La niña que no debía romperse
CAPÍTULO 1
La sangre cayó sobre el suelo.
Una gota.
Dos.
Tres.
Y después silencio.
Sentí todas las miradas clavarse sobre mí.
Veintisiete compañeros observándome como si fuera un espectáculo.
Como si mi vergüenza fuera algo divertido.
Como si yo no fuera una persona.
-¿Vas a quedarte ahí parada todo el día? -preguntó la profesora.
Su voz sonó fría.
Vacía.
Como siempre.
Llevé una mano a mi nariz.
La sangre seguía saliendo.
Mis dedos comenzaron a teñirse de rojo.
Tenía nueve años.
Nueve.
Y aun así ya sabía lo que era querer desaparecer.
No morir.
No dejar de existir.
Solo desaparecer por un rato.
Volverme invisible.
Ser una sombra.
Algo que nadie pudiera tocar.
Algo que nadie pudiera lastimar.
Pero yo no era invisible.
Nunca lo fui.
Por eso escuché cada una de las risas.
Cada susurro.
Cada palabra.
-Ahí está la huérfana.
-Siempre llora.
-Qué ridícula.
Bajé la mirada.
No quería llorar.
No delante de ellos.
No otra vez.
La profesora cruzó los brazos.
-Limpia el piso.
Ahora.
Las lágrimas comenzaron a arder detrás de mis ojos.
Respiré profundo.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
No funcionó.
Tomé una servilleta de mi mochila y me arrodillé.
La sangre desapareció del suelo mucho antes de desaparecer de mi memoria.
Porque algunas heridas dejan cicatrices.
Y otras se quedan viviendo dentro de uno.
Si alguien me hubiera preguntado ese día cuándo empezó todo, habría señalado aquel salón.
Aquella profesora.
Aquellas risas.
Pero estaría equivocada.
Porque mi historia había comenzado mucho antes.
Mucho antes de esa escuela.
Mucho antes de esas heridas.
Mucho antes de aprender que algunas personas disfrutan viendo sufrir a otras.
Todo había comenzado el día que nací.
Y la verdad era simple.
Nunca tuve un papá.
Ni una foto.
Ni una llamada.
Ni un cumpleaños compartido.
Nada.
Solo preguntas.
Preguntas que crecían conmigo.
Preguntas que nadie respondía.
Mi mamá siempre decía que el día en que nací estaba lloviendo.
Una tormenta enorme.
De esas que hacen temblar las ventanas.
De esas que obligan a la gente a quedarse en casa.
Ella estaba sola en el hospital.
Completamente sola.
Sin familiares.
Sin amigos.
Sin nadie que la acompañara.
Solo ella.
Y yo.
A veces me preguntaba qué había sentido cuando me vio por primera vez.
Si tuvo miedo.
Si lloró.
Si pensó que no podría hacerlo.
Porque la verdad era que no tenía nada.
Ni dinero.
Ni estabilidad.
Ni ayuda.
Solo una bebé recién nacida y una montaña de problemas esperándola afuera.
Pero mi mamá era diferente.
Siempre encontraba la manera de seguir adelante.
Aunque estuviera cansada.
Aunque tuviera miedo.
Aunque el mundo entero pareciera estar en su contra.
Por eso trabajaba tanto.
Demasiado.
Cuando yo era pequeña limpiaba casas.
Vendía comida.
Cuidaba personas mayores.
Cosía ropa por las noches.
Aceptaba cualquier trabajo que apareciera.
Cualquier cosa que ayudara a pagar las cuentas.
Cualquier cosa que me permitiera estudiar.
Y mientras otros niños crecían viendo a sus padres llegar juntos a las reuniones escolares, yo aprendía a esperar sola.
Porque mamá casi siempre estaba trabajando.
Luchando.
Sobreviviendo.
Por nosotras.
Y aunque nunca se lo dije, durante mucho tiempo pensé que todo era culpa mía.
Que si yo no hubiera nacido, ella habría tenido una vida más fácil.
Más tranquila.
Menos dolorosa.
Tardé años en entender que estaba equivocada.
Pero para cuando lo comprendí, muchas cosas dentro de mí ya se habían roto.
Y algunas de ellas jamás volverían a repararse.
Porque esta no es una historia sobre una niña feliz.
No es una historia de cuentos de hadas.
No es una historia donde todo sale bien.
Es la historia de una niña que aprendió demasiado pronto que el mundo puede ser cruel.
Y que algunas personas tienen que sobrevivir a cosas que nunca deberían haber vivido.
Yo era una de ellas.
Y lo peor todavía estaba por venir.





![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)


