Conejos
Tenía un muy buen amigo que poseía la extraña habilidad de sacarse conejos de la espalda y del cuello, pero de una manera exageradamente brusca. Pese a eso, era casi envidiable verlo contorsionarse ya que, en la oficina, andábamos todos muy estresados; él, sin embargo, lucía tan relajado que provocaba visitar a un quiropráctico.
Un día en especial, donde la sobrecarga de trabajo nos tenía a todos saturados de tensión, él apoyó la cabeza en sus manos y giró el cuello a tal punto que se terminó arrancando el cráneo; cayó al suelo boca arriba, sosteniendo su propia cabeza entre las manos.
Del hueco expuesto de su cuello vimos unas pequeñas orejas blancas. Un conejo se asomaba; salió con mucha dificultad a través de la garganta y la carne abierta y, mirando su reloj, exclamó: «¡Cielos, ya es hora del té!». Y se marchó a toda prisa.
Un compañero soltó: —¡Vaya, al fin se sacó un verdadero conejo!
Todos nos reímos mientras el cadáver en el suelo desprendía un delgado río de sangre.








