Capítulo 1 ¿Inicio?
El silencio de la noche fue interrumpido por un estruendoso estallido, gritos de hombres y golpes en la enorme puerta de un gran castillo. Las flechas volaban desde lo alto de una torre; las llamas no tardaron en aparecer, iluminando así el campo de batalla.
—Bordag, tengo miedo— decía una bella joven noble, abrazando a otra chica de vestimenta más sencilla.
—Luba, tranquila, prometí protegerte —respondió aquel joven de cabello blanco como la seda —Las mandaré a un lugar seguro. Lleva los sellos reales contigo— Le puso una bolsa de tela en las manos y la hizo apretar con fuerza.
Afuera, los gritos se volvieron más intensos al ver cómo aquella imponente puerta caía, dando paso a los intrusos. El cielo empezó a rugir debido a los truenos entre las nubes.
—¡¡Vamos!! ¡¡Ahora no deben tardar en aparecer!!— ordenó un guerrero. Más hombres corrieron dentro del castillo, pero fueron regresados por una fuerte ráfaga de viento.
—No tocarán a nuestro próximo rey —dijo un hombre vestido de mayordomo al fondo del pasillo.
—Le falta mucho para los treinta, no puede ser coronado ahora —dice el guerrero, formando una bola de agua en sus manos.
Las pisadas aceleradas en la oscuridad hacían eco —Vamos, no tengo mucho tiempo. Si tardo demasiado…— corría desesperado aquel joven de cabello blanco. Entró a una habitación y abrió un cofre —Sé que no es momento, pero no tengo alternativa, ¿me entienden, verdad?
Afuera, en los jardines, los hombres cruzaban espadas; unos caían, otros seguían en la batalla.
—¡REGRESEN MI ARMA! —se escuchó un grito imponente. Algunos guerreros temblaron, pero los veteranos solo se estremecieron.
—¡ALLÁ… ARRIBA! —gritó un guerrero, señalando unas luces rojas que ascendían al cielo. Giraban cada vez más rápido y, cuando estuvieron en lo más alto, salieron disparadas en diferentes direcciones.
El cielo volvió a rugir y varios rayos verdes golpearon a los guerreros, dejando rezagados solo a los invasores.
—¿Qué demonios? —dijo otro soldado, confundido.
—Vaya, vaya, al príncipe le preocupa su gente— rió divertido un hombre que escondía su rostro en la oscuridad del palacio —Pero no creo que se recupere pronto para poder escapar— Los hombres corrieron ahora que no tenían quién los detuviera.
—Se me olvidó medir mi viaje— rió divertido el joven al verse rodeado de varios guerreros. Lo llevaron hasta su líder, quien se empeñaba en ocultarse entre las sombras y la penumbra; sin embargo, una fuerte ráfaga de viento alejó a varios hombres del joven peliblanco.
—¡Escape, majestad! Olvídese de mí, cuando pueda nos encontraremos —gritó el mayordomo, que solo tenía una línea de sangre manchando su rostro. Parecía más fuerte que antes.
—¡Masaki! —gritó el príncipe mirándolo preocupado, pero la seguridad que mostraba el recién nombrado lo calmó un poco. Se miraron fijamente y asintieron con la cabeza.
Un rayo verde cayó sobre el príncipe y este desapareció, mientras el mayordomo era rodeado por un enorme remolino que lo hizo desvanecerse.
—Señor, no hay nadie en el palacio —dijo un guerrero que venía acompañado de otro grupo —Dónde me dijo que podría estar; El cofre estaba vacío.— Solo se escuchó una risa muy divertida por parte de aquel líder.
—Sí, las vi, las liberó antes de tiempo. Aun así, nos dejó el palacio, aunque sin sirvientes. Qué estrategia tan interesante, señor príncipe, digno hijo de aquellos reyes— sonrió —Veamos qué diversión nos tiene preparado el destino—
Las estrellas de la noche eran opacadas por las luces de la ciudad. El ruido de los autos escondía el sonido de los animales nocturnos y los edificios brillaban de forma despampanante, atrayendo a la multitud. En uno de ellos, una cafetería estaba repleta de parejas enamoradas.
—¡Pedido de John!— gritó una chica de cabello negro, un poco rellenita, uniformada con gorra y mandil marrón, mientras cargaba una charola con dos tazas de café y una rebanada de pastel. Un joven apuesto se levantó y tomó la charola —Lamento el inconveniente, nuestros sensores están fallando por la cantidad de pedidos que tenemos. ¡Disfrútenlo!— sonrió la joven; después, revisó la pantalla y siguió preparando cafés.
—Deberían pagarnos extra cuando hacen estas promociones, ¿No crees Yukiko?— se quejó otra chica de cuerpo más atlético, un poco más baja y cabello corto, sujeto por esa pequeña cola de caballo que se asomaba en la gorra del mismo uniforme, mientras limpiaba el piso cerca de la barra.
—Sí, claro, para el jefe solo somos dos máquinas más —se quejó la joven, sirviendo otro pastel.
—Sí, pero espero ser una tragamonedas— sonrió, divirtiendo a su compañera.
—Muyal, si quieres irte a tu hora, ve a limpiar los baños— dijo un hombre con un gafete que decía "Gerente". La joven puso los ojos en blanco, tomó su carrito y se alejó de la barra.
Las horas pasaron rápido. Las personas en la ciudad empezaban a regresar a sus hogares y algunos lugares apagaban las luces de colores, anunciando el fin del servicio; aun así, las estrellas eran casi imposibles de ver.
Al igual que en aquella otra ciudad: edificios altos con anuncios luminosos, luces por doquier y sonidos irritantes que a los habitantes parecían no molestarles; incluso había lugares que no dormían.
Un joven de cabello negro, un poco alto y con lentes, llevaba con dificultad varios libros tratando de subir al elevador. Su móvil sonaba, pero eso no lo inmutaba. Se abrieron las puertas del elevador y el móvil seguía haciendo ese ruido. El joven acomodó los libros de tal manera que desocupó una mano, abrió la puerta de su departamento, llegó a una mesa, los dejó ahí y entonces contestó:
—Sí, lo siento, no podía responder… Claro, a las siete en punto estaré ahí… No te preocupes, no llevaré ningún libro, el punto es descansar un poco; además, aprender de otra ciudad es más interesante que leerlo— habló divertido mientras encendía las luces y ponía algo en la estufa.
La mañana llegó. En las dos ciudades, en sus respectivas estaciones, los autobuses se preparaban para salir hacia la ciudad contraria. El reloj marcó las 7:20 cuando ambos partieron. El cielo se cubrió de unas nubes negras, algo que sorprendió a todos: era verano y los pronósticos decían que estaría despejado.
Los autobuses se cruzaron en la carretera cuando dos extraños rayos verdes cayeron encima de ellos. Los conductores, cegados por la luz intensa, frenaron de golpe. El chillido de varias llantas resonó y los autos se golpearon entre sí. Cuando todo se calmó, el cielo estaba totalmente despejado, el sol brillaba en lo alto y las sirenas de los autos de emergencia se escuchaban mientras la gente ayudaba a salir a los pasajeros de los autobuses volcados.
La noticia llegó a todos a través de las enormes pantallas. Personas curiosas encontraban en internet videos de las cámaras de los autos mostrando aquellos rayos verdes, lo que ocasionó debates. Pero también se mostraban las fotos de dos estudiantes: un joven de cabello negro y lentes, y una chica de cabello corto, uno de cada ciudad, con un llamado urgente para dar con su paradero.








