplicando mientras soldados lo arrastraban fuera de su propia casa, su familia llorando detrás de él.
Un frasco de alquimia rompiéndose contra el rostro de una joven noble, la piel quemándose mientras los gritos llenaban la habitación.
Un banquete elegante donde nobles sonreían con falsedad mientras todos evitaban mirar directamente a la mujer sentada en la cabecera de la mesa.
Una sonrisa.
Una sonrisa fría.
Cruel.
La sonrisa de alguien que disfrutaba viendo el miedo de los demás.
Las imágenes siguieron acumulándose una tras otra, cada una más pesada que la anterior. No había palabras, no había explicaciones, solo escenas congeladas que mostraban fragmentos de una vida marcada por el poder y la crueldad.
El dolor aumentó.
Se inclinó ligeramente, apoyando una mano en el marco del espejo mientras la respiración se volvía irregular. Era como si el propio cuerpo estuviera forzándolo a ver, obligándolo a aceptar aquello que había ocurrido antes de que él despertara.
Finalmente las imágenes se detuvieron.
El silencio regresó.
Pero algo había cambiado.
Porque ahora lo sabía.
Ahora entendía quién era la mujer que estaba mirando en el espejo.
Había despertado en el cuerpo de Anna D’Valrienne, la infame princesa del ducado, desterrada por su familia por sus terribles actos.
Y todos esos recuerdos… ahora estaban dentro de él.
No como historias ajenas.
Sino como si siempre hubieran sido suyos.
El dolor tardó varios segundos en desaparecer.
Cuando finalmente logró recuperar el aliento, aún seguía frente al espejo, con la mano apoyada contra el marco de madera y la respiración ligeramente agitada. Las imágenes seguían flotando en su mente como restos de una tormenta recién terminada.
Ahora lo sabía.
Sabía quién era esa mujer… y también sabía lo que había hecho.
Y lo peor de todo era que aquellos recuerdos ya no se sentían ajenos. Permanecían en su mente con la claridad de una vida vivida, como si el propio cuerpo se hubiera encargado de entregárselos, obligándolo a comprender el peso de todo lo que había ocurrido antes de su llegada.
Una mujer cuya belleza rivalizaba con la de las reinas.
Y cuya crueldad había dejado cicatrices en todos los que la rodeaban.
El silencio de la habitación era pesado.
La cama de plumas, las cortinas de terciopelo rojo y el aroma oscuro de rosas negras en el aire componían una escena de lujo absoluto, pero ahora todo parecía opresivo, como si aquellas paredes guardaran demasiados secretos.
Entonces la puerta se abrió con suavidad.
La joven que entró lo hizo con pasos cuidadosos, casi silenciosos, como si temiera despertar a una bestia dormida.
Cada mañana entraba en aquella habitación para cumplir la misma tarea: despertar a su señora.
Y cada mañana lo hacía con miedo.
Porque sabía que un error, una palabra mal dicha o un simple gesto que no agradara a la noble podía costarle caro. Había visto lo que Anna era capaz de hacer cuando su humor se volvía oscuro.
Por eso avanzó con cautela, inclinando ligeramente la cabeza.
—Mi lady… —susurró.
Pero entonces se detuvo.
Anna estaba de pie frente al espejo, respirando con dificultad, con una mano apoyada contra el marco y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiera pasado por una tormenta invisible.
Aquello no era normal.
Ella frunció el ceño, confundida, aunque el miedo seguía presente en su mirada.
—Mi lady… ¿se encuentra bien?
Al escuchar la voz, él parpadeó y finalmente se giró hacia ella.
La muchacha parecía tener su misma edad. Sus ojos estaban marcados por ojeras y sus dedos mostraban pequeñas manchas de tinta y quemaduras antiguas, señales de alguien acostumbrado a trabajar demasiado y descansar muy poco.
Pero lo que más destacaba era su expresión.
Miedo.
Un miedo profundo y arraigado que parecía haberse vuelto parte de su vida cotidiana.
—¿Qué… día es hoy? —preguntó finalmente, intentando que su voz sonara lo más tranquila posible.
La pregunta la tomó por sorpresa.
—E… es lunes, mi lady —respondió tras un momento de duda.
Luego añadió, como si estuviera recitando algo aprendido.
—Día de inspección. ¿Desea que prepare el bastón?
El bastón.
La palabra bastó para que un recuerdo surgiera en su mente.
Un pasillo.
Sirvientas arrodilladas.
Un jarrón rompiéndose contra el suelo.
Y una sonrisa cruel observándolo todo.
Una sensación amarga se apretó en su pecho.
Sin darse cuenta, una lágrima se deslizó por su mejilla.
Rápidamente levantó el antebrazo para cubrirse el rostro, como si intentara ocultar aquella debilidad.
¿Qué clase de monstruo eras?
La pregunta apareció en su mente con una mezcla de náusea y tristeza.
Respiró hondo.
Luego negó suavemente.
—No… —murmuró.
La sirvienta se tensó.
—¿Mi lady…?
Bajó lentamente el brazo y la miró directamente.
Por primera vez comprendió lo que significaba ese rostro.
Esa belleza que parecía la de una diosa.
Porque para todos los que vivían bajo su autoridad, esa diosa había sido un demonio.
—No hoy —dijo finalmente.
La confusión apareció de inmediato en el rostro de la sirvienta.
—¿N-no…?
—Diles a todas que hoy no habrá castigos —continuó con voz calmada—. Ni inspección.
La sirvienta parpadeó varias veces, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
—¿E-está segura…?
—Sí.
La respuesta fue tranquila, pero firme.
—Que descansen.
El silencio llenó la habitación durante unos segundos.
La joven parecía debatirse entre obedecer o asumir que aquello era algún tipo de prueba cruel. Finalmente inclinó la cabeza.
—…Como ordene, mi lady.
Salió de la habitación con pasos inseguros.
No le creyó.
Y no podía culparla.
Nadie lo haría.
No todavía.
Se dejó caer lentamente sobre la cama mientras el techo blanco se extendía sobre él como un cielo vacío.
Había despertado con el rostro de una mujer odiada por todos.
Con un pasado lleno de cicatrices que no había causado… pero que ahora le pertenecían.
Si estaba condenado a vivir como Anna D’Valrienne, entonces tendría que enfrentar todo lo que ella había dejado atrás. El odio de quienes la temían, las vidas que había destruido y las heridas que su poder había dejado en ese lugar.
Pero también había algo más.
Algo extraño.
Porque incluso entre quienes la despreciaban, existían personas que aún deseaban acercarse a ella, tocar su piel o buscar su atención.
Un deseo torcido nacido de la belleza de un demonio.
Y tal vez…
solo tal vez…
entre las cenizas de la antigua Anna D’Valrienne…
aún quedaba espacio para que naciera alguien distinto.