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Wei Xuan Shing - El sol naciente

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Sinopsis

La antigua dinastía cayó envuelta en sangre. De sus cenizas surgió un hombre que jamás fue educado para gobernar, pero que conquistó un imperio con su espada: Wei Xuan Shing. Ahora, convertido en Hijo del Cielo, debe enfrentar una tarea mucho más difícil que ganar una guerra: construir una nación capaz de sobrevivirle. Mientras nobles ambiciosos conspiran en las sombras, antiguos leales juran venganza por el emperador caído y fantasmas del pasado se niegan a desaparecer, Wei intenta imponer un ideal peligroso: el equilibrio. Pero el equilibrio tiene un precio. Y algunos creen que el hombre destinado a salvar el imperio es también quien lo condenará a la ruina. Una historia sobre poder, legado, lealtad y traición. La historia del hombre que encendió el primer amanecer de la Dinastía Shing.

Genero:
Literary Fiction
Autor/a:
Fulgor
Estado:
En proceso
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El Último Ocaso de los Lang

El emperador Xiu Lang de la Dinastía Lang ya no parecía un emperador.


Entró en el salón principal con una desesperación imposible de ocultar. Sus cabellos estaban desordenados, parte de sus ornamentos habían desaparecido y su porte ya no era el del Elegido del Cielo. Corría entre los funcionarios como un hombre que se ahoga en aguas profundas, buscando desesperadamente a cualquiera capaz de salvar los restos de un imperio que se derrumbaba ante sus ojos.


Las voces lo rodeaban por todos lados.


—¡Su Majestad! ¡Los rebeldes han rodeado la zona sur de la ciudad!


—¡Su Majestad, esta corte espera sus órdenes!


—¡Su Majestad! ¡Las provincias del norte se han unido a los rebeldes!


—¡Su Majestad! ¡El Templo Mayor en honor al difunto emperador Gü Lang ha sido incendiado por campesinos insurgentes!


Xiu Lang los miraba, pero apenas escuchaba.


Los rostros se mezclaban frente a él como sombras sin nombre.


Buscaba una respuesta.


Un milagro.


Un hombre capaz de detener lo inevitable.


Sus ojos terminaron fijándose en una sola persona.


La última que aún podía ayudarlo.


—¡General Qui! ¿Qué vamos a hacer?


Se abalanzó hacia él y lo sujetó de los hombros.


El general no mostró sorpresa.


Ni miedo.


Ni siquiera incomodidad.


Observó al emperador con una calma tan absoluta que resultaba inquietante, como si algo dentro de él hubiera aceptado hacía mucho tiempo el peor de los desenlaces.


—Cuando el presente ya no tiene respuestas, debe hurgarse en el pasado, Su Majestad.


Su voz pausada resultó más desesperante que los gritos de toda la corte.


—¿De qué hablas, General Qui? —espetó Xiu Lang—. ¡El usurpador Wei está a punto de derribar las puertas del sur y tú me hablas del pasado!


El general no respondió.


Simplemente dio un paso a un costado.


Con las manos detrás de la espalda, giró la mirada hacia un enorme retrato del difunto emperador Gü Lang.


Xiu Lang siguió involuntariamente la dirección de sus ojos.


A su alrededor los funcionarios continuaban gritando, discutiendo e intentando llamar su atención, pero aquellas voces comenzaron a desvanecerse.


El cuadro de su padre ocupaba toda su mente.


Dio un paso.


Luego otro.


Su estabilidad emocional se desmoronaba junto con el imperio.


Ya no caminaba con la firmeza de los primeros meses de su reinado.


Apenas habían transcurrido dieciocho meses desde su coronación.


Dieciocho meses.


El reinado más breve antes de una gran rebelión.


Pero aquellos detalles ya no importaban.


Lo único que importaba era sobrevivir.


Salvar lo poco que aún le pertenecía.


Estiró una mano temblorosa hacia el retrato.


Gü Lang había sido una leyenda viva.


El pueblo entero se había inclinado ante él.


Las provincias obedecían.


Los generales temían decepcionarlo.


Los funcionarios competían por obtener una sola palabra de aprobación.


Y ahora...


Ahora su hijo era incapaz de controlar a un rebelde rodeado de leyendas.


Porque eso eran.


Mentiras.


Blasfemias.


Rumores absurdos nacidos de campesinos ignorantes.


Era bien sabido.


Existían decretos imperiales.


Sellos oficiales.


Archivos completos.


Documentos que demostraban la extirpación de la línea traidora de su tío, el príncipe que había intentado asesinar al emperador durante la Noche del Solsticio de Invierno en el décimo octavo año de reinado de Gü Lang.


Todo estaba escrito.


Todo estaba registrado.


Todo estaba probado.


¿Entonces por qué el pueblo seguía creyendo?


Su mirada descendió lentamente hacia sus propios dedos.


Temblaban.


Y ya no tenía fuerzas para ocultarlo.


Las voces continuaban resonando detrás de él cuando un grito desgarrador atravesó las puertas del salón.


—¡¡Los rebeldes han ingresado a la Ciudad Prohibida!!


Otro grito siguió inmediatamente.


—¡¡Los palacios del sur están siendo destruidos!!


Xiu Lang se giró bruscamente.


Sus ojos se abrieron de par en par.


Por primera vez desde el inicio de la crisis, el terror apareció desnudo sobre su rostro.


Observó a los funcionarios.


Observó a los generales.


Observó a los hombres que durante años habían jurado lealtad eterna al Trono Dragón.


Y comprendió algo aterrador.


La obediencia había desaparecido.


Nadie lo miraba como a un emperador.


Nadie esperaba sus órdenes.


Nadie creía ya en su victoria.


Uno a uno comenzaron a correr.


Funcionarios.


Ministros.


Asesores.


Todos huyeron.


Lo abandonaron.


Xiu Lang permaneció inmóvil.


No intentó detenerlos.


No gritó.


No ordenó ejecuciones.


Simplemente volvió a girarse hacia el retrato de su padre.


No permitiría que un rebelde sin nombre, rodeado de mentiras y supersticiones, acabara con él como si fuera un vulgar criminal.


—¿Qué debo hacer, padre...? —susurró.


Pero el retrato continuó observándolo.


Severo.


Impasible.


Exactamente igual que cuando aún estaba vivo.


En lo más profundo de su corazón, Xiu Lang siempre había sospechado una verdad que jamás se había atrevido a pronunciar.


Su padre nunca lo había considerado digno del trono.


Simplemente había sido la única opción disponible.


Mientras tanto, el caos devoraba la Ciudad Prohibida.


De norte a sur.


De este a oeste.


Las concubinas corrían desesperadas por los corredores.


Los sirvientes se empujaban entre sí para escapar.


Los eunucos intentaban cargar todo aquello que sus brazos podían sostener.


Las estatuas caían.


Los jarrones se hacían añicos.


Los pabellones ardían.


Los gritos parecían surgir de cada rincón de la ciudad imperial.


Los funcionarios y generales que habían intentado abandonar el Qianqing Gong fueron detenidos al pie de las escalinatas imperiales.


Soldados armados bloqueaban cada salida.


Nadie podía marcharse.


Nadie podía avanzar.


Nadie podía escapar.


Las órdenes eran claras.


Retener a todos los funcionarios y generales.


Por la fuerza si era necesario.


Los soldados estaban tan confundidos como el resto del imperio.


Ya no sabían a quién debían obedecer.


El emperador había desaparecido.


La corte se había derrumbado.


La dinastía agonizaba.


Y en medio de aquel caos absoluto, solo existía un nombre que continuaba pronunciándose con certeza.


Wei.


Wei ascendió las escalinatas imperiales con una lentitud que parecía desafiar el caos que rugía a su alrededor.


Su mano continuaba descansando sobre la empuñadura de la espada. El arma ya había vuelto a su funda, atada firmemente a su cintura, pero el metal aún parecía vibrar con el calor de la sangre derramada durante la conquista de la ciudad.


A su alrededor resonaban gritos.


Órdenes.


Lamentos.


El estruendo lejano de puertas derribadas.


Sin embargo, nada de aquello parecía capaz de alterar el ritmo pausado de sus pasos.


Como si hubiera esperado aquel momento durante toda una vida.


Como si ya lo hubiera recorrido miles de veces en su mente.


Finalmente se detuvo frente a las enormes puertas del Qianqing Gong.


Las observó en silencio.


Luego avanzó.


El salón principal se desplegó ante él como el cadáver de una era.


Había floreros rotos.


Jarrones destrozados.


Cortinajes desgarrados que colgaban como estandartes derrotados.


Las huellas del miedo podían verse en cada rincón.


Wei continuó caminando.


Apartó algunos obstáculos con el cuerpo, sin siquiera dignarse a mirarlos.


Fragmentos de madera.


Pedazos de porcelana.


Objetos abandonados durante la huida desesperada de quienes, apenas unas horas antes, habían jurado lealtad eterna a la Dinastía Lang.


Se detuvo nuevamente.


Esta vez frente al Trono Dragón.


Vacío.


Silencioso.


Abandonado.


No había rastro alguno de Xiu Lang.


Ni un sirviente.


Ni un eunuco.


Ni una sola señal del emperador derrocado.


El ceño de Wei se frunció apenas.


Aquello era un problema.


No podía permitirse que el último emperador desapareciera sin dejar rastro.


Los imperios no solo se sostenían con espadas.


También se sostenían con relatos.


Y si el pueblo no veía el final de Xiu Lang, las historias comenzarían a multiplicarse.


Algunos afirmarían haberlo visto escapar.


Otros jurarían que seguía vivo.


Y tarde o temprano aparecería algún hombre proclamándose el verdadero emperador.


No.


Aquello no podía permitirse.


—Encuéntrenlo.


La orden fue pronunciada con tranquilidad.


Sin necesidad de levantar la voz.


Los soldados obedecieron de inmediato y se dispersaron por los corredores imperiales.


Una vez más quedó solo.


Wei reanudó su caminar.


Apartó una copa de jade caída en medio del suelo.


Más adelante encontró una capa ceremonial abandonada por algún general que había intentado huir.


La pisó sin prestarle atención.


Fragmentos de la más fina porcelana crujieron bajo sus botas.


Restos de una grandeza que ya no significaba nada.


Entonces se detuvo.


En uno de los corredores laterales encontró un enorme retrato del difunto emperador Gü Lang.


Sus ojos permanecieron fijos sobre él durante largo rato.


La memoria era una cosa extraña.


Los años habían borrado demasiadas cosas.


Los recuerdos de su infancia llegaban fragmentados.


Confusos.


Distantes.


Como si pertenecieran a otra persona.


No recordaba los pabellones de la Ciudad Prohibida.


No recordaba sus jardines.


No recordaba los corredores por los que alguna vez pudo haber corrido siendo un niño.


Aunque intentaran convencerlo de que había nacido allí.


Aunque le repitieran una y otra vez que alguna vez fue el hijo de un príncipe.


Su mente se negaba a devolverle aquellas imágenes.


Solo conservaba sombras.


La lenta agonía de su madre.


La locura que fue consumiéndola año tras año.


El dolor silencioso de una familia destruida.


La imagen deformada de un padre al que apenas había conocido.


Todo lo demás se había perdido.


Lo único que sobrevivía era la verdad.


Y la verdad había sido suficiente.


—El ser humano necesita creer para entender.


La frase escapó de sus labios en un susurro apenas audible.


Lentamente se arrodilló frente al retrato.


Por primera vez desde que había ingresado al palacio, su mano abandonó la empuñadura de la espada.


Levantó ambos brazos.


Las palmas quedaron abiertas hacia el cielo en una reverencia solemne.


No al emperador derrotado.


No al trono.


No a la ciudad.


Sino al hombre cuya decisión había puesto en marcha todo aquello.


Durante unos instantes permaneció inmóvil.


La guerra.


La conquista.


La sangre.


Los años de exilio.


Todo parecía haberse detenido.


Luego inclinó ligeramente la cabeza.


—He vuelto, tío.


Su voz permaneció serena.


Sin odio.


Sin triunfo.


Sin alegría.


—Espero que no te molestes.


Sus ojos continuaron fijos en el rostro inmóvil del retrato.


—No me odies en la otra vida.


El silencio del corredor fue absoluto.


—He hecho lo que tenía que hacer.

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