El viejo
—Cada vez me emociono más fácilmente —me dijo el viejo después de un largo silencio, sin intentar esconder la humedad que brotaba de sus ojos y se agolpaba en los bordes sin acabar de rodar por sus mejillas, cuando las últimas notas de una poesía hecha canción se extinguían en la habitación cerrada y calurosa. Su frágil contextura hacía necesario mantener a raya el frío que se presentía en el exterior por lo que la calefacción central funcionaba con fuerza, pero tenía frente a si un gran ventanal a través del cual el Océano Pacífico desplegaba toda su magnitud y belleza. Me miró con esos ojos suyos de color indefinido, ojos aguados que no lograban decidirse entre el azul claro y el gris, cogió mi mano. Pero no la sostuvo de manera inerte, como suele hacer la gente. Tal como era su costumbre, la mantuvo encerrada entre las suyas, oprimiéndola a intervalos regulares, como si fuese el latido de un corazón o el compás tranquilo de los punteros de un reloj. Su pulgar se hundía con insistencia en la pequeña depresión entre mi pulgar y el índice. Me hacia un poco de daño. Era una presión firme, al borde del dolor, pero no me atrevía a zafarme. Fue en ese momento, a través de ese pequeño daño físico, que me invadió una certeza absoluta y gélida, de esas contra las cuales se estrella cualquier lógica: supe, con una claridad lacerante, que algún día echaría de menos precisamente esa presión intermitente, ese dolor. Que extrañaría la molestia de su pulgar tanto como extrañaría sus palabras y que me arrepentiría de haberme soltado alguna vez. Sentí la trascendencia de los momentos extraordinarios que dejamos pasar por incomodidad o prisa. Fue un pensamiento tan veloz que apenas merecería ese nombre. Pero, años más tarde, regresaría intacto cuando la realidad me enfrentó a esa verdad, a la nostalgia por una presión que ya nunca, nunca más, volvería a sentir.
La voz del viejo me devolvió al presente. Esa voz que aún conservaba su firmeza, y en la que ahora tan solo se percibía un leve dejo autoburlón, mientras agregaba: —Parece que con cada año que cumplo, las lágrimas suben con más facilidad y el corazón siente más profundas todas las emociones que dominé durante toda mi vida. Esa es la ventaja de ser viejo: ya no tienes que jugar un papel. Por fin puedes ser tú mismo, sin dejarte guiar por lo que se espera de ti como hombre en esta sociedad. Nos han inculcado las cosas que hacen los hombres, nos han obligado socialmente a ser de una manera. Los hombres no juegan con muñecas, los hombres tienen habilidades técnicas, los hombres… ¿Sabías tú que desde que tengo uso de razón he tenido que escuchar, una y otra vez, que los hombres no lloran? Y no llorar significa sofocar las emociones, morderse la lengua cuando uno querría, de vez en cuando, gritar su angustia a los cuatro vientos hasta quedarse sin aire, hasta que el alma se quede vacía. O, al menos, vivir la liberación que significa llorar a sollozos incontrolados un dolor inmenso. Siempre he envidiado a las mujeres por eso. No por el papel que se les ha inculcado a ellas, que también son prisioneras de los límites que se les han impuesto desde que nacen, sino por el permiso social de expresar su pena, sus sentimientos y sus emociones.
Mientras hablaba, había dejado de ser el anciano sentado reposadamente frente a una gran terraza invernal, contemplando el sol perderse en el océano. Era nuevamente el hombre con aquel pensar enorme y claro que había conocido de toda mi vida, el que desde que tenía uso de razón había llenado los espacios con su voz sonora, recitando clásicos, desarrollando ideas y discutiendo sin fin sobre política y sobre historia.
Me quedé perpleja. Yo le visitaba por cariño, con un profundo respeto por su sabiduría, su experiencia, sus años. Y, por qué no decirlo, con ese dejo de condescendencia que la gente más joven siempre tiene hacia una persona mayor. Son personas venerables, pero que ya han salido de la vida activa. «Sus años están contados», decimos, sin advertir —sin querer advertir— que nuestros años siempre están contados; sin darnos cuenta realmente de la enorme irracionalidad de ese pensamiento.
Jamás se me había ocurrido tampoco concebir la vejez como una forma de liberación de cadenas. El momento en que, por fin, podemos deshacernos de prejuicios, de obligaciones sociales que nos limitan como personas. Es el momento en que, por fin, podemos escribir ese libro que siempre habíamos soñado, decir lo que siempre nos habíamos guardado, mirar con calma lo que siempre habíamos pasado por alto debido a las prisas.
La habitación había quedado en penumbras, pero el viejo continuaba mirando los últimos rayos de sol que se hundían en el mar. O eso creía yo. Me miró con dulzura y me di cuenta de que había estado esperando; había dejado que su lección entrara en mi pensamiento, hiciera el recorrido por mi cerebro y se asentara finalmente en mi mente y en mi corazón. Que lo comprendiera, en definitiva. Y esa también era la diferencia, me dije a mí misma, marcada siempre por la impaciencia de esperar ser entendida de inmediato: aquellos que tienen, a nuestro juicio, menos tiempo que perder, son los más pacientes con nuestros propios límites para comprender.
—Ponme otra canción —me dijo, finalmente—. Quiero poder disfrutar a manos llenas de mi libertad —agregó con una sonrisa traviesa.
Su mano había cogido nuevamente la mía y la oprimía otra vez, con ese apretón acompasado tan característico de él. Echó hacia atrás la cabeza apoyándola en el respaldo, cerró los ojos, disfrutando visiblemente de la música. La habitación ya estaba casi a oscuras, pero no quería moverme para no romper ese momento mágico. Tantas veces nos parece que mostrar emociones te hace débil, vulnerable; pero ese hombre, al que recordaba por su vigor sin reservas, me resultaba ahora imbatible. Precisamente allí, en su transparencia y en el permiso que se daba para llorar, comprendí que la fragilidad de su cuerpo era solo el envase de una valentía suprema: la de ser, por fin y simplemente, un hombre frente a su propia emoción.









Increíble. Me ha encantado. en todo lo que escribes hay profundidad.