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🌟La estrella fugaz que iluminó mi vida 🎀🩷✨️

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Sinopsis

Resumen: Aeri, una fan de 14 años, recibe en 2026 a un Jungkook de 15 años llegado desde 2011. Durante tres meses de convivencia secreta nace el amor, los primeros besos y las caricias progresivas. Él regresa a su tiempo y ella lo espera quince años. Se reencuentran cuando ella es adulta, se casan, tienen dos hijos y viven felices para siempre.

Genero:
Romance
Autor/a:
♡Babydoll♡
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Estrella fugaz 🌟🫶🩷

🌟 Estrella fugaz, destino eterno.

Parte 1: El destello

Capítulo 1: La noche en la terraza

Las diez de la noche en un barrio cualquiera de Seúl. Aeri, de catorce años, había subido a la terraza de su edificio —un sexto piso sin ascensor que sus piernas adolescentes escalaban con la energía de quien huye de la rutina— con un solo propósito: perderse en su mundo.

Llevaba puesta su sudadera morada favorita, la de las mangas demasiado largas que le llegaban hasta los nudillos, y unos audífonos con cancelación de ruido. En sus oídos sonaba "Standing Next to You", y ella tarareaba mientras miraba el cielo estrellado. O al menos lo que se podía ver de él entre la contaminación lumínica de Seúl.

—“You are the cause of my euphoria…” —canturreó, recostada contra la pared de ladrillos, con las piernas estiradas sobre el suelo frío de terrazo.

Era su ritual favorito: estar sola, con sus pensamientos y con él. Con Jeon Jungkook. El ídolo de veintinueve años que ocupaba cada rincón de su mente, cada póster de su habitación, cada carpeta oculta de su teléfono. Lo había visto en conciertos (por pantalla), había leído fanfics (demasiados), había llorado con sus canciones (más veces de las que admitiría).

—Qué bonito sería —susurró al cielo, acariciando la funda de su celular con la cara de Jungkook sonriendo— que aparecieras así, de la nada. Como en los sueños.

No sabía lo cerca que estaba de que sus fantasías adolescentes se convirtieran en una pesadilla luminosa.

Eran las 10:07 p.m. cuando ocurrió.

Un destello. No uno cualquiera. Una luz blanca, cegadora, como si alguien hubiera encendido un sol portátil detrás de las nubes que se acumulaban sobre Hongdae. Aeri sintió el calor en la cara, un zumbido agudo en los oídos, y cerró los ojos con tanta fuerza que vio manchas verdes flotando en la oscuridad de sus párpados.

—¡Ahg! —gritó, cubriéndose el rostro con los brazos.

El teléfono cayó al suelo con un golpe seco. Los audífonos se le salieron de las orejas y la música —“Seven” en versión explícita, que su madre no la dejaría escuchar nunca— siguió sonando pero distorsionada, como si el aire mismo vibrara fuera de ritmo.

Cuando el resplandor se apagó, Aeri parpadeó varias veces, frotándose los ojos con el dorso de la mano. Las estrellas volvían a ser puntos tranquilos. La ciudad seguía rugiendo abajo.

Y entonces lo vio.

A escasos dos metros de ella, de pie sobre el piso de cemento, había un chico.

Aeri lo miró de abajo arriba: zapatillas negras con cordones desatados, jeans anchos tipo skater, una chaqueta de cuero marrón demasiado grande para su contextura delgada, una camiseta blanca sencilla que dejaba ver el movimiento de su respiración acelerada. Y el rostro… El rostro le hizo un nudo en la garganta.

—¿Quién eres? —balbuceó Aeri, poniéndose de pie tan rápido que la cabeza le dio vueltas.

El chico no respondió. Miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta, como si acabara de despertar de un sueño y no reconociera ni su propio reflejo. Miraba las luces de la ciudad, los edificios, la antena de televisión en la terraza de al lado.

—¡Oye! —Aeri dio un paso atrás, y su espalda chocó contra la baranda. Sintió el vértigo del sexto piso, pero más fuerte el miedo—. ¡Ladrón! ¡Aux—

No pudo terminar.

El chico se abalanzó hacia ella con una velocidad que no esperaba y le tapó la boca con una mano. La palma era cálida, un poco sudorosa, y Aeri detectó un leve olor a chicle de fresa.

—¡Shhh! —siseó él, con una voz quebrada entre el pánico y la determinación—. No soy un ladrón, ¿de acuerdo? No sé qué hago aquí. Estoy… estoy más confundido que tú.

Su mirada era intensa, asustada, pero no violenta. Aeri dejó de forcejear solo un poco, el tiempo justo para que él retirara la mano despacio, como si temiera que ella volviera a gritar.

—Tranquila —dijo él, dando un paso atrás y levantando las palmas en señal de rendición—. No te voy a hacer daño. Solo… ¿dónde estamos? ¿Esto es un set de grabación? ¿Un reality oculto? Porque si mis padres pagaron por esto, voy a…

No terminó la frase. Aeri no lo escuchaba. Sus ojos, ya adaptados a la penumbra, recorrían cada milímetro de su cara: la forma almendrada de sus ojos, la curva exacta de su mandíbula, ese lunar debajo del labio inferior que ella había dibujado mil veces en los márgenes de sus cuadernos de matemáticas.

No podía ser.

No podía ser.

Con manos temblorosas, Aeri se agachó a recoger su teléfono del suelo. La pantalla tenía una grieta en una esquina, pero seguía funcionando. Abrió la galería, luego Twitter, luego la carpeta protegida con contraseña que llamaba "JK Precious Archive".

Allí estaban: fotos de Jeon Jungkook en 2011. Quince años, recién llegado a Seúl desde Busan, con el aparato dental aún puesto en algunas imágenes. La misma chaqueta de cuero holgada. Los mismos jeans anchos. El mismo flequillo despeinado que ahora caía sobre los ojos del chico de la terraza.

—Oh, dios mío —susurró Aeri, alternando la mirada entre la pantalla y el rostro real frente a ella—. Oh, dios mío, oh, dios mío…

—¿Qué? —preguntó él, frunciendo el ceño. Dio un paso curioso hacia ella—. ¿Qué tienes ahí? ¿Es… soy yo?

—Eres él —dijo Aeri, la voz quebrada—. Eres literalmente él.

El chico —Jungkook, pero Jungkook de quince años— alargó la mano para ver la pantalla. Sus dedos rozaron el cristal roto y se quedó helado.

—Esa foto… —farfulló—. Esa es de mi primer día en Big Hit. ¿Cómo la tienes? ¿Cómo sales tú en ella si no te conozco?

—Porque —Aeri tragó saliva— tú la tomaste… hace quince años.

Un silencio denso cayó entre ellos. En la calle, un coche pasó con el reguetón a todo volumen. Una pareja discutía en el quinto piso. El mundo seguía siendo normal, salvo por ese agujero en la realidad que acababa de abrirse en la terraza.

Fue entonces que el teléfono de Aeri vibró con una notificación triple.

NAVER NOW: URGENTE

“Jeon Jungkook (29), miembro de BTS, sufre grave accidente automovilístico en la autopista Gyeongbu. El cantante fue trasladado de urgencia al hospital universitario de Asan. Fuentes médicas reportan que se encuentra en coma inducido. El estado es crítico.”

Aeri leyó la noticia una, dos, tres veces. Sus manos sudaban tanto que el dedo resbalaba al hacer scroll. Abajo, los comentarios de ARMYs de todo el mundo llenaban el espacio con teorías, rezos, histeria colectiva.

—No… —musitó—. No puede estar en coma. No puede, si está aquí… si está…

Levantó la vista hacia el chico de quince años, que la observaba con una mezcla de desconcierto y algo que parecía miedo genuino.

—¿Qué dice eso? —preguntó él, señalando el teléfono—. ¿Quién es Jeon Jungkook? Soy yo, pero… ¿veintinueve? ¿Coma? ¡Yo tengo quince años y voy a una audición hoy!

—Ibas —corrigió Aeri, sintiéndose cruel—. Ibas a una audición en 2011. Pero ahora es 2026. Y el Jungkook de mi tiempo acaba de chocar.

El chico se quedó pálido. Dio un paso atrás y se apoyó en la baranda, respirando hondo.

—Cuéntame todo —dijo, con la voz más firme de lo que su cuerpo tembloroso aparentaba—. Desde el principio.

Y Aeri, con el corazón latiéndole en la garganta, le contó.

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Parte 2: Tres meses de milagro

Capítulo 2: La mentira perfecta

A las once de la noche, Aeri bajó a su departamento con Jungkook pegado a su espalda, pisando donde ella pisaba para no hacer ruido. El edificio era viejo, las escaleras crujían, y cada crujido le parecía un disparo.

Su madre, Park Sooyoung, una mujer de treinta y ocho años con el pelo recogido en un moño desordenado y una bata de flores desgastada, los esperaba en la cocina con una taza de té en la mano y una ceja arqueada.

—¿Aeri? —dijo, con esa voz que podía ser dulce o letal según el contexto—. ¿Quién es este chico? Son casi las once. ¿Y por qué viene contigo?

Aeri había ensayado la mentira en las escaleras. Diez veces. En voz baja. Pero al ver la cara de su madre, se le secó la boca.

—Mamá, él es… Junho. Un amigo del campamento de verano. Sus padres tuvieron que viajar urgentemente al extranjero por un problema familiar y no tiene dónde quedarse. Solo por unos días, ¿por favor? —Aeri juntó las manos en señal de súplica.

Jungkook —ahora rebautizado como "Junho"— hizo una reverencia tan pronunciada que su flequillo le tapó toda la cara.

—Mucho gusto, señora. No quiero ser una molestia. Solo… unos días. En lo que mis padres… resuelven. —Su voz temblaba al final.

Sooyoung los miró a ambos en silencio. Un silencio largo, incómodo, que duró lo que Aeri tardó en contar hasta treinta en su cabeza. Conocía a su hija. Sabía de su obsesión con ese ídolo coreano de los pósters, de los suspiros frente al computador, de las carpetas secretas. Algo no cuadraba.

Pero el chico tenía la mirada limpia, asustada, y Aeri nunca había suplicado así, con las manos juntas y los ojos húmedos.

—Está bien —dijo Sooyoung al fin, suspirando—. Una semana. Duerme en el sofá, no en su habitación. Y las puertas abiertas, ¿entendido?

—¡Gracias, mamá! —Aeri la abrazó con tanta fuerza que el té casi se derrama.

Esa noche, mientras Sooyoung se retiraba a su habitación con un último vistazo de desconfianza, Aeri instaló a Jungkook en el sofá del salón. Le dio la manta de ositos que usaba desde niña y una almohada que olía a suavizante de lavanda.

—¿Estás bien? —preguntó, sentándose en el borde del sofá. Sus rodillas casi rozaban las suyas.

Él estaba mirando el techo, las manos cruzadas sobre el pecho.

—No lo sé —admitió, con la voz apagada—. ¿Cómo puedo estar bien? Mi otro yo está en coma. Mis padres en 2011 deben estar volviéndose locos buscándome. El mundo que conocí ya no existe. Y yo estoy aquí, en un sofá, con una chica que dice que soy su ídolo.

—Lo siento —dijo Aeri, bajando la cabeza—. Sé que es mucho. Sé que no pediste venir.

—No te disculpes —él giró la cabeza para mirarla. La penumbra del salón, iluminada solo por la luz de la calle que colaba por la ventana, hacía brillar sus ojos con un reflejo plateado—. Al menos no estoy solo.

Aeri sintió un calor extraño en el pecho. No era la calidez de la admiración. Era algo más íntimo, más peligroso.

—No lo estás —dijo, y se levantó para irse a su habitación—. No lo estarás.

Capítulo 3: La vida en secreto

Los días siguientes fueron una montaña rusa de descubrimientos, risas y una intimidad que ninguno de los dos supo nombrar hasta que fue demasiado tarde.

Día 1: Aeri le explicó qué era un smartphone. Jungkook pasó una hora deslizando el dedo por la pantalla táctil, maravillado como un niño ante un juguete nuevo.

—¿Todo el mundo tiene uno de estos? —preguntó, con los ojos como platos, haciendo zoom en una foto de sí mismo adulto.

—Hasta los niños de siete años —respondió Aeri, riéndose de su cara de asombro.

Le mostró TikTok, Instagram, YouTube. Él se quedó hipnotizado viendo un video de baile de un chico de su edad haciendo el challenge de una canción.

—Yo puedo hacer eso mejor —dijo, con la confianza adolescente intacta.

—Lo sé —respondió Aeri, y él no entendió por qué ella sonrió con tanta nostalgia.

Día 3: Aeri lo llevó a escondidas a un puesto callejero de tteokbokki en la esquina. Jungkook probó el queso fundido por primera vez —en 2011 esa moda no existía— y casi llora de la emoción.

—¡Esto es increíble! —exclamó, con la boca manchada de rojo y una sonrisa enorme—. ¿Qué más me has escondido?

—Hay algo mejor —dijo Aeri, misteriosa.

Esa noche, con los auriculares compartidos y la puerta de su habitación entreabierta por orden de su madre, le puso "Seven" de Jungkook adulto. Él escuchó su propia voz del futuro, con autotune, con inglés, con esa letra explícita que Aeri silenció cuando su madre pasó por el pasillo.

—¿Ese soy yo? —preguntó, sonrojado hasta las orejas, enterrando la cara en la almohada—. ¿Cantando eso?

—Sí —dijo Aeri, sin poder contener la risa—. Y es un éxito mundial. Todos la bailan.

—No puedo creerlo —murmuró él, pero había una chispa de orgullo en sus ojos.

Día 7: La "semana" se convirtió en dos. Sooyoung, aunque dudosa, notó que "Junho" era educado, ayudaba a lavar los platos sin que se lo pidieran, barria el salón y miraba a su hija con una ternura que la hacía sentir incómoda. Demasiado incómoda.

—Aeri —la llamó aparte un martes por la noche, mientras Jungkook se duchaba—. Ese chico… ¿estás segura de que solo es un amigo?

—Mamá, por favor —respondió Aeri, sonrojándose hasta el cuello—. Es solo un amigo. En serio.

Pero no era solo un amigo. Y ambas lo sabían.

Día 15: Aeri y Jungkook veían "Parásitos" en el salón —él no entendió el plot twist; ella tuvo que explicárselo tres veces, gesticulando con exasperación cariñosa—. En una escena oscura, sus manos se rozaron en el mando de la tele. Ninguno apartó la suya. Sus dedos se enredaron casi sin querer, y se quedaron así, mirando la pantalla sin verla, sintiendo el pulso del otro.

—Aeri —susurró él, sin mirarla—. ¿Crees que podré volver?

—No lo sé —respondió ella, la garganta seca—. Pero mientras estés aquí… eres mío.

La palabra "mío" flotó en el aire como un globo a punto de estallar. Jungkook no respondió, pero apretó los dedos con más fuerza.

Día 30: Un mes. El teléfono de Aeri notificaba a diario sobre el estado de Jungkook adulto: seguía en coma. Los médicos no daban esperanzas claras. Las ARMYs del mundo rezaban en velatorios virtuales. Pero en el pequeño departamento de Hongdae, el Jungkook de quince años aprendía a usar el microondas, descubría el helado de matcha, se reía hasta llorar con los videos de gatos en YouTube y, sin quererlo, sin planearlo, se iba enamorando de la chica de catorce que le había abierto su casa, su corazón y su presente.

Capítulo 4: La confesión bajo las estrellas

Día 45. Era noche de luna llena. Aeri y Jungkook subieron a la terraza —el mismo lugar donde todo había empezado, donde el tiempo se había roto— con una manta de picnic, unas patatas fritas de kimchi y una botella de Sprite.

El cielo estaba más despejado de lo habitual. Las estrellas, cómplices, brillaban con más intensidad.

—Mira —dijo Aeri, señalando la constelación de Orión—. Esa es mi favorita. La del cazador.

—La mía también —respondió él, y no era mentira. En Busan, de niño, solía tumbarse en el tejado de sus abuelos a mirar las mismas estrellas.

Llevaban semanas durmiendo poco, hablando hasta las dos de la madrugada, compartiendo auriculares para escuchar las canciones que Aeri le iba mostrando. Ella le había enseñado a bailar el challenge de "Super Shy" de NewJeans; él le había enseñado a silbar como los chicos de su barrio en Busan, con dos dedos en la boca.

Esa noche, algo diferente bullía en el aire. Algo eléctrico.

—Aeri —dijo él, sin mirarla a los ojos, enfocando su mirada en la botella de Sprite que giraba entre sus manos—. ¿Tú crees que cuando vuelva… nos podremos volver a ver?

La pregunta llevaba semanas gestándose en su pecho. Aeri sintió un nudo caliente en la garganta.

—No lo sé —respondió, sincera, con la voz más pequeña de lo que quería—. Tú volverás a 2011. Yo seguiré aquí. Habrá una diferencia de quince años. Tú te convertirás en el Jungkook adulto, el del coma, el que quizá ni siquiera me recuerde.

—Eso es lo que me duele —dijo él, y por primera vez levantó la vista. Sus ojos brillaban con algo que no era solo reflejo de la luna, sino una determinación que no encajaba en un chico de quince años—. Porque yo… yo te recuerdo ahora. Y no quiero olvidarte. No quiero que tú me olvides.

Aeri sintió que el corazón le daba un vuelco tan fuerte que casi le dolió.

—¿Qué quieres decir?

Él se acercó. Apenas unos centímetros. Ella podía sentir el calor de su cuerpo a través de la chaqueta de cuero, podía oler el jabón de su cabello —el de manzanilla que ella misma había comprado para él— y podía ver el latido de su pulso en el cuello.

—Que me gustas —dijo, con la voz temblorosa pero firme—. Que me gustas desde la noche que me viste y, en lugar de tener miedo, me mostraste fotos de mi futuro. Que me gustas cuando te ríes con la boca llena de tteokbokki y no te importa verte ridícula. Que me gustas cuando me corriges el baile y pones los ojos en blanco. Que me gustas aunque tengas catorce y yo quince, aunque sea un imposible, aunque cuando vuelva a mi tiempo todo esto desaparezca. Te quiero, Aeri. Te quiero de verdad.

Aeri se quedó sin aire. Había leído miles de fanfics, había imaginado mil escenarios, había soñado con esta noche desde que tenía once años. Pero ninguno —ninguno— la había preparado para esto.

Las lágrimas le rodaron por las mejillas sin que pudiera evitarlo.

—Yo también —susurró, y las palabras salieron como un escape, como un suspiro contenido durante semanas—. Te quiero, Jungkook. No al ídolo. No al futuro. A ti. Al chico que no sabe calentar la pizza sin quemarla. Al que llora con las películas de Disney pero lo niega. Al que me mira como si yo fuera la única persona en el universo.

Él sonrió. Esa sonrisa que ella conocía de miles de fotos, de cientos de videos, pero que ahora era solo suya. Privada. Íntima.

—¿Puedo…? —preguntó, inclinándose apenas, sus labios a un suspiro de distancia.

—Sí —dijo ella, cerrando los ojos.

El beso fue torpe, adolescente, lleno de dientes que chocan y narices que se aplastan. Jungkook no sabía besar bien —apenas tenía quince años y cero experiencia— y Aeri tampoco. Pero fue perfecto. Fue real. Fue suyo.

Cuando se separaron, los dos estaban sonrojados, respirando rápido, con las frentes apoyadas.

—Eso fue… —empezó él, riendo nervioso.

—Horrible —dijo ella, riendo también—. Hagámoslo otra vez.

Y lo hicieron. Y esta vez fue mejor. Jungkook inclinó la cabeza, encontró el ángulo correcto, y sus labios se sellaron con más confianza. Aeri enredó los dedos en su flequillo, y él soltó un pequeño gemido que la hizo estremecer.

—Te quiero —repitió él contra su boca.

—Y yo a ti —respondió ella, y el universo, por una noche, les perteneció.

Capítulo 5: La escena del baño (el accidente dulce)

Día 52. Era sábado. La madre de Aeri había salido a hacer la compra del mes —un viaje que la llevaría fuera al menos dos horas— y les había dejado la consigna de siempre: "No abran la puerta a nadie, no toquen la cocina, y no se maten".

Aeri se había despertado tarde, con el pelo hecho un nido y la boca pastosa. Decidió que una ducha la devolvería a la vida. No cerró con llave —nunca lo hacía cuando estaba sola— y entró al baño, desnudándose con calma, dejando la ropa en el cesto.

El agua tardó en calentar, así que se entretuvo mirándose en el espejo empañado, dibujando una carita feliz con el dedo. Cuando el vapor empezó a llenar la habitación, abrió la cortina de la ducha y se metió bajo el chorro, gimiendo de placer ante el agua caliente.

Mientras se enjabonaba el cabello —con un champú de coco que olía a vacaciones—, no escuchó los pasos en el pasillo. No escuchó cómo Jungkook se levantó del sofá, medio dormido todavía, y caminó hacia el baño con la mano en la hebilla de su cinturón.

Él estaba acostumbrado a levantarse temprano en Busan, y su vejiga no entendía de días de descanso. Abrió la puerta del baño sin mirar, con la confianza de quien lleva semanas haciendo la misma rutina.

Y entonces la vio.

Aeri estaba de espaldas a él, bajo el chorro de agua. El vapor la envolvía como un velo, pero no lo suficiente. Jungkook pudo ver la curva de sus hombros, el agua resbalando por su espalda, la cintura estrecha que se ensanchaba hacia las caderas, y más abajo… No pudo mirar más abajo porque su cerebro se quedó en blanco.

Se quedó paralizado.

Embobado.

Su boca se abrió ligeramente. Sus ojos, grandes y oscuros, recorrieron la silueta de Aeri con una mezcla de asombro, deseo y pánico. El tiempo se detuvo. Segundos que se sintieron como horas.

Aeri sintió una corriente de aire frío. Algo la hizo girarse.

Y allí estaba él. Jungkook. De pie en el marco de la puerta, con los ojos fijos en su cuerpo, la cara encendida como un farol rojo.

—¡AHHH! —Aeri soltó un grito agudo y se cubrió con los brazos, primero el pecho, luego el pubis, pero sus manos eran demasiado pequeñas para tapar todo— ¡JUNGKOOK, LÁRGATE!

Él reaccionó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Dio un paso atrás, tropezó con el felpudo, y se estrelló contra la pared del pasillo.

—¡LO SIENTO! ¡LO SIENTO MUCHO! —gritó, tapándose los ojos con ambas manos, pero los dedos estaban separados, dejando una rendija— ¡NO SABÍA QUE ESTABAS AHÍ! ¡NO CERRÉ LA PUERTA! ¡NO ESCUCHÉ EL AGUA!

—¡Pues deberías haber escuchado! —aulló Aeri desde dentro, cerrando la cortina de golpe, con el corazón latiéndole tan fuerte que creía que se le iba a salir por la boca— ¡Y deja de mirar!

—¡NO MIRO! —mintió él, y bajó las manos de golpe.

Pero ya era tarde. Ya había visto. Y la imagen de Aeri, mojada, con el agua resbalando por sus senos pequeños y firmes, con el vello púbico oscuro apenas cubierto por sus manos temblorosas, se había quedado grabada en su memoria como un hierro candente.

Corrió a la cocina, se sirvió un vaso de agua fría y se lo bebió de un trago. Luego otro. Luego se metió la cabeza bajo el grifo.

—Estoy muerto —murmuró contra el fregadero—. Estoy completamente muerto.

Diez minutos después, Aeri salió del baño envuelta en una toalla grande, con el pelo chorreando y la cara del color de un tomate. Jungkook seguía en la cocina, de espaldas a ella, con la nuca empapada.

—Puedes girarte —dijo ella, con voz cortante pero temblorosa.

Él se giró despacio. Sus mejillas estaban tan rojas como las de ella.

—Aeri, te juro que no fue a propósito. No oí el agua. No pensé…

—Ya sé —lo interrumpió ella, bajando la cabeza—. No fue tu culpa. Fue mía por no cerrar con llave.

Se quedaron en silencio. El tic-tac del reloj de la cocina parecía una bomba de tiempo.

—¿Viste algo? —preguntó Aeri, con la voz tan pequeña que parecía la de una niña.

Jungkook tragó saliva. Podía mentir. Podía decir que no, que el vapor no dejaba ver nada. Pero algo —la honestidad absurda de los adolescentes, o quizá el deseo— lo empujó a la verdad.

—Sí —admitió, en un susurro—. Vi… vi suficiente.

Aeri se mordió el labio. En lugar de enfadarse, sintió una extraña oleada de calor en el vientre. Algo que no sabía que podía sentir.

—¿Y qué te pareció? —preguntó, sin poder creer que estaba preguntando eso.

Jungkook abrió los ojos como platos.

—¿Qué?

—Que… —Aeri se acercó un paso, la toalla ajustada contra su pecho— que me has visto desnuda. Lo mínimo que puedes hacer es decirme si te gustó.

Él se quedó sin aire. Sus manos temblaban. Dio un paso hacia ella.

—Eres… —su voz era ronca— eres lo más bonito que he visto en mi vida.

El silencio que siguió fue eléctrico. Aeri sintió que las piernas le flaqueaban.

—Mientes —dijo, pero era un susurro.

—No miento —respondió él, y sus manos subieron para tocarle los hombros desnudos, donde la toalla no cubría—. Eres perfecta, Aeri.

Ella cerró los ojos. Su piel ardía donde él la tocaba. Y cuando los abrió, vio que Jungkook la miraba de la misma manera que la había mirado en el baño: con deseo, con hambre, pero también con algo más suave. Algo que parecía decir "te quiero" sin usar palabras.

—Bésame —pidió ella.

Y él la besó.

Fue diferente a todos los besos anteriores. Más profundo, más húmedo, con las lenguas encontrándose y las manos viajando. Jungkook deslizó sus dedos por la curva de su espalda, justo donde la toalla terminaba. Aeri gimió contra su boca.

—No puedo parar —murmuró él, separándose apenas, con la respiración cortada—. Si sigo, no voy a poder parar.

—Entonces no pares —respondió ella, y tomó su mano para guiarla bajo la toalla.

Pero en ese momento, la llave de la puerta principal giró.

—¡Aeri! ¡He vuelto! —la voz de Sooyoung retumbó en el pasillo—. ¿Has desayunado algo?

Se separaron como si les hubiera pegado un latigazo. Jungkook saltó hacia el sofá y agarró el mando de la tele, simulando que llevaba horas viendo un programa de cocina. Aeri corrió a su habitación, se puso la sudadera morada y unos leggins a toda velocidad, y salió al salón con el pelo todavía mojado.

—¡Mamá! ¡Qué pronto! —dijo, con una sonrisa demasiado amplia.

Sooyoung la miró. Miró a Jungkook, que no apartaba los ojos de la pantalla. Miró el baño con la puerta abierta y la toalla de Aeri en el suelo.

—¿Ha pasado algo mientras no estaba? —preguntó, con la voz peligrosamente neutra.

—¡Nada! —respondieron los dos al unísono, demasiado rápido.

Sooyoung suspiró. No dijo nada más. Pero esa noche, antes de dormir, llamó a Aeri a su habitación y le dijo, con una calma que daba más miedo que un grito:

—Hija, ese chico se va a la próxima semana. Me da igual lo de sus padres. Que se busque un hostal.

Aeri quiso protestar, pero su madre levantó una mano.

—No es negociable.

Y cerró la puerta.

Capítulo 6: El primer amor en la oscuridad

Días 53 a 89. La cuenta atrás había empezado. Aeri y Jungkook sabían que les quedaba poco tiempo, y eso los volvió voraces.

Cada momento a solas era una oportunidad. Cada vez que Sooyoung salía a trabajar o a la compra, se encerraban en la habitación de Aeri y se besaban hasta que los labios les dolían. Aprendieron los mapas de sus cuerpos con la devoción de exploradores.

Día 60: Jungkook le besó el cuello por primera vez, y Aeri descubrió que tenía una zona erógena justo detrás de la oreja. Se quedó sin habla y él sonrió con orgullo.

—Lo recordaré —dijo.

—Apúntalo —respondió ella, riendo.

Día 68: Aeri se sentó en su regazo mientras veían una película. Jungkook no pudo concentrarse en la trama en absoluto. Sus manos viajaron hasta sus caderas y la apretaron contra él. Ella sintió algo duro bajo los jeans y se sonrojó hasta las orejas.

—¿Eso es…? —preguntó, sin atreverse a mirar.

—Sí —respondió él, con la voz ronca—. Lo siento. No puedo controlarlo.

—No lo sientas —susurró ella, y movió las caderas apenas, solo para ver su reacción.

Jungkook gimió, bajo, gutural, y la besó con una ferocidad que la dejó sin aliento.

Día 75: Fue la noche más intensa. Sooyoung tenía turno nocturno en el hospital —era enfermera— y la casa quedó vacía hasta la mañana siguiente.

—Estamos solos —dijo Aeri, con una sonrisa nerviosa.

—Lo sé —respondió Jungkook, con la voz grave—. Y tengo miedo.

—¿Miedo de qué?

—De no poder parar.

Aeri se acercó a él en el sofá. Sus rodillas chocaron. Sus frentes se juntaron.

—¿Quieres parar? —preguntó ella, con un hilo de voz.

—No —admitió él—. Por eso mismo tengo miedo.

Esa noche, por primera vez, cruzaron líneas que sabían que no podrían volver atrás. Jungkook deslizó sus manos bajo la sudadera de Aeri, rozando la piel de su espalda con dedos temblorosos. Ella se arqueó hacia él, ofreciéndose sin reservas.

—¿Estás segura? —preguntó él, con los ojos oscuros, la respiración agitada.

—Segura —respondió ella, besándole el cuello, mordiéndole el lóbulo de la oreja.

Él la tumbó suavemente en el sofá. La besó en los párpados, en la nariz, en las comisuras de los labios. Luego bajó. Le besó el cuello, las clavículas, el hueco entre sus senos a través de la tela de su camiseta. Aeri gemía en voz baja, con las uñas clavadas en sus hombros.

Cuando Jungkook levantó la camiseta y la besó en el vientre, justo encima del ombligo, Aeri pensó que iba a morir de placer.

—No sabía que se podía sentir así —susurró.

—Yo tampoco —respondió él, y siguió bajando.

No llegaron al coito —eran demasiado jóvenes y sabían que no estaban preparados— pero descubrieron el placer de las manos, de las caricias íntimas, de aprender a dar y recibir. Jungkook la tocó por primera vez allí abajo, con dedos torpes pero atentos, y Aeri se retorció bajo él, mordiéndose el puño para no gritar.

—¿Te duele? —preguntó él, preocupado.

—No —jadeó ella—. No pares.

Y él no paró. La llevó al borde del abismo dos veces antes de que ella le devolviera el favor con manos temblorosas. Cuando terminaron, los dos estaban empapados de sudor, enredados en el sofá, riendo como idiotas.

—Te quiero —dijo Jungkook, abrazándola por detrás, con la nariz hundida en su cabello mojado.

—Te quiero más —respondió Aeri, y por primera vez entendió que el amor de verdad no era como los fanfics: era más desordenado, más torpe, más sucio, pero infinitamente más real.

Capítulo 7: La pregunta sin respuesta

Día 88. Faltaban dos días para que se cumplieran los tres meses. Jungkook había estado callado toda la tarde, mirando por la ventana de la habitación de Aeri, con la pulsera roja que ella le había dado girando en su muñeca.

—Aeri —dijo, sin volverse—. ¿Qué va a pasar con nosotros?

Ella se acercó por detrás y le rodeó la cintura con los brazos.

—No lo sé.

—Cuando vuelva a mi tiempo —continuó él, con la voz tensa—, tendré quince años. Tú tendrás catorce. Pero pasarán quince años hasta que tú llegues a mi edad. Y yo mientras tanto… viviré mi vida. Me convertiré en ese ídolo. Y quizá te olvide.

—No me olvidarás —dijo Aeri, con una seguridad que no sentía del todo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo no te he olvidado a ti —respondió ella, y él se giró para mirarla con el ceño fruncido—. Llevo tres años siendo tu fan. He visto cada entrevista, cada directo, cada foto. Y siempre supe que había algo en ti, algo que no podía explicar. Ahora entiendo qué era. Era esto. Era nosotros.

Jungkook la abrazó con fuerza.

—¿Y si la diferencia de edad es un problema? Cuando yo tenga veintinueve, tú tendrás veintiocho. No es nada. Pero el camino hasta allí… tú serás una adolescente, y yo un adulto. Eso está mal, Aeri. La gente lo verá mal.

—Pero ahora no —dijo ella, separándose para mirarlo a los ojos—. Ahora tienes quince años. Yo catorce. Aquí, en esta línea de tiempo, somos dos adolescentes que se quieren. Y no voy a renunciar a esto por miedo al qué dirán dentro de quince años.

Él la besó. Largo, profundo, desesperado.

—Te quiero libremente —murmuró contra sus labios—. Sin importar nada más.

—Y yo a ti —respondió ella.

Capítulo 8: El regreso

Día 90. El día que Jungkook adulto despertó del coma.

La noticia llegó a las 7:23 de la mañana, cuando Aeri estaba sirviendo cereales en la cocina y Jungkook cepillaba sus dientes con el cepillo verde que había adoptado como suyo.

NAVER NOW: URGENTE

“Jeon Jungkook ha despertado del coma inducido. Los médicos reportan signos vitales estables. El ídolo ha pedido ver a su familia. No se dan más detalles.”

Aeri leyó la noticia en voz alta. Jungkook salió del baño con la espuma en la boca. Leyó la pantalla. Se quedó paralizado.

—Es hoy —dijo, escupiendo en el lavabo—. Voy a volver.

—No —susurró Aeri, negando con la cabeza—. No puede ser hoy. Aún no…

—Aeri —él se acercó y la tomó de las manos. Las suyas estaban frías—. Llevo tres meses aquí. El otro yo está despierto. El universo me está llamando.

Ella rompió a llorar. No lágrimas discretas, sino sollozos que le sacudían todo el cuerpo.

—No quiero que te vayas —gimió—. No quiero volver a mirar el teléfono y ver tu cara en un cartel. No quiero ser solo una fan otra vez.

—Nunca serás solo una fan para mí —dijo él, secándole las mejillas con los pulgares—. Por favor, Aeri. Confía en mí.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó ella, entre hipidos.

—Esperarme. Yo haré todo lo posible por volver a ti. Aunque tenga que convertirme en la estrella más grande del mundo para que me veas. Aunque tenga que esperar quince años. Te encontraré.

—Pero yo seré mayor —dijo Aeri, con una risa amarga—. Cuando tú tengas veintinueve, yo tendré veintiocho. La diferencia de edad será solo un año. Pero ahora… ahora tú vuelves a tus quince, y yo me quedo con mis catorce, y viviremos separados quince años enteros.

—Quince años no son nada —respondió él, con una seguridad que no era de su edad—. Si el amor es de verdad, el tiempo solo lo hace más fuerte.

Subieron a la terraza. El cielo estaba despejado, sin nubes, como si el universo también supiera que era hora.

—Toma esto —dijo Aeri, desatando la pulsera de hilo rojo de su muñeca—. Es de esas que piden un deseo. El mío era conocerte. Pide el tuyo.

Jungkook se la ató en la muñeca derecha. Cerró los ojos.

—Deseo volver a encontrarte.

La luz empezó a brillar detrás de él. Suave al principio, luego más intensa. Su cuerpo se volvió transparente.

—¡Jungkook! —gritó Aeri, abalanzándose para abrazarlo, pero sus brazos atravesaron el aire.

—¡Espérame! —fue lo último que él dijo, antes de desaparecer en un destello blanco.

Aeri se quedó sola en la terraza, abrazándose a sí misma, con el eco de su voz en los oídos y una pulsera idéntica en su muñeca izquierda.

El teléfono vibró.

NAVER NOW: ACTUALIZACIÓN

“Jeon Jungkook, tras despertar del coma, ha dado su primera declaración: ‘Tengo que encontrarla. Se llama Aeri.’ Los fans están confundidos.”

Aeri sonrió entre lágrimas.

Espérame, pensó. Siempre te esperaré.

---

Parte 3: La cuenta atrás

Capítulo 9: Los años de espera

2017: Aeri cumplió quince años. En las noticias, Jungkook de veinte llenaba estadios. Ella lo miraba por la televisión, con la mano en la pulsera roja, y susurraba: "¿Me recuerdas?"

2020: Pandemia. Aeri, de dieciocho, entró a la universidad a estudiar producción musical. No era casualidad. Quería estar cerca de su mundo. En los directos de Instagram, Jungkook de veintitrés a veces miraba a cámara de una forma que le helaba la sangre. ¿Lo veía a ella?

2023: Aeri, veintiún años, consiguió una pasantía en HYBE. No en el área artística —era solo asistente de logística— pero caminaba por los mismos pasillos donde él ensayaba. Una vez se cruzaron en el estacionamiento. Jungkook de veintiséis pasó junto a ella sin mirarla. Aeri se quedó petrificada, el corazón en un puño.

Esa noche, en su estudio, lloró hasta quedarse dormida.

Pero al día siguiente, encontró un papel doblado debajo de la puerta de su oficina. Decía: "La pulsera roja. ¿Eres tú?"

Era la letra de Jungkook. Lo reconocería entre mil.

Capítulo 10: El reencuentro

Se vieron en secreto durante meses. Jungkook —el adulto, el de veintiséis años, el que había vivido quince años sin ella— la recibió en su estudio con los ojos llorosos.

—¿Eres tú? —preguntó él, tocándole la cara como si fuera un espejismo—. ¿La chica de la terraza?

—Soy yo —respondió Aeri, con la voz rota—. ¿Me recuerdas?

—Recuerdo todo —dijo él, y la abrazó con una fuerza que dolía—. La tteokbokki con queso. La película de Parásitos. Tu sudadera morada. El beso torpe en la terraza. La noche del baño. Todo, Aeri. Lo recuerdo todo. No sé cómo, pero lo recuerdo.

—Pero tenías quince años —dijo ella, separándose para mirarlo—. ¿Cómo es que tú…?

—Cuando desperté del coma —explicó él, pasándose la mano por el cabello—, tenía los recuerdos borrosos. Como un sueño muy vívido. Pero al ver tu nombre en la pasantía, al ver tu cara en el pasillo… todo volvió. No sé si fue el viaje en el tiempo o un milagro, pero aquí estoy.

—Aquí estás —repitió Aeri, y lo besó.

Fue diferente al primer beso. Este era adulto, seguro, lleno de catorce años de espera. Jungkook la alzó en el aire y la sentó en el escritorio, besándole el cuello, las clavículas, las manos.

—Te he esperado tanto —murmuró entre beso y beso.

—Yo también —respondió ella, enredando los dedos en su cabello.

Esa noche no durmieron. Hablaron hasta el amanecer, rellenando los huecos de quince años. Jungkook le contó las giras, las canciones, las noches de insomnio en hoteles de lujo. Aeri le contó la universidad, las veces que lloró viendo sus conciertos en vivo, la noche que casi le cuenta la verdad a su madre.

—¿Y tu madre? —preguntó él—. ¿Sabe algo?

—Nunca le dije la verdad —admitió Aeri—. Solo que "Junho" se había ido a estudiar al extranjero.

—"Junho" —rió Jungkook—. Qué nombre más feo.

—Fue lo primero que se me ocurrió.

Se rieron hasta que les dolió la barriga. Y luego, entre risas y miradas cómplices, Jungkook la llevó al sofá de su estudio.

—Ahora somos adultos —dijo, con la voz grave—. Ya no tenemos que parar.

—No —respondió Aeri, desabrochándole la camisa con dedos temblorosos pero decididos—. Ya no.

Y esa noche, por primera vez, cruzaron todas las líneas. Jungkook fue cuidadoso, casi reverente, besando cada centímetro de su piel como si fuera un texto sagrado. Aeri se entregó sin miedo, con la confianza de quien ha esperado quince años para un momento así.

—Te quiero —susurró él, justo antes de que el mundo se desdibujara.

—Siempre te he querido —respondió ella, y se dejó llevar.

---

Parte 4: El final feliz

Capítulo 11: La boda

Dos años después, Aeri cumplió veintitrés. Jungkook tenía veintiocho —casi veintinueve— y acababa de anunciar su retiro temporal de los escenarios.

Las ARMYs del mundo entero especulaban. "¿Por qué se retira en su mejor momento?" "¿Está enfermo?" "¿Se casa?"

La última opción era la correcta.

La boda fue en Busan, en la playa donde Jungkook solía jugar de niño. Un evento pequeño, solo familiares cercanos y unos pocos amigos. La madre de Aeri, Sooyoung, lloró cuando supo la verdad —"¿Ese chico era realmente Jungkook? ¿El ídolo?"— pero al final aceptó, porque había visto a su hija sonreír como nunca.

Jungkook llevaba un traje negro sencillo. Aeri, un vestido blanco corto, con las mangas moradas en honor a su sudadera de los catorce años.

—¿Lista? —preguntó él, tomándole las manos frente al altar.

—Llevo quince años lista —respondió ella.

Se besaron bajo un arco de flores, con el mar de fondo y el atardecer pintando el cielo de naranja. No hubo destellos de luz ni viajes en el tiempo. Solo dos personas que se habían encontrado de la forma más improbable y habían decidido no soltarse nunca.

Capítulo 12: Los hijos y el legado

Primer año de matrimonio: Aeri quedó embarazada. Jungkook, que había jurado no volver a los escenarios por un tiempo, compuso una canción para la pancita. "Estrella fugaz" se llamaba. Los fans la escucharon y lloraron sin saber que era un homenaje a su origen.

Segundo año: Nació Jeon Ha-rin, una niña con los ojos grandes de su padre y la sonrisa traviesa de su madre. Jungkook lloró cuando la sostuvo en brazos.

—Es igual a ti —dijo Aeri, agotada pero feliz.

—Es igual a nosotras dos —corrigió él, besándole la frente.

Tercer año: Jungkook volvió a la música, pero a medio tiempo. Llenaba estadios durante tres meses y luego se tomaba nueve para estar en casa. Aeri trabajaba como productora musical independiente, y a menudo colaboraban juntos en canciones que nadie sabía que eran sobre ellos.

Año 5: Nació Jeon Ji-hoo, un niño inquieto que heredó el talento para el baile de su padre y la terquedad de su madre. Aeri bromeaba diciendo que el universo le había dado dos réplicas de Jungkook para volverla loca.

Noche de bodas de plata: Veinticinco años después de aquel destello en la terraza, Aeri y Jungkook se acostaron bajo las estrellas en la misma azotea de Hongdae. El edificio había cambiado, pero la baranda seguía siendo la misma.

—¿Te arrepientes? —preguntó Jungkook, con el cabello ya canoso en las sienes.

—¿De qué? —respondió Aeri, recostada en su pecho.

—De haberme esperado. De haber renunciado a una vida normal.

Ella se incorporó para mirarlo. Tenía cincuenta y tres años. Él, cincuenta y cuatro. Sus caras estaban marcadas por el tiempo, pero sus ojos seguían siendo los mismos.

—Nunca —dijo, besándole los labios—. Tú caíste del cielo un martes por la noche y yo no he vuelto a mirar el cielo de la misma manera. Eres mi estrella fugaz, Jeon Jungkook. Y las estrellas fugaces no se piden. Se agradecen.

Él sonrió, esa sonrisa de colmillos que ella había visto por primera vez en un chico de quince años asustado en una terraza.

—Te quiero, Aeri.

—Y yo a ti. Desde antes de conocerte.

En el cielo, una estrella fugaz cruzó el firmamento. Pero no pidieron ningún deseo. Ya tenían todo lo que siempre quisieron.

FIN

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