El color de las promesas
Mi sueño siempre fue ir a Boston University, cuando recibí aquella carta de aceptación, fue el momento más feliz de mi vida. Sentía que una nueva oportunidad se abría ante mí y que el universo finalmente me escuchaba.
Corrí con gran emoción, sosteniendo el papel con fuerza en mi mano mientras buscaba a mi padre. A lo lejos, lo vi junto al faro, recortado contra el mar. Jamás olvidaré su expresión; fue una muestra del amor más puro.
Aunque en su corazón sintió un vacío instantáneo al saber que ya no estaría con él, no dudó ni un segundo en compartir mi gran alegría. Siempre habíamos sido él y yo contra el mundo en Tybee Island, nuestro pequeño pueblo costero.
Nací entre el ruido de las olas y esos hermosos atardeceres que disfrutamos juntos desde que mamá murió.
Cuando hacía mis maletas, no solo llevaba mis pertenencias, sino toda mi ilusión guardada dentro de ellas hacia un nuevo comienzo.
Aunque mi papá no es un hombre de tecnología, le prometí escribirle una carta física cada vez que pudiera. Quizás parezca algo ambiguo en estos tiempos, pero son las cosas que puedes guardar con cariño y leer cada vez que la soledad apriete.
El viaje fue de lo más extraño. Yo no conocía un mundo fuera de mi isla, y ver imágenes en internet no se compara en nada a estar parada frente a esos grandes edificios.
Ver una ciudad real por primera vez fue impresionante. Boston se había vuelto un sueño para mí porque ahorré toda mi vida para vivir este momento. Aunque no era mi casa, se sentía como un hogar.
Durante todo el trayecto en el taxi, me quedé pegada a la ventana, hipnotizada por la arquitectura que se mezclaba con la naturaleza.
Cuando por fin llegué a la universidad, la impresión fue gigante; era mucho más de lo que pude haber soñado. Sentía que el frío me abrazaba mientras yo echaba la cabeza hacia atrás, con la boca abierta, intentando asimilar el tamaño de mi nuevo mundo.
Sin embargo, mientras los días transcurrían en mi nueva vida, la melancolía por mi hogar y por todo lo que dejé atrás comenzó a colarse en mis huesos.
En ocasiones era difícil regresar al dormitorio y no encontrar a mi padre esperándome con los brazos abiertos para escuchar cómo había sido mi día entero.
Aquella noche, la nostalgia me rodeaba el alma con tanta fuerza que necesité salir para distraerme. Tomé mi abrigo, dejando a medias una carta para mi padre que mis propias lágrimas estaban estropeando.
Mientras caminaba bajo ese frío asfixiante, la luna me parecía terriblemente gris.
Entré a la biblioteca buscando el lugar más solitario del edificio, y encontré la esquina perfecta.
Comencé a caminar por los pasillos, rozando con la punta de los dedos los lomos de los libros, buscando el refugio perfecto para huir de la nube gris que cargaba en la mente.
En ese momento, mis ojos se detuvieron en “El Principito”. Sabía que leerlo sería un puñetazo directo a mi alma, pero sentí la necesidad imperiosa de tomarlo.
No podía evitar recordar esas noches graciosas en las que me sentaba en las piernas de mi padre a leerlo juntos, mientras mamá nos miraba desde la puerta con una gran sonrisa. Lo tomé y lo observé un rato entre mis manos, perdiéndome en los recuerdos.
Fui a sentarme a mi esquina elegida; aunque el silencio allí era denso, era mucho mejor que estar sola en mi habitación. Al menos allí, si miraba a mi alrededor, podía ver a otras personas que tal vez se sentían tan solas como yo, lejos de casa.
Mientras leía, perdida en la melancolía, alguien interrumpió mi burbuja de pensamientos con el seco ruido de una taza al ser colocada sobre la mesa.
Subí la mirada lentamente. Frente a mí estaba un chico que me causó un pequeño vuelco de impresión en el pecho en cuanto nuestras miradas se cruzaron.
Con una sonrisa, me dijo:—¿Eres nueva por aquí? La pregunta me tomó por sorpresa.
Levanté la vista del libro lentamente y me topé con unos ojos que me miraban con timidez. Era un chico. Tenía una sonrisa tan tierna, de esas que iluminan la cara sin esfuerzo, que sentí un vuelco en el estómago.
Los nervios me traicionaron y bajé la mirada de golpe hacia las páginas de “El Principito”.—S-sí... —tartamudeé, maldiciéndome internamente.
Respiré hondo, cerré los ojos un segundo para recuperar la compostura y volví a mirarlo—. Disculpa. Soy Grace. Solo me asusté porque... bueno, apareciste de la nada.
Él soltó una pequeña risa, bajando la cabeza hacia el suelo con un gesto casi infantil, antes de volver a clavar sus ojos en los míos.
El calor de su vibra pareció disipar el frío de la biblioteca en un segundo.
—No te preocupes. El culpable soy yo por llegar como un fantasma —dijo, y extendió su mano—. Soy Peter. Mucho gusto, Grace. Perdona el susto, es solo que nunca te había visto por la universidad y te noté un poco... perdida. Pensé que te vendría bien un café caliente para sobrevivir al invierno de Boston. Deslizó la taza de café por la mesa de madera.
El olor a café recién hecho nos envolvió, y por primera vez en semanas, sentí que la nube gris sobre mi cabeza empezaba a moverse.
Aquel café se convirtió en una conversación de horas; de esas que no se sienten pasar entre risas y anécdotas compartidas.
Cuando la biblioteca cerró, Peter se ofreció a acompañarme hasta mi dormitorio. El camino estuvo lleno de silencios tímidos. Al mirarlo bajo la luz gris de la luna, su sonrisa me pareció aún más encantadora, y juraría que buscaba cualquier pretexto para caminar un poco más cerca de mí para protegerme del frío.
Al llegar a la puerta, me refugié en un abrazo rápido de despedida. Cuando me giré para entrar, él dio un paso hacia delante.—¿Puedo verte mañana? —preguntó. Mi corazón dio un vuelco. Con timidez, acepté vernos fuera de la cafetería del campus.
Nunca lo imaginé, pero desde ese momento Peter se convirtió en mi ancla.
La soledad que me asfixiaba fuera de casa simplemente se evaporó. Pasamos juntos los inviernos de Boston, los exámenes finales y cada fecha importante.
Descubrí que él también venía de un lugar pequeño y alejado de la gran ciudad. Le confesé el miedo que me había dejado la muerte de mi madre cuando yo era una niña; le hablé de mi profundo deseo de formar una familia y de encontrar un esposo que amara tanto como mi padre me había amado a mí. Peter escuchó cada una de mis inseguridades y prometió sostener mi mano en cada tormenta.
El destino nos había unido en esa biblioteca, y los años pasaron como un suspiro hasta el día de nuestra graduación.
Esa noche, los nervios me carcomían el estómago. ¿Qué pasaría ahora con nosotros? Aunque habíamos hablado de un futuro juntos, el momento de la verdad había llegado.
Entonces, recibí un mensaje suyo citándome en la misma biblioteca donde todo empezó. Pensé que era un arranque de melancolía por la despedida, así que caminé hacia nuestra esquina de siempre.
Ahí estaba él, esperándome en el silencio de la sala, con un ejemplar de El Principito entre las manos. Me senté frente a él. Me miraba con una fijeza extraña, con una mezcla de ternura y absoluto pánico.
—¿Qué pasa, tonto? ¿Por qué esa cara? —le dije entre risas, esperando alguna de sus bromas habituales.
Él tragó saliva y deslizó el volumen hacia mí.—Por favor, abre el libro. Mira lo que hay dentro. Con las manos temblorosas, abrí las páginas amarillentas.
Justo en el medio sobresalía un separador de libros de cartulina blanca. Tenía su caligrafía firme y limpia. Lo giré y leí las palabras: ¿Quieres casarte conmigo? El mundo se detuvo.
No pude gritar, no pude respirar. Me tapé la cara con las manos mientras unas lágrimas silenciosas me humedecían las mejillas.
—Sí... sí quiero —susurré. A través de mis dedos borrosos, vi a Peter deslizarse de la silla hasta quedar de rodillas frente a mí, buscando mi mano para colocar el anillo.
En ese instante, rodeada del olor a papel viejo y el calor de sus manos, creí que había tocado el cielo.
No tenía idea de que estaba a punto de descender al mismísimo infierno.








