Capítulo 1
NOTA DEL AUTOR: Esta es una de mis historias antiguas. La escribí hace MUUUCHO tiempo, allá por 2013. :p
Laney
Café frío.
¿Hay algo peor? Miro fijamente mi taza de búho y el líquido marrón y frío me devuelve la mirada con una burla silenciosa. El cable está tirado en la encimera al lado de la cafetera, en lugar de estar enchufado a la pared como anoche. En su lugar, está conectada la plancha para el pelo de Heather, mi compañera de cuarto, que vive obsesionada con su aspecto. ¿Para qué sirve tener una cafetera con temporizador si la desenchufan cada mañana antes de que puedas usarla? Aprieto los dientes y me soplo el flequillo de la frente.
Saco el cable del enchufe y tiro la plancha sobre su cama. Espero que capte la indirecta. En lugar de tirar el café por el fregadero, me lo bebo. El infierno se congelará antes de que pase una mañana sin mi café. Aunque, probablemente, el infierno congelado estaría más caliente que este café ahora mismo. Agarro mi mochila, me recojo el pelo rubio en un moño desordenado, me subo las gafas de montura negra y salgo de nuestra habitación.
Cierro la puerta con llave y me dirijo a clase, mientras el aroma de los perfumes me inunda la nariz. Unas chicas con toallas pasan corriendo por el pasillo, gritando. Como si estuviera cronometrado, un tipo alto y musculoso las sigue detrás, con una sonrisa enorme de "ya verás lo que te espera". La universidad es definitivamente el sueño húmedo de cualquier hombre hecho realidad. Especialmente en una residencia mixta. Seguro que esta noche arrincona a alguna contra la puerta de su habitación. Son todos tan predecibles.
No me malinterpreten, está muy bien tener citas. Pero hacerlo con cabeza es un tema completamente distinto. Las chicas no son las más listas cuando se trata de salir con alguien. Las tres cosas que los hombres no soportan son ser una pegajosa, llorar y ser torpe. Sé que es imposible caminar como una modelo de pasarela las veinticuatro horas. Y todas sabemos que las chicas tienden a llorar, especialmente en esos días del mes. Pero todo es cuestión de estrategia. Tienes que jugar bien tus cartas para pescar a un buen chico. Es muy fácil atrapar a uno siempre y cuando te centres en lo importante, y no me refiero a sus abdominales.
Casi he salido del pasillo cuando escucho mi nombre. Giro sobre mis talones. Heather me mira con el ceño fruncido desde la puerta de la sala de estar. Tiene el pelo largo y negro perfectamente alisado. Espero que le den una medalla por su pelo hoy, porque sería la única razón por la que le perdonaría haberme desenchufado la cafetera.
Frunce sus labios pintados de rosa y me hace una seña con el dedo para que me acerque. —Está llorando otra vez.
Maldita sea. Ni siquiera tengo que preguntar. Sé que es Bethany y sé por qué llora. Es lo mismo todas las semanas. Suspirando, entro en la sala. Unas cuantas chicas la rodean, dándole palmaditas en la espalda e intentando calmarla. No va a servir de nada porque la semana que viene estará en la misma situación. Ella levanta la vista, mirando a través de sus largas pestañas y su nariz fina. Su pelo rubio fresa está revuelto y cae desordenado sobre su pecho. —Es que... es que no sé qué estoy haciendo mal. Es como si cada vez que me ve venir, se fuera en la dirección opuesta. ¿Qué hago...? —se interrumpe con un sollozo.
Estoy pensando en un millón de formas de escapar cuando Heather aplaude con fuerza. —Ya sé. Laney, ¿por qué no la ayudas? Me ayudaste con Todd. Hiciste que me pidiera salir en dos días. Podrías ayudar a Bethany.
Oh, qué agonía.
No sé si podría aguantar dos minutos a solas con ella en una habitación. Le dedico una sonrisita falsa y me encojo de hombros. Parece el gato de Shrek, con esos ojos grandes y el labio inferior temblando. Si digo que no, pareceré una bruja. —¿Quién es esta ve...? —me contengo.
Se limpia la nariz e intenta arreglarse el pelo. Tengo ganas de decirle que eso no servirá de nada, que necesita un cepillo, pero me quedo callada.
—Aiden Sims.
Y los cielos se abrieron y dejaron caer al espécimen masculino más atractivo de la Universidad de Jacksonville. Bueno, eso es lo que él piensa, al menos. Aiden es el playboy de nuestra pequeña universidad, y usa su cara de modelo a su favor. Gruño por lo bajo y me subo el tirante al hombro para que no se caiga.
—¿Te has acostado con él?
Algunas de las chicas que rondan por allí jadean. Ay, supérenlo. Bethany niega con la cabeza. —No, todavía no.
—Genial. Eso significa que todavía tienes oportunidad de atraparlo.
—Espera —dice una chica pelirroja desde un rincón de la sala—. ¿Me estás diciendo que si ya nos hemos acostado con un tío y no se ha comprometido, estamos jodidas?
Asiento. —Más o menos. ¿Nunca has oído eso de "para qué comprar la vaca si puedes tener la leche gratis"?
La pelirroja resopla. —¿Cómo sabes tanto de estas cosas y quién te ha nombrado reina?
Grrr. A alguien le falta algo de acción últimamente. Heather levanta el dedo índice y gira el cuello; así es como sé que va a poner a alguien en su sitio. —Ella sabe exactamente qué hacer cuando se trata de hombres. Llevo con Todd cinco meses gracias a ella.
La pelirroja niega con la cabeza. —¿Pero entonces por qué no tienes novio tú, Laney?
Un dolor intenso y profundo empieza a crecer en mi estómago. Siento los ojos extraños y el corazón me late con fuerza en el pecho. No pensaré en él. No, me niego. —Nadie me ha interesado todavía. Lo cual es casi cierto; nadie en esta universidad ha merecido mi tiempo. Pero esa no es la verdadera razón. La pelirroja agarra su café y se marcha de la sala. ¡Por favor, devuélveme ese café!
Una chica morena y alta que está sentada en un rincón se aclara la garganta y se inclina sobre la vieja silla del vestíbulo. —¿Qué más? Quiero decir... ¿algún otro consejo?
Todas se giran para mirarme. Debería cobrar por esto. Me encojo de hombros. —No pueden notar que estás demasiado interesada. Nada de esperar a que él te escriba. Él tiene que estar esperando el tuyo —doy un sorbo a mi café frío—. No se le tiren encima. No se tomen cincuenta millones de fotos en la segunda cita. Hagan que se lo curre.
La mayoría de las chicas asienten lentamente, esperando más consejos. Miro el reloj de la pared. Voy a llegar súper tarde.
—Laney —pregunta Bethany, reclamando mi atención—. ¿Puedes ayudarme? No sé qué paso dar. Por favor.
¿Puedo ayudarte o quiero ayudarte? No es como si mi trabajito en el centro de escritura ocupara mucho tiempo. Tengo toneladas de tiempo libre. Es exactamente por eso que tengo una lista de lectura en mi Kindle que es eterna. Tiro de mi coleta y luego le doy a Heather una mirada de derrota. —Vale, te ayudaré. ¿Quieres que nos veamos esta noche? Repasaremos la estrategia.
Bethany sonríe. Creo que es la primera vez que veo una sonrisa en su cara desde que se mudó el semestre pasado. —Bueno, tengo planes para salir esta noche. Aiden va a estar allí, ¿si quieres nos vemos allí?
Oh, no. No me gusta hacia dónde va esto. No soy de ir mucho de fiesta. Tengo veintidós años y me importa un bledo emborracharme. Lo hago a veces, pero solo para celebrar o cuando estoy realmente aburrida. —¿Dónde van a estar?
Bethany se levanta, ajustándose el escote de su camiseta. No me extraña que los hombres se tiren a sus pies, y no me extraña que luego la dejen. No deja nada a la imaginación. —En The Loft, en la calle King —se pone las manos en las caderas—. ¿Vas a venir? De verdad quiero empezar ya.
Las líneas negras de rímel que le corren por la cara me dan lástima. Está realmente desesperada. Llorar en la sala del tercer piso no es la solución que buscaba, y no puedo culparla. Todas las chicas que la rodean ahora mismo le aconsejarían hacer justo lo contrario de lo que debe.
Resoplo. Solo es una noche. —Vale, te veré allí a las nueve.
***
Como me entretuve en la sala esta mañana, llego diez minutos tarde a clase, algo que nunca me pasa. Camino hacia mi asiento, consciente de que toda la clase me mira como si llevara una bolsa de papel en la cabeza y estuviera agitando una pistola.
—Señorita Scott, dígame que tiene una razón excelente para haberse perdido los primeros diez minutos de mi clase. Cuando los universitarios te dicen que los profesores no te ponen en evidencia como en el instituto, son todos unos mentirosos. Mis profesores viven para humillar a la gente. Supongo que es lo único que tienen para divertirse a su edad. Y el Dr. Phillips es el peor. Definitivamente no es el tipo de profesor que tenía en mente cuando me inscribí en escritura creativa. Me encanta escribir relatos cortos, pero si tengo que leerlos ante toda la clase, creo que ya no me gusta tanto escribirlos.
—Hubo un incendio grande en mi dormitorio, todos corrían por la calle en ropa interior gritando. —Dejo caer mi mochila en mi asiento habitual. Algunos de mis compañeros se ríen por lo bajo.
El Dr. Phillips me dedica una sonrisa tensa. —No seas respondona, Laney. Siéntate y abre el libro por la página seiscientos ochenta y seis.
Hojeo el libro hasta llegar a uno de los poemas de Edgar Allan Poe. Genial, ahora tengo que escuchar a este quejica depresivo. Lo juro, el Dr. Phillips vive para hundir a sus alumnos.
—No te preocupes, al menos te perdiste los primeros diez minutos de la sesión de tortura —dice Jacks.
Me río y me giro, entregándole uno de los Pop-Tarts que estaban hundidos en el fondo de mi mochila. La habitación de Jacks está justo al lado de la mía. Él fue la única razón por la que sobreviví a la primera semana de clases. Aunque es guapo, alto, rubio y tiene unos grandes ojos marrones, no actúa como un chico de quince años con las hormonas revolucionadas. Quizás tiene algo que ver con que es mayor y está en el último año.
—Gracias, colega. Me habría muerto de hambre sin ti. —Le da un mordisco grande y la mitad del Pop-Tart desaparece.
Me encojo de hombros y luego me giro en mi asiento, susurrando: —He oído que soy difícil de ignorar.
Jacks se ríe y me toca el hombro. Miro hacia atrás. Sostiene un papel con un dibujo de un tipo que parece un ogro y que supongo que es el Dr. Phillips. Tiene un bigote enorme y lleva unas gafas de culo de botella. Por no mencionar una erección enorme. Vale, quizás no actúe de forma tan madura.
No puedo evitarlo; me río. Fuerte. Suelto un bufido y eso hace que Jacks también se ría. Al poco tiempo, veo una sombra sobre mi escritorio. Miro hacia atrás, intentando hacer mi mejor cara de inocente. No funciona.
El Dr. Phillips nos mira con desprecio. Extiende la mano y le arrebata el papel a Jacks. —Hmph. —Rompe el papel en pedazos y se cruza de brazos. Estoy segura de que está tramando algún plan diabólico para hacernos la vida imposible—. Los quiero a los dos después de clase.
Entrecierro los ojos y le saco el dedo corazón a Jacks por encima del hombro. Escucho que se ríe y siento una palmada fuerte en mi hombro.
La clase pasa tan lenta como siempre, y juraría que escuché a alguien roncando en la última fila. Cuando todos empiezan a levantarse, debato si esconderme detrás del tipo alto que se sienta al fondo y escapar sin ser vista. No funciona. Los ojos pequeños del Dr. Phillips nos observan a Jacks y a mí muy de cerca.
—No te preocupes, Laney. Yo me encargo —dice Jacks, agarrándome por el codo y guiándome hacia el escritorio del Dr. Phillips.
Nos quedamos de pie frente al escritorio, mirándolo desde arriba. Me siento como si estuviera en segundo de primaria otra vez, cuando llamé llorona a una chica de mi clase y me castigaron.
—Señorita Scott y señor Tate. No aprecio su falta de respeto hacia mi clase y hacia mi persona. Así que, ¿qué hacemos con ustedes dos? Podría pasarlo por alto... Pero no creo que lo haga.
Por supuesto que no.
Jacks me da un pellizco en el costado y me muerdo el labio para no reírme.
—Soy voluntario en el concurso de cocina de la YMCA todos los años. Se acerca la fecha. Si vienen y ayudan, perdonaré esta grosería. Y así podremos seguir con nuestras vidas.
¿Concurso de cocina? ¿Qué demonios? Solo porque el Dr. Phillips no tenga vida, no significa que nosotros no tengamos. —Yo...
—Estaremos allí. ¿Cuándo es? —pregunta Jacks.
Arrugo la nariz y me trago un comentario mordaz.
—Este domingo a las siete. Luego la ronda final es el próximo martes a las seis. Les sugiero que aparezcan y hagan su parte. No tolero niñerías en mi clase.
Seguro que no. Jacks saluda al Dr. Phillips de forma militar y me arrastra hacia la puerta. —Pedazo de imbécil —le digo, empujando su hombro.
Jacks levanta las palmas en señal de rendición. —Lo siento. Iba a hacernos perder un examen o algo así. Ya sabes cómo son. No puedo suspender más exámenes; me gradúo el próximo semestre. Y me niego a quedarme aquí más tiempo.
Pongo los ojos en blanco. —Te odio.
Jacks me rodea con el brazo y me pega a él. —Ni de coña me odias.










