Capítulo 1 la noche es la ley
El aire se partía con el rugido metálico de los motores. No era el sonido de un deporte, sino el de una persecución a muerte en las calles de San José, Costa Rica. La gente, alertada por el estruendo, se abría paso en las aceras buscando refugio del metal que pasaba ante ellos como un rayo.
Vanessa apretó el volante, sintiendo el chasis de su vehículo policial vibrar bajo sus manos. El velocímetro arañaba los límites, pero no era suficiente; el blanco —el infame «Estrella de la Noche»— parecía deslizarse con facilidad en la oscuridad.
—¿Quién eres en realidad? —murmuró. La pregunta la consumía. A sus dieciocho años, el deber era su única droga, y esta caza se había convertido en su obsesión—. ¿A quién estoy siguiendo?
La respuesta era siempre la misma: un fantasma sin rostro que desafiaba la autoridad. Las luces rojas y azules de su patrulla se reflejaban en los callejones interminables.
—Ryan —espetó, escuchando la voz de su compañero a través de los auriculares—, este tipo no tiene límites.
—Vanessa, vas muy rápido —la voz de Ryan sonó tensa y profesional—. Si sigues así, te vas a estrellar.
—No me estrellaré. —Su voz se endureció. «Las calles parecen no tener fin —pensó—, pero mi paciencia sí». Tarde o temprano, te atraparé.
En el interior de un deportivo modificado hasta el tuétano, Darius sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de pura adrenalina. La voz de su amigo Tyler, clara y urgente, sonaba en el comunicador del tablero.
—¡Alerta, Darius! La radio de la policía está hirviendo. Tienes que salir de ahí, y tiene que ser rápido.
Darius esquivó un autobús con una maniobra tan brusca que rozó la ilegalidad, un gesto irónico para el abogado de diecinueve años que fingía ser durante el día.
—Ya lo sé, Tyler —respondió con un aliento forzado—. Pero esta policía... es más veloz de lo que parece. Está jugando sucio.
—No pases por el centro de la ciudad. Hay demasiados patrullas esperándote. Necesitas perderla ahora mismo.
El corazón de Darius martilleaba en su pecho al ritmo del motor. Su doble vida dependía enteramente de esta carrera. Afuera, la calle era una mancha borrosa; adentro, solo existía la velocidad.
Entre la velocidad y el deber, la noche apenas comenzaba. Era el momento de ver quién atraparía primero a quién.








