La ascensión (parte 1)
La ascensión: El fin del Inicio (Parte 1 - 5 páginas)
El sol saliendo, llevándose la oscuridad y el sueño de la noche; al otro lado del mundo, desapareciendo, llevándose la luz y el trabajo del día.
Una madre que prepara el desayuno de sus hijos. El sonido del aceite salpicando. Los niños bajando de sus habitaciones con el uniforme puesto, el choque del zapato contra el suelo de madera, sus risas inocentes mostrando sus dientes perlados. El silbido de la tetera marcando que su interior está listo. El padre apareciendo vestido con un traje, sus manos cerca de su corbata, arreglando los últimos detalles. Se despide rápido para ir al trabajo, un beso tierno a su esposa y una risa sincera a sus hijos. El crujido de la puerta seguido de un golpe seco marcando que el padre se ha ido.
El murmullo de la televisión, los conductores presentando las noticias diarias. Un caso sin resolver, un crimen con un criminal que sale impune, un accidente que se pudo evitar, informes del clima por la lluvia repentina. El informe acaba, se da el inicio de un comercial: un hombre lanzándose desde un avión, un grito de victoria y en su mano una lata de Red Bull.
Afuera en la ciudad, las nubes ocultando el sol, el chapoteo continuo de la lluvia. El agua acumulándose en charcos, los pasos húmedos de la gente. En una mano el paraguas y el teléfono en la otra; se escuchaba el clic de los teclados, las vibraciones, los sonidos de espera, las notificaciones, los murmullos, el claxon de los vehículos, el sonido de cientos de personas yendo a su destino.
El silbido metálico del aeropuerto. En el cielo un vuelo comercial acaba de despegar; una pareja que el día anterior selló su amor frente a Dios y el hombre, ambos recordando los aplausos. La promesa que les unió y el beso que lo confirmó; entre risas y besos, imaginan su futuro juntos, de fondo escuchando el zumbido constante de las turbinas del avión. El avión surcando los cielos por encima de las nubes.
Debajo de ellos, agricultores cosechando la siembra exitosa de arándanos. En las instalaciones, más trabajadores clasificando, dando el mejor producto con la mejor calidad. Los envases subidos a un camión, el golpe de un trabajador cerrando la puerta del vehículo, dando aviso de que el producto está colocado y sellado; el vehículo partiendo. El chirrido de la rueda y el golpe contra un bache. El producto llegando a un puerto, siendo colocado en un contenedor refrigerante. El estruendo de la bocina del navío rumbo al otro lado del mundo. El barco deteniéndose en un muelle de Asia, las luces brillantes y resplandecientes de la noche, el cielo estrellado y, en medio, la luna recordando la inmensidad del universo.
Las madres arropando a sus hijos. Padres llegando del trabajo tras horas extras, el cansancio en sus ojos, pero la sonrisa genuina ante la escena de ver a su esposa arropando a sus hijos. Jóvenes aprovechando la noche para estudiar, repasar una última vez. Otros vistiéndose para una fiesta, para sentir el ritmo de la música y el alcohol en las venas.
Una pareja en la privacidad de su habitación; el sonido de la ciudad de fondo, pero solo importa ese momento. La mujer acostada en la cama, su espalda contra el respaldo, sus manos cerca de su pecho descubierto, nerviosa, sin poder mirar a su amado. El hombre temblando de anticipación, combinada con miedo y excitación, acercándose a ella. Entonces, la mira a los ojos para calmarla; el brillo en la mirada de ambos cruzándose. Una sonrisa de confianza compartida. Los labios acercándose hasta conectarse, un beso lento. Los ojos de la chica cerrándose, sus manos despegándose del pecho y envolviendo el cuello de su amante para traerlo más cerca; su piel fundiéndose. El gemido ahogado de la mujer por el beso. Un sonido placentero al sentir la conexión íntima. La promesa de un paso más cerca para una vida juntos.
Las sirenas de la policía aullando a lo lejos. Los perros ladrando a la calle. El sonido de un arma siendo recargada. La mirada fría de un individuo, seguida de un estruendo que resuena y hace eco en las calles. El cuerpo de alguien sin vida chocando contra el asfalto, la sangre extendiéndose en el suelo; una mirada de horror seguida de un grito. El sonido del metal frío cayendo en el suelo, unas manos llevándose a la nuca, su mirada llena de un arrepentimiento que llega demasiado tarde.
Cada aspecto de la Tierra: su amor, su violencia, sus colores oscuros y claros, las tragedias, las felicitaciones, el trabajo, el descanso, las risas, el llanto, el placer... así es el mundo humano y así ha sido por siempre.
Pero...
El mundo se detiene. Los teléfonos fallan, la televisión, un siseo en cada dispositivo. Las pantallas gigantes en los edificios ahora están oscuras, sin emitir nada. Los empleados se acercan al cristal del edificio, dejándoles de importar su empleo, todos sintiendo una fuerza que les impide voltear.
Las gotas de lluvia se quedan estáticas en el aire, convertidas en cristales transparentes. El cielo se despeja, no dejando rastro de las nubes grisáceas que había; los transeúntes bajan sus paraguas y elevan la mirada al cielo. Los agricultores detienen su cosecha para mirar hacia arriba.
Los animales se detienen: dejan de comer, dejan de correr, no emiten sonido. Bajan la cabeza y miran al cielo; una reverencia según la forma de cada espécimen.
Los vehículos no avanzan, los conductores bajan de sus coches. Las madres miran al cielo con sus hijos en brazos; los niños, que nunca prestaban atención, tienen sus ojos fijos en el firmamento. Los pasajeros del avión notan el ambiente extraño; el avión no avanza, se quedó estático en el aire. Los pasajeros se acercan a ver por las ventanas; el piloto y el copiloto no pueden apartar su mirada de lo que tienen encima de ellos. Los oficiales tragan saliva, hipnotizados viendo el cielo que hace instantes era oscuro; el hombre que fue arrestado mira desde dentro de la patrulla.
Los jóvenes con botellas en la mano escuchan el sonido cristalino de las botellas haciéndose añicos. La pareja se detiene frente al ventanal; la mujer se cubre con las sábanas, aferrándose a ellas y al brazo de su amante. Los ojos de la mujer luchan por mirar a su amado en busca de respuestas, pero una voluntad que no es la suya le impide apartar la mirada.
Los que estaban a punto de morir se levantan. Sus heridas se cierran, sus huesos se reparan, el sangrado se detiene. Los pacientes en coma se acercan al cristal. Los que nunca habían caminado antes se levantan. Los que nacieron ciegos abren los ojos para mirarlo. Los ancianos débiles se incorporan y alzan la mirada. Los que nacieron sin piernas, ahora completos, se ponen de pie. Los que alguna vez escucharon que estarían toda su vida postrados en una cama están parados, hipnotizados, atraídos por lo que hay en el cielo. El que cayó se levanta intacto solo para mirar hacia arriba; la que estaba encerrada queda libre solo para presenciar la escena en lo alto.
Las celdas abriéndose; cada reo saliendo solo para mirar el cielo. Los oficiales, sin darle importancia; el que estaba oculto, obligado a salir por motivos que no entiende. El que estaba en el fondo del mar, arrastrado hacia la superficie en un instante. Las tormentas desapareciendo, los incendios extinguiéndose; el calor no se sentía, el frío no existía.
El mundo en silencio. Solo el sonido de la brisa y el movimiento de las hojas. El tictac del reloj detenido; la gente no se atrevía a hablar, no se atrevía a moverse, no se atrevía a respirar fuerte, no se atrevía a señalar, no se atrevía a parpadear ni a apartar la mirada. En diferentes partes del mundo miraban en distintas direcciones, pero todos veían lo mismo.
Seres brillantes en el cielo, cubriendo por encima cada centímetro del mundo. Donde antes era de noche, parecía de día; y donde era de día, se veía más brillante. Las sombras dejaron de existir, pero nadie se atrevía a confirmarlo. Los seres brillaban intensamente, pero no lastimaban los ojos; es más, obligaban a verlos. Los que estaban en el avión, incluso ellos, no podían mirar hacia abajo; miraban hacia arriba, admirando a estas entidades.
¿Ángeles? ¿Aliens? ¿Dioses? Se preguntaban las personas; pero, fuera lo que fuera, algo era claro: esto iba a cambiar su mundo.
Una voz inundó la Tierra. Era una lengua nunca antes escuchada; aun así, cada humano la podía entender.
—Humanidad, habéis sido sentenciados —se oyó al unísono—. Habéis sido considerados errores por quienes nos enviaron —continuó la voz.
El sonido venía en todas direcciones: por los costados, por delante, por detrás, por arriba y por debajo de sus pies, pero los humanos solo miraban al frente. Sin más, empezaron a temblar, negándose a voltear incluso cuando el suelo bajo sus pies retumbó.
—Lo que alguna vez se os ha dado, ahora os será arrebatado —sentenció la voz—. El perdón ya no es opción, ni mención. Los de arriba, los que nos mandaron, a los que ustedes les rezan, a los que alaban... —dijeron las voces—. Pero también a los que escupieron en su cara, de quienes olvidaron su poder, olvidaron lo que hicieron por ustedes.
Cada persona recordó sus pecados. A quienes pasaban de largo por la iglesia, las palabras de maldición hacia quien tenía una mejor vida que ellos les llenaron la cabeza. Las infidelidades, las burlas y la exclusión para los que eran diferentes; los crímenes de los que salían impunes. Las parejas de amantes que se entregaron al placer aun no siendo marido y mujer. Las personas que le negaron la moneda al mendigo y la posada al necesitado, las que se escondían ante los Testigos de Jehová; los que se olvidaron de sus padres ancianos y dejaron a sus enfermos a su suerte. Los que juzgaban, pero no dejaban que los juzgaran; los que abogaban usando el nombre de Dios, diciendo que cada situación era su voluntad, quitándose la culpa y la responsabilidad de sus actos. Los niños con sus travesuras inocentes; los adolescentes con sus mentiras y reproches hacia sus padres.
Cada humano había pecado, de algunos sus pecados costo la unión de la familia, la vida de un inocente, el dolor del prójimo, por más mínimo que sea era un pecado, uno que solo se pagaba rezando por perdón, aun así, muchos se negaron a hacerlo por el pensamiento de que su dios no los perdonaría.
—Los dioses han decidido darles una última oportunidad, un último acto de piedad... Decidieron tener un recuerdo de ustedes —afirmaron las voces.
Los espectadores tragaron saliva, nerviosos; sus corazones se aceleraron, manteniendo la mirada fija en esos seres. Si los iban a destruir, ¿por qué no permitieron al ciego seguir en su oscuridad? ¿Por qué detuvieron el sufrimiento del enfermo? ¿Por qué al oculto y al encerrado les mostraron la luz solo para apagarla después? Las dudas eran como la arena del mar; pero, por el temor hacia esas entidades, nadie se atrevía a abrir la boca.
—Los dioses le concederán un deseo a un humano —dijeron las voces—. Aquel último humano que quede de pie frente a los dioses ascenderá por encima del hombre; se le otorgará cualquier cosa que pida, además de la inmortalidad.
¿Inmortalidad? ¿El perdón de los dioses? ¿Escapar de esta pesadilla? ¿Cumplir algún sueño? Un deseo con posibilidades infinitas era tentador; pero ¿de qué serviría si, al fin y al cabo, quien ganara estaría solo en el mundo por el resto de la eternidad?
Los seres divinos bajaron del cielo en un estruendo ensordecedor que hizo sangrar los tímpanos de los presentes. Aun así, nadie gritó de dolor ni se conmocionó. Los ojos de la humanidad no entendían la forma de esos seres; no tenían un aspecto que hubieran visto antes. Eran ángeles, pero no como los humanos habían leído en los libros, ni como habían escuchado o visto en representaciones del cine y la televisión.
Los seres divinos eran alas sobre alas, ojos sobre ojos, aros sobre aros, brillo sobre brillo. Cuando cada entidad estuvo frente a un humano, se escuchó un sonido; uno que era como miles de caballos galopando o las turbinas de poderosos helicópteros. A pesar del ruido, del aleteo y del brillo incesantes, los humanos no apartaban la mirada de los seres frente a ellos.
Los humanos seguían sin comprender, pero en el fondo se sintieron invitados, como si esos seres divinos estuvieran estirando sus manos para llevarlos. Niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos y madres con sus bebés en brazos estiraron las manos por una fuerza que no conocían, pero que sentían y los obligaba a alcanzar el vacío.
Al sentir que tocaban al ser divino frente a ellos, un sonido retumbó. Era una trompeta; sonaba como el rugido de un huracán. No solo la Tierra temblaba: el universo mismo lo hacía. Los tímpanos de los humanos se quebraron por completo; ahora solo escuchaban un zumbido constante, como el choque del metal.
—Sientan el peso de sus pecados; paguen el precio mínimo de sus cargas para ascender —dijeron las voces al unísono.
Fue lo último que los humanos escucharon de forma física. Tenían los tímpanos rotos, pero las voces de esos seres no respetaban lógica ni ley.
Sus oídos expulsaron sangre. Sus narices empezaron a soltar hilos rojos. Sus miradas se tiñeron de sangre; sus ojos se enrojecieron y comenzaron a llorar lágrimas carmesí. Los sollozos escapaban, los rostros se arrugaban en angustia; aun así, permanecían de pie, cerca de esos seres. El llanto de los niños, su desesperación inocente... incluso ellos tenían que pagar por los pecados de la humanidad.
La carne, su piel, se empezó a deshacer, a derretirse lentamente. Las uñas comenzaron a caerse. Los dientes, uno a uno, empezaron a salirse de las encías mientras la carne seguía desprendiéndose y la sangre brotaba por la piel que colgaba. Un niño lloraba de manera descontrolada; sus ojos se salían de las cuencas, colgando por hilos de materia viva mientras se bañaba en sangre. Su camisa blanca, empapada de un rojo denso, empezó a volverse ceniza, ensuciando la carne viva. Su cabello se desprendió; su piel parecía ser arrastrada hacia el suelo. Era un pago, un castigo por acciones de las que probablemente no era culpable, pero aun así lo recibía, incapaz de hacer o decir algo. Las lágrimas salían rojas, brillando en dolor y en la impotencia de no ser nada, incapaz de escapar.
La piel de su frente se partió en una línea roja, desde la frente hasta la nuca. Los colgajos que se desprendían de la herida comenzaron a caer, deslizándose para mostrar el interior purpúreo; los hilos de carne que sostenían los ojos se rasgaron y llegaron al suelo reventándose. Bajo sus pies, un enorme charco de fluidos y materia viva deshecha, que se descolgaba desde la cabeza, lo adornaba de forma macabra.
La piel se desprendió por completo como si de un abrigo se tratase. El niño solo pudo abrir la boca y soltar un alarido mientras la voz se le desgarraba; unos cuantos dientes aún se mantenían en sus encías. Sus tendones tiraban con fuerza, su corazón no dejaba de latir desbocado y sentía un frío que lo congelaba. El cerebro empezaba a fallar por la intensidad del castigo; el cuerpo en carne viva temblaba mientras la luz de la entidad divina lo iluminaba.
Cerca de ahí, entre la gente que soltaba quejidos que desgarraban el ambiente, había una mujer embarazada. El tejido colgante se estaba desprendiendo poco a poco, bajando por su cuello mientras el frío entraba por su rostro. La materia recorrió sus hombros, descendiendo por sus brazos como si la estuvieran desnudando. Uno de sus ojos empezó a colgar y el otro lo siguió; se desprendieron, dejando sus cuencas vacías y profundas. La boca estaba abierta mientras soltaba alaridos; el desgarro bajó por su pecho y la tela de su ropa se quemó, exponiendo por completo el torso que se deshacía.
Cuando el desprendimiento llegó hasta el abdomen, no se detuvo; siguió bajando hasta tocar el charco carmesí del pavimento. El bebé en el interior empezó a patear; el vientre de la mujer cedió hacia abajo. Los tendones se rompieron y la carne se rasgó, hilo por hilo, deshilachándose. El vientre de la mujer se partió, soltando a su hijo y cubriéndolo con sus entrañas. El recién nacido tenía, de igual manera, la piel arrancada, envolviéndolo como si de una manta se tratase, rodeado por los órganos de su madre.
El bebé lloraba mientras su cuerpo seguía rasgándose. Tanto en la madre como en su hijo se empezaron a ver los huesos. El rostro de la mujer, apenas cubierto por retazos, perdió la mandíbula, que cayó encima de su hijo. Su esqueleto expuesto empezó a desarmarse; sus brazos poco a poco cayeron al suelo y sus órganos siguieron derramándose. Las vísceras cayeron encima de su bebé, que agitaba los brazos desesperado; su voz se ahogó en sangre y el pequeño dejó de moverse cuando sus entrañas, apenas formadas, escaparon por su abdomen.
Cuando los humanos perdieron la vista y solo veían la nada, dejaron de sentir y, por fin, pagaron: una forma humana, sin cuerpo físico, se arrancó de entre sus restos.
La placenta rota de la mujer se deslizó hasta el piso, aún conectada al feto a través del cordón umbilical. La madre, junto con el resto de los cuerpos de la humanidad, cada uno conformando una escena macabra, cayó inerte con un golpe húmedo.
Los seres divinos, una vez en posesión de las almas de cada humano, empezaron a elevarse. Nadie estaba ahí para verlo. Se elevaron en medio del rugir de la trompeta; su ascensión provocó un cántico coral con cada voz humana que se estaban llevando. Los seres divinos desaparecieron en una luz intensa.
Cuando se marcharon, el rugir de la trompeta se detuvo, la Tierra dejó de temblar, los animales continuaron con su existencia, las gotas cayeron, las nubes regresaron y las tormentas volvieron.
Pero...
En autopistas, frente al cristal de los edificios, en el patio de las escuelas, en el campo, en aviones y en embarcaciones: niños, adolescentes, adultos, ancianos, hombres y mujeres yacían con sus cuerpos bañados en rojo, rodeados por trozos de carne y la piel arrancada en el suelo.
Los aviones, ahora conducidos por cuerpos sin vida, se estrellaron lanzando restos que atravesaron los cristales de los edificios. Algunos se mantuvieron en el aire, repletos de cadáveres, pero con un destino errático. Los navíos continuaban su rumbo; sin embargo, bañados en sangre y sin nadie que los manejara, navegaban hacia su propia sentencia. Las pantallas dejaron de emitir estática, pero solo mostraban a los reporteros inertes, los cadáveres de los conductores de noticias.






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