Capítulo 1: El eco de la madera vieja
Capítulo 1: El eco de la madera vieja
El invierno de 1920 se filtraba por las altas ventanas ojivales del convento de San Judas, en las afueras de un Berlín que despertaba de la guerra entre el humo de las fábricas y el eco de los tranvías. Adentro, sin embargo, el tiempo parecía congelado en el siglo anterior. El aroma a cera de abeja, incienso rancio y piedra húmeda era el único aire que yo conocía. A mis diecisiete años, recién cumplidos los dieciocho, el mundo exterior era una postal lejana; mi realidad eran los pasillos de techos abovedados y las tareas mecánicas que los monjes me asignaban desde que me dejaron en el torno de la entrada siendo un bebé.
Había aceptado mi destino con la madurez de los que no tienen opciones. Vestía la túnica de novicio de lana gris, pesada y áspera, y me dedicaba a limpiar la biblioteca y los altares, convencido de que mis días terminarían bajo esas mismas baldosas frías.
Hasta esa mañana de martes.
El abad me ordenó preparar el despacho principal para recibir al nuevo vicario que la orden enviaba desde Estocolmo. El padre Wilhelm.
Estaba arrodillado frente al gran escritorio de roble, puliendo las patas de madera con un paño, cuando la puerta crujió. Me incorporé despacio, sacudiéndome la túnica. Al girarme, mis ojos se cruzaron con los suyos.
El padre Wilhelm tenía veintiocho años, pero su presencia cargaba con una seriedad que imponía un respeto inmediato. Era un hombre alto, de hombros anchos que la sotana negra de seda no lograba disimular del todo. Su cabello, de un rubio cenizo típico de su origen sueco, estaba cortado al ras, y sus facciones eran firmes, esculpidas con una geometría casi militar. Pero fueron sus ojos los que me detuvieron el corazón: dos cuentas de un azul gélido y transparente que, al fijarse en mí, parecieron desnudarme el alma.
—Buenos días —dijo, y su voz, aunque baja y modulada por el respeto al lugar, tenía un timbre profundo, una vibración honesta que me erizó la piel. Su alemán era fluido, teñido por un levísimo acento nórdico que lo hacía sonar exótico entre aquellos muros.
—Buenos días, padre —respondí, bajando la cabeza de inmediato, sintiendo un calor repentino quemándome las mejillas—. Soy George. El abad me encargó acomodar sus pertenencias.
Wilhelm dio un paso al frente. El sonido de sus zapatos de cuero contra el suelo de piedra rompió el silencio del despacho. Se detuvo a menos de un metro de mí. Pude percibir su aroma: no olía a humedad ni a encierro como los otros monjes; olía a jabón limpio, a frío de la calle y a un rastro sutil de tabaco de pipa.
Levanté la vista lentamente. Él no había dejado de mirarme. Su mirada recorrió mi rostro, deteniéndose en mis ojos y luego en mis labios, con una fijeza que no tenía nada de pastoral. Fue un segundo apenas, un instante donde su madurez y mi juventud se reconocieron en una frecuencia prohibida, una chispa carnal y honesta que ninguno de los dos pudo prever. Wilhelm tragó saliva, y vi cómo su manzana de Adán se movía bajo el cuello rígido de su sotana.
—Gracias, George —dijo, y esta vez su voz flaqueó milimétricamente, perdiendo un poco de su frialdad institucional—. Deja el paño. Acompáñame a la capilla lateral. Necesito que me muestres los horarios de las confesiones vespertinas.
—Sí, padre —susurré, con el pecho agitado.
Caminé delante de él por el pasillo oscuro. Podía sentir sus ojos clavados en mi espalda, el roce apenas perceptible de su sotana negra contra la mía gris mientras avanzábamos en el silencio del claustro. El aire del convento seguía siendo frío, pero por primera vez en dieciocho años, sentí que algo adentro mío empezaba a arder.








