Capítulo 1
Primer día en la facultad de Psicología. Quién diría que podría ser tan estresante encontrar el salón de Introducción a la Psicología I. Camino apurada; odio llegar tarde y perderme es uno de mis pasatiempos predilectos últimamente. Ciudad y departamento nuevos… ¡por Dios, esto es una puta selva! Me siento borracha de tanto estímulo, pero no puedo quejarme dado que yo elegí esta universidad.
La mochila se sacude en mi espalda, rebotando en un mar de gente de todas las edades. Estoy en un pasillo que parece no tener fin y las puertas de las aulas se multiplican como gremlins. Corrijo: ya no son pasos apurados, son saltos torpes. Vuelvo a mirar, ya un poco desesperada, el mapa que me dieron en el ingreso, hasta que siento una mano firme en mi hombro. Automáticamente, cada fibra de mi cuerpo reconoce ese toque. Es él. Mi mejor amigo —no por elección propia— y mi crush invicto desde la primaria: Manuel Fernández.
—¡Hola, Julia! —su voz bien conocida me saluda desde atrás, logrando que me olvide instantáneamente de lo que buscaba, de dónde estoy y de cómo me llamo.
Un calor súbito se me extiende por el pecho. Manuel pasa su brazo por mis hombros con esa confianza desmedida que tiene, me arrastra un poco hacia él y me planta un beso en la mejilla. Intento disimular el vuelco que me da el corazón. Es el mismo chico de pelo negro ondulado y revuelto que llegó a mi aula en séptimo grado con la mochila de un lado y la funda de la guitarra del otro; el mismo que en el último año de secundaria me rompió el alma cuando me mandó a decir con una amiga que no era correspondida. Pasé semanas evitándolo, deseando tragarme mi propia vergüenza, hasta que un día volví a hablarle como si nada. Desde entonces, como si supiera el poder que tiene sobre mí, sus abrazos se volvieron más sentidos y sus caricias más confusas. Y yo, dejando mi dignidad en el fondo de un cajón, me conformé con sus migajas de afecto con tal de no perderlo.
—No tengo idea de dónde está el aula —le digo, aferrándome a su brazo sin disimulo y poniéndole cara de total preocupación.
—Es por acá, Juli —me tranquiliza con una media sonrisa. Por supuesto que él sabe exactamente a dónde ir.
Caminamos esquivando estudiantes. Yo finjo que escucho lo que dice, pero en realidad estoy atrapada en el calor de su brazo sobre el mío y en ese perfume suyo que mezcla madera y sahumo.
Al llegar al salón, me quedo congelada. El profesor ya está frente al pizarrón, dispuesto a comenzar la clase. ¡Llegué tarde! Claro, viniendo con Manuel era una fija. Me hundo en el primer banco vacío que encuentro, tropezando torpemente con la pata de la mesa. Intento hacerme lo más pequeña posible, pero el silencio del aula es un reflector que me apunta directo a la nuca. El profesor ni siquiera pestañea; se limita a seguirme con la mirada, marcando cada uno de mis segundos de retraso con un golpe seco y rítmico de su tiza contra el pizarrón.
Manuel, por su parte, ni se inmuta por la impuntualidad. Atraviesa el salón con total tranquilidad, le dedica un saludo cómplice al profesor y se desliza en el último espacio libre al fondo del aula, dejándome sola en primera fila.
Todavía incómoda bajo la mirada acusadora del docente, empiezo a revolver mi mochila para sacar un cuaderno y una lapicera. Todo se traba. Mis dedos parecen de trapo y la torpeza empieza a ganarme. Desodorante, maquillaje, un paraguas, el peine, la billetera… ¿Dónde mierda se escondió la lapicera? Evalúo seriamente tomar nota con un delineador de ojos.
En eso, levanto la vista hacia el fondo y lo veo. Manuel ya está charlando con su muy bonita compañera de banco con total impunidad. Usa esa sonrisa seductora que conozco de memoria, tirando chistes por lo bajo para no ser descubierto. Un fuego amargo se me prende en las entrañas. ¿Cómo puede estar coqueteando ya? Hace tres minutos que entramos y yo ni siquiera encontré con qué escribir. Por más que hace años enterré la ilusión de que pase algo entre nosotros, verlo en “modo caza” siempre me clava una espina de indignación. ¿Qué tiene ella que no tenga yo?, pienso, y el golpe va directo a mi autoestima. Mi personalidad se moldeó prácticamente a sus gustos mientras crecíamos juntos, y aun así, nunca fui suficiente.
—Tengo una lapicera negra de sobra —me interrumpe una dulce voz a mi lado.
Me doy vuelta y me encuentro con unos ojos verdes que me miran con absoluta complicidad, extendiéndome el bendito bolígrafo. Casi lloro de agradecimiento.
—Sí, ¡gracias! —le susurro, cuidando de no volver a llamar la atención.
Me obligo a enfocarme en el frente. El profesor aclara la voz y comienza a presentar la cátedra:
—Santiago del Ponte —anuncia, señalando a un muchacho que se pone de pie de inmediato y da un paso al frente.
Es alto, de hombros anchos que el suéter gris apenas logra disimular, y tiene una mirada verde grisácea tan intensa que parece capaz de ordenar el caos de todo el salón con un solo barrido. Lleva una camisa blanca impoluta que asoma por el cuello y el cabello rubio oscuro perfectamente recortado. Es la viva imagen de la prolijidad, la rectitud y el control. Todo lo opuesto al desorden bohemio de Manuel.
—Él es el ayudante de cátedra —continúa el profesor—. Los acompañará durante todo el cuatrimestre.
Creo que esta va a ser, por lejos, mi clase favorita.
Al finalizar la hora, me dispongo a devolverle el favor a mi salvadora.
—¡Me salvaste la vida! No sé qué me pasó hoy, se me habrá olvidado poner la cartuchera —me disculpo, girándome hacia un lado en el asiento.
—Tranqui —me contesta ella, sonriendo mientras guarda sus cosas—. Soy Faustina, ¿vos?
—Julia, pero decime Juli.
La miro detenidamente mientras nos presentamos. Es una chica pequeñita, con una figura hermosa, aunque aparenta menos edad de la que tiene. Lo que más llama la atención es su melena enrulada y rubia que le cae por los hombros, haciendo un contraste precioso con esos ojos verdes profundos. Una versión moderna y atractiva de Ricitos de Oro. Se nota que es despreocupada, pero con ese toque justo de estilo que la hace ver magnética.
—Juli será entonces —me dice con simpatía.
—¿Ya tenés grupo para los trabajos prácticos? Viste que van a hacer todo grupal… —un brazo pesado vuelve a caer sobre mi espalda, interrumpiéndome. El olor a sahumerio lo precede.
—Él es Manuel —lo presento a regañadientes, intentando sonar relajada y sin girarme—. Ella es Fausti.
—Un gusto, Manuel —sonríe ella, un poco tímida.
Mientras intercambian las primeras palabras, mis ojos barren instintivamente el aula que empieza a vaciarse. De pronto, el aire se vuelve denso. Santiago del Ponte está ordenando unos papeles en el escritorio, pero nos está mirando fijamente. Desvío la vista de inmediato, pensando que es una coincidencia, pero cuando vuelvo a mirar de reojo unos segundos después, sus ojos grisáceos siguen clavados en nuestro grupo. No es una mirada distraída; es una inspección analítica, fría, que me eriza la piel. Me hace sentir increíblemente expuesta, como si supiera exactamente el drama silencioso que tengo con Manuel. Sin prisa pero sin pausa, empiezo a juntar mis cosas para apurar la salida. El servicio militar debe ser un poco menos rígido que este tipo.
Ya fuera del aula, caminamos los tres hacia la salida.
—Pasame tu número —le dice Manuel a Faustina con esa naturalidad avasallante que a mí me tomó años procesar—. Así armamos el grupo y no nos perdemos en este laberinto.
Faustina duda. Sus ojos verdes saltan de Manuel a mí, buscando una señal, un permiso silencioso o quizás una advertencia. Yo le sostengo la mirada con una sonrisa de “tranquila, él es así con todo el mundo”, tragándome el nudo de celos.
—Sí, dale… —responde ella, pero la voz le sale un tono más aguda de lo normal—. Así nos guardamos el lugar si alguno llega tarde.
—Especialmente si vienen con él —acoto, dándole un codazo a Manuel en las costillas—. Vive en una zona horaria propia donde el “ya llegué” significa “me estoy metiendo a bañar”.
Manuel suelta una carcajada limpia y le extiende el celular a Faustina para que anote sus datos.
—No le hagas caso, Juli es una exagerada. Soy un guía turístico de lujo, ¿o no?
Faustina toma el aparato con dedos que parecen de cristal. Escribe rápido, como si el teléfono quemara, y se lo devuelve enseguida. Manuel, sin dejar de caminar y mientras esquiva a un grupo de recursantes, empieza a teclear en la pantalla.
—Listo. Agendame, Ricitos —le dice, soltando el apodo sin pedir permiso, apropiándose de su confianza como hace siempre.
El celular de Faustina vibra en su mano. Ella desbloquea la pantalla y yo alcanzo a espiar de reojo sobre su hombro. El color se le escapa del rostro en un segundo, dejando sus mejillas pálidas. El mensaje de contacto que le acaba de mandar Manuel dice simplemente: “😘”
Faustina traga saliva con dificultad, guarda el teléfono con torpeza y se acomoda un mechón de rulos detrás de la oreja, evitando por completo mirarlo a los ojos. Manuel, por su parte, ya está distraído mirando un cartel en la pared, totalmente ajeno al pequeño sismo que acaba de provocar en ella.
—Che, ¿vieron que hay un buffet acá? Muero de hambre —suelta, como si no hubiera revolucionado las hormonas de la mitad del pasillo—. ¿Qué dicen? ¿Sale café o se van a estudiar?
Mi teléfono y el de Faustina vibran al unísono. El grupo ya está creado.
Miro a Faustina clavar la vista en la pantalla como si tuviera adelante su postre favorito, mientras sus dedos suben directo a sus rulos con una urgencia que yo conozco de memoria. Se le nota en los ojos: acaba de entrar en un terreno peligroso.
Pobre chica, pienso con una mezcla de lástima y envidia. Manuel acaba de lanzar el anzuelo sin siquiera darse cuenta de que había pesca. Y lo peor de todo es que yo no podía advertirle, porque seguía atrapada en ese mismo anzuelo desde hacía casi diez años.








