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Dosificando El Miedo

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Sinopsis

¿Hasta dónde llega el miedo cuando el peligro no viene de las sombras, sino de quienes deberían protegerte? "Dosificando el miedo" es una antología de relatos crudos y asfixiantes donde la tensión psicológica se mide en cada respiración. Historias cortas diseñadas para instalarse bajo tu piel y recordarte que el horror acecha en los rincones más cotidianos. ¿Estás listo para tu dosis semanal?

Genero:
Horror
Autor/a:
NoahDreams
Estado:
hace 6 días
Capítulos:
5
Rating
5.0 (1 reseña)
Clasificación por edades:
16+

El Reloj De La Puerta: Parte 1

Verano.

Otra vez esta época del año, aún recuerdo el campamento como si fuera ayer.

Ya han pasado veinte años desde la última vez que la vi.

Yo, Amanda y Diego éramos amigos muy cercanos, aunque hoy ya no sé qué fue de Diego, menos de Amanda.

Ese verano, en ese campamento, había una confianza juvenil por lo desconocido, llegamos a las montañas alejadas de la sociedad, donde lo más humano eran las cabañas en las que nos hospedábamos.

Nuestros maestros nos reclamaban no ir más allá del limite del bosque, sin saber que el verdadero peligro estaría dentro de la mismas cabañas, tan cerca de nosotros.

Diego y yo desempacábamos en nuestro cuarto asignado.

—¿Crees que este lugar sea más interesante? —me preguntó.

—Pues tanto bosque, río y montañas es un ambiente muy diferente.

—Sí, pero eso no significa que.

Amanda le interrumpe al entrar al cuarto alzando las manos cómo un zombie.

—¿Qué encontremos un cadáver? —Amanda intentaba sonar como un fantasma.

Diego y yo nos miramos antes de reírnos de ella, que al vernos reír hizo un puchero y continuó.

—Hablo en serio, varios periódicos han reportado desapariciones —mientras habla se sienta en mi cama—. Equipos de búsqueda han peinado los bosques, pero nunca encontraron ni los cuerpos, si tenemos suerte bajo la cabaña podríamos.

Amanda es interrumpida por uno de los encargados, eran dos pero callados, sin sentido del humor y era como si nos detestaran.

—Las chicas van en otra cabaña —nos dijo con disgusto por la presencia de Amanda.

—Claro señor, solo venía a ver —Amanda intento justificarse pero fue interrumpida por el de nuevo.

—Tienes quince minutos para regresar a tu cabaña —plantó un reloj de arena en la repisa junto a la puerta antes de marcharse dejando la puerta abierta.

Los tres nos miramos confundidos e indignados, Amanda toma el reloj de arena que se ve algo viejo y se encoge de hombros.

—No lo rompas, seguro volverá por el —le dije.

—No pienso romperlo, se ve caro jeje.

—Tampoco te lo robes —le recalcó Diego.

Amanda suspira fuerte dejando caer su cabeza hacía atrás, deja el reloj en su sitio pero recostado y se marcha de mala gana, cerrando la puerta tras de sí.

Diego y yo terminábamos de desempacar, cuando el noto el espejo sobre el gabinete de mi lado.

—¿Por qué tu si tienes un espejo?

—No lo sé —levanto la mirada viéndonos a nosotros en el reflejo— Da a la puerta, se ve el pasillo y todo.

—Pero no es equitativo, debería tener uno yo también, ¿no?

Me encogí de hombros y me tiré a mi cama, ya habíamos pasado el día viajando y haciendo actividades, faltaba poco para la hora de dormir.


Nos levantan temprano, con las clásicas trompetas, mientras nos preparamos para el día de excursión, notamos que nunca se llevaron el reloj de arena.

—Deberíamos devolvérselo al encargado —le dije a Diego.

—No. Él lo dejó, si tan serios son, que se acuerde.

—Bueno y si nunca lo busca se lo llevamos a Amanda.

No pareció que a Diego le hiciera gracia, pero tampoco me llevo la contraría, él sale primero que yo que lo sigo a paso doble.

En poco tiempo todos los campistas estábamos reunidos frente a la cabaña, pasan lista, van por los rezagados y cuando estamos todos, pasamos a desayunar, en los comedores; nos encontramos con Amanda, nos sentamos juntos a escuchar la clásica charla matutina, de lo que debemos y no debemos hacer.

—No tenemos que explorar el bosque —susurra Amanda —estoy segura de que hay algo en las cabañas.

—¿Y no crees que los policías empezaron por las cabañas? —le señala Diego.

—Tal vez, pero la policía es incompetente, seguro obviaron cosas.

—La policía no es incompetente, ¡tienen protocolos!

Diego se exalta casi que ofendido, no me extraña sabiendo que el quería ser policía. Amanda esta a apuntó de rebatirle cuando nos llaman la atención, a mi incluido aunque no participaba de la conversación.

Por esta estupidez nos toco limpiar los baños, que por suerte muy sucios no estaban, nos dio tiempo libre para charlar, aunque si nos quejamos por perdernos del canotaje, hasta que Amanda cambia de tema.

—¿Y si aprovechamos y revisamos las cabañas?

—Amanda... por favor ¿no te cansas de intentar romper las reglas?

—Yo creo, que sería interesante —comenté ya cansado de no hacer nada.

Diego me mira casi decepcionado por ponerme de su lado, pero ya Amanda me estaba empujando fuera, los tres nos deslizamos por el campo abierto, hasta la cabaña en la que estamos Diego y yo.

Diego nos sigue de mala gana, mientras Amanda parece busca pasadizos secretos, rastros de algún tipo, o cualquier cosa que sea medianamente interesante.

Pero nada, nada en el primer piso, subimos las escaleras y Amanda no disimula ni un poco, que se dirige directamente a nuestro cuarto, como si ya supiera que buscaba.

Abre la puerta, apenas entra toma el reloj de arena.

—Aun sigue aquí.

—Y aun lo vas a dejar ahí —Diego ya parecía malhumorado.

Yo indispuesto a seguir en sus peleas, me acerco al espejo de mi gabinete, olvide para que cuando Amanda cierra la puerta alarmada —alguien viene— decía dejando el reloj de arena corriendo en el mueble junto a la puerta.

Ambos se alejan de la puerta, no queriendo hacer ruido y ojala no lo hubiera notado, pero vi claramente como la puerta cerrada, a través del espejo se abría lentamente.

Volteé varias veces para confirmar; la puerta estaba bien cerrada, pero su reflejo estaba abierta de par en par, mi respiración se acelera, no se si del susto o la emoción; tomo a Amanda del hombro, sacudiéndola para que lo note.

—¡Vete al diablo! —Exclamo ella en cuanto lo vio —¡a esto me refería!

Ella se acerca corriendo al espejo, parece una niña viendo un juguete nuevo; ante esta anomalía, en cambio Diego esta tan extrañado, que podría jurar que intenta buscar una explicación lógica.

Nos quedamos congelados al ver uno de los encargados subir, parecía buscar algo por el pasillo, podíamos ver como se acerca a nuestro cuarto, pero no parece vernos; para el la puerta estaba cerrada, nos dimos cuenta cuando pegó la oreja para intentar escuchar.

Conteniendo la respiración volteamos a verla cerrada, pero a través del espejo abierta, viendo claramente al encargado apoyarse en la nada antes de retirarse.

La arena en el reloj se acaba, la puerta en el espejo se cierra, ahora coincidiendo con la real, como debería de ser, pero Amanda ni tonta ni lenta, se acerca de una al reloj, le da la vuelta y deja la arena correr otra vez.

Ante nuestros ojos la puerta vuelve a abrirse en el reflejo.

—Ok, ya no hay excusa, me lo voy a llevar.

—No... ni siquiera sabes cómo funciona.

—Claro que si, solo le doy la vuelta y la puerta... —Amanda se calla un segundo, parece que algo hizo click en su cabeza—. ¿Podré atravesar la puerta?

—¿Qué? —exclamamos Diego y yo a la vez.

Amanda no da respuesta, solo fija su mirada en el espejo, comienza a retroceder hacía la puerta; ambos quedamos perplejos cuando la vimos atravesar la puerta como un fantasma.

Con el corazón al pecho, Diego y yo volteamos a ver al espejo, viendo a Amanda del otro lado de la puerta, sonriendo de oreja a oreja como si fuera un juego.

Diego se pone rojo, a paso pesado va hasta la puerta —no deberías estar jugando con cosas que no comprendes— Diego queda mudo al abrir la puerta y no ver a Amanda en el pasillo.

Voltea a ver al espejo, ambos vemos como se va como si no pasara nada —Hay que ir tras ella— dice Diego que no espera respuesta de mi parte, El comienza a retroceder hacia la puerta mirando al espejo.

—Pero.

—Pero nada, ella no esta de nuestro lado del reflejo.

No me da tiempo a rebatir, Diego atraviesa la puerta y yo me quedo mirando la puerta cerrada, me tiemblan las piernas, trago pesado, volteo a ver al espejo, un paso a la vez, la madera cruje debajo de mi, mis manos al aire sostengo el borde de mi cama, como si intentara frenarme, un paso a la vez, llego al marco de la puerta, apenas respiro superficialmente, y cuando cruzo, lo noto.

Noto casi de inmediato lo espeso del aire, miro alrededor, la cabaña se ve idéntica, pero se ve borrosa, como si hubieran lavado mal un espejo.

No tuve mucho tiempo de mirar el lugar, escuche los pasos de Diego abajo, gritando por Amanda, mi corazón se acelera, me arde el pecho.

Sin pensarlo corro escaleras abajo, saliendo de la cabaña justo detrás de Diego.

—Amanda no debiste irte así...

Parados lado a lado, los tres juntos quedamos enmudecidos, la vista del mismo campamento, poblado por estatuas de piedra blanca como el mármol, el cielo azul tan parejo que parecía de plástico, con el sol plano sin destello alguno.

—¿Qué es... todo esto? —pregunte rompiendo el silencio.

—Pues es claro que es... —Diego alzo la voz sin respuesta.

Amanda solo avanzo en silencio al medio de las cabañas, acercándose a una de las estatuas, ladeando la cabeza al verle el rostro.

—Están muy bien talladas —Susurro.

Diego se acerco a ella tomándola del hombro.

—No te les acerques, no sabemos de quien son.

Ambos se miraban frente a frente, yo miraba la estatua y solo basto con que yo parpadeara, la estatua desapareció, o más bien se movió.

Los tres quedamos congelados, viendo el punto en el que estaba hace apenas unos segundos, notando que se había desplazado hacía el rio, el silencio se hizo palpable en espeso y húmedo aire; tarde varios segundos en romperlo.

—Se mueven.

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