"Prólogo"
¿Saben lo que más detesto en este mundo?
El bosque que está a algunos kilómetros de mi casa.
Es lo peor de este mundo para mí.
Escuche:
Era una tarde algo fría como siempre, durante el 13 de Julio del 2019, el viento invadió la ciudad y nos obligó a portar suéteres todo el tiempo, seguido de la poca presencia de personas en la calle. Llevaba dos días en la calle, estaba cansado pero lo único que hacía era colgar cartel tras cartel, todos con su rostro.
Ay, Isa...
Se lo decía todos los días: Isabel, es peligroso entrar al bosque Stowe, la zona Blue Light es insegura; pero no me hizo caso, amaba ese bosque, creía que no le pasaría nada entrando ahí.
Error...
Y ese día debía pegar con cinta su rostro en los muros de ladrillo rojo de mi ciudad, sus ojos celestes como el cielo, su cabello azabache largo; su imagen atrapada en una foto, junto a cientos y cientos de rostros que desaparecieron de la misma manera.
2009 y 2017.
Cientos de personas en 2009.
Y unos 7 chicos en 2017, algunos eran de apenas 11 y 12 años.
Desaparecidos dentro del bosque Stowe.
¿Por qué debía ver eso tan joven?
Simplemente no lo entendía, apenas cumplí 15 años hace unos meses, Pero ya había visto más ataúdes y fotografías de perdidos que pósters, como los de Spiderman o héroes de DC, realmente hacían falta en ese momento, algún héroe que viniera. Apenas podía mantenerme en pie, solo pude apoyar mi frente en el rostro alegre de Isabel en su propio cuartel, apoyando mi mano en la pared, no había dormido casi desde el día que se fue. Entonces mi mamá se acercó a mí, su cabello castaño y suéter verde claro sigue en mi mente, pues casi no tuvo chance para cambiarse como yo.
— Tranquilo cariño, la vamos a encontrar, trata de mantener la esperanza— murmuró mi mamá, Sasha, a mi oído, apoyando su mano a mi hombro, aunque no hubiese dormido igual que yo, intentaba animarme como siempre.
En cuanto lo hizo le agradecí, intentando sonreir como ella lo hacía, Pero no fue suficiente, el solo ver los cientos de carteles más a mi izquierda, pegados en el muro, uno bajo el otro, me causaba náuseas. Ni siquiera mi papá pudo acercarse con buenas noticias, portaba su uniforme de guardia con tal de entrar rápido a la comisaría, por lo que estuvo aquellos minutos solo hablando por celular:
— ¿Alguna novedad, amor?— preguntó mamá mientras se acercaba a él conmigo, apenas caminaba, solo lo hacía por el apoyo de su mano.
En cambio, mi padre negó con cansancio, en sus ojos grises podía ver que estaba igual de preocupado— No, aún nada, el sheriff dijo que llamaría cuando haya algo, Pero al parecer no llega nada — respondió, incluso pude ver cómo sus manos temblaban en sus bolsillos.
Nada.
No tiene idea de lo que duele esa respuesta.
La he oído tantas veces en toda mi vida, que juraría que el nombre de mi hogar pasaría a solo eso, porque no había ya alegría, y la mía estaba por irse si aquella respuesta se mantenía para el caso de Isabel. Sin embargo, el silencio se desvaneció en pocos minutos, gracias al teléfono celular de mi padre, este de inmediato lo sacó de su bolsillo para contestar, tras algunos minutos, mi mamá y yo vimos como sus pupilas se contrajeron, rápidamente se volteó hacia nosotros.
— Encontraron algo de Isabel, nos esperan en la comisaría.
Y fuimos.
Mi papá condujo a toda velocidad hacia ese lugar, ya en ese recinto, como era menor de edad tuve que quedarme afuera. Por lo que me senté a las escaleras de concreto, viendo los autos pasar uno tras otro, apoyando mis codos en mis rodillas y mi rostro en mis manos; luego de mucho, acerqué mi mano hacia mi manga derecha, solo para levantarla y ver mi brazalete dorado.
Un brillante brazalete que tenía desde que puedo recordar.
O intentó recordar...
Je, je, Isabel también tenía uno.
Era como sus botas, nunca se lo quitaba sin importar cuánto le preguntaran, solo porque yo tenía uno también.
Y sin saber el porqué...
— ¡Ejem!— un carraspeó me sacó de mis adentros, me sobresalté de inmediato, luego alcé la vista, topándome con los ojos azules y el cabello rubio apagado del señor, el sheriff Miller, igual de amargado que siempre.
Y no lo juzgo.
¿Porqué lo haría?
Digo, el trató con todos estos casos desde hace casi una década.
Además de que Lucy, su hija, murió también por ese bosque del averno.
— Entra ya niño, ya trajeron la evidencia— ordenó mientras regresaba dentro del edificio, rápidamente ajusté mi chaqueta negra para entrar.
Solo esperaba que hubiese algo útil.
Qué equivocado estaba...
Después de la peor charla de toda mi vida, una especialista lo dijo: quizás Isabel ya no estaba con vida; pues solo encontraron su celular y bicicleta a las afueras de ese bosque Stowe, con su zona tabú; todo con una especie de rastro que llevaba dentro de ese lugar, ¿Gotas?¿Salpicadura? Creo que gotas, cientos de ellas, de color negro que dirigían hacia el interior. Gracias a esa charla, tuve que levantarme con la excusa para ir la baño, Pero solo me apoyé junto a una pared para tapar mi boca y contener los resuellos, mientras lágrimas se colaban en mis ojos; podía oír como mi papá y la señorita policía atendían a mi mamá, pues no dejaba de llorar al igual que mi padre.
Cerré mis ojos...
Solo fueron unos segundos...
Pero podía oír su voz...
— ¡Oh! ¡Hola Daniel!
La última vez que nos vimos, fue aquel día, apenas podía recordar su rostro, estaba dudosa, iba con un bolso celeste y una carta, Pero solo podía recordar todo lo que dijo, su voz, sus ojos:
— No lo vas a creer, recibí una carta hoy...
Esa carta...
Ni siquiera sabía de quién era...
— Sé que es raro... Pero puede ser una oportunidad.
Ella era huérfana...
Cómo muchos en esta ciudad...
Y creyó en ese pedazo de papel...
— Daniel... Creo que son mis padres...
Ni siquiera la policía debía saber sobre eso.
Puedo asegurarlo.
— “Ven a estás coordenadas, disfruta de las estrellas y los árboles, pues pronto regresarás con nosotros”, es lo que decía.
Esa nota...
Prosa ridícula.
La convenció de entrar...
Obvio le dije que no lo hiciera, pues la letra estaba hecha de forma rápida, parecía hasta manchada de lo que esperaba fuese tinta.
— Lo sé, es un peligro, pero si no salgo busca ayuda... Hasta entonces espera a que regrese, cuando lo haga vamos al café y comemos canolis...
Nunca regresó...
Nunca debí dejarla ir sola...
¡Sniff!
No...
No.
¡No!
Ella no estaba muerta, lo sentía en el pecho, lo sentía en mi corazón, y lo que nos dijeron era una pista, si la policía no iba a buscar por temor a ese bosque, yo podía. Así que si, salí de la comisaría, regresé a casa sin mis padres, y empaqué todo lo que necesitaría: un pan de jamón, dos botellas de agua, una bengala de mi padre, un botiquín y una linterna; además de que me cambié de ropa, usando un suéter de color oliva y un pantalón no muy ajustado.
Y tras caminar mucho, llegué a ese lugar.
Stowe, el puente que llevaba al interior de ese infierno, con un sendero de arena que traía un rastro de gotas negras, cercado con vayas de madera, nadie había salido de ahí cuerdo, por no decir muerto. Pero por Isa, lo haría yo.
Saldríamos de ahí...
Lo haríamos...
Deséame suerte amiga...
Iba por ella, por lo que sea que pasaba...
FIN...