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El juramento que devora

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Sinopsis

En un reino donde las promesas son magia y los juramentos se alimentan de emociones, Elara —capaz de escuchar la verdad beneath las palabras— conoce a Caelum, un hombre con quien no hay verdad ni mentira… solo silencio. Caelum lleva un juramento que no es suyo, pulsando como un huevo plantado por la Corona de Ceniza. La Corona no gobierna los votos… los consume. Y las promesas más poderosas son las de amor. Cercanos, Elara siente hambre, no paz. Amorarlo podría activar el juramento y convertir Caelum en el nuevo hogar consciente de la Corona. Opciones brutales: matarlo, dejarlo convertirse, o algo imposible: transformar el vínculo en algo incontrolable. En el corazón de la Corona, Elara ama y rechaza simultáneamente. Algo humano, inestable. La Corona fractura. Están juntos… pero no en paz. Su amor es peligroso, impredecible. Por primera vez, el mundo no tiene sistema que lo contenga.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Exilio y Poder


La cera se derramaba sobre los dedos de Iria antes de que notara que estaba caliente. No la importaba. El dolor era simple. El dolor era real. El dolor no tenía voces debajo.

Ya era noche pesada cuando terminó de cerrar la última bolsa de hilos. Sus dedos estaban cansados, pero trabajaba con la vela tan baja que las sombras se estiraban en las paredes como dedos buscando algo.

Su oficio oficial no existía. Nadie en el reino la reconocería como oradora del juramento. Pero la gente aún la buscaba.

Porque ella podía escuchar la verdad.

No la palabra. No la intención. La verdad que estaba debajo de ambas, como si las palabras fueran tela y ella pudiera sentir lo que había cosido por detrás.

El hombre que esperaba frente a ella no parecía peligroso. Sus manos temblaban. Su ropa estaba arrugada. Había pasado la noche en la carretera y le quedaba el polvo del camino en los hombros.

—Prometo que no volveré a traicionarte —dijo, con voz baja, casi suplicante.

Iria lo observó sin moverse. No necesitaba levantar la cabeza para saber que la palabra era correcta. La sintió en el aire: bien construida, cuidadosamente elegida, con la métrica perfecta de un juramento.

Pero la verdad era otra cosa.

La sentía como un murmullo bajo la piel, como una vibración que no pertenecía al sonido sino a la intención. Miedo. Egoísmo. Una decisión ya tomada de fallar.

—Mientes —dijo al fin.

El hombre se quedó inmóvil. —No… yo lo digo en serio.

Iria alzó los ojos. Su mirada era firme, sin rastro de duda.

—No dije que no quisieras decirlo. Dije que es mentira.

Hubo un silencio tenso. Afuera, el viento golpeaba suavemente las contraventanas.

Iria tomó un pequeño amuleto de metal oscuro, grabado con líneas finas que brillaban apenas bajo la luz de la vela. Lo colocó sobre la mesa y lo empujó hacia él.

—El juramento se sellará igual —continuó—. La magia no distingue entre verdad y mentira… solo escucha lo que se dice en voz alta.

El hombre tragó saliva.

—Entonces funcionará.

Iria inclinó ligeramente la cabeza.

—Funcionará. Pero no te convertirá en alguien que cumple promesas.

Sus dedos dudaron antes de tomar el amuleto. Como todos. Como siempre.

Finalmente, lo cerró en su mano y se levantó con prisa, evitando su mirada.

—Gracias —murmuró, antes de salir.

La puerta se cerró con un golpe seco.

Iria permaneció quieta unos segundos más, escuchando el eco del juramento que ya comenzaba a fijarse en el mundo. Podía sentirlo asentarse, como una raíz invisible, atando palabras a destino.

Exhaló lentamente.

Pero entonces algo cambió.

Algo se movió en el silencio.

No era el viento. No era el fuego.

Era algo que había estado escuchando… y que acababa de dejar de hacerlo.

Iria se tensó.

No había pensado en eso desde que había sido exiliada. Desde que había abierto la voz en el salón del reino y había dicho que el juramento era falso. Entonces no había pensado en escuchar otra cosa debajo de las palabras. Solo pensaba en la mentira.

Pero ahora, algo más había estado allí. Algo que no era humano. Algo que había esperado hasta que el hombre se fue. Luego se había ido también.

Iria se levantó de la mesa con un movimiento rápido y apagó la vela con los dedos. La habitación quedó en penumbra.

Se acercó a la pequeña ventana y apartó la tela que la cubría. Afuera, la ciudad dormía bajo una neblina ligera. Las torres del palacio apenas se distinguían a lo lejos, elevándose como una presencia que nunca la abandonaba del todo.

Iria apoyó la frente contra el marco frío.

A veces se preguntaba si el poder siempre había sido así… o si algo había cambiado sin que nadie más lo notara. Porque había momentos —breves, inquietantes— en los que la magia de los juramentos no se sentía como una ley natural. Sino como algo… que escuchaba de vuelta.

Llevaba tres años en el exilio.

Había un tiempo en que su don era sagrado. En que escuchar la verdad detrás de las palabras la convertía en una herramienta del reino, una guardiana de promesas. Hasta que dijo en voz alta lo que nadie quería escuchar.

Y el precio fue inmediato.

El juramento fue investigado. Descubierto. Castigado. Y aunque ella tenía razón… nadie le perdonó haberlo dicho.

Desde entonces, su don dejó de ser un regalo. Se convirtió en una amenaza.

Ahora, su poder no servía a la justicia. Solo al exilio… y a quienes estaban lo suficientemente desesperados como para pagar por una mentira que la magia haría parecer verdad.

Su mano se cerró sobre el amuleto que había usado. El metal estaba frío. Pero no completamente frío. Tenía algo de calor. Algo que no era ella.

Iria frunció el ceño. No, no era posible. Los amuletos no tenían vida. Los juramentos no eran seres. Pero el calor persistía.

Y ahora, el silencio en la habitación había cambiado. No era el silencio de la ausencia. Era el silencio de algo que estaba esperando.

Iria se acercó a la puerta con cuidado.

Nadie la había buscado en tres años. Nadie sabía dónde estaba.

Pero el silencio en el pasillo… no era normal. No había pasos. No había viento. No había sonido. Era como si el aire estuviera retenido.

Comprendió.

Algo estaba aquí. No estaba frente a la puerta. Estaba en la puerta. Esperando.

Iria no se movió. No necesitó decir nada. Solo esperó.

Y entonces, una voz respondió desde el otro lado.

—No busco un juramento común.

Iria se tensó. Había algo en ese tono. No era miedo. No era desesperación. Era control.

—Entonces busca en otro lugar —respondió ella.

Otra pausa.

—Busco a alguien que pueda escuchar la verdad… incluso cuando no se dice.

Iria sintió un leve estremecimiento.

—Eso tiene un precio alto —dijo.

—Estoy dispuesto a pagarlo.

Dudó un segundo. Luego, abrió.

El hombre al otro lado no parecía lo que esperaba. No había nerviosismo en su postura ni urgencia en sus ojos. Su ropa era sencilla, pero demasiado bien cuidada para alguien común. Y cuando habló, sus palabras fueron medidas… pero no falsas.

—Necesito que escuches un juramento que hice hace años —dijo.

Iria lo observó en silencio.

Y por primera vez en mucho tiempo… no pudo sentir la mentira. Pero tampoco pudo sentir la verdad. Solo silencio. Un silencio que no era humano. Un silencio que parecía venir de dentro de él.

Iria se tensó. Porque ahora, con él frente a ella, sentía algo más. Sentía que algo estaba escuchando… no desde dentro de él. Desde dentro de ella.

El hombre la observó con calma.

—Sé que puedes escuchar —dijo.

—Entonces sabes lo que eres —dijo ella.

—Sé que tengo un juramento que no puedo romper.

Iria lo miró más detenidamente. Había algo en sus ojos. Algo que no era humano. Algo que no era suyo.

—¿Qué juramento? —dijo.

—Uno que me hizo mi madre antes de morir.

Iria sintió algo en el aire. No era el juramento. Era algo que estaba dentro del juramento. Algo que respiraba. Algo que parecía haber estado dormido.

—¿Qué nombre tiene? —dijo.

El hombre no respondió inmediatamente.

—No tiene nombre —dijo.

—Entonces no es un juramento.

El hombre la miró.

—¿Qué es?

—Es algo que está vivo —dijo ella—. Y está en ti.

El hombre no se movió.

—¿Y ahora?

—Ahora —dijo Iria—, voy a escuchar lo que está dentro.

El hombre la dejó pasar.

Cuando entró, Iria se detuvo frente a él. No tocó su mano. No tocó su frente. Solo escuchó.

Y en ese momento, algo cambió. Algo en el aire. Algo en el silencio. Algo que Iria no había sentido antes.

No era el juramento. Era algo más. Algo que respiraba. Y algo que reconoció su presencia.

Y ahora, por primera vez… escuchaba.

—Tienes algo dentro de ti —dijo Iria al fin.

—¿Qué es? —dijo él, con voz baja.

—Algo que no es humano.

El hombre no se movió.

—¿Y qué quiere?

—Quiere escuchar —dijo ella.

—¿Escuchar qué?

—Escuchar tú.

El hombre la miró.

—¿Y qué hago?

—Voy a ayudar.

—¿Y qué te pago?

—Tu nombre.

El hombre dudó un poco.

—Caelum —dijo finalmente.

Iria lo miró.

—Entonces, Caelum, voy a escuchar lo que está dentro de ti.

Se inclinó hacia él.

Y entonces, el silencio se rompió. No con palabras. No con sonidos. Con algo que había escuchado. Algo que había estado esperando. Y que ahora, por primera vez, había encontrado.

Iria abrió los ojos. Su voz era firme, pero había algo nuevo en ella. Algo que no era miedo. Algo que no era certeza. Algo que era… curiosidad.

Caelum no se movió.

Y entonces, algo cambió. Algo en el aire. Algo que respiraba. Algo que parecía haber estado dormido.

Y ahora, por primera vez… había despertado.

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