01
El flash me cegó por enésima vez esa noche. Sonreí de forma automática, inclinando ligeramente la cabeza hacia la izquierda, la misma pose que los fotógrafos ya esperaban de mí. Park Jimin, el rostro de Dior Homme esta temporada, el cuerpo que aparecía en las portadas de Vogue y L’Uomo.
Pero por dentro solo quería quitarme los zapatos de tacón alto y beber algo que no fuera champagne tibio.
—Jimin-ah, sonríe más, pareces cansado —me susurró Taehyung al oído mientras posábamos juntos para una foto. Mi mejor amigo llevaba un traje negro de Givenchy que le quedaba como un pecado.
—Estoy cansado —respondí entre dientes, manteniendo la sonrisa perfecta—. Llevo doce horas con estos zapatos.
La fiesta era en el yate de un jeque, anclado frente al puerto de Mónaco durante la semana del Gran Premio. Luces doradas, cristales Baccarat, mujeres con vestidos que costaban más que un departamento en Seúl, y hombres que miraban el mundo como si les perteneciera.
Y entonces lo vi.
Estaba de pie junto a la barandilla de popa, con una copa en la mano y la camisa negra desabotonada lo suficiente para dejar ver la cadena de oro que brillaba contra su piel. Jeon Jungkook. Incluso desde lejos se sentía su presencia. Alto, hombros anchos, tatuajes asomando por el cuello y las manos. El tipo de hombre del que se hablaba en susurros en la industria: el más joven billonario de Asia, dueño de VK Group —hoteles, navieras, marcas de lujo, jets privados… todo.
Nuestras miradas se cruzaron.
Y no las apartó.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa del mar. Jungkook inclinó ligeramente la cabeza, como si me estuviera evaluando, y luego sonrió de medio lado. Esa sonrisa debería estar prohibida.
—Ay no… —murmuró Taehyung a mi lado—. Ya te vio. Y te está mirando como si fueras el postre.
—Cállate —dije, girándome hacia el otro lado, pero sentía su mirada quemándome la espalda.
Minutos después, mientras intentaba escaparme hacia la barra interior, una voz grave y suave me detuvo.
—¿Huyendo de la fiesta, Park Jimin?
Me giré. Jungkook estaba más cerca de lo que esperaba. Olía a madera cara, a mar y a algo peligrosamente adictivo.
—No huyo —respondí con una sonrisa educada—. Solo busco un poco de aire que no esté lleno de perfume de mil dólares.
Él soltó una risa baja que me erizó la piel.
—Entonces elegiste el lugar equivocado. Todo aquí cuesta más de mil dólares, hasta el aire.
Me tendió una copa fresca de champagne Rosé.
—Prueba este. Es de una bodega privada en Francia que solo produce quinientas botellas al año.
Dudé un segundo. Tenía novio. Yoongi me esperaba en el hotel… probablemente dormido después de quejarse todo el día de que “estas fiestas son superficiales”.
Pero acepté la copa. Nuestros dedos se rozaron.
—Gracias.
—Soy Jeon Jungkook —dijo, aunque sabía perfectamente que yo ya lo sabía.
—Jimin —respondí, aunque también sabía que él ya lo sabía.
Charlamos. O más bien, él habló y yo escuché, hipnotizado. Me contó que acababa de llegar de Dubái en su jet esa misma tarde. Que odiaba las fiestas grandes pero que había venido porque “había oído que el rostro más bonito de la moda estaría aquí”. Lo dijo sin vergüenza, mirándome directamente a los ojos.
Sentí calor subir por mi cuello.
En un momento, su mano rozó mi cintura “por accidente” al apartarme para que pasara un camarero. El toque duró demasiado. Mi pulso se aceleró.
—Estás con alguien, ¿verdad? —preguntó de pronto, sin rodeos.
Parpadeé.
—¿Cómo lo sabes?
—Te vi llegar con Min Yoongi hace dos horas. Y te vi sonreírle de forma distinta a como me estás sonriendo a mí ahora.
Tragué saliva. Jungkook era directo. Demasiado.
—Tengo novio, sí —dije, intentando sonar firme.
Jungkook sonrió otra vez, esa sonrisa peligrosa.
—Entendido. —Se inclinó un poco más cerca—. Pero que tengas novio no significa que no pueda admirarte, Park Jimin. Y pienso admirarte mucho.
El resto de la noche fue una tortura deliciosa. Jungkook no volvió a tocarme, pero estuvo cerca. Cada vez que miraba en su dirección, él ya me estaba mirando. Cuando me despedí para irme con Taehyung y Yoongi, me detuvo en la salida del yate.
—Espera.
Me entregó una cajita negra pequeña con un lazo dorado.
—No es nada grande. Solo un detalle.
Dentro había una pulsera fina de oro blanco con un diamante pequeño en forma de estrella. Discreta pero claramente carísima.
—No puedo aceptarlo —susurré.
—Puedes. Y lo harás —respondió suavemente—. Considéralo un recuerdo de la primera noche que no pudiste dejar de mirarme.
Me quedé sin palabras.
Esa noche, en el hotel, Yoongi ni siquiera me preguntó cómo me había ido. Solo murmuró un “llegaste tarde” y se dio la vuelta en la cama.
Me quedé mirando el techo, con la pulsera todavía en mi muñeca, sintiendo el peso del diamante como una promesa peligrosa.
Taehyung me escribió a las 3 a.m.:
TaeTae:
Vi cómo te miraba Jeon Jungkook.
Jimin-ah… ese hombre es otro nivel.
Yoongi ni siquiera te merece.
Piénsalo.
Cerré el chat sin responder.
Pero no me quité la pulsera.








