Jujutsu Kaisen: La Carta Secreta De Gojo por Florence Wood en Inkitt
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Jujutsu Kaisen: La carta secreta de Gojo

Sinopsis

Todos pensaron que con Satoru Gojo encerrado el mundo de la hechicería caería en el caos absoluto, pero nadie sabía que el sensei tenía un as bajo la manga guardado por milenios. Con la llegada de Bali a las ruinas de Shibuya, se desata un complejo y peligroso escenario que capta de inmediato la atención posesiva de Ryomen Sukuna. Entre la ejecución inminente de Yuji Itadori y pactos oscuros que mezclan el placer con el poder, esta nueva hechizera pondrá de cabeza los planes de aliados y enemigos por igual.

Estado:
En proceso
Capítulos:
20
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1.

El aire en los niveles inferiores de la estación de Shibuya no era aire; era una densa amalgama de polvo, olor a sangre y la aplastante presión de miles de maldiciones erradicadas. En el centro de ese caos, imperturbable, se encontraba Satoru Gojo.

Acababa de activar su Expansión de Dominio: Vacío Inconmensurable durante apenas 0.2 segundos. Un parpadeo para él, pero una eternidad de información absoluta que había dejado fritos los cerebros de los humanos atrapados y de las maldiciones malditas por igual. Con una precisión quirúrgica, Gojo se había movido entre la multitud paralizada, decapitando a mil humanos alterados en menos de tres minutos.

Estaba exhausto, pero su rostro no reflejaba fatiga, sino una fría y calculadora superioridad. El peligro aparente había pasado.

O eso creía.

Un sonido metálico y hueco resonó en el andén, quebrando el silencio de los cuerpos inmóviles. A los pies de Gojo, un objeto cúbico y grotesco, cubierto de ojos humanos que parpadeaban con una malevolencia antigua, se materializó en el suelo.

El Prisionero Confinado (Gokumonkyo).

—¡Puerta abierta! —resonó una voz a la distancia.

Los ojos de Gojo, ocultos tras su venda medio caída, se abrieron de golpe. El cubo se desplegó, extendiéndose en una masa de carne y tendones que anclaron sus cuatro esquinas al suelo, revelando un núcleo oscuro y hambriento. De inmediato, una presión gravitatoria colosal cayó sobre los hombros del chamán más fuerte del mundo.

Condición de activación del Prisionero Confinado: El objetivo debe permanecer dentro de un radio de cuatro metros durante un minuto entero.

—¿Un minuto? —pensó Gojo, una sonrisa burlana cruzando sus labios por un milisegundo—. Mi cerebro procesa la información a una velocidad infinitamente superior. Puedo escapar de este rango en una millonésima de segundo. Mi Infinito me protegerá.

Pero el destino ya había movido su pieza maestra.

De entre las sombras del andén, una silueta familiar caminó con parsimonia. Vestía túnicas budistas tradicionales. Su postura era relajada, casi casual. Pero lo que congeló la sangre de Satoru Gojo no fue su ropa, sino su rostro.

—Hola, Satoru. Cuánto tiempo —dijo el hombre, sonriendo con una calidez que Gojo conocería en cualquier vida.

Suguru Geto.

El mundo pareció detenerse. Las paredes de Shibuya, las maldiciones, el Prisionero Confinado... todo desapareció de la mente de Gojo. En su cerebro, los recuerdos se agolparon como un torrente indomable. Su adolescencia en el Colegio Técnico de Magia, las misiones juntos, las risas en el aula, los días de azul intenso en Okinawa... y aquella fatídica tarde de hace un año, donde él mismo había tenido que ejecutar a su único y mejor amigo.

Tres años de juventud compartida pasaron por la mente de Satoru Gojo en un solo instante.

En el mundo real, apenas había transcurrido un segundo. Pero en la mente de Gojo, ese segundo fue un minuto eterno. La condición del artefacto maldito se había cumplido.

—¡¡Mierda!! —exclamó Gojo, reaccionando demasiado tarde.

Unas bandas cinéticas de carne y maldición brotaron del cubo, envolviendo su cuerpo como esposas vivientes. Intentó activar su energía maldita, pero el flujo se cortó en seco. El Infinito que siempre lo separaba del resto del mundo se desvaneció. Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas, completamente inmovilizado.

—Es inútil, Satoru —dijo el hombre que llevaba el rostro de Geto, acercándose lentamente—. La energía maldita no te servirá de nada aquí. El Prisionero Confinado te ha procesado.

Gojo, a pesar de estar atrapado y sentir cómo el artefacto succionaba su poder, clavó sus ojos en el intruso. La confusión inicial dio paso a una fría y cortante lucidez. Su mirada analizó el flujo de energía del cuerpo frente a él. La información no mentía: el cuerpo, el peso, la energía maldita... todo pertenecía a Suguru Geto.

Excepto por un detalle.

—¿Quién eres? —preguntó Gojo, con una voz que destilaba un peligro absoluto—. Tu cuerpo y tu energía me dicen que eres Suguru. Pero mi alma sabe que no es así. ¡Responde!

El hombre soltó una carcajada genuina, llevando una mano a su frente.

—Vaya, qué increíble. ¿El alma, dices? Realmente eres el más fuerte en todos los sentidos —con un movimiento teatral, metió los dedos bajo la línea de sutura que cruzaba su frente y tiró hacia arriba.

La parte superior del cráneo de Geto se levantó como una tapa, revelando el horror que se ocultaba dentro: un cerebro humano, dotado de dientes y una boca propia, que palpitaba con vida propia.

—Es una técnica maldita que me permite cambiar de cuerpo cambiando de cerebro —explicó la criatura, con una voz distorsionada que salía directamente de la cavidad craneal—. El cuerpo de Suguru Geto y su Manipulación de Maldiciones eran demasiado valiosos como para dejarlos pudrir. No te preocupes, cuando termine la purga de la era actual, te dejaré salir... en unos mil años.

Gojo permaneció en silencio, arrodillado. Las ataduras del Prisionero Confinado comenzaron a cristalizarse, transformándolo gradualmente en una estatua de piedra negra. Sabía que ya no había escapatoria inmediata. La balanza del mundo se había roto. Sin él, el caos se desataría sobre Japón.

Sin embargo, antes de que el cubo se cerrara por completo, Gojo miró fijamente al impostor y luego, con una calma que descolocó al enemigo, habló al cuerpo de su amigo:

—¿Vas a dejar que te controle por siempre, Suguru?

Por una fracción de segundo, el brazo derecho de Geto se movió por voluntad propia, subiendo con violencia y aferrándose al cuello del impostor, intentando estrangularse a sí mismo. El cerebro parásito abrió los ojos de par en par, sorprendido por la resistencia celular del cadáver.

—Jajaja... Fascinante. El cuerpo conserva memorias —comentó el impostor, recuperando el control del brazo. Miró a Gojo por última vez—. Adiós, Satoru Gojo. Nos veremos en el nuevo mundo.

El Prisionero Confinado se cerró violentamente, volviendo a su forma de cubo original. El peso del artefacto se volvió tan incalculable debido a la densidad de la existencia de Gojo que cayó al suelo con un estruendo, agrietando el concreto y hundiéndose en él.

Satoru Gojo, el chamán más fuerte de la era moderna, el pilar que sostenía el orden del mundo, había sido sellado.

Shibuya quedaba a merced de las sombras.

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