Mensaje multitudinario
Estoy en el parque, congelada de frío, frente a Alberto que me mira y sonríe, esperando a que dé el primer paso. Yo también quiero darlo, sobre todo, cuando sus ojazos negros me atraviesan con esa mirada tan intensa. Es buen chico, es guapo y parece sincero.
Parece.
Hace años que somos amigos y he de reconocer que me llamó la atención desde el primer momento en que lo vi, aunque entre nosotros nunca llegó a pasar nada, porque siempre había algo que lo impedía; o él tenía pareja, o yo cometía... errores.
Por fin, parece que los astros se han alineado y ambos somos libres, así que, después de una noche de cena y cine, nos encontramos uno frente al otro, con ganas de enrollarnos.
Miro la hora, las doce de la noche. Mi compañera de piso y mejor amiga, Karol con K, me matará, porque otra vez he faltado a mi palabra de preparar la cena y estará a punto de entrar por la puerta gritando mi nombre. La imagino en la cocina, leyendo la nota que he dejado en el frigorífico: ”He quedado con mi perdición, deséame suerte“, mientras se caga en el día de mi nacimiento.
Ya da igual, se lo recompensaré mañana con unas croquetas.
—¿En qué piensas?
Todos los tíos tienen esa absurda necesidad de saber en qué pensamos, aunque les importe una mierda. Quiero decirle que pienso en la cara de mala leche de Karol, en que he vuelto a saltarme mis tareas de casa… y también, en que quiero sus labios sobre los míos y comérmelo completito.
Alberto se acerca más y justo cuando voy a besarlo, como nadie nunca se lo ha hecho, recibo un WhatsApp. Algo me dice que debo mirarlo; no sé por qué, es una sensación que me corroe. Seguro que es mi amiga cabreada, soltando burradas por audio. Le encanta gritar por mensajes de voz.
¿De verdad voy a dejarlo sin beso? La necesidad crece… y, al mismo tiempo, su teléfono también vibra con un mensaje. Al menos nos llegan diez notificaciones simultáneas.
Desbloqueo la pantalla tomando distancia de él.
No puedo creerlo. Álex, el hermano de Karol —o, mejor dicho, ese insufrible imbécil con aires de tío bueno empedernido que me trae por la calle de la amargura— acaba de enviar una captura de pantalla al grupo.
Lleva apenas un mes en nuestro WhatsApp y todavía no entiendo cómo ha acabado ahí, porque no pertenece a nuestro círculo; solo se enrolló con Sara una vez, y aun así alguien decidió que era buena idea incluirlo como si nada.
No lo soporto.
La imagen es de una chica de espaldas, pero no solo eso, la imagen se centra en su trasero, con un comentario al pie de imagen:
“Está para ponerla a cuatro patas y hacerla gritar hasta que se quede afónica.”
Lo que más me jode es que la foto y ese comentario tan poco acertado provienen del Facebook de Alberto. El cerdo que tengo enfrente.
Álex, tras enviar la captura, pregunta:
¿Quién es ese pibón, Albertito? No se parece a la del sábado.
¿El sábado? ¿Qué sábado? ¿De qué coño habla?
Y, a continuación, el resto de los neandertales de nuestros amigos, continúan con los comentarios sobre lo que le harían a ese culo.
¡Un momento! Ese culo… ¡ese culo es el mío!
Con la boca abierta y sin ser capaz de articular palabra, le muestro el mensaje. Este desgraciado, acaba de cambiar la expresión de quiero comerte a besos por la de se me va a caer el pelo, y es exactamente eso lo que va a pasar.
—¡Explícate! ¡AHORA!
No tengo el cuerpo para tonterías. Estoy que trino, a punto de estamparle una hostia que va a recordar el resto de su miserable existencia. Levanta las manos y trata de defenderse.
—No tenías que haberlo visto.
¿Qué no tenía que…? ¡Este tío es GILIPOLLAS!
—¿Esa es tu explicación? ¡Tienes mi culo en Facebook y ahora lo tienen todos en el móvil! ¿Qué coño crees que iba a pasar? ¿Pensabas que no iba a verlo? ¿Tú eres imbécil o qué te pasa?
Alberto tiembla. Está acojonado, pero como para no estarlo. Creo que es la primera vez que me ve en modo asesina en serie.
—Reconoce que estás muy buena…
¡Le mato! ¿¡Será caradura!?
—Borra mi foto de cualquier lugar donde tu enferma mente de pajillero haya decidido subirla. ¡AHORA MISMO!
—No es para tanto… Joder, mira lo que opinan de ti. Tengo más de setenta me gusta, y los del grupo piensan que estás buena.
Le planto la mano en la cara, sin avisar. Se merece que le dé una paliza hasta que se le quiten las ganas de ser tan capullo.
¿Acaso no hay ni un solo tío en la faz de la Tierra que sea normal? No. A mí me tienen que tocar todos los imbéciles. Tengo un jodido imán.
—¡BORRA LA MALDITA FOTO! —veo cómo abre la aplicación de Facebook y la borra, con el gesto torcido y de mala gana.
—¿También del móvil? —le doy un puñetazo en el brazo como respuesta, y la elimina de la carpeta de imágenes. Aun así, sigo con ganas de asesinarlo—. Listo. Si lo sé, no lo hago.
—Es que no tenías que haberlo hecho, gilipollas. No soy un trozo de carne, y eso que has escrito de mí… Me dan ganas de borrarte la cara a hostias.
—¿Me das ahora el beso?
Aprieto los puños y le fulmino con la mirada. ¡Estaba yo pensando en eso! ¡No te jode!
—Tú eres tonto ¿Verdad?
—Joder, he hecho lo que me has pedido.
—Sí, eres tonto.
Le doy un rodillazo en sus partes nobles que le obliga a doblarse sobre sí mismo y caer al suelo, aullando de dolor, con las manos sujetándose lo que le ha faltado para que le considere un hombre.
—Maldita zorra —escupe, al borde de la lágrima.
Me voy de allí, amenazándolo con arrancarle los huevos si vuelve a hacer algo así, sin importar si es mi imagen o la de otra persona.
Tengo el corazón en un puño y la sensación de ser víctima de un juego estúpido. Lo único que quiero es meterme en la cama. Sola.
Cuando pongo un pie en casa, Karol me intercepta en la entrada, nerviosa y con una sonrisa forzada.
Estupendo. Enfado en 3. 2. 1…
—He pedido pizza. —Se muerde el labio inferior, y esa es la señal que enciende todas mis alarmas de que algo anda jodidamente mal. ¿Pizza los jueves? ¿Mordida de labio? ¿Cero insultos por no dejarle la cena preparada, un jueves a las doce y media? O me va a pedir salir con ella como pareja, o me va a dar la peor noticia de mi vida. Puede que haya descubierto que el culo de esa foto es el mío, o que…
—¿Qué pasa?
—¿Prometes no enfadarte?
La miro entrecerrando los ojos y me acerco a ella. Puede que Lucas por fin haya decidido venir a vivir con nosotras. Tenemos una habitación libre, aunque me da a mí que estos dos compartirían habitación y cama sin pensarlo.
—No lo sé. Depende, K, ¿qué pasa?
—¿Te acuerdas de mi hermano?
¿Cómo no acordarse de él? El deportista de élite, el tío por el que he mojado las bragas más de una, dos y tres veces; campeón mundial dos veces consecutivas de kickboxing y un auténtico gilipollas creído y borde. Un dolor de menstruación en los ovarios y un borde de tres pares de cojones. Me odia. Le odio. Fin.
—¿Sí? Ayer estuvo con nosotras dando por culo. ¿Cómo olvidar al imbécil que se cree un ser supremo? ¿Qué le pasa? ¿Ha matado, por fin, la última neurona que le quedaba para no cagarse en el ring cuando sale a pelear?
Y de pronto, y contra todo pronóstico, levanto la cabeza y ahí está: Álex “Hook” Suárez. Brazos cruzados, uno noventa de altura, con un peso de ciento diez kilos, todo puro músculo. Bicampeón del mundo en la categoría de súper crucero y doce veces campeón de España. Veintinueve años.
Moreno, nariz partida —que no le resta atractivo. Al contrario— mandíbula cuadrada, ojos verdes y tatuajes. Tatuajes por todas partes. Imagino que el trasero no lo lleva tatuado, pero… no seré yo quien lo descubra. Es como Karol, pero más… mejor. Aunque solo tiene eso... su físico. Porque, a decir verdad, tiene la cabeza llena de serrín, del barato, por supuesto.
Debe ser por todos los golpes que le han dado.
Supongo que pareceré idiota, con la boca abierta. ¡Joder! Miro a mi amiga, que coloca las manos juntas bajo la barbilla, como si rezase, poniendo ojitos de corderito. No. ¡No! ¡NO rotundo! Sé lo que me va a pedir, y no. Ni de coña.
Vuelvo a mirarle de arriba a abajo. La verdad, le acabo de dar un buen repaso. Me pinzo el puente de la nariz, tratando de pensar, y niego.
—¿Te gusta lo que ves, Nessy?
El cretino me llama Nessy porque ha decidido compararme con el monstruo del Lago Ness. ¿Su explicación? Me llamo Marina. ¿Es o no es gilipollas?
¡Pues eso!
Está cruzado de brazos, me reta con la mirada a que le insulte, pero paso de malgastar energía con el cateto, así que, arrastrando del brazo a la corderito de mi amiga, la meto en la cocina y cierro la puerta.
—¿Qué coño hace este idiota en casa?
—Tía, que es mi hermano… A ver, ha discutido con mis padres y necesita un lugar donde quedarse. Además, tenemos una habitación libre y nos vendría bien la pasta.
—No.
—Pero si apenas vas a cruzarte con él. Ni sabrás que está aquí.
—K, no. Este tío, perdona que te diga, es un chulo y un gilipollas. Además, no me apetece ver un desfile de tías por casa. No.
—Pagará la mitad del alquiler, así nosotras tendremos menos gastos. Con lo que ha ganado de los combates, puede permitírselo… ¡Piénsalo!
—Pues, si tanta pasta tiene, que se busque otro lugar. K, no pienso soportar a ese energúmeno en casa.
El imbécil abre la puerta sin llamar; ni siquiera nos mira. Abre el frigorífico, saca el bote de kétchup, echa la cabeza hacia atrás y aprieta el bote, dejando caer un chorro en su boca. ¡ASQUEROSO!
¿Quién se come el kétchup a palo seco? Un tío al que le han dado demasiados golpes en su única neurona. Está claro.
—¿Puedes desaparecer? Estamos hablando— exclamo al borde de un ataque de nervios.
—¿De mí?
—Sí, de micro-penes.
—Eres estrecha hasta para eso.
Me hierve la sangre. Es que no puedo con la imbecilidad humana, y este personaje tiene para regalar.
—¡Karol! ¡No se va a quedar!
Mi amiga me mira, poniendo los ojos en blanco, y vuelve una y otra vez a tratar de mostrar las ventajas de tener al cucaracho de su amado hermano por aquí.
—Podríais convivir, si no os insultáis cada dos por tres. Intentarlo no es tan difícil... obviar la existencia del otro.
—Hermanita, es la listilla de Nessy, que es insufrible.
—¡Tú eres un idiota de mucho cuidado, que no te soportan ni tus padres! —En cuanto lo suelto, me arrepiento. K me mira con ojos y boca abiertos de par en par, y él se acerca, mandíbula y puños apretados. Si me da un guantazo, me mata, seguro.
—Me voy, porque tener que verte todos los días, me da un asco que flipas.
—Hasta nunca. —Consigo decir en un susurro apenas audible. Lo reconozco, me he pasado tres pueblos, y solo cuando sale de la cocina respiro. Ha estado cerca.
Mi amiga me fulmina con la mirada—. ¡Genial, tía! ¡Mira lo que has conseguido!
¿Yo? Pero si ha empezado él.
Karol sale detrás de su condenado hermano, pidiendo, implorando y suplicando que no se marche. Pero el media neurona está recogiendo sus pertenencias, que, por cierto, ha dejado tiradas por todo el salón.
—Por favor, es tarde. Quédate esta noche. ¿Dónde vas a ir, Álex…?
—Paso de estar donde no me quieren.
Pongo los ojos en blanco, apoyada, de brazos cruzados, en la pared.
Y encima victimista. Lo tiene todo.
Quiero perderlo de vista, pero no quiero que mi amiga sufra, y ya se le están llenando los ojos de lágrimas. Respiro profundo y, al final, me sorprendo a mí misma.
—Quédate, pero procura no dejar tus cosas por el medio; no vives solo. —Digo, recogiendo del suelo sus guantes de entrenamiento y lanzándoselos a mala leche.
—Venga, Álex, por favor. Ella también quiere que te quedes. No me hagas esto.
Sí, ya… Deseando estoy de que se quede. Quiero saltar de alegría.
Adiós a pasearme en bragas por casa, adiós a estirarme en el sofá sin preocuparme de que tiene capacidad para dos traseros y no tres.
Una noche. Solo va a ser una jodida noche.
—Eso, Álex, no te hagas de rogar; si solo será una noche, ¿verdad, campeón? —Manifiesto, cargada de ironía.








