Capítulo 1
El calcetín viudo es aquel que no tiene pareja, se queda triste, aburrido y sin nadie al lado a quien contar sus cuitas. Es una lástima que ocurra eso después de haber experimentado tantas cosas juntos; sufriendo el roce de los zapatos, el sudor de los pies o el olor a material.
¡Siempre encajonados y sin apenas poder respirar! Solo para mantener calientes y protegidos los pies de los humanos.
Cuando los calcetines están emparejados son felices. Van juntos a todas partes y las alegría y penas pueden ser compartidas al momento. Tanto uno como otro se sienten comprendidos. Son exactamente iguales y se pueden cambiar de pie sin que nadie se dé cuenta.
Esa es la vida que suelen llevar recién adquiridos, lo malo es cuando alguno de ellos tiene un percance. Empieza a sufrir alguna enfermedad, como un roto por el que asoma el dedo gordo del pie o un terrible desgaste en el talón. Entonces todo se echa a perder.
Hace años se realizaban curas de emergencia, se cosían esos pequeños agujeros con una cirugía impecable y el calcetín volvía a usarse durante algún tiempo más; pero ahora ya no existen cirujanos de esos y lo más habitual es que termine en el cubo de la basura; sin compasión de ningún tipo por el humano al que ha prestado sus servicios.
¿Y qué ocurre entonces con su compañero?
Pues su futuro no es muy prometedor. A veces termina en el mismo lugar que el anterior; pero si el humano guarda todavía algo de piedad, puede darle una segunda oportunidad.
Por ejemplo, puede introducirle en el mundo del arte haciendo de él una simpática marioneta, o puede emplearle en el servicio de limpieza como bayeta o incluso como guante para agarrar los objetos calientes de la cocina.
Conocí una vez un calcetín guapísimo, con una lana extraordinaria, que se quedó viudo siendo muy joven. Su pareja se extravió y nunca más se supo de él. Tras largas semanas de oscuridad apartado en el hueco del cajón, el humano decidió entregárselo al perro como juguete.
Al principio el calcetín estaba aterrorizado. Todo el mundo sabe cómo las gastan los perros con los juguetes: los llenan de babas, los mordisquean y al final termina por romperlos. Pero en este caso no fue así. El perro lo acogió como algo muy preciado. Lo tenía siempre en su colchón y le gustaba dormir a su lado, notando la lana blandita y suave rozando su cuerpo. No consintió que nadie se lo arrebatara. Y a su vez el calcetín fue feliz percibiendo el calor que le proporcionaba esa enorme masa de pelo. Encontró, sin esperarlo, un lugar seguro en el que se sintió querido y apreciado hasta el fin de sus días.
¡Estas cosas suceden aunque no lo parezca! Por eso desde aquí quiero lanzar un mensaje a todos los calcetines viudos del mundo, y decirles que no desfallezcan porque la puerta de la esperanza está siempre abierta.








