Prólogo
PRÓLOGO.
El vacío. Ecuánime expresión donde cualquier ser vale lo mismo, por más fuerte que sea su grito. Una antesala a la exposición de un ser que dedica su vida a que la magia sea un artilugio de múltiples beneficios, y dado a las quebradizas líneas del destino, su más odiado conocer, se hace parte de su misma carne. La volatilidad de un deseo inocente se puede transformar en una rama que condena al justo o injusto en un mismo útero.
No hay redención sin caída, ni conocimiento sin pérdida. Quien busca dominar lo que otros temen, termina por vaciarse a sí mismo. La nigromancia no es un arte de tinieblas, sino de umbrales: un puente tendido entre lo que fue y lo que ya no es, entre el aliento y el silencio, entre el amor que se aferra y la muerte que todo lo disuelve. Y en ese tránsito, el alma se despoja de cuanto creía ser. Esta es la crónica de ese despojo. Del lento vaciado de un corazón que latió demasiado fuerte en un mundo que ya no escucha. Del eco de unos pasos que se internaron en la niebla buscando respuestas, y hallaron, en lugar de verdades, más preguntas. Del fuego que no calcina, sino que purifica. Del hielo que no mata, sino que conserva. Del viento que no empuja, sino que eleva.
“Porque el vacío no es el final. Es el lugar donde todo vuelve a empezar”.








