Prologo - Sael Vor
~Avilinium, segundo planeta del sistema Vel’har. Ubicado en la perfecta franja de la zona habitable, de órbita densa y vegetación perpetua. Las lluvias semanales y la espesa niebla que permanece constante hacen que su ciudad comercial, Vel’narok, sea engullida por el ambiente desde todos lados.
Las raíces de la jungla levantan el asfalto, las ramas cruzan sobre los techos. Y el comercio crece día a día.
Incluso para lo ilegal.~
Había algo distinto en la forma en que la ciudad olía esa noche.
Sael Vor lo notó al salir del salón de archivos, ese olor húmedo y denso de la selva mezclado con algo más, algo sintético, fuera de lugar. La lluvia había parado hacía media hora pero los árboles seguían goteando sobre el asfalto con un ritmo lento e irregular, como dedos tamborileando.
Caminó.
Con un paso suave y ligero. Al mismo ritmo de siempre, con las manos fuera de los bolsillos y la mirada al frente. Un Varek que camina distinto porque tiene miedo es un Varek que ya perdió. Eso lo aprendió a los ocho años y no lo había olvidado.
Lo que había visto adentro seguía en su cabeza, no como pensamiento sino como peso. Bastó una sola mirada de reojo a algo que no tenía que ver para ser ahora la cruz en rojo de un muro blanco.
Ella sabía muy bien que ahora era la cruz, mientras que la misma ciudad era ese terreno pálido que hacía que destacara desde todos lados. Bastante curioso para la naturaleza física de los Varek. Pieles pálidas con venas bioluminiscentes de luz opaca color plata. Pero esta noche su piel, que de costumbre le permitía pasar inadvertida, no la ayudaría a desviar miradas acechantes.
No corras. No mires atrás. Camina.
La calle era estrecha y poco transitada, flanqueada por edificios bajos de piedra gris cubiertos de musgo. Las luces de la ciudad llegaban débiles hasta ahí — la mayor parte del alumbrado público había sido absorbido por la vegetación hacía décadas y nadie lo había reemplazado. Vel’Narok era una ciudad que convivía con la selva más que dominarla. En algunos barrios era difícil saber dónde terminaba una y dónde empezaba la otra.
El primer seguidor apareció a su izquierda desde atrás, ubicado del otro lado de la calle.
No lo vio, lo escuchó. Un paso sobre una rama caída, un sonido de medio segundo que la mayoría de la gente habría ignorado. Sael no era la mayoría de la gente. Contó en silencio la distancia y ajustó su trayectoria levemente hacia el centro de la calle, alejándose de las sombras más densas junto a los edificios.
El segundo apareció adelante, unos cuarenta metros, saliendo de un pasaje lateral con demasiada calma. Caminaba hacia ella sin apuro. Como alguien que sabe que no hay prisa.
Dos. Probablemente tres.
Sael se detuvo.
No porque tuviera miedo. Sino porque seguir caminando hacia el de adelante con el de atrás cerrando la distancia era dejar que eligieran el terreno. Prefería elegirlo ella.
El de adelante era grande, más alto que ella por al menos cuarenta centímetros, complexión pesada, sin uniforme ni insignia. Ropa neutral, cara cubierta por una máscara de filtro de aire, de las que usaba todo el mundo en los barrios con humedad alta. Conveniente.
No dijo nada.
Sael tampoco.
Cuando atacó lo hizo directo, sin advertencia, sin gesto previo. Una derecha hacia su cabeza con el peso del cuerpo detrás. Sael giró el torso, dejó que el puño pasara a centímetros de su oreja, agarró la muñeca extendida con ambas manos, giró ciento ochenta grados manteniendo el agarre, quedando de espaldas al atacante, con la mirada clavada en el segundo que cerraba desde atrás. Acercó su cadera a la del primero y, usando el impulso del propio ataque contra él, lo levantó y lo lanzó hacia el suelo. El impacto contra el asfalto fue seco. Sael se desplazaría con un pequeño salto hacia la dirección contraria donde lanzo al anterior, así podría tener un vista mas amplia del terreno y sus dos contrincantes en frente de ella
Antes de que pudiera reorientarse, el primero alzo bien alto su mano mientras permanecía en el suelo, instantáneamente un dispositivo esférico estalló en su mano con un destello cegador.
Vaya. Una Destelladora.
El entorno de Sael se volvió blanco durante unos segundos. Cuando la visión volvió, el segundo atacante ya estaba encima de ella, había aprovechado la ceguera para cerrar la distancia mientras el primero se ponía de pie.
Sael lo sintió antes de verlo del todo, el desplazamiento de aire, el sonido de pasos acelerando. Se giró a tiempo para recibir el golpe en el antebrazo en lugar del cuello. El dolor fue inmediato y claro, como siempre. No lo ignoró, lo registró, lo archivó, y siguió.
Este era más rápido que el primero. Entrenado. Los intercambios que siguieron fueron cortos y violentos, sin pausa entre ellos. Sael recibió un codazo en las costillas que le cortó el aliento por un momento. Respondió con una rodilla al plexo solar que dobló al atacante hacia adelante, y un golpe descendente en la nuca que lo llevó al suelo.
El primero ya estaba de pie y cerraba desde atrás.
Tres.
El tercero salió de entre dos árboles a su derecha, más cerca de lo que esperaba. Este llevaba algo en la mano — una vara de descarga eléctrica, del tipo que usaba la seguridad privada en los puertos comerciales. No era un arma de matar. Era un arma para aturdir y detener.
A ella la querían callada, no muerta. Al menos todavía.
Sael evaluó el espacio disponible, la distancia entre los tres, la posición de sus propios pies sobre el asfalto mojado. Todo en menos de un segundo. El primero venía de atrás, el tercero cerraba por la derecha cerca del segundo, y este seguía en el suelo pero se estaba incorporando.
Se movió hacia el tercero antes de que terminara de levantar la vara.
No era la opción que cualquiera habría elegido, moverse hacia el arma en lugar de alejarse. Pero alejarse la dejaba entre los tres, y entre los tres era donde eventualmente perderia. Adentro del radio de la vara era donde el tercero no podía usarla sin arriesgarse a golpear a sus propios compañeros.
Lo que siguió fue brutal, rápido y silencioso.
Sael Vor no emitió un solo sonido en ningún momento de la pelea. Ni cuando algo se fracturó en su antebrazo izquierdo — un crujido pequeño y definitivo que sintió más que oyó. Ni cuando cayó de rodillas sobre el asfalto mojado por un barrido que no llegó a esquivar del todo. La combinación y la sinergia de los tres hizo que se llevara golpes en puntos que importaban. Pero siempre se levantó. Siempre siguió.
Cuatro minutos después los tres estaban en el suelo.
Sael seguía de pie, respirando con cuidado para no agravar el dolor en las costillas. La calle había vuelto al silencio. La selva seguía goteando. Una criatura nocturna de alguna especie sin nombre llamó desde las ramas altas con un sonido suave y repetido.
Miró a los tres hombres en el suelo. Ninguno la miraba a los ojos. Ninguno hablaría. ese tipo de gente nunca hablaba. Eran herramientas. Las herramientas no saben para qué las usan.
Alguien sabe lo que vio.
Y quiso callarla antes de que ella supiera qué hacer con eso.
Se ajustó el antebrazo izquierdo contra el costado como soporte improvisado y siguió caminando.
Tres cuadras después, su COMI vibró. Lo revisó y notó que había recibido una notificación de la Unión Urzikal.
Sael leyó la notificación una vez.
La guardó.
Soltó un leve suspiro y siguió caminando hasta perderse en la niebla.
Tendré que tener cuidado a partir de ahora.








