Volumen I: Capítulo I: El Origen del Universo
Antes de que existiera el primer amanecer, antes de que hubiera piedra o mar, árbol o viento, antes incluso de que el concepto de tiempo tuviera forma en el pensamiento de alguna criatura, existía únicamente el Caos. No era oscuridad, pues la oscuridad requiere de algo contra lo que contrastar. No era silencio, pues el silencio presupone la ausencia de un sonido que alguna vez existió. El Caos era simplemente todo y nada al mismo tiempo: una vastedad sin forma, una energía sin propósito, una voluntad sin dirección.
Pero en esa inmensidad informe, en ese vacío que contenía todos los vacíos posibles, algo latía. Era un latido sin corazón que lo contuviera, un ritmo sin tiempo que lo midiera, un pulso que no era de sangre ni de energía sino de pura posibilidad. El Caos no era inerte. No era un escenario vacío esperando a que los actores llegaran. El Caos era el actor, el escenario, el público y la obra misma, todo al mismo tiempo, en una danza de contradicciones que ninguna mente mortal podría jamás comprender.
Los eones transcurrieron como no transcurren, porque el tiempo todavía no existía. Las edades pasaron sin pasar, porque no había un antes ni un después para medirlas. Y en esa eternidad sin medida, en ese instante que duraba siempre, el Caos hizo algo que ningún ser, ni siquiera los que nacerían de él, podría explicar jamás: el Caos quiso.
No fue un pensamiento, porque los pensamientos requieren un pensador y un objeto pensado, y en el Caos no existía tal separación. No fue un deseo, porque los deseos presuponen una carencia, y el Caos no carecía de nada porque lo contenía todo. Fue algo más primitivo, más fundamental, más incomprensible. Fue la primera chispa de autoconciencia en la inmensidad del ser, el momento en que el universo se miró a sí mismo por primera vez y se reconoció como universo.
Nadie sabe cuántos eones transcurrieron entre ese primer querer y el momento en que la voluntad del Caos tomó forma. Quizás fue un instante. Quizás fue más tiempo del que cualquier mente mortal podría concebir. Lo cierto es que de las profundidades insondables de sí mismo, el Caos dio a luz a tres seres de poder absoluto: los Primogénitos. No nacieron como nacen los mortales, con un parto y un primer llanto. Emergieron de la esencia del Caos como burbujas de un líquido espeso, como pensamientos que se solidifican en realidad, como sueños que despiertan a un mundo que antes no existía.
El primero en manifestarse fue Líonex, encarnación de la Creación. Su forma era la de un titán envuelto en luz dorada, con ojos que ardían como soles recién nacidos y una voz que resonaba como el primer trueno del mundo. Cada vez que Líonex extendía sus manos, la nada se convertía en algo, y ese algo era siempre hermoso, siempre lleno de vida potencial. Era la representación del bien absoluto del Caos, la cara luminosa de una moneda cósmica.
El segundo en nacer fue Alatroz, encarnación de la Destrucción. Donde Líonex irradiaba luz, Alatroz la consumía. Su cuerpo era como una sombra viva, densa y profunda, que se movía con la gracia amenazante de una tormenta en el horizonte. Sus ojos eran dos abismos de color carmesí que observaban todo con una frialdad calculadora. No era malvado por capricho, sino por naturaleza: era la fuerza que disolvía lo que Líonex creaba, el equilibrio necesario en la ecuación cósmica, aunque esa necesidad nunca le impidiera abrazar su oscuro propósito con devoción total.
El último en aparecer fue Equimio, encarnación del Equilibrio. Era el más difícil de describir, pues su forma cambiaba constantemente: a veces parecía anciano y sabio, con una barba de niebla plateada y ropajes tejidos con constelaciones; otras veces era joven y sereno, con la calma de un lago de montaña al amanecer. Equimio era la voz y la conciencia de sus dos hermanos, el punto donde la luz y la sombra se tocaban sin destruirse, el susurro del Caos que recordaba a Líonex y a Alatroz que ambos existían por un propósito mayor.
Los tres hermanos crecieron en el vacío primordial, aprendiendo de sí mismos y del silencioso padre que los observaba sin interferir. El Caos rara vez hablaba, pero cuando lo hacía, sus palabras resonaban en la médula misma de los tres Primogénitos como verdades absolutas que no podían ser cuestionadas. No era un idioma, porque los idiomas son secuencias de sonidos con significados acordados, y en el vacío primordial no había sonidos ni significados. Era algo más directo, más íntimo, más doloroso: era la comprensión pura, la revelación instantánea de todo lo que necesitaban saber, sin necesidad de palabras ni de tiempo para procesarlas.
La primera vez que el Caos habló, Líonex estaba contemplando su propia luz. No por vanidad, sino porque no podía dejar de hacerlo: la luz que emanaba de su ser era tan hermosa, tan pura, tan llena de promesas, que le resultaba imposible apartar la mirada. Alatroz, por el contrario, observaba las sombras que esa luz proyectaba en el vacío, deleitándose en la forma en que la oscuridad se retorcía y se extendía como un manto líquido. Equimio, como siempre, estaba en el medio, mirando a ambos, midiendo, calculando, esperando.
—Creador —dijo Líonex, cuando la voz del Caos resonó en su interior—. ¿Cuál es nuestro propósito?
—Ser —respondió el Caos, y esa única palabra contenía más significado que todos los libros que se escribirían en todos los universos que aún no habían nacido. Ser. Existir. Ocupar el espacio que el Caos había creado para ellos. No necesitaban hacer nada más, porque su mera existencia ya era un acto de creación.
—Pero yo quiero crear —insistió Líonex—. Quiero hacer cosas. Quiero llenar este vacío con belleza, con vida, con orden.
—Entonces créalas —respondió el Caos—. Yo no te detendré.
—Y yo quiero deshacer —dijo Alatroz, con una voz que sonaba como el crujir de los huesos al romperse—. Quiero ver cómo las cosas se desmoronan, cómo el orden se convierte en caos, cómo la vida regresa a la nada.
—Entonces deshaz —respondió el Caos—. Yo no te detendré.
Equimio esperó. Sabía que pronto sería su turno.
—¿Y tú, Equimio? —preguntó el Caos—. ¿Qué quieres?
—No quiero nada —respondió Equimio—. Necesito. Necesito que ninguno de mis hermanos prevalezca sobre el otro. Porque si Líonex gana, todo será rigidez, orden absoluto, una prisión de luz sin sombras. Y si Alatroz gana, todo será disolución, nada se sostendrá, ni siquiera un instante. Sin mí, no hay universo. Solo hay dos extremos que se aniquilan mutuamente.
—Entonces equilibra —respondió el Caos—. Yo no te detendré.
Y así, cada uno de los Primogénitos comenzó su trabajo. Líonex creó estrellas y planetas, luz y calor, formas cada vez más complejas de materia y energía. Alatroz las disolvió, las enfrió, las devolvió a su estado primordial una y otra vez. Y Equimio observaba, interviniendo aquí y allá, ajustando proporciones, evitando que ninguno de sus hermanos destruyera por completo lo que el otro había construido. Era una danza cósmica, un equilibrio precario, un juego infinito de creación y destrucción que duró más tiempo del que cualquier mente podría concebir.
Y entonces Líonex decidió crear algo diferente.
Líonex fue el primero en actuar con propósito. De la energía que su padre le había concedido, moldeó un ser de luz pura: Luzmin, la Portadora del Alba. Era magnífica en todos los sentidos posibles: alta como una montaña y delicada como el primer pétalo de una flor, con cabello que fluía como ríos de luz líquida y una sonrisa capaz de calmar las tormentas más furiosas. Luzmin fue creada para hacer el bien, para sembrar vida y orden allí donde hubiera caos destructivo. Era, en esencia, la hija espiritual del aspecto luminoso del universo.
No tardó mucho en que Alatroz respondiera a la creación de su hermano. De las profundidades de su propia esencia oscura surgió Blasmiz, el Portador de la Penumbra. Si Luzmin era el alba, Blasmiz era el ocaso: imponente y sombrío, con armadura forjada de sombras cristalizadas y ojos que brillaban como brasas agonizantes en la noche. Su propósito era opuesto al de Luzmin: sembrar la oscuridad, poner a prueba la resistencia de todo lo creado, recordar a los seres que la luz no podía existir sin su contraparte.
Mientras tanto, Equimio observaba con paciencia milenaria. No creó ningún ser propio, al menos no todavía. En cambio, vigilaba a Luzmin y Blasmiz con la misma atención que un maestro sabio dedica a sus discípulos más brillantes y más peligrosos. Porque desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron, quedó claro que entre esos dos seres no habría paz fácil.








