Capítulo 1
El ático de El Loto Plateado era el único lugar de todo el edificio donde no se escuchaban los gemidos, ni el tintineo de las copas, ni la música hipnótica de las plantas inferiores. Allí arriba, el silencio era denso, perfumado con el espeso humo de tabaco negro y cuero caro.
En el centro de la estancia, rodeado de estanterías que mezclaban obras clásicas con fajos de billetes apilados y armas de fuego meticulosamente pulidas, Isda escribía. El rasgueo rápido y calculador de su pluma sobre el papel de su gruesa libreta era el único sonido que dictaba el ritmo de la habitación.
Los otros dos hombres aguardaban. Arel, el rubio, dio una última calada a su cigarrillo antes de aplastarlo contra un cenicero de cristal. Sus manos, letales y precisas, se deslizaron dentro de unos guantes de cuero negro, ajustándolos dedo por dedo con una calma aterradora.
Frente a él, Sanda ignoraba la tensión del ambiente. Estaba más ocupado frente a un espejo de cuerpo entero, alisando cualquier arruga invisible de su traje a medida. Llevaba la camisa desabotonada de forma calculada hasta la mitad del torso, exhibiendo su piel inmaculada y una cascada de collares de oro que tintineaban suavemente con cada uno de sus vanidosos movimientos.
De pronto, Isda detuvo la pluma. Levantó la vista, revelando unos ojos fríos y afilados, listo para repartir las cartas de la noche.
—Es la primera vez que recibimos a estos invitados —comenzó tomando un cortapuros de plata con lentitud—. La información que tengo es de muy buena fuente, pero ándate con cuidado, Sanda. Son perros viejos.
Sanda se apartó del espejo y comenzó a masajearse las mejillas con las yemas de los dedos, aflojando los músculos para esbozar esa sonrisa deslumbrante y vacía que enloquecía a quien la mirara.
—¿Quieres que les envíe a los chicos antes o después de que hablen contigo? —preguntó, con voz aterciopelada.
—Después —sentenció Isda, cortando la punta del puro con un chasquido seco—. Cuando lleguen, asegúrate de tener a los que escogimos bebiendo y divirtiéndose en el bar principal. Que se les llenen los ojos mirándolos mientras suben a verme.
Arel se interpuso en la conversación, apartando a Sanda del espejo para pasarse una mano por su cabello rubio, asegurándose de que ni un solo mechón estuviera fuera de lugar para la cacería.
—Las cajas de vodka llegaron esta mañana —murmuró Arel, con un tono casual que contrastaba con sus puños enguantados—. ¿Cuántas botellas te dejamos aquí arriba? Los rusos aman ahogarse en esa mierda.
—Cuatro —respondió Isda, sin vacilar—. Y deja dos de ellas en su suite privada. Arel... no le quites los ojos de encima a su perro guardián.
Arel se hizo crujir el cuello con un sonido sordo, estirando los músculos de los hombros. Caminó hacia uno de los estantes de caoba, empujó un lomo falso de cuero y reveló un compartimento forrado en terciopelo rojo, repleto de acero pulido y armamento pesado.
—¿Quieres que lo quiebre buscando su lujuria, o voy directo a cortarle los huevos? —preguntó el rubio, deslizando la yema de su dedo enguantado por el filo dentado de un cuchillo de caza. Una sonrisa depredadora, fascinada por la letalidad de su propia arma, asomó en sus labios.
Isda recostó la cabeza en el respaldo de cuero del sillón y lo miró de soslayo.
—No tenemos información sobre las debilidades del guardaespaldas —sentenció con frialdad—. Deja que Sanda lo lea primero. Confío en que su juicio será impecable. Recuerda, Arel: la violencia con los rusos es nuestra última carta, no nuestra presentación.
Mientras tanto, Sanda se rociaba el cuello con una densa mezcla de feromonas y aceites exóticos, preparando su trampa sensorial. Isda le arrojó un pergamino lacrado que el anfitrión atrapó en el aire con una gracia felina, desenrollándolo en el acto.
—Así que, a excepción de nuestros nuevos amigos, todo está dentro de lo habitual —murmuró Sanda, paseando sus ojos por la tinta—. Los mismos aristócratas y pecadores de cada jueves. Eso es perfecto. Podremos concentrarnos exclusivamente en lo que nos convoca.
Isda no le respondió de inmediato; lo estaba observando con un escrutinio clínico. Había una pelusa minúscula, casi invisible, descansando sobre el hombro del inmaculado traje oscuro de Sanda. Fue un detalle microscópico, pero le irritó tanto que un leve tic le agitó el párpado izquierdo.
Sin decir una palabra, se levantó, cruzó la habitación en dos zancadas silenciosas y le arrancó la pelusa con brusquedad, alisando la tela de su hermano hasta asegurarse de que luciera irreprochable. Sanda no se inmutó ni un solo centímetro. Acostumbrado a las asfixiantes manías perfeccionistas de Isda, continuó leyendo las exigencias de los clientes vips de la noche como si nada.
De pronto, Sanda detuvo su lectura.
—Isda, ¿quién diablos es «Suka»?
—Ilia Novikov tiene un peculiar sentido de la diplomacia —explicó el contable, regresando a su asiento con calma—. Los informantes afirman que nos trae a una esclava como regalo de buena fe para el burdel. Él la llama Suka.
Sanda frunció el ceño, bajando el pergamino. Una chispa de curiosidad profesional y un toque de fastidio cruzaron su mirada.
—«Perra»... qué original —ironizó, traduciendo el término ruso—. ¿Quieres que la baje a los calabozos para trabajar su voluntad hoy mismo?
Isda apoyó la barbilla sobre los nudillos, pensativo.
—Llevo dándole vueltas a ese detalle —murmuró, con la mirada perdida en algún punto del escritorio—. Pero creo que es mejor que repose esta noche. Enciérrala en las celdas inferiores. Ya veremos mañana qué clase de material tenemos para moldear. Hoy, necesito todos tus sentidos enfocados en las exigencias de Novikov.
El agudo e insistente timbre del teléfono de baquelita negra cortó la tensión de la habitación como una guillotina. Arel, siempre alerta, se acercó al escritorio con pasos sigilosos, levantó el pesado auricular y extendió el cable hasta el sofá donde el contable seguía recostado.
Isda tomó el aparato. Como dictaba su regla, guardó silencio, esperando que la voz al otro lado de la línea revelara su identidad primero.
—¿Están listos para esta noche, mis queridos niños?
El tono grave, arrastrado y sumamente autoritario de Zara inundó la línea. Isda se incorporó de golpe, la frialdad matemática de su rostro evaporándose para dar paso a una devoción casi religiosa.
—¡Madre! —respondió, enderezando la postura por instinto, aunque ella no pudiera verlo—. No esperábamos tu llamada tan pronto.
Al escuchar la palabra “Madre”, Sanda y Arel se congelaron. En un microsegundo, la actitud depredadora de ambos desapareció. Se precipitaron hacia el escritorio, apiñándose alrededor de Isda como si la propia vida dependiera de escuchar aquella voz.
—¡Mamá, te juro que hoy no derramaré ni una gota de sangre! ¡A menos que me lo pidas! —bramó Arel, acercando su rostro al auricular, olvidando por completo el cuchillo que aún sostenía.
—¡Llevo puesto el traje que me enviaste de París! —se apresuró a añadir Sanda, inclinándose sobre el hombro de Isda con un nerviosismo infantil, impropio de su usual arrogancia—. ¡El Loto deslumbrará por completo a tus invitados!
—Todo está preparado para que tu alianza con Novikov fluya como la seda —aseguró Isda, recuperando el control de la conversación y apartando a sus hermanos con un codazo sutil—. No te defraudaremos.
Una risa oscura y aterciopelada resonó al otro lado de la línea. Al escucharla, los tres compartieron una sonrisa imperceptible.
—Estaré en la ciudad en un mes. Cuiden de nuestro querido invitado ruso hasta entonces. Habrá regalos para ustedes si se comportan —ronroneó la matriarca del inframundo—. El Señor Asmodeo desea profundamente esta alianza. Y saben muy bien lo que pasa cuando se decepciona a un demonio.
—No le fallaremos. Ni a tu Señor, ni a ti —sentenció Isda con lealtad ciega. Al levantar la vista, notó que Arel y Sanda ya se estaban ajustando la ropa y las armas frente al espejo, esta vez impulsados por una energía frenética para hacerla sentir orgullosa.
—Buenos chicos. Me comunicaré con ustedes cuando abandone Salomónica. Esta santa academia es un completo y aburrido desastre.
La mente del contable comenzó a maquinar de inmediato.
—¿Buscarás abrir negociaciones con la Casa Alighieri otra vez? —preguntó inquisitivo, alzando una ceja al recordar la imponente figura de Isafel deambulando por los pasillos VIP de su prostíbulo tiempo atrás.
—No —dictaminó Zara, con evidente desdén—. Isafel se ha hundido irremediablemente en la lujuria con un Sacerdote. Asmodeo ha perdido todo el interés en él. Ahora, escúchame bien, Isda.
El tono de su madre bajó una octava, volviéndose repentinamente frio.
—Novikov es astuto y venenoso. Cuida que todo salga perfecto. Y, sobre todo, mantén la cabeza fría... No confíes en una sola palabra que salga de su boca.
El clic seco de la línea muerta sonó antes de que Isda pudiera responder.
Qué lástima para él que yo sea exactamente igual, pensó Isda, y una sonrisa fría, carente de toda piedad, curvó sus labios.
El suave y rítmico campanazo de un reloj antiguo rompió el silencio del ático, anunciando la medianoche. Isda dio un aplauso seco, llamando la atención de sus hermanos.
—Bien —sentenció el contable, irguiendo su postura—. Son las cero horas. El telón se levanta. Sanda, Arel... estoy en sus manos.
Ambos se detuvieron en el umbral de la puerta. Arel ajustando el agarre de sus cuchillos y Sanda colocándose su impecable máscara de seducción. Respondieron al unísono, como una oración que habían repetido mil veces desde que salieron de las calles:
—Y nosotros en las tuyas.
Los tres compartieron una última mirada antes de que Arel y Sanda desaparecieran por el pasillo que conectaba con el bullicio y la música del bar principal.
Isda, por su parte, tomó la ruta contraria. Atravesó la puerta privada que daba a su santuario personal: la oficina principal. La habitación estaba sumida en la penumbra, iluminada únicamente por las luces de neón que se filtraban a través del inmenso ventanal de cristal blindado que dominaba la pared frontal. Desde allí arriba, Isda tenía una vista de halcón hacia la entrada del Loto Plateado.
Decenas de autos de lujo se aglomeraban en la entrada, pero su atención fue capturada de inmediato por una bestia de acero: un imponente auto blindado negro que se detuvo justo frente a la alfombra roja.
Un guardaespaldas abrió la puerta trasera, y de ella descendió un hombre que desafiaba la oscuridad de la noche. Llevaba un traje blanco inmaculado, hecho a medida. Era una elección de vestuario arrogante para un criminal; una declaración silenciosa de poder absoluto. Era idéntico a las fotografías de los informantes, pero el papel no le hacía justicia a la densidad abrumadora de su presencia. Era él. Ilia Novikov.
De pronto, el ruso se detuvo en seco. Antes de avanzar hacia las puertas del burdel, alzó la cabeza lentamente y miró hacia el último piso.
Isda contuvo el aliento. Era lógicamente ridículo. El ventanal era completamente unidireccional; desde la calle, Novikov solo debería estar viendo su propio reflejo contra un cristal negro. Sin embargo, Isda sintió el impacto físico de aquellos frios ojos azules atravesando el vidrio, chocando directamente contra los suyos con la precisión letal de un francotirador.
El hombre de traje blanco le sostuvo la mirada invisible por un segundo que se sintió eterno, antes de sonreír de lado y adentrarse en el edificio.
Un escalofrío eléctrico e inusual trepó por la columna de Isda. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón, sintiendo que la adrenalina despertaba cada uno de sus nervios.
—Sí... —susurró para el silencio de su oficina, lamiéndose los labios—. La noche será sumamente interesante.








