CAP. 1 Viajando
Mi nombre es Eleonor Cameron Santillán. Tengo 27 años. Como solía decir mi madre: —Completo, hija… que también tienes madre.
Sonreí al recordarla, aunque el dolor seguía ahí, fresco. La había enterrado hacía apenas una semana en Aberdeen.
Viajaba en primera clase, de Escocia a Texas. No por lujo, sino por necesidad. Estaba agotada. No había dormido bien desde el funeral. Mi padre… Bueno, de él solo tengo recuerdos borrosos.
Mi madre nunca volvió a Texas después de que él se fuera. Decía que había viajado por trabajo en la industria petrolera y que no regresó. Nunca explicó más. Nunca pregunté lo suficiente.
A los diez años entendí que no volvería. A los veintiunos, decidí volver. Estudié medicina.
Me especialicé en cardiología. Mi vida se convirtió en aeropuertos, hospitales y congresos. Europa, México, Estados Unidos… siempre en movimiento. Siempre ocupada. Siempre evitando pensar demasiado.
Desde pequeña supe que me gustaban las mujeres. Mi madre lo aceptó sin drama, como aceptaba todo lo que venía de mí: con amor y una calma que ahora extraño más que nunca.
Cuando subí al avión, lo único que quería era dormir. Pero entonces la vi.
Una familia escocesa ocupaba casi toda la fila. Tres niños inquietos, una madre agotada… y un asiento libre al fondo. Ahí iba ella.
Rubia. Ojos color miel. Lo supe por la forma en que miró su asiento, como si estuviera a punto de rendirse…Sonreí.
Llamé a la azafata.
—Disculpe, ¿podría cambiarla a este asiento? —señalé el lugar vacío a mi lado—. Mi asistente compró el de junto para que viajara más cómoda.
Minutos después, ella estaba sentada a mi lado.
Respiró hondo, como si acabara de sobrevivir a una tormenta. Cerró los ojos un segundo… pero antes de dormirse, hablé.
—Mi nombre es Eleonor. ¿Y el tuyo?
Ella dudó. —Nadie… —frunció el ceño—. Mucho gusto nadie y le extendí la mano Perdón. Kenna. Kenna Robertson.
Sonreí un poco. —Mucho gusto, Kenna.
—Gracias por el asiento —dijo, acomodándose—. De verdad… lo necesitaba.
Asentí.
—¿Viajas a Texas?
Soltó una pequeña risa cansada.
—Creo que todos en este avión lo hacemos. —Cierto —respondí—. Mala pregunta.
Hubo un silencio breve. Luego, su expresión cambió.
—Mi hermana murió —dijo de pronto—. Ella y su esposo. Tengo un sobrino… está con la familia de él. Solo quiero asegurarme de que esté bien.
La miré. Y por primera vez en días… dejé de pensar en mí.
KENNA ROBERTSON
Siempre fuimos tres.
Mi madre, mi hermana Carolina… y yo de 24 años, mi hermana de 30. Nos llamábamos “las tres mosqueteras”, aunque no teníamos espadas ni aventuras épicas. Solo una vida sencilla que, de alguna forma, siempre alcanzaba.
Hasta que dejó de hacerlo. Mi madre murió de cáncer.
Una enfermedad cruel, indiferente. No le importó que fuera buena, ni fuerte, ni todo lo que aún le quedaba por vivir. Luchó… pero no fue suficiente.
Gastamos todo. Ahorros, tranquilidad… incluso la casa.
Después de su muerte, mi hermana y yo nos mudamos a un lugar más pequeño. Más silencioso. Más vacío.
Tres años atrás, ella conoció a un estudiante estadounidense. Se enamoraron rápido. Se casaron aún más rápido. Y se fue.
Yo me quedé en Escocia… pero no sola del todo. Porque entonces nació James. Mi sobrino.
Lo único que sentí que aún era mío. aunque estuviera lejos lo amaba
Hace un mes, todo volvió a romperse.
Un accidente.
Mi hermana y su esposo murieron en un viaje de negocios. Ni siquiera pude despedirme.
No tenía dinero para viajar. La empresa donde trabajaba estaba en crisis y nos suspendieron. Así que me quedé… lejos… mientras todo terminaba.
Ahora ya no podía quedarme.
Vendí las pocas joyas que me quedaban. Compré un boleto de ida a Estados Unidos. Renté una habitación barata desde Escocia. No tenía un plan claro.
Solo una certeza: Asegurarme de que James estuviera bien.
Cuando subí al avión, lo último que necesitaba eran problemas. Pero ahí estaban.
Tres niños. Mucho ruido. Cero paciencias de mi parte.
Y entonces… la vi.Cabello negro, ojos claros, rasgos latinos. Y una sonrisa que no supe si era burla o complicidad.
Minutos después, una azafata se acercó.
—Señorita, ¿podría acompañarme?
La seguí sin hacer preguntas. Y entonces lo entendí.
Un asiento libre. Más espacio. Silencio.
La miré.
—Gracias —murmuré, dejándome caer en el asiento. Por fin podía respirar.
Cerré los ojos… hasta que escuché su voz.
—Hola, mi nombre es Eleonor.
No quería hablar.
No tenía energía para ser amable. —Nadie —respondí automáticamente.
Abrí los ojos al instante. —Perdón… Kenna. Kenna Robertson.
Ella sonrió. —Bueno, Nadie… mucho gusto.
Eso me hizo soltar una pequeña risa, a pesar de todo.
—Lo siento —dije—. Ha sido un mes difícil. —Lo imagino —respondió con calma.
Hubo un silencio breve. —¿Viajas a Texas? —preguntó.
—Sí… —miré hacia la ventana—. Mi hermana murió. Ella y su esposo. Tengo un sobrino allá… solo quiero asegurarme de que esté bien.
No sabía por qué le estaba contando eso a una desconocida.
Pero lo hice. —¿Y tú? —pregunté.
—Voy a cerrar un asunto familiar —respondió—. Algo importante.
La miré de reojo. No dijo más. Pero supe que tampoco estaba huyendo por casualidad.
ELEONOR
Estaba segura que encontraría algo en los documentos, que tenía esperando en mi mesa para evitar casarme, solo me quedaba una semana después de mi cumpleaños para poder heredar el rancho petrolero que mi padre había dejado.
Recuerdo cuando me llamaron en pleno vuelo hace dos meses, cuando me dirigía a España para una conferencia.
El avión acababa de estabilizarse cuando el teléfono satelital vibró suavemente en mi bolso.
Fruncí el ceño. Casi nadie tenía ese número. —¿Sí?
—Señorita Cameron Santillán —la voz era seria, demasiado formal—. Le llamo desde Texas. Soy el licenciado Barragán, encargado de la sucesión de su padre.
Eleonor se tensó. —¿Mi padre?
—Así es. Lamento informarle que ha sido declarado legalmente desaparecido. Sin embargo, dejó estipulaciones muy claras respecto a su propiedad.
—No entiendo… —susurró—. ¿Qué propiedad? —Un rancho en Texas.
Está a su nombre… con una condición.
El corazón le empezó a latir más rápido.
—¿Qué condición? Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
Debe usted contraer matrimonio el primer viernes después de su cumpleaños. Eso quiere decir que tengo un mes para hacer el reclamo, si no quiero que pasa, De lo contrario, la propiedad pasará a un fideicomiso y usted perderá todo derecho sobre ella. Eleonor soltó una risa incrédula.
—¿Está hablando en serio?
—Completamente. Le recomiendo presentarse lo antes posible. El tiempo corre.
La llamada terminó. Eleonor se quedó inmóvil unos segundos.
Ahora que carajos, nunca estuvo presente en mi vida después de los 10 años, no conforme con eso, deja estipulado semejante estupidez.
Me sentí tentada en mandar todo al carajo, sin embargo, algo decía en mi interior que debía aceptar,
Miró por la ventana. Oscuridad absoluta.
No sé porque tengo ese mismo sentimiento, como aquel día.
Luego, sin poder evitarlo, Regresó a su asiento.
Kenna estaba despierta, mirando hacia adelante, como si tampoco pudiera descansar.
—¿Todo bien? —preguntó, notando su expresión. Eleonor dudó.
No era su estilo hacer esto. No era su estilo confiar.
Pero tampoco era su estilo perder. —Voy a hacerte una pregunta muy extraña —dijo finalmente.
Kenna arqueó una ceja. —Eso suena prometedor.








