Murake por Eisb en Inkitt
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Murake

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Sinopsis

Naokho ha crecido en los bosques de Ryerth junto a su madre adoptiva. Aunque pertenece a los karyu, una de las razas más importantes de su mundo, solo conoce a su gente a través de relatos, sin haber experimentado jamás lo que realmente significa ser uno de ellos. A pesar de sentirse extraño por el pasado de su sangre, Naokho disfruta de su tranquila rutina rodeado de criaturas fantásticas. Sin embargo, cuando la paz de su hogar se destruye, se ve obligado a huir y dejar todo atrás. Ahora, deberá iniciar un viaje hacia una nueva vida con la única esperanza de volver a reunirse con su madre. Un camino que cambiará su destino para siempre.

Genero:
Fantasy/Adventure
Autor/a:
Eisb
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Preludio

El sol apenas iluminaba el extenso bosque cuando Naokho ya se encontraba despierto. Algo lo había arrancado del sueño. Se quedó unos instantes mirando el techo, intentando recordar qué había sido. Al no conseguirlo, terminó apartando el asunto de su mente y se dirigió al baño. Cuando terminó de lavarse la cara y los dientes, encontró a su madre en la sala, sentada en el sofá y leyendo el boletín matutino.

—Buenos días, Naokho —dijo ella.

Naokho meneó levemente la cola y caminó hacia la cocina.

—¿Algo interesante? —preguntó, mientras tomaba un vaso y lo colocaba frente a un pedestal.

—Parece que ayer cerraron el estrecho de Kórallar.

—¿Eh? ¿Por qué?

—Por un ataque. Destruyeron casi todas las estaciones.

Naokho se detuvo un segundo antes de presionar el cristal sobre el pedestal y se giró hacia su madre.

—¿Ataque? ¿De quién?

—No han identificado a los responsables, pero tienen a algunos sospechosos —respondió ella, pasando la página.

«¿Habrán sido los Cuervos...?»

Naokho colocó el vaso bajo una figura grabada en el pedestal. Al presionar el cristal contra ella, agua clara y cristalina comenzó a fluir. Se llevó el vaso a los labios y le dio un sorbo largo, dejando que el agua fría lo terminara de despabilar.

—Oh, Naokho —dijo su madre—. Escucha esto.

Meriel carraspeó un poco y leyó el boletín en voz alta:

—«La reconocida banda de rock alternativo Brimrif anunció este isiries el inicio de una nueva gira que recorrerá varias de las principales ciudades del mundo. El tour comenzará el próximo 5 de floentil y marcará el regreso del grupo a los escenarios tras varios meses dedicados a la composición de nuevo material. Aunque el itinerario completo aún no ha sido revelado, la banda confirmó que visitará numerosas capitales y ciudades costeras antes de concluir la gira a finales de año. Las entradas estarán disponibles en los próximos días...»

El chico vació el vaso rápido y lo dejó en el fregador antes de responder.

—¿¡Brimrif!? —soltó con los ojos abiertos de par en par.

—Sí, ellos mismos —respondió su madre con una sonrisa de reojo.

—¡Más bien! —Naokho dio un paso al frente—. ¡Han pasado casi dos años desde su último concierto! ¿Crees que vengan a alguna ciudad cercana?

—Hay comentarios sobre que tal vez vayan a Petalora —dijo Meriel, doblando un poco el papel—. Pero considerando el desastre de Kórallar, dudo mucho que los transportes para ir a verlos estén fáciles.

Naokho cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, moviendo la cola con nerviosismo.

—¿Pero de aquí a que empiece la gira...? —insistió el chico—. Si para ese entonces las cosas ya mejoraron, ¿crees que podamos ir?

Meriel guardó el boletín sobre el sofá y lo miró fijamente.

—Poder, podríamos —respondió ella con calma—, pero no va a ser gratis, jovencito. Si de verdad quieres ir a ver a esa banda, vas a tener que ganártelo ayudándome el doble con las tareas de la casa este mes. ¿Entendido?

—¡Hecho! —aceptó Naokho de inmediato.

—Ya veremos si mantienes ese entusiasmo más tarde —replicó Meriel con una sonrisa—. Ahora ve a bañarte y ponte ropa limpia.

Naokho parpadeó, confundido por el repentino apuro de su madre.

—¿Para qué? —preguntó.

—Necesito que me acompañes a hacer las compras hoy —respondió ella, atando sus mechones verdes sobre la cabeza—. Ahora mismo, de hecho.

—¿Ahora? —soltó con una mueca—. ¿No es muy temprano para eso?

—Para nada. Vamos, ve a bañarte —respondió ella.

—¿Tú no te vas a bañar?

—Lo haré, pero después de preparar el desayuno.

—Qué milagro... —susurró.

—¿Qué dijiste? —preguntó su madre, con peligrosa tranquilidad.

La cola de Naokho se tensó al instante. No se atrevió a voltear ni a responder, así que salió corriendo hacia su habitación.

Su madre soltó un breve suspiro y se dirigió a la cocina.

—Yo soy mucho más aseada que él —bufó para sí, ajustándose el delantal.

Más tarde esa mañana, cuando ya estaban listos, ambos se sentaron en el comedor. Durante el desayuno, Naokho se limitó a comer. No se atrevía a hablar, temiendo lo peor. Meriel tampoco parecía tener intención de romper el silencio. Removía el café con calma, ignorando por completo la incomodidad de su hijo.

Una vez terminaron el desayuno, salieron de la casa. Meriel le encargó a Naokho las bolsas para las compras. El chico, sin queja alguna, las guardó en los bolsillos de su manto, aunque en el fondo se sentía algo irritado por tener que llevarlas encima.

—¿Qué vamos a comprar? —preguntó Naokho, observando un grupo de conejos entre los arbustos.

—Lo esencial. Algunas verduras, azúcar... creo que carne no. Oh, un paquete de avena. Quizá algo de harina también... —Y así siguió hasta que salieron del bosque.

«Menos mal que solo es lo esencial...»

El verdor comenzó a abrirse al bajar la colina, dándole paso al gris de Ryerth. Ya no había hierba bajo sus pies. El suelo era de piedra, al igual que todas las estructuras frente a ellos. La actividad en el pueblo ya comenzaba a agitarse. Los pescadores pasaban cargando enormes redes y nasas, mientras que los comerciantes iban con sus carretas en dirección al mercado. A lo lejos, se podía escuchar el zumbido de los barcos que llegaban al puerto.

Meriel caminó hacia el mercado, pero en el trayecto se encontró con una conocida suya: una mujer joven llamada Mare. La saludó con entusiasmo y también le hizo un gesto a Naokho, que iba unos pasos detrás de ella.

Ambas mujeres no tardaron en ponerse a hablar de todo: del clima, de lo que harían ese día, de algunos rumores del pueblo e incluso de los nuevos barcos que habían llegado a Ryerth. Naokho, mientras tanto, caminaba en silencio detrás de ellas, escuchando a medias la conversación mientras observaba el movimiento del mercado.

—¿Te enteraste de que Brisel está por tener a su segundo hijo? —comentó Mare.

—¿De verdad? —exclamó Meriel, sopesando un par de cebollas—. Creí que acababa de tener un niño hace poco… Qué rápido pasa el tiempo.

—Es cierto —dijo Mare, dejando caer una lechuga en su bolsa—. Mira a Naokho. Parece que fue ayer cuando todavía era un niño.

—Que lo sepas, Naokho sigue siendo un niño para mí —respondió Meriel.

Mare rió brevemente y lanzó una mirada al chico. Naokho bajó las orejas mientras guardaba los vegetales que su madre iba eligiendo.

Pasados unos minutos, las dos mujeres concluyeron sus compras. Meriel quiso acompañar a Mare hasta su casa, y, por supuesto, Naokho también tuvo que ir con ellas. Allí, se entretuvo observando unas hormigas cerca del camino, mientras su madre y Mare seguían conversando sin demasiada prisa. De vez en cuando levantaba la mirada, viendo cómo la charla se alargaba más y más.

Finalmente, la conversación fue perdiendo intensidad hasta convertirse en una despedida tranquila.

—Cuídense los dos —dijo Mare con una sonrisa.

—Tú también —respondió Meriel.

Mare les dedicó un último gesto de despedida antes de entrar en su casa.

Naokho, al ver que todo terminaba, dejó escapar un suspiro de alivio y se incorporó con las bolsas en los brazos.

—Ven, Naokho—dijo Meriel, llamándolo con calma.

—¡Sí! —respondió él de inmediato, acercándose rápido.

Sin decir mucho más, ambos caminaron de regreso hacia el bosque. En el camino saludaron rápidamente a algunos conocidos del pueblo que todavía estaban por la zona, realizando las compras y los recados de la mañana. Naokho aprovechó cada pausa para insistir en volver a casa cuanto antes, hasta que Meriel cedió, soltando un leve suspiro, y aceleraron el paso.

El camino de regreso fue tranquilo. Poco a poco, el ruido del mar quedó atrás y el sendero comenzó a estrecharse entre los árboles, devolviéndolos al silencio del bosque. Sin embargo, al llegar al claro, un sonido extraño les llamó la atención. Era un crujido seco, seguido de ramas moviéndose con violencia.

Meriel se detuvo en seco y sus orejas temblaron levemente.

Naokho también frenó al momento.

—¿Escuchaste eso, madre? —susurró él.

Meriel asintió y giró la cabeza hacia el lateral de la casa. Entonces otro sonido llegó. Más claro ahora. Algo masticando.

Ambos avanzaron con cautela hasta rodear la estructura.

En el costado del huerto, entre los surcos de tierra, varias figuras grandes se movían agachadas. Eran roedores medianos, con cuerpos robustos y pelaje áspero, arrancando y devorando las hortalizas con voracidad.

—Esas cosas —murmuró Naokho.

Uno de los animales levantó la cabeza. Sus ojos brillaron un instante antes de volver a morder una raíz.

—Todo el trabajo de semanas… —dijo Meriel, apretando los labios.

—Madre, ¿quieres que los congele? —Naokho recubrió su mano de escarcha.

—No es necesario. Solo hay que ahuyentarlos.

Naokho bajó las manos, claramente decepcionado. Acto seguido salió tras los animales para espantarlos, aunque ya era tarde. La mayor parte del huerto ya estaba arrasada. Por fortuna, ninguno de los roedores había tocado la mata de estrella de Meriel. Aquello fue un alivio para ella.

—Naokho —llamó Meriel—. Arreglaremos este desastre.

—¿Cuándo? —respondió él, asintiendo.

—Ahora mismo.

Naokho agachó la cabeza, arrepentido por haber preguntado.

—Guarda las compras y cámbiate de ropa, Naokho. Después vemos el desastre —dijo Meriel, señalando la casa.

—Está bien… —murmuró él.

Naokho entró en la casa. Guardó las compras en la alacena y en el enfriador. Después se quitó el manto y fue directo a su habitación. Solo se cambió el pantalón por uno más ligero y las botas por unas más desgastadas. Cuando salió, Meriel ya lo esperaba en la puerta, con las herramientas en la mano.

—Vamos —dijo ella.

Naokho asintió y la siguió de vuelta al huerto.

El trabajo fue duro. Durante las siguientes horas se dedicaron a remover las plantas mordidas, a retirar las plagas que se escondían entre las hojas y a rellenar con tierra las madrigueras que los roedores habían cavado bajo las hortalizas. Meriel se encargó personalmente de rescatar su preciada mata de estrella, reforzando la base con tierra fresca y algunas piedras.

Para cuando terminaron de regar las raíces una por una, el sol ya empezaba a caer. El huerto se llenó de aquel olor fresco que tanto les gustaba.

Meriel dio por terminado el trabajo y los dos volvieron a la casa. Naokho se echó sobre el sofá y su estómago empezó a rugir. Afortunadamente, su madre ya había entrado en modo cocina. Como de costumbre, se colocó el delantal y amarró su cabello. Giró un anillo de cobre y la llama del fogón surgió al instante. Cortó un par de hierbas y vegetales y los puso a sofreír en una sartén. Después se dirigió al enfriador y sacó un trozo de carne, duro y completamente congelado.

—Naokho —llamó sin apartar la vista de lo que hacía—. Te necesito aquí.

—Voy —respondió desde el sofá.

Rodó hacia un lado, cayó al suelo y se levantó con pereza, como si no hubiera pasado nada.

—¿Qué pasa, madre? —preguntó, frotándose un poco el hombro.

Meriel levantó la vista hacia él un instante y señaló la pieza de carne sobre la mesa.

—¿Podrías deshacerte de este bloque de hielo?

Las orejas de Naokho se levantaron y sus labios se elevaron suavemente.

—Déjamelo a mí.

Naokho extendió la mano hacia la carne mientras un aura celeste pálida empezaba a cubrir su cuerpo. El aire en la cocina se enfrió ligeramente, a pesar de que el fogón seguía encendido.

El hielo comenzó a derretirse desde el interior, elevándose en forma de vapor frío que se condensó en una esfera de agua. Naokho la sostuvo un momento y luego la dejó caer por el fregadero. La carne terminó de descongelarse por completo, lista para cocinarse. Meriel la observó un momento y luego miró a Naokho.

—Bien hecho —dijo simplemente—. Nos ahorraste bastante tiempo.

Naokho movió ligeramente la cola, como si no supiera si eso era un elogio o algo normal.

Meriel volvió a centrarse en la cocina sin darle más vueltas. Terminó de preparar la carne y el resto de los ingredientes con rapidez. Poco después, empezó a servir la comida en los platos y los colocó sobre la mesa. Naokho ya iba a sentarse cuando ella lo detuvo con la mirada.

—¿Te lavaste las manos?

—Sí.

—¿Seguro?

—Mucho.

Meriel lo observó un segundo más.

—Bien. Siéntate.

Ambos se sentaron a la mesa y agradecieron por los alimentos. Una vez terminaron de comer, pasaron lo que quedaba de la tarde hasta la noche jugando cartitas.

Naokho iba perdiendo por una diferencia de veinticinco a uno. No era porque fuera malo jugando, sino porque se estaba enfrentando a su madre, y aunque no lo pareciera, ella había dominado ese juego desde que era una niña. No tenía piedad con nadie… aunque tal vez con su hijo sí haría una excepción.

Cuando Meriel estaba por lanzar la carta que le daría otra victoria, algo la hizo detenerse. Sus orejas temblaron un poco.

—Madre… —susurró Naokho, dejando caer sus cartas.

Meriel desvió la mirada hacia la entrada de la casa.

El silencio se volvió extraño.

Toc. Toc.

Fue un golpe suave.


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