Capitulo 1 :desaparecida
La tarde caía con una calma engañosa sobre los tejados de Medellín. En las entrañas del barrio San Gil, ajenos al ruido de la violencia que dictaba las leyes en el sector, tres niños se aferraban a la inocencia de un juego. Sus risas rebotaban contra las paredes de cemento mientras corrían por el laberinto de pasillos estrechos, persiguiendo una vieja pelota que parecía tener vida propia. Entre ellos destacaba Valentina, una niña de mirada viva a la que todos, de cariño, llamaban simplemente Valen.
Valen, dueña de un entusiasmo inagotable y un espíritu impaciente, lideraba la carrera mientras les gritaba a sus amigos, entre risas, que avanzaban demasiado despacio. Sus palabras llenaban de vida el callejón, pero el eco de su propia voz se cortó en seco cuando notó que el ruido de los pasos a su espalda había desaparecido. Sus amigos se habían quedado de piedra, inmóviles. Al voltear, el corazón de la niña dio un vuelco: una sombra inmensa y deforme se recortaba contra la pared de cemento, extendiendo un brazo oscuro que señalaba hacia un pasillo lateral, uno donde la luz del crepúsculo ya no alcanzaba a entrar.
Rompiendo el hechizo del miedo, uno de los niños se armó de valor y subió los primeros escalones del pasaje. Su voz, un hilo tembloroso, empezó a romper el silencio: -¡Valen, Valen! ¡Juanjo, Juanjo, miren esto!-. Los otros dos subieron a toda prisa, devorados por la curiosidad. Al asomarse a la penumbra de aquel rincón olvidado, descubrieron algo que no encajaba con la pobreza del sector: sobre el suelo de tierra, brillando con un magnetismo extraño, descansaba una pelota completamente nueva.
El silencio del callejón fue sustituido de repente por un eco desconcertante: el clamor de una multitud en un estadio de fútbol y las voces digitales de un narrador. Era el sonido inconfundible de un partido de PlayStation, flotando en el aire como una invitación imposible. Guiados por la curiosidad y el magnetismo de aquel audio, los tres pequeños comenzaron a seguir el rastro sonoro, trepando por los laberintos del barrio. Valen, con los ojos brillando de ilusión, rompió la tensión con un pensamiento inocente: -Ojalá nos dejen jugar-, susurró, acelerando el paso.
Subieron decenas de escalas de cemento, desgastadas y empinadas, dejando el eco de las casas y el bullicio de San Gil cada vez más abajo. Sin embargo, las risas se congelaron cuando sus pasos tropezaron con el final del camino. No había más peldaños. Frente a ellos, el asfalto y las fachadas de ladrillo desaparecían por completo, devorados por la entrada a una zona salvaje y densa. No había postes de luz, ni cables, ni senderos; solo una boca de monte oscuro y maleza espesa que subía hacia la cumbre. Y allí, desde las entrañas de la vegetación donde nadie vivía, el sonido del videojuego seguía reproduciéndose, llamándolos desde la más profunda oscuridad.
Entre la espesura, los ojos de Valen captaron un destello artificial que parpadeaba en la penumbra. «¿Qué hace una consola en mitad del monte?», se preguntó, mientras la intriga ganaba la batalla contra la prudencia. Empujados por una curiosidad casi hipnótica, los tres se adentraron en la maleza. Una barrera densa de vegetación salvaje actuaba como una frontera implacable, dividiendo el desorden del barrio del silencio sepulcral del bosque. Sin embargo, justo frente a ellos, las ramas y las hojas aparecían aplastadas, abriendo un túnel estrecho que invitaba a pasar al otro lado.
Cruzaron uno a uno. Al atravesar el umbral verde, Juanjo perdió el equilibrio y cayó de bruces contra la tierra húmeda. El eco de las risas de Valen y Matías estalló de inmediato, aliviando por un segundo la densa atmósfera del lugar. Pero fue un espejismo. Mientras Juanjo se sacudía el polvo y se ponía en pie, las carcajadas se apagaron en seco, como si alguien hubiera cortado el sonido del mundo. Al levantar la mirada, el frío de la montaña le recorrió la espalda: la vereda, el túnel de hojas y las siluetas de sus amigos habían desaparecido. No había rastro de Valen ni de Matías. Solo quedaba él, completamente solo, atrapado en las fauces oscuras y vivas del bosque.
El pánico se materializó en el pecho de Juanjo, cobrando un peso insoportable. Quiso gritar, llamar a sus amigos, pero la voz se le congeló en la garganta y sus piernas se negaron a responder, clavadas a la tierra húmeda. El silencio sepulcral del bosque no era pacífico; era una presencia hostil que lo asfixiaba. De repente, una certeza helada le recorrió la nuca: alguien lo estaba observando. Desesperado, paseó la mirada entre los arbustos y hacia la oscuridad del suelo, pero el presentimiento persistía, cada vez más físico, cada vez más violento.
Fue entonces cuando un sutil soplido de aire gélido le rozó la coronilla. Con el pulso acelerado y el cuerpo temblando, Juanjo levantó lentamente la cabeza. Sobre él, suspendida entre las ramas retorcidas, se cernía una figura descomunal. Era una anciana gigante, de facciones demacradas y piel pegada a los huesos, que lo contemplaba fijamente. Sus labios secos se curvaron en una sonrisa grotesca y, rompiendo el vacío de la noche, una carcajada estridente y malévola, como el eco de una bruja antigua, inundó las entrañas de la montaña.
El instinto de supervivencia rompió la parálisis de Juanjo. Con el corazón golpeándole las costillas, dio un vuelco hacia atrás, se alejó de la criatura y corrió a ciegas, desgarrándose la ropa mientras atravesaba a toda prisa el túnel de maleza. Al salir al borde del barrio, el aire de la civilización le dio un segundo de claridad; la angustia por sus amigos lo carcomía por dentro. Detuvo sus pasos en seco, haciendo el ademán de darse la vuelta para regresar a buscarlos entre la oscuridad del bosque.
Pero la montaña no lo dejó.
Antes de que pudiera dar un solo paso hacia atrás, un impacto brutal lo golpeó desde la penumbra verde. El cuerpo inerte de otro niño salió despedido con una fuerza inhumana, empujándolo y haciéndolo rodar escaleras abajo por las escalas de cemento del vecindario. Aturdido y adolorido, Juanjo se incorporó como pudo sobre los peldaños. El horror lo dejó sin aliento al reconocer el rostro de la víctima: era Matías. Su amigo yacía en el suelo, con la boca abierta en una mueca eterna, sin lengua y completamente desangrado.
El pánico se transformó en un llanto desesperado. Cojeando a causa de la fuerte caída y con las lágrimas nublándole la vista, Juanjo continuó el descenso por los pasillos estrechos de San Gil. Cada paso era una tortura física y mental. «¿Qué será de Valen? ¿Qué le hicieron a Valen?», se preguntaba entre sollozos, atrapado en una culpa asfixiante. «Soy un cobarde... solo quiero llegar a mi casa. Solo quiero abrazar a mi mamá».








