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Dulce y Celestial | Original

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Sinopsis

Ian Armstrong-Jung es un estudiante de producción audiovisual, difícil de tratar, cuyo único amigo es su compañero de cuarto, Cohen James. Una tarde, después de un accidente en la otra mitad de los dormitorios masculinos del campus, ambos chicos se ven obligados a compartir habitación con un tercero. Pero no se trata de cualquiera, sino del campeón de boxeo de la universidad: Jacob Park. ¿Podría Ian, un perfeccionista compulsivo llevarse bien con un deportista desordenado?

Estado:
En proceso
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1

Ian odiaba que las cosas no salieran como él las planeaba.

No era que fuera un amargado, pero le gustaba el orden y que su espacio fuera suyo, que sus horarios se respetaran y que nadie invadiera su territorio sin pedir permiso. Por eso, cuando le preguntaban quién era su único amigo en todo el campus, respondía sin dudar que era Cohen James, el único que había logrado sobrellevar su adicción con él orden.

Ni siquiera eso había sido elección suya, sino pura casualidad por ser asignados como compañeros en el primer año. Y desde el día uno, la habitación se mantuvo como a él le gustaba; ordenada. Sus cosas estaban a la izquierda y las de Cohen, bastante más desordenadas, estaban a la derecha. Era como una frontera invisible dividida por una cama vacía en el medio.

Esa tarde, Ian estaba sentado en su escritorio con los audífonos puestos, mientras editaba un video para su clase de dirección audiovisual. La pantalla iluminaba su cara mientras cortaba tomas y ajustaba los colores una y otra vez para que quedara perfecto. Solía ser el mejor de su clase y así pensaba mantenerse hasta graduarse.

De repente, un estruendo sacudió todo el lugar.

Ian sintió como las paredes temblaron ligeramente, como si alguien hubiera golpeado fuerte la puerta, el suelo vibró y las patas rodantes del escritorio se movieron apenas unos centímetros. Frunció el ceño, dejó los audífonos alrededor de su cuello y se puso de pie mirando a su alrededor confundido. Fue hasta la ventana con pasos lentos y dudosos, y se asomó apenas un poco para ver qué pasaba con todo ese bullicio.

Desde el cuarto piso, donde quedaba su dormitorio, se veía claramente el ala este del edificio. Había humo negro saliendo de una de las ventanas del segundo piso y las luces rojas y azules de los bomberos parpadeaban abajo, mientras estos intentaban extender más la manguera de agua.

Las voces de algunos estudiantes se escuchaban lejanas y había gente corriendo con cosas en las manos.

—Qué mierda… —murmuró y no pasó ni un minuto cuando la puerta se abrió de golpe.

—¡Ian! ¿Sentiste eso? —Cohen entró casi sin aliento, con el cabello revuelto y los ojos bien abiertos—. Dicen que fue un incendio eléctrico. Algo con el sistema viejo del edificio —explicó, tratando de recuperar el aire—. Hubo una explosión en el tablero principal y se sintió hasta en la biblioteca.

—¿Hay heridos? —cuestionó el pelinegro, que seguía de pie junto a la ventana mirando el humo.

—Parece que no —suspiró el mayor—. Pero evacuaron todo el ala este y están diciendo que los daños son graves… se tardarán semanas, tal vez meses para arreglarlo.

Cohen cayó sobre su cama todavía con el bolso puesto y dejó escapar un resoplido largo antes de mirar a Ian como si aún tuviera algo que decirle, pero sin saber cómo empezar.

—¿Y? —preguntó Ian, volteandose con la mirada expectante.

—Y… que van a redistribuir a los estudiantes afectados —dijo en tono bajo, casi como un susurró—. Nuestro dormitorio es de los más grandes del ala oeste…

Ian sintió cómo su estómago se apretaba y rápidamente negó.

—No.

—Ian…

—No, ni de broma. Diles que no hay espacio —Cohen suspiró y se incorporó sobre el colchón, por fin quitándose el bolso.

—Ya hablaron con el encargado del piso. Nos toca uno más y llega esta misma noche o mañana temprano.

Ian se quedó callado unos segundos mientras su mente ya estaba calculando cómo reorganizar la habitación; desde cómo dividir los estantes, hasta cómo separar los productos del baño. Pero sobre todo, pensaba en lo peor que le podía pasar en la vida y es que, tenía que volver a compartir lugar con otro desconocido.

—¿Sabes quién es? —preguntó finalmente, con voz baja y Cohen dudó un poco mientras ladeaba la cabeza, como si pensara en cómo debía decirlo— ¿Cohen Elton James? —insistió el pelinegro.

—Jacob Park—suspiró resignado y su compañero parpadeó completamente perplejo.

—¿Jacob? ¿El mismo Jacob Park que…?

—El campeón de boxeo —completó, haciendo una mueca—. El que ganó el torneo universitario el año pasado. El de Ciencias del Deporte. Ese Jacob —reafirmó e Ian soltó una risa seca, sin gracia.

—Genial —musitó con sarcasmo, volviendo a su lugar en la silla frente a su escritorio—. Un deportista. Justo lo que necesitábamos.

Podía imaginárselo perfectamente. Todo musculoso, seguro de sí mismo y desordenado. De esos que dejan las cosas tiradas por todos lados y que creen que el mundo les pertenece solo porque son buenos haciendo cardio, ganando masa muscular y un par de medallas.

—No quiero esto —volvió a decir, casi como un reproche—. No quiero a nadie más aquí. Mucho menos a alguien como él.

Cohen se levantó de la cama y se acercó a Ian con pasos lentos, poniéndole una mano en el hombro.

—No seas tan dramático. Tal vez no es tan malo —trató de consolarlo. Sabía lo difícil que era para su compañero conocer gente nueva—. Dicen que es simpático.

—Simpático —repitió con burla—. Sí, claro. Porque todos los deportistas agresivos son conocidos por ser tranquilos y respetuosos del espacio ajeno —volvió a decir con sarcasmo y Cohen río apenas.

—Solo dale una oportunidad. Si es insoportable, nos quejamos y pedimos cambio. Pero por ahora… no hay mucho que hacer —se encogió de hombros—. El incendio fue grave y varios pisos están inhabitables.

Ian se quedó mirando como las luces de las sirenas de los bomberos se seguían reflejando en la pared de la habitación. En su cabeza se repetía la misma idea una y otra vez; que a pesar de lo que pueda pasar, ese era su espacio.

Y ahora iba a ser invadido por Jacob Park.

No lo conocía personalmente, pero había visto suficiente de él en el campus de la universidad. Lo había visto caminar hacia su facultad rodeado de amigos como si fuera el dueño de todo, con esa forma de moverse tan segura y al mismo tiempo suave. Con la mandíbula marcada, los brazos fuertes y esa sonrisa que parecía demasiado perfecta y amigable.

El tipo de persona que Ian evitaba a toda costa, porque le parecían demasiado ruidosos y demasiado populares.

—¿A qué hora llega? —preguntó sin girarse a ver a su compañero.

—Le dijeron al encargado que vendría entre las ocho y las nueve. Traerá sus cosas y ya —aseguró e Ian miró el reloj.

Eran casi las siete y media. Tenía menos de hora y media para mentalizarse de que su vida tranquila de dos, se convertiría en una vida menos tranquila de tres. —Esto va a ser un desastre —gruñó antes de hundir su cabeza en el escritorio—. Lo presiento.

Cohen sonrió con algo de lástima y diversión, al mismo tiempo que volvía hacia su cama para sentarse.

—O tal vez no ¿Quién sabe? —dijo y el pelinegro volvió a mirarlo—. A veces las cosas que más odiamos al principio terminan siendo…

—No lo digas —lo cortó, levantando una mano y Cohen volvió a reír.

—Está bien —suspiró, se colocó de pie para quitarse el suéter y caminó hacia la puerta como si nada—. Voy a bajar a ver si necesitan ayuda con algo ¿Quieres venir?

—No, prefiero quedarme aquí.

Cuando Cohen salió de la habitación, Ian dejó caer su cabeza nuevamente en su escritorio. Ya no tenía ganas de seguir editando su tarea, así que abrió el navegador y, casi sin querer, escribió en el buscador: “Jacob Park, boxeo en Stanford”.

Inmediatamente aparecieron fotos y noticias de él levantando un trofeo, mordiendo una medalla de oro con la ceja ensangrentada y sudoroso con los guantes alrededor del cuello. Siempre estaba sonriente en las fotos y en las entrevistas aunque hubiese perdido, por lo que el pelinegro no pudo evitar pensar en lo falso que era.

Cerró la computadora con fastidio y se recargó en el espaldar de la silla.

—No pienso hacer esto fácil para ti...

Se levantó decidido y empezó a mover algunas de sus cosas más hacia el centro de la habitación, marcando territorio como si fuera un niño. Porque si Jacob iba a entrar en su zona de confort sin previo aviso, al menos lo haría sabiendo que ese espacio era de él y que era cero tolerante con la invasión.

Cuando al fin, abarcó más espacio del que tenía antes, se sentó en el borde de su colchón, mirando la tercera cama vacía y con sábanas limpias en el medio. Respiró hondo y cerró los ojos.

—Bienvenido al infierno —susurró.

***

Ian no había podido volver a concentrarse en el video para su clase. Llevaba casi una hora sentado en el borde de su cama, mirando alternadamente el reloj en su muñeca y la cama vacía que ahora parecía ocupar más espacio del que debería.

Cada minuto que pasaba le gustaba menos la idea de tener que compartir su habitación con un desconocido. Cohen había regresado hacía un rato y estaba intentando ordenar un poco su lado del cuarto para hacerle más espacio al nuevo compañero, aunque “ordenar” para el castaño significaba simplemente empujar la ropa sucia debajo de la cama y planchar con las manos las sábanas arrugadas.

—Relájate, Ian —musitó, mientras doblaba un par de camisetas torpemente—. Parece que vas a explotar en cualquier momento.

—No puedo estar relajado —respondió secamente—. Estoy evidentemente molesto. ¿No crees que debieron preguntarnos si queríamos un compañero nuevo?

—El dormitorio pertenece a la universidad y estoy seguro de que Jacob paga su matrícula al igual que tu —bufó una sonrisa e Ian rodó los ojos con fastidio.

Pasaban de las ocho y veinte de la noche cuando escucharon pasos fuertes por el pasillo, acompañados del sonido de ruedas de maleta contra el piso de madera del edificio. Ian se tensó inmediatamente, apretando sus manos sobre sus muslos y Cohen caminó con rapidez para abrir la puerta antes de que tocaran.

Y ahí estaba.

El famoso campeón con la mano alzada, a punto de tocar. Sonrió apenado y entró arrastrando dos maletas grandes y cargando un bolso deportivo al hombro, mientras que un par de guantes guindaban alrededor de su cuello.

Estaba sudado y tenía el cabello de un color rosado suave, completamente despeinado y pegado a la frente. No llevaba camisa, solo unos pantalones deportivos bajos de la cadera, por lo que Ian y Cohen fueron capaces de escanear su cuerpo por completo.

Tenía el pecho, el abdomen y los hombros marcados por el entrenamiento que seguramente tenía cualquier deportista de su talla, y al mismo tiempo su piel blanquecina parecía demasiado suave y delicada . Su costilla y brazo derecho estaban marcados por tatuajes que Ian no quiso mirar mucho para no parecer raro, y olía a pura colonia sudada.

—Hey —saludó con la misma sonrisa, como si los conociera de toda la vida—. Ustedes deben ser Ian Armstrong y Cohen James, ¿verdad? Me dijeron que este era el cuarto y ni siquiera tuve que tocar.

Su voz era más suave de lo que Ian esperaba de un tipo como ese y su tono relajado, casi divertido, lo irritó al instante. Por el contrario, Cohen sonrió de inmediato y dio un paso adelante para extenderle una mano

—Sí, somos nosotros. Yo soy Cohen —Jacob estrechó su mano sin dejar de sonreír y asintió—. Bienvenido. Siento lo del incendio, debe haber sido un desastre.

—Ni me digas —respondió, soltando el bolso deportivo en el suelo—. Estaba entrenando cuando me avisaron y tuve que recoger todo corriendo. Gracias por dejarme entrar, de verdad. Prometo no darles muchas molestias.

Ian seguía sentado en su cama, sin moverse, mientras sus ojos recorrían sin querer el torso desnudo de Jacob.

¿Por qué estaba semidesnudo siquiera?

Bufó y apartó la mirada rápido, molesto consigo mismo por estar tan atento a eso, y Jacob pareció notar su presencia por primera vez en ese momento, por lo que giró su cuerpo hacia él.

—Tú debes ser Armstrong —musitó—. He visto algunos de tus videos en las redes del campus. Eres bastante bueno en lo que haces, no me sorprende que seas el que maneja el foro estudiantil.

Ian levantó una ceja con una expresión casi incrédula y antipática.

—No recuerdo haberte pedido opinión —dijo secamente y la sonrisa de Jacob se desvaneció un poco.

Cohen le lanzó una mirada de advertencia que a Ina ni siquiera le importó. El pelirrosa, por su parte, solo bufó una risa baja, como si el comentario le hubiera hecho gracia en vez de ofenderlo.

—Directo —dijo, quitándose los guantes del cuello—. Me gusta eso. No te preocupes, no soy de los que se ofenden fácil.

Ian se levantó por fin de su cama y se cruzó de brazos, mirándolo fijamente.

—Bien —espetó—. Entonces vamos a dejar las cosas claras desde ahora para que no haya problemas después.

Jacob ladeo la cabeza, todavía con una sonrisa tenue y un brillo de curiosidad en los ojos.

—Te escucho.

—Primero —empezó, señalando el escritorio—, esa es mi zona de trabajo. No toques nada. Ni mis audífonos, ni mi computadora, ni mis libretas. Si necesitas usar el escritorio, me avisas con anticipación.

Jacob asintió lentamente, como si estuviera tomando nota mental de lo que el pelinegro decía.

—Segundo, no traigas gente al cuarto sin avisar. Ni amigos, ni chicas, ni compañeros de equipo. Este no es un motel y tampoco tu cuarto por mucho tiempo.

—Entendido, comandante —respondió, aunque su tono parecía burlesco.

—Tercero, la ropa sucia va en el canasto, no tirada por el piso —dijo echándole una mirada fugaz a Cohen, quien rápidamente se rasco la nuca con nerviosismo—. Cuarto, si usas el baño, dejas todo como lo encontraste y quinto, respeta los horarios de sueño. Apagas las luces antes de las once y media a menos que tengas una buena razón.

—Ian… —musitó el castaño un tanto incómodo. Ya había tenido que escuchar ese discurso antes— dale un respiro, acaba de llegar.

—Mejor decirlo ahora para después no tener que pelear. Si vamos a compartir este espacio, se hará a mi manera.

Jacob lo observó en silencio unos segundos con la misma sonrisa en sus pomposos labios, pero ahora su mirada era un poco extraña, casi desafiante. Se pasó una mano por su cabello rosado, dejando su frente un poco al descubierto y dio un par de pasos dentro de la habitación, mirando todo con calma.

—Está bien, principito. Reglas son reglas —dijo con tono burlón—. ¿Quieres que firme un contrato también? —cuestionó e Ian apretó la mandíbula.

—No me llames así.

—¿Por qué no? —preguntó fingiendo verdadera curiosidad— Te ves bastante estresado para ser tan joven. Deberías relajarte un poco.

Jacob tomó nuevamente su bolso deportivo y lo llevó hacia la cama vacía en medio de la habitación. Empezó a sacar algunas cosas sin siquiera voltear a mirar de nuevo al pelinegro, de entre ello, una sudadera, una toalla y más ropa arrugada.

Todo cayó de forma desordenada sobre el colchón e Ian sintió que se le tensaba el cuerpo.

—¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿“Relájate”? —cuestionó dando un par de pasos más cerca y Cohen se cubrió la cara sin querer ver lo que iba a suceder.

Jacob se giró hacia Ian y sus ojos se encontraron inevitablemente. Los del pelirrosado eran cafes claros, intensos y al mismo tiempo despreocupados. Mientras los de Ian eran mucho más oscuros, mucho más intensos y mucho más desafiantes.

—Mira, entiendo que esto no te guste —comenzó a decir Jacob—. A mí tampoco me emociona tener que mudarme de repente, pero no voy a caminar por el cuarto como si estuviera pisando cáscaras de huevos. Vamos a tener que llegar a un punto medio.

—No quiero un punto medio —respondió con frialdad—. Quiero que respetes mis reglas y mi espacio.

Fue en ese momento en el que él mayor caminó hacia ellos colocándose justo en medio, como una frontera de paz.

—Está bien, está bien. Vamos a calmarnos —musitó con una sonrisa nerviosa—. Jacob, ¿quieres que te ayude a acomodar tus cosas? Ian, por favor… dale tiempo de instalarse al menos.

Jacob levantó las manos en señal de paz y se giró de vuelta hacia sus cosas.

—No hay problema. Puedo solo, pero gracias de todas formas —dijo y Cohen asintió.

Por otro lado, Ian se quedó de pie observándolo. Cada movimiento que daba aquel deportista estrella le molestaba. Desde la forma en que tiraba las cosas, cómo ocupaba espacio sin pedir permiso, hasta esa confianza absurda que tenía en sí mismo y su propio cuerpo.

Y sobre todo, esa maldita sonrisa casi perfecta.

Después de un par de minutos, Jacob se sentó en el borde de su nueva cama y estiró los brazos por encima de la cabeza, dejando escapar un bostezo por el cansancio, y los músculos tenues de su abdomen se le marcaron ligeramente con aquel movimiento.

Ian tragó saliva y desvió la mirada hacia la ventana.

—Voy a ducharme —anunció Jacob, poniéndose de pie—. ¿Alguna otra regla sobre el baño que deba saber?

—Solo no tardes una eternidad —musitó.

—Entendido —espetó y antes de entrar al baño, Jacob se detuvo un segundo en la puerta y miró hacia atrás—. Ah, y Armstrong… gracias por las reglas, intentaré seguirlas. Pero si alguna vez quieres romper alguna, avísame...

Cerró la puerta del baño antes de escuchar una respuesta malhumorada y Cohen soltó todo el aire que estaba conteniendo.

—¿Era necesario ser tan idiota?

—Sí —respondió sin dudar, sentándose de nuevo en su cama—. Mejor que sepa desde el primer día cómo son las cosas aquí.

—Me sorprende que no seas germofobico también —bufó, volviendo a su lado del cuarto.

Desde el baño se escuchó el sonido del agua corriendo e Ian se quedó mirando la puerta cerrada, sintiendo una sensación extraña entre irritación y curiosidad. Todo en Jacob le resultaba… excesivo.

Se lanzó sobre el colchón y observó el techo, escuchando el agua caer en la ducha un rato más.

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