Capítulo 1
El rugido del público se apagó poco a poco, como el eco de una tormenta alejándose del mar. Las gradas seguían casi llenas, pero la mayoría de los espectadores ya estaba de pie, recogiendo chaquetas y programas del torneo.
En el centro de la pista, Adrián Vega permanecía inmóvil.
Tenía una toalla sobre los hombros y la respiración todavía acelerada. El marcador brillaba en la pantalla gigante.
6-4, 7-6.
Había ganado.
Otro partido. Otra victoria.
Otro día.
Levantó la vista hacia las tribunas y sonrió por educación cuando las cámaras lo enfocaron. El público respondió con aplausos. Algunos incluso se pusieron de pie.
Hacía años que aquello debería haberlo hecho feliz.
En cambio, lo único que sentía era cansancio.
Se pasó una mano por el pelo húmedo y caminó hasta la red para saludar a su rival. El chico apenas debía de tener veintidós años y todavía sonreía a pesar de la derrota.
—Es un honor jugar contra ti —dijo.
Adrián sonrió de nuevo.
—Gracias. Has jugado muy bien.
Era una frase que repetía tanto que había dejado de tener significado.
Abandonó la pista entre aplausos. En el túnel que conducía a los vestuarios el ruido quedó atrás de golpe. Allí solo quedaban las luces blancas del techo y el sonido de sus zapatillas sobre el suelo.
Por primera vez en toda la tarde, pudo respirar.
—Buen partido.
Levantó la vista. Su entrenador lo esperaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.
—He cometido treinta errores no forzados.
—Y aun así has ganado.
Adrián se encogió de hombros.
Su entrenador lo observó en silencio.
—Estás pensando en ello otra vez.
No era una pregunta.
Adrián dejó escapar una pequeña risa.
—¿En qué se nota?
—En que tienes la misma cara que llevas poniendo desde hace seis meses.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Finalmente, Adrián tomó la botella de agua que le ofrecían y bebió un largo trago.
—Estoy cansado.
Esta vez las palabras sonaron diferentes.
No era el cansancio de un partido de dos horas ni el de una semana de competición.
Era otro tipo de agotamiento.
El de quince años viviendo entre aeropuertos, hoteles y pistas de tenis.
El de despertarse en un país diferente cada semana.
El de entrenar incluso cuando el cuerpo pedía descanso.
El de ganar y descubrir que la victoria ya no llenaba el vacío.
Su entrenador suspiró.
—Aún estás entre los diez mejores del mundo.
—Lo sé.
—Todavía puedes ganar otro gran torneo.
Adrián miró el suelo.
—También lo sé.
Y precisamente por eso era tan difícil.
Porque no estaba acabándose por falta de talento.
Se estaba acabando por dentro.
Por primera vez en mucho tiempo, la idea de retirarse no le produjo miedo.
Le produjo alivio.
Dos semanas después, Adrián estaba en la sala de fisioterapia de un hotel en Roma.
La televisión colgaba de la pared, encendida sin volumen. Las imágenes pasaban unas tras otras: resúmenes deportivos, anuncios y ruedas de prensa.
—Levanta un poco más la pierna.
Adrián obedeció.
El fisioterapeuta trabajaba sobre su rodilla izquierda, la misma que había empezado a darle problemas tres años atrás.
—¿Duele?
—Siempre duele.
El hombre soltó una pequeña risa.
—Eso es un sí.
Adrián cerró los ojos.
La sesión debía de haber terminado hacía diez minutos, pero el dolor se había convertido en algo tan habitual que apenas le prestaba atención.
Entonces escuchó la voz de un comentarista en la televisión.
Abrió los ojos.
En la pantalla aparecía un estadio repleto de gente.
Un marcador.
Y un muchacho levantando un trofeo enorme sobre su cabeza.
El sonido estaba bajo, pero aun así pudo leer los labios del presentador.
«Con tan solo diecinueve años…»
El fisioterapeuta también levantó la vista.
—Vaya.
Adrián no respondió.
El chico de la pantalla sonreía como si no pudiera creer lo que estaba ocurriendo. Tenía el pelo oscuro, algo largo y despeinado por el partido, y las mejillas ligeramente enrojecidas por el esfuerzo.
Le colocaron la copa entre las manos.
El estadio explotó en aplausos.
El rótulo apareció debajo de la imagen.
Leo Navarro.
Campeón.
Diecinueve años.
Adrián frunció el ceño.
No le sonaba de nada.
—Creo que acaba de ganar el torneo más importante de su carrera —dijo el fisioterapeuta.
—Y probablemente de muchas más.
—¿Lo conoces?
—No.
Y era extraño.
Adrián conocía prácticamente a todos los jugadores del circuito. Había visto crecer a muchos de ellos desde que eran adolescentes.
Pero aquel chico era un desconocido.
La emisión cambió de imagen.
Ahora aparecía una rueda de prensa.
Leo seguía con la ropa de juego. Parecía incapaz de dejar de sonreír.
Los periodistas le lanzaban preguntas desde todos los ángulos.
El sonido seguía apagado.
El fisioterapeuta tomó el mando y subió el volumen.
—... ¿esperabas ganar este torneo? —preguntó una periodista.
El muchacho soltó una pequeña carcajada.
—Ni en sueños.
Más risas.
—¿Qué significa esta victoria para ti?
Leo bajó la vista durante un instante.
Cuando volvió a levantarla, parecía más serio.
—Creo que significa que todo está cambiando.
La periodista arqueó las cejas.
—¿A qué te refieres?
El joven se acomodó en la silla.
—La nueva generación está lista.
Hubo un murmullo en la sala.
Él continuó.
—Hay jugadores increíbles que llevan muchos años en la cima y merecen todo el respeto del mundo... pero creo que ha llegado nuestro momento.
La frase era correcta.
Respetuosa, incluso.
Pero algo en el tono le dio a Adrián la sensación de que aquello iba dirigido a alguien.
A todos.
A nadie en particular.
A la vieja guardia.
El fisioterapeuta sonrió.
—Tiene confianza.
Adrián siguió mirando la pantalla.
La entrevista continuó.
—¿Hay algún jugador al que te gustaría enfrentarte?
Por primera vez, Leo no respondió inmediatamente.
Pareció pensarlo.
Entonces sonrió de lado.
Una sonrisa extrañamente tranquila.
—A Adrián Vega.
La sala quedó en silencio.
El fisioterapeuta giró la cabeza hacia él.
—Bueno… eso sí es casualidad.
Adrián no apartó la vista de la pantalla.
—¿Por qué él? —preguntó otra periodista.
Leo apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Porque cuando era niño lo veía jugar por televisión.
Por un instante pareció avergonzado.
Luego sonrió de nuevo.
—Y porque quiero saber si las leyendas son tan buenas de cerca.
Las cámaras estallaron en flashes.
El fisioterapeuta soltó una carcajada.
—Pues parece que tienes un admirador.
Pero Adrián no se rió.
Seguía observando la pantalla.
El muchacho estaba siendo arrastrado por la emoción del momento. Se le notaba en la cara, en las manos, en la forma de hablar.
Era joven.
Ridículamente joven.
Y, aun así, en su mirada había algo que le resultó familiar.
Hambre.
La misma que él había tenido a los diecinueve años.
La misma que hacía mucho tiempo que había dejado de sentir.
Por alguna razón, eso le produjo un leve nudo en el estómago.
El comentarista comenzó a hablar de nuevo.
—Con esta victoria, Leo Navarro entrará entre los veinte mejores jugadores del mundo...
Adrián se levantó de la camilla.
—¿Ya te vas? —preguntó el fisioterapeuta.
Él tomó la toalla.
Seguía mirando la pantalla.
El joven levantaba el trofeo por segunda vez.
Sonreía como si acabara de descubrir un universo entero.
Adrián tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Hizo una pausa.
—Creo que quiero ver cómo juega este chico.
Continuará...







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